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Un bajito y esponjoso Aziraphale caminaba por los pasillos del bufete de abogados, rebosante de alegría y con un aura de felicidad a su alrededor que irradiaba a cualquier persona que le viese pasar. Y más feliz no podía estar, acababa de firmar los papeles que jamás pensó tendría en sus manos; la propiedad de aquella vieja librería heredada de sus padres.
Algunas cosas habían sucedido sin previo aviso como por ejemplo el viaje improvisto de sus padres a los Estados Unidos, lo cual dejó ciertos asuntos de cabeza para el hombre de cabellos blanquecinos. Primero la repentina mudanza de los progenitores del rubio, luego se encontraba el pequeño disgusto de su hermano por la repartición de bienes, que si bien el pelinegro más alto decía estar de acuerdo conque el más pachoncito se quedase con lo que él llamaba "ese apartamento que huele raro", ya que fue lo primero que Azira pidió cuando sus padres amablemente preguntaron que quería cada uno. Si le causaba una pequeña molestia tener que compartir con su hermano las ganancias de la empresa que él se quedó liderando, ya que este no estaría haciendo nada más que cuidar de un lugar lleno de libros viejos y malolientes, mientras él se encargaría de toda la empresa.
Aunque para el rubio tener la librería era lo mejor que le podía pasar en su vida, y ahora con los papeles firmados era totalmente suya, no se aguantaba las ganas de correr hacia la calle y tomar un taxi que le dejase justo frente a la librería donde se estaría quedando.
Paso a paso bajó las escaleras, aquella ropa de colores beige, blanco y pastel le hacían ver cómo lo que era, un omega de alta clase muy refinado y de buenos modales, ni más, ni menos, gracias a que los tiempos cambian para bien o para mal y en este caso para Aziraphale era algo de un bien mayor, ser omega ya no era tan mal visto. Todos, tanto alfas como betas sabían cómo debían ser y cómo comportarse ante un omega en celo, ya no eran salvajes y primitivos alfas los que ahora con mucho respeto ayudaban a un omega si se encontraba en problemas. En caso de ser una persona demasiado prejuiciosa se le pedía mantenerse alejado de estas personas y viceversa, evitando conflictos y malos sabores de boca.
Azira había podido tener una vida feliz y llena de amor gracias a sus padres y hermano, incluso cuando sus compañeros de la escuela fueron unos patanes con él y le llamaban por feos apodos o le discriminaban por ser omega, él sabía que sólo eran personas intolerantes y de mente estrecha.
Aziraphale entre un pensamiento y otro siguió caminando por la acera en busca de un taxi, aunque algo distraído por sus pensamientos sobre su nueva adquisición; la librería, no vio hacia adelante.
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En algún lugar de la ciudad de Londres cerca del bufete de abogados, Crowley y Beelz caminaban charlando sobre alguna que otra cosa irrelevante, la mujer de bajo tamaño y apariencia andrógena llevaba las manos en los bolsillos de sus pantalones observando como su esbelto y estilizado amigo se quejaba de su trabajo y sus largas (demasiado largas según el exagerado pelirrojo) horas de trabajo para nada flexibles.
Crowley terminaba su turno en el bar donde tanto odiaba trabajar, un lugar lleno de feromonas ligadas unas sobre otras, gente desesperada por buscar pareja o algo de sexo. Que ironía, mientras aquél alfa quería mojar el absorbente aunque fuese un rato, el único absorbente que mojaba era el de las bebidas que servía en la barra. Veintisiete años de vida y los únicos encuentros carnales que había tenido se le dieron con puros betas que deseaban ser profanados por un alfa, Beelz estaba hasta la verga de escucharle, si porque ser mujer no es impedimento para tener una y menos cuando eres un alfa.
Crowley siseó acomodando sus gafas negras y extendió en un acto dramático sus manos al cielo, aunque luego se retractó y sólo miró a la mujer a su lado.
— Deberías tú, demonio del infierno, concederme el deseo de tener mi propio omega, de preferencia virgen, que quiera ser cogido todas las noches —concluyó el de gafas oscuras haciendo a la trigueña rodar sus ojos.
— Sigue pidiéndole al todopoderoso, pues yo no puedo hacer más que conseguirte algún chico beta, y de esos no te gustan mucho, ¿por qué no eres cómo yo? Si puedo coger lo hago y si no pues de maravilla.
