ANTES
Podía sentir la luz de un nuevo amanecer en la nuca. La sangre de la que una vez había amado, y el bastardo por quien había decidido traicionarlo brillaban bajo el suave resplandor del sol, mientras él admiraba con la mandíbula desencajada el fruto de su dolor.
Por primera vez en mucho tiempo sintió cómo una felicidad efervescente crecía desde la base de su estómago y recorría su torrente sanguíneo como electricidad. Disfrutó la sensación, se regocijó en el silencio de los cuerpos que yacían bajo sus pies. Le pareció que era donde pertenecían.
Por fin se sintió satisfecho.
Había desencadenado en ellos todo el sufrimiento que le habían hecho pasar. Se los había dejado en claro, y por toda la eternidad ellos lo sabrían. Todas las veces que volvieran, lo sentirían. Sólo así comprenderían lo que él había tenido que pasar.
Se dedicó a estudiar con cuidado el rostro que tanto anheló alguna vez, mientras trataba de disfrutar la calidez del sol, sabiendo que probablemente sería la última vez que lo haría.
Ahora tendría que desaparecer para siempre.








