Horror Stories | Elsanna

Summary

Cuatro relatos de terror con Elsa y Anna de protagonistas.

Status
Complete
Chapters
4
Rating
n/a
Age Rating
18+

Doll House

Slyburgh es un pequeño pueblo nórdico entre las montañas. La tecnología no era algo necesario para ellos, tampoco había edificios o enormes locaciones. Casas y locales, un muelle donde los turistas desembarcaban apenas llegaban a las orillas de aquel lugar. Un pequeño pueblo pesquero, minero y agricultor. Anna Nicolaisen fue la primera en salir de aquel pequeño barco, saltando fuera de este y aspirando aquel aroma de su pequeño pueblo natal. Una brillante sonrisa se presentó en sus labios al ver el lugar, seguía igual a como estaba el día que se fue a la universidad de Oslo.

Miró sobre su hombro para encontrar a su novia que llevaba puesta su gorra de Harry Potter con el estampado de la estación 9 3/4. Sin mencionar el suéter gris con el escudo de Hogwarts que era dos tallas más grande. Anna le sonrió y extendió su mano para que su novia la tomara. Elsa Welhaven estaba emocionada de poder conocer el lugar en donde su pareja había crecido. Era totalmente diferente a Oslo. Se aferró al brazo de la pelirroja mientras se alejaban del muelle. No habían llevado más que una mochila, la cual Anna cargaba, puesto que solo se quedarían un día allí.

– ¿Qué te parece? – preguntó Anna.

– Me gusta mucho, realmente no le hacías justicia cuando hablabas de este lugar – murmuro Elsa con una pequeña sonrisa.

Anna tenía puesta una chamarra de piloto junto a unas gafas de sol negras modelo Sorrento y unos vaqueros ahusados de color negro, su corto cabello rojo estaba amarrado en una media coleta.

– Bueno, ¿Quieres ir a comer algo? Podemos ir a Misty Waves Café, si es que sigue estando aquí – bromeó Anna pasando su brazo sobre los hombros de su novia que recargó su cabeza –. Y luego visitar algunos lugares, quizás ver a mamá.

– Esa idea me gusta, andando.

Elsa quito el brazo de su novia para tomarlo de la mano. Apenas eran las nueve de la mañana y ambas querían aprovechar todo al máximo, aunque Slyburgh era un pueblo pequeño. Anna logró ponerse a la misma altura que su novia, riendo y tomando fotos. Elsa era quien subía las selfies y videos a su red social mientras Anna tomaba fotos con aquella cámara que Kristoff, su mejor amigo, le había regalado al cumplir los veintitrés. La pelirroja tenía un don en cuanto a la fotografía y no había día alguno en que Elsa no se lo recordara, aun cuando su novia la fotografiaba de forma discreta al estar distraía.

Caminaban de la mano, observando todo lo que Slyburgh podía ofrecerles. Los faroles tan antiguos, las calles angostas donde solo motocicletas, bicicletas, triciclos y algunos pocas carretas que llevaban los cultivos. Las casas tan antiguas y que mantenían una armonía que causaba paz y tranquilidad. Locales que ofrecían muestras gratis, Elsa jamás creyó que aquel pequeño pueblo podía ofrecerle el mejor chocolate. Anna la guió por las pequeñas calles de Slyburgh hasta llegar a una cafetería de aspecto rústico.

Misty Waves Café era una cabaña que te ofrecía un ambiente hogareño y tranquilo. La pareja entró quitándose la gorra y las gafas. Elsa se detuvo para apreciar el lugar, el aroma a madera se infiltró en sus fosas nasales, mezclada con el aroma a granos de café y demasiados platillos empalagosos. Había mesas redondas y de madera, el lugar tenía decoraciones en roble y una chimenea se encontraba en medio de la pared. Enfrentada a esta, había una barra de madera recién lustrada, una máquina de café y dos puertas oscilantes de madera que la hacían recordar a las películas del viejo oeste que veía junto a Anna porque ella las amaba.

Había un segundo piso, pero este se encontraba ocupado por una pequeña reunión. Aun así, Anna le dio un breve resumen de lo que había allí: mesas, estantes con libros y alrededor de cinco puf de colores verde y bordo para mantener el ambiente. Tenía una vista al pueblo, montañas y fiordo.