Concluyó ella mirando su reflejo en el cristal de la tienda por la que pasaban, comprobando que en efecto; esa ropa le hacía ver demasiado varonil, cosa que no le molestó en lo absoluto.
— Si sigues así nadie te va a querer —argumentó el de ojos ámbar.
Beelz se encogió de hombros una vez más, como si aquello fuese algo que ya sabía que pasaría. Sin mucha más charla que continuar ambos siguieron adelante en su camino, cualquiera que los viese pensaría que eran cercanos, hermanos o quizás pareja, pero ellos dos eran sólo un par de amigos con una relación de amistad-odio. Todo esto gracias a que Beelz se tiró al omega que Crowley quería cogerse en la universidad y, a pesar de seguir siendo amigos, el pelirrojo no se lo perdonaba.
En cambio a Beelz le valía madres la actitud de su amigo, concluyendo que este era así por todo lo que había vivido a lo largo de los años, le conocía desde hacía mucho y podía asegurar que estuvo allí en sus malos y buenos momentos.
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Aziraphale seguía caminando mientras soñaba despierto, ya se imaginaba entre sus libros y momentos de paz y silencio, bebiendo algún té caliente o si lo creía necesario algún vino de la colección antigua que había comprado en una subasta. Toda su paz de pronto fue interrumpida al chocar contra alguien más, quien sin lugar a dudas gruñó empujándole lejos de si.
— ¿Que demonios contigo? Mira por donde vas enano, estás causando problemas —Azira frunció el ceño ante aquél hombre sin modales que le hablaba en un tono ofensivo, le iba a contestar pero alguien más lo hizo por él.
— Amigo cálmate un poco él sólo estaba distraído ¿O es que nunca te has chocado con alguien? —la voz de Crowley sorprendió a los demás, incluso Beelz se quedó sin palabras, su amigo no era de meterse en dónde no le incumbe—. Venga ya~ sólo fue un accidente.
— ¿Y tu quién carajos eres? ¿El salvador del día? ¿Un ángel de buen corazón? —el hombre seguía de mala leche y al parecer desquitarse con cualquiera le estaba ayudando a desquitarse, o eso pensó.
— Oh no, no claro que no, no soy un ángel bondadoso que salvará el día, soy un demonio que te hará imposible la existencia si sigues jodiendo a cualquiera que se te pare delante —bajó suavemente sus lentes dejando ver su inusual pupila y sus ojos color ámbar que a muchos no agradaba—. Venga, retírate.
Al hombre no le quedó más que hacer sino largarse de allí, aún más frustrado de lo que ya estaba. Aziraphale continuaba con el ceño fruncido lleno de coraje, hubiese querido defenderse pero aquél se le había adelantado. ¿Qué se creía? ¿Que porque él fuese más bajito que aquél hombre no podía defenderse solo?
— Escuche yo podía... —en cuanto se giró tenía pensado reprocharle, pero sus palabras se cortaron en el acto debido a la culpa que sintió, el extraño le había defendido y él debía ser agradecido— No es nada, gracias.
Crowley quedó allí sin saber que decir, sostuvo la mirada por unos segundos con su amiga preguntándole con la mirada; ¿qué hice mal?, ella sin saber cómo responder a la interrogante mirada del pelirrojo sólo se encogió de hombros sin una respuesta. Él en cambio volvió su vista al de cabellos blanquecinos, quien frunció su ceño aún enojado, Crowley se le quedó biendo fijamente.
— ¿Estás bien?
Tenía planeado decirle muchas cosas como; "yo podía solo", que "estuvo de más intervenir", y "ser un omega no significaba estar en peligro o no saber defenderse", pero pronto este pensamiento se disipó de su mente hasta esfumarse. Tartamudeó y seguido de un fuerte rubor demasiado notorio gracias a su pálida piel, mantuvo el silencio clavando la mirada en el suelo, demasiado avergonzado como para decir palabra alguna, recordó que antes nadie nunca le había defendido y se sintió vulnerable, terminando así por huir de allí cual alma en pena que se lleva el diablo.
Crowley entornó sus ojos dejándolos en blanco para seguir su camino, ni un mísero gracias le había dicho, "gente rica, todos iguales" pensó para si. Pero en el fondo le había resultado gracioso e incluso tierno que aquél hombre se enrojeciera cual manzana madura lista para ser devorada.