Caminos Extremos
Darina, en verdad, no lo había hecho con la intención de lastimar a sus padres. En el fondo, y aunque ella se viviera peleando con ellos, sabía que la querían. Tampoco era como si ella pensara que la vida fuera una experiencia fría y triste. De hecho, el ver películas a blanco y negro y el escuchar a las bandas de pop coreano del momento, la hacían sentir feliz. Tal vez era que desde que su mejor amiga se había mudado al otro extremo del país, las cosas en la escuela le comenzaron a parecer más grises que antaño. Tal vez era que papá y mamá tenían gran éxito en sus respectivos trabajos, y aunque eso significara que tendrían más dinero para consentir a sus hijos, también significaba que pasarían menos tiempo en casa, hecho que a la joven la hacía sentir extraordinariamente vacía. O quizás era el simple hecho de saberse joven y sin rumbo fijo en la vida, en un mundo que jamás parece dejar de girar.
En los libros y en esas series que a sus papás no les gustara que ella viera, hacían parecer que eso era un acto muy sencillo; simplemente cuestión de cerrar los ojos, dar un gran suspiro y en cuestión de minutos, te encontrabas en un enorme paraíso rodeado de flores.
Así, que en una fría tarde de invierno, aprovechando que sus papás, como de costumbre, se habían quedado a trabajar hasta tarde, decidió subirse al segundo piso de su casa. A lo lejos, un distante sol iluminaba a lo lejos las elegantes casas del condado. Por un instante, la joven de corta cabellera pensó en olvidarse del asunto, beber un poco de refresco y marcarle a Becky, rogándole a todos los santos que su amiga por fin se acordara de su existencia, y accediera a hablar aunque fuera un rato por teléfono con ella.
Pero el hecho de darle un vistazo a su teléfono, y ver que nadie, ni siquiera sus papás, mucho menos esas compañeras de clase que siempre juraban que iban a estar allí para ella, pero que a la hora de la hora, fingían no conocerla, le habían escrito, hizo a Darina tomar una decisión por puro impulso. Después de dejar su teléfono, la joven simplemente cerró los ojos y saltó al vacío.
A diferencia de lo que se veía en esas series, frente a los ojos marrones de la joven, no pasaron un remolino de emociones y recuerdos. Simplemente, vio como todo en torno a ella se volvía un remolino confuso, y después de eso... solo oscuridad.
A pesar de que ella no podía hablar, la joven de melena castaña después recordaría una maraña de sirenas de policía, una ambulancia y los lejanos sollozos de los vecinos, quienes fueron los primeros en ver su cuerpo malherido.
Por un instante, ella pensó que lo había logrado, pero su idea se desvaneció, al tiempo que poco a poco iba recobrando la conciencia.
Su corazón dio un vuelco al verse en una cama de hospital, con una maraña de aparatos que monitoreaban sus signos. Ella quiso gritar; sacudirse para arrancarse de golpe todos los cables que tenía conectados en su cuerpo, pero la debilidad provocada por los sedantes, se lo impidió.
Solo tuvo energía suficiente para abrir los ojos y ver que a su alrededor había varias personas vestidas de blanco, que la observaban atentamente cada vez que respiraba.
Y después de un rato... mamá y papá se encontraban junto a ella, con los ojos enrojecidos de tanto llorar.
Papá se encontraba en un rincón de la habitación, viendo a la pared, con una expresión seria. Él, usualmente tan parlanchín, se encontraba completamente mudo. De vez en cuando volteaba a ver a su hija con una expresión severa en el rostro, sin proferir palabra alguna.
Mamá, por su parte, no dejaba de murmurar entre dientes, mientras se estrujaba las manos una y otra vez.
—Por favor, hija, te lo ruego—repetía ella— Dinos que todo esto fue solamente un accidente, que jamás harías una cosa así a propósito. Te conozco, y no serías capaz de algo así.
Darina, por su parte, solo atinó a dar un gran suspiro. Volteó a ver hacia la pared, deseando en ese instante desaparecer del planeta tierra. Sabía que tenía dos opciones; o darles el gusto a sus papás con una mentira, para no desilusionarlos, o tener el valor suficiente por una vez en la vida y decirles la verdad.
—Mamá, por favor, perdóname—murmuró la adolescente con voz entrecortada—No sé qué fué lo que me llevó a hacer algo así. No quería lastimarte.
—Pero fue un accidente,¿verdad,hija?
—No mamá—suspiró melancólicamente Darina, sin poder mirar a su madre a los ojos— Sabía perfectamente lo que estaba haciendo. Me dejé llevar en un momento de inconsciencia, y no me bastará la vida para pedirte perdón
—Yo...No entiendo, francamente, qué hicimos tan mal para que tú hayas tomado una decisión de ese tipo—refunfuñó papá, al tiempo que le daba un puñetazo a la pared. Siempre te dimos todo aquello que necesitabas.
—Pero quizás, aun así, no puedo evitar sentirme sola— suspiró la chica de melena castaña, jugando nerviosamente con su cabello—Después de todo, ustedes se la viven en el trabajo.
—Y lo hacemos para darte la mejor de las vidas—resopló papá, levantando la voz—¿Acaso no te importa todo lo que hacemos por ti?
—Claro que sí—replicó la joven en un tono casi inaudible—Pero es que desde que Becky se fue... las cosas no han sido iguales. Siento que me pasan tantas cosas y no tengo a quién contárselas.
Sin decir más, mamá se acercó a Darina, y le dio un fuerte abrazo y un beso en la frente.
—Perdónanos amor—sollozó la esbelta mujer—De seguro hay tantas cosas que querías decirnos, pero por andar con nuestras cosas, nunca te escuchamos. Nosotros somos los que te deberíamos pedir perdón
—Sí, sabemos que hemos hecho muchas cosas mal—dijo papá un poco más tranquilo—Pero hay también muchas cosas que tú debes decirnos, y creo que ir a terapia te podría ayudar a abrirte más.
La castaña joven suspiró. Este era el inicio de un camino muy largo.