Elsa escogió una mesa al fondo, solo para observar la ventana que daba a un pequeño jardín. Anna le extendió un menú tallado sobre madera y ella misma se dispuso a ver el que tenía. Ambas no tardaron mucho en escoger, pidiendo dos tazas de chocolate caliente junto a unas galletas de jengibre que parecían ser algo que todas las personas pedían. La chica se distrajo con el paisaje y la pelirroja se levantó para poder pedir todo, hablando unos minutos con el dueño hasta recibir el pedido. Anna dejó el dinero exacto junto a un poco de propina antes de acercarse a donde estaba su novia.

– Su pedido, ma’am – sonrió.

Elsa se rió, tomando uno de los vasos y quitándole la tapa para aspirar aquel dulce aroma que poseía el chocolate caliente. Dio un sorbo y dejó escapar un gemido de aprobación por aquel dulce manjar que danzaba en sus papilar gustativas.

– ¿Qué te parece caminar mientras bebemos? – le sugirió Anna bebiendo su chocolate.

– Me agrada la idea – habló levantándose.

Anna tomó la bolsa de papel donde estaban las galletas y salieron de allí. Elsa entrelazó sus brazos mientras caminaban. Cada una daba un sorbo con cada paso, de forma tranquila y sin apresurarse, el chocolate no iba a huir y ellas tenían demasiado tiempo aún. Anna comenzó a hablar de sus pequeñas travesuras en Slyburgh, escuchando la suave risa de su pareja. Travesuras y aventuras. Relató la primera vez que fue a acampar con Kristoff, Cliff, su padre y Sven. Había sido una noche demasiado larga y todo porque Cliff decidió contar una leyenda urbana con respecto a un hombre que secuestraba a mujeres y niños, no importaba su edad, y los convertía en muñecas o marionetas con hilos.

Siguieron caminando, observando las vidrieras de los diferentes locales hasta que uno llamó la atención de Elsa. Un local que vendía muñecas. Levantó la cabeza para leer el enorme cartel: “Doll House” un nombre bastante... irónico. Levantó una ceja, llevándose el vaso hasta sus labios y dando un largo sorbo. Anna se colocó a su lado, mordiendo una de las galletas y observando todas las muñecas expuestas en aquella vidriera.

– Se ven tan reales... – observó Elsa

– Si – admitió Anna –. Hey, ¿A tu abuela no le gusta coleccionar estas cosas? Quizás puedas llevarle una – sugirió.

– Sería buena idea, había dicho que vendría a visitarnos en unas semanas – habló Elsa y Anna se ahogó con la bebida al escuchar la noticia, tosiendo por la idea de ver a esa mujer canosa que siempre les hacía comida para tres meses –. ¿Estás bien, Ann?

Anna asintió, decidido a responderle, pero el sonido de su teléfono la interrumpió. Suspiro, entregándole a su novia su vaso para sacar el aparato del bolsillo de su chaqueta y ver quien era. Un segundo suspiro escapó de sus labios al ver el nombre y Elsa notó como el humor de Anna cambió de repente.

– ¿Quién es?

– Hans Meelgard – contestó irritada –. De seguro quiere hablar sobre mi último proyecto, dame un minuto.

Elsa le extendió el vaso mientras la veía aceptar la llamada. Sabía que Anna tardaría demasiado, sobre todo cuando se trataba de Hans y sus comentarios que la volvían loco. También sabia lo molesto que era aquel hombre cuando se trataba del trabajo de la pelirroja, siempre buscando un diminuto error para llamarla y quejarse al respecto. Hans era insoportable cuando lo deseaba, no le importaba en lo absoluto la hora que fuera porque siempre lograba que Anna contestara todas y cada una de sus largas llamadas.

Sacó la otra galleta de la bolsa, la cual arrojó al cesto de basura que estaba a unos metros. Se distrajo observando cada una de las muñecas que estaban allí, una de ellas le llamó demasiado la atención. Cuando acabo el chocolate y la galleta, le hizo un gesto a su novio de que iba a entrar. Anna le sonrió, alzando su pulgar antes de seguir con su discusión telefónica.

Empujó la puerta, escuchando la campanilla que estaba en todos los locales. El lugar tenía un extraño aroma, era una mezcla de humedad y antigüedad. Elsa camino por el lugar. Estantes de muñecas y marionetas con hilos, un mostrador antiguo que tenía una caja registradora a un costado. También había un estante detrás de este con muñecas de porcelana. Una puerta al otro costado. El lugar parecía vacío y eso preocupó un poco a Julie

– ¿Hola?

– ¡Hola, bienvenida a Doll House!

Elsa soltó un pequeño grito, volteándose de inmediato para encontrase frente a un hombre que estaba entre los cincuenta y sesenta. Su cabello blanco peinado con demasiado fijador, enormes gafas de pasta gruesa que causaban que sus ojos parecieran más grandes, ojos cafés y una tétrica sonrisa. Vestía una camisa blanca con sus mangas dobladas hasta los codos, pantalones beige, tirantes y zapatos marrones bien lustrados. Demasiado extraño.

– Eh, hola.

– ¿Necesitas ayuda?

Su voz sonaba demasiado energética. Elsa miró a todos los lados, intentando ver cada detalle y encontrar una forma de distraerlo. Trago pesado, aferrándose a su gorra mientras intentaba sonreírle.

– Bueno... solo estaba... viendo... – habló, intentando sonar lo más normal posible.

– ¡Oh! Bien, bien. Cualquier cosa que necesites, estaré detrás del mostrador.

Elsa quedó sola, observando todo el lugar y volteando para ver el estante que estaba frente a ella. Miraba cada muñeca y marioneta que estaban allí, colocándose de puntillas para alcanzar una que le llamó la atención. Toco su cabello y ropa, ambos tan suaves. Quizás era un buen regalo para su abuela, pero un sonido la detuvo. Alguien la estaba llamando y ella dejó la muñeca para voltear hacia donde venia aquel sonido. Arqueó una ceja al ver una marioneta de un tamaño humano, era de un niño de ocho años. Cabello café, pálido, ojos chocolate y su nariz estaba pintada de naranja. Elsa lo revisó un poco, llevaba una camisa blanca con botones negros, un overol marrón y botas negras.

– ¿Ese te gusta? – Elsa se sobresaltó, llevando su mano hacia su pecho al tiempo que volteaba –. Lo siento, es que muy pocas personas vienen a esta tienda.

¿Por qué será?pensó la albina.

– Si, creo que si – contestó –. Se ve muy real.

– Oh si, sí. Es lo que hace este lugar único.

– Vi que tiene cuerda.

– No funciona.

– ¿No?

– Pero puedo buscar otro en mi taller, si no te molesta esperar – habló el hombre inclinándose hacia ella.

Elsa dio un paso hacia atrás, tragando nuevamente y asintiendo. El hombre le sonrió, alejándose y perdiéndose apenas cruzó la puerta detrás del mostrador. Elsa se acercó al muñeco nuevamente, dándole cuerda y deseando que sí funcionará. Lo vio abrir los ojos, incorporándose y fijándose en ella.

No soy un muñeco– comenzó, su voz sonaba neutral, sin vida –.Vine a comprar una muñeca hace años, pero el hombre me secuestró y convirtió en esto. No puedo correr y mucho menos huir, pero tú tienes oportunidad. ¡Debes irte antes de que te convierta en uno de nosotros!

– ¿Qu-qué?

¡Huye rápido! ¡Corre, corre!

La marioneta volvió a caerse y Elsa entró en pánico, corriendo hacia la puerta y tratando de abrirla. Se llevó la sorpresa de que estaba cerrada bajo una llave que no tenía. Intento buscar a Anna para llamarla, pero parecía haberse esfumado del lugar. Elsa trató nuevamente de abrir, agudizando la vista para encontrar algo que la ayudara a salir de aquella tienda, pero no había nada útil. Su respiración se volvió agitada, estaba comenzando a pensar que podría sucederle, tanteó los bolsillos de su pantalón rogando tener su teléfono y si, estaba allí. Sus manos temblaban mientras intentaba desbloquearlo, pero una bolsa de tela cubrió su rostro y la jalo hacia atrás.

El teléfono cayó al suelo y los gritos comenzaban a volverse cada vez más lejanos mientras Elsa era arrastrada hacia el taller de aquel hombre. ¿Acaso sería su fin? ¿Qué le haría aquel sujeto?

Nunca supo cuánto tiempo estuvo inconsciente, pero un aroma a incienso la hizo abrir poco a poco los ojos. Su vista se encontraba nublada por el fuerte golpe que había recibido en la cabeza. Intentó levantarse, pero se encontró con que sus piernas y brazos estaban amarrados a los extremos de una mesa de madera. Estaba usando otra ropa, una camiseta blanca ceñida a su cuerpo con un poco de escote, una falda azul cielo con puntillos blancos, calcetines blancos con un poco de volado, zapatos negros y un pañuelo en su cuello del mismo color que aquel vestido. Su cabello no estaba suelto, logró verse frente a un pequeño espejo en cuanto alzó un poco la cabeza, estaba más corto y tenía ondas al final. Parecía que había usado un rizador para conseguir eso, además que tenía una vincha de plástico negra. Sus labios estaban pintados de color rojo y llevaba un maquillaje causal.

Elsa trató de escapar, pero era imposible. Escuchó la puerta abrirse y volvió a cerrar sus ojos, debía fingir seguir inconsciente. Quizás aquel hombre decidía soltarla y ella podía aprovechar para huir. Se mordió la lengua al sentir como una aguja se iba clavando en su muñeca derecha, obligándola a gritar. El hombre se detuvo, sujetándola de la quijada con fuerza, presionándola para escucharla quejarse. Elsa trató de liberarse, pero recibió una bofetada del hombre. Le sonrió de la misma forma que antes, haciéndola temblar de terror.

– Quédate quieta muñeca, solo sentirás un pinchazo.

Fueron más que pinchazos, Elsa sentía como le estaban arrebatando la vida poco a poco. Atravesó sus muñecas y tobillos con agujas para pasar un hilo. La estaba convirtiendo en una muñeca y ella no podía hacer nada al respecto. Volvió a recibir un golpe, otro, tras otro, demasiado golpes que la dejaron inconsciente.

Se removió un poco, volviendo a abrir los ojos y encontrarse con su pecho abierto. Había sangre y sus órganos estaban siendo retirados y arrojados a una bolsa negra. Poco a poco fue quedándose vacía y sintió como le colocaba algo dentro. Engranajes, una batería, también le había arrebatado las cuerdas vocales porque se encontró sin poder emitir un sonido. Hasta sentir como le incrustaba algo en su espalda, dándole cuerda y obligándola a mover la boca en vaivén para hablar. Una voz diferente a la suya, más aniñada, dulce y suave.

Volvió a cerrarla, cosiéndola y arreglando aquella blusa que estaba blanca. Le pintó dos estrellas rojas, una en cada mejilla y trazó dos líneas desde las comisuras de sus labios hasta su mentón.

El hombre movió nuevamente la mesa, quitándole las esposas y cargándola fuera de allí. Elsa Welhaven ya no estaba viva, no podía mover su cuerpo, no parecía una persona real. La sentó frente a la vidriera, con una perfecta vista del pueblo. Sus ojos se abrieron al ver a Anna a unos metros de la tienda, miraba su teléfono y alrededor, buscaba a alguien.

“Anna... ¡Anna, por favor! ¡Anna, aquí estoy!”

Se intentó mover, hacer algo que llamara la atención de la pelirroja, pero no pudo. La vio alzar la cabeza y sonreírle a una chica que no era ella, pero se parecía. Su largo cabello rubio que llegaba hasta la mitad de su espalda, llevaba unos leggins negros y un jersey con cuello de caja color morado. Anna besó su mejilla y le entregó algo.

"Ana, ¿Qué haces?”

La chica se fijó en ella y se acercó junto a Anna. Ambas la miraron unos segundos.

– Se ve muy real – habló esa chica –. Es muy linda.

Vio como Anna hacía una mueca, dejando de verla para abrazar a la chica por la cintura.

– Si... pero no tan hermosa como tú – beso su mejilla derecha varias veces y aquella chica se reía por eso –. ¿Por qué no nos vamos?

“No, no, no. ¡Alto! No se vayan, ¡Ayúdenme!”

Elsa las vio alejarse hasta que las perdió de vista. No sentía nada, pero estaba segura de que su corazón estaba completamente destrozado al presenciar aquello. El mismo muñeco que ella había visto estaba a su lado, observándola.

– Te dije que debías huir...

“No... No, no, no... NO.”

– ¿Elsa?

“No... no...”

– ¡Elsa!

“¡Por favor, sáquenme de aquí!”

– ¡Elsa, por favor, despierta!

Sus ojos se abrieron. Mirando hacia todos los lados, su corazón latía demasiado rápido, estando a punto de salirse de su pecho. Su cuerpo estaba cubierto de sudor y su respiración era agitada. Estaba en el barco, pero este se encontraba a metros del muelle y Anna estaba frente a ella, mirándola preocupada. Se incorporó para abrazarla del cuello y ser envuelta en los brazos de la pelirroja. Anna acarició su cabello, besó su coronilla y la atrajo más hacia ella, escuchándola sollozara y temblar entre sus brazos.

– Els, ¿Qué pasa? Tuviste una pesadilla, ¿No?

– N-no sé, se sentía tan real que... – balbuceó.

– Estas a salvo ahora, conmigo no te pasará absolutamente nada, ¿De acuerdo?

Elsa le sonrió un poco y eso bastó para que Anna se sintiera más tranquilo. Besó la frente de la chica y le dio un último abrazo antes de separarse. Estaban por llegar a Slyburgh y debían prepararse. Unos minutos más tarde, se escuchó la voz del capitán informando haber llegado al pueblo. Anna se alejó para ver su pueblo y Elsa aprovechó para dejar un pequeño beso en la mejilla de la otra chica.

– ¿Qué pasa? – preguntó Anna divertida.

Elsa apretó sus labios y luego dio una corta risa.

– Nada, Annie.

– Oh, bien – susurro Anna mirando el muelle –. Bueno bajemos y te mostraré el lugar donde crecí.

Elsa se tensó cuando una ola de recuerdos la atacó, apretando la mano de Anna que la observo con intriga. La albina se veía nerviosa, inquieta, como si algo del pueblo no le estuviera gustando.

– Els no te ocurrirá nada – aseguró Anna con una pequeña sonrisa. Logró hacer que su novia se levantara y ambas abandonaron el barco–. ¿Y bien? ¿Qué te parece?

Elsa guardó silencio, observando cada centímetro del lugar y tratando de no pensar más en aquella horrenda situación que había vivido en sus sueños.

– Si... me gusta mucho... – balbuceó.

Anna se dio cuenta que algo había llamado la atención de Elsa porque mantenía su mirada sobre un punto. La pelirroja decidió mirar en la misma dirección que Elsa, tratando de averiguar cuál era la razón del porqué parecía tan aterrada y encontró a un hombrecillo entre los cincuenta y sesenta observando en su dirección. Su ceño se frunció y se colocó delante de Elsa, haciéndola apartar la mirada de aquel hombre.

– Oye Els – comenzó –. ¿Qué te parece ir a la cafetería de Misty Waves Café y luego visitar-

– ¿Y si mejor vamos a sorprender a tu madre y luego vamos a ese café? –. apresuró a decir Elsa.

Anna ladeó la cabeza, sonriendo de lado por la idea de Elsa, la cual aceptó sin problema, ella también quería sorprender a su madre. Buscó su teléfono y el contacto de su madre, llevando el aparato a su oído y esperando que la llamada fuera aceptada.

– Hola mamá, ¿Cómo estás? ... Si, el clima está bien aquí, ¿Y cómo está por ahí? Es que planeaba llevar a Elsa al pueblo para- – Anna se quedó en silencio, mirando a Elsa y poniendo los ojos en blanco mientras escuchaba a su madre del otro lado – Mamá, ¿Me dejas hablar? – Elsa observó como su novia suspiraba y sujetaba el puente de su nariz con impaciencia–. Oye, ¿Dónde estás ahora? ¿En el café? ¿Sigue estando allí?... ¡Genial! Si, muy bueno. ¿Cuánto tiempo estarás ahí? Pensaba hacerte una videollamada para poder ver el lugar.

Elsa esperó paciente al lado de Anna, escuchándola hablarle a su madre y tratando de convencerla de que se quedará allí un rato más para tener tiempo de ir y sorprenderla. Cuando la pelirroja terminó la llamada, Elsa habló.

– ¿Y bien?

– Se quedará un rato más y espera que haga una videollamada para verte, así que hay que apresurarnos para llegar y sorprenderla – dijo Anna, guardando el teléfono y extendiendo su mano a Elsa, que la tomó enseguida –. ¿Vamos?

– Vamos.