El destino de la parca

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Cuento perteneciente a la Antología Internacional 2024 de Klavier Ediciones

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13+

El destino de la parca

Info de la autora:

Cinthya Silva, nacida en el año 2000 en la Ciudad de México, es una apasionada escritora que descubrió su amor por las letras desde temprana edad, dándole vida a pequeños relatos de fantasía. El cuervo, con su misteriosa presencia, se ha convertido en su animal favorito, inspirando su seudónimo, “Tinta del Cuervo”, reflejando la fusión entre su amor por la escritura y la fascinación por la simbología del cuervo.

Además de su dedicación a la escritura, también posee una carrera técnica en Diseño, lo que ha fortalecido su aprecio por las artes visuales. Actualmente, se encuentra inmersa en la búsqueda de conocimientos desde otra perspectiva, persiguiendo una Licenciatura en Derecho.

A principios de 2023, Cinthya tomó la valiente iniciativa de compartir sus escritos con el mundo, impulsada por el apoyo inquebrantable de sus amigos y familiares más cercanos.

Instagram:@tinta.del.cuervo

Wattpad: Latintadelcuervo


—¡Despierta!

La voz de Pam llegó a través de la neblina del sueño. Me removí entre las cobijas y traté de seguir durmiendo.

—Uhm —me quejé.

—¡Vamos a llegar tarde! Si no despiertas de una buena vez, me iré sin tí.

Como un resorte, me levanté. Empujé las mantas fuera para ponerme de pie.

Pam estaba sentada sobre su cama, junto a la mía, con la mirada perdida; absolutamente desinteresada de su entorno. Llevaba sus cabellos negros atados en dos trenzas que caían sobre sus hombros, y el elegante uniforme gris con bordados verdes, del colegio al que asistíamos.

Me apresuré a ponerme el uniforme, antes de que ella decidiera que no valía la pena esperarme. La podía observar desde el espejo que ocupaba para arreglarme. Si bien ella nunca parecía mostrar algún tipo de emociones, la conocía bastante bien como para saber el mínimo cambio en su comportamiento.

Ambos crecimos juntos en una casa de acogida con la señora Vit, una amable mujer que se apiadó de nosotros en aquel orfanato hace siete años. No había día en el que no le agradeceríamos por su ayuda.

Al inicio creímos que la señora estaba loca. Caminaba de un lado a otro por la casa murmurando cosas sin sentido, con la mirada perdida, sin ningún tipo de control en sus acciones. Conforme pasó el tiempo, nos fuimos acostumbrando a su extraño comportamiento, y a las miradas desagradables que la gente del pueblo solía lanzarle cada vez que se perdía en su mente. También aprendimos a soportar los susurros cuando la veían acercarse a los negocios, así como las oraciones y escupitajos que lanzaban a sus pies, con el argumento de que atraía a la mala suerte.

No mucho después de llegar a la casa, Pam se había puesto bastante grave. Necesitaba que la revisaran con urgencia.

Pedirle ayuda a la señora no resultó efectivo en absoluto. Ella no dejaba de murmurar cosas sin sentido. Traté de cargar a una inconsciente Pam para arrastrarla hasta la casa de un médico o sanador, pero era aún un niño debilucho.

Aquel día, fue la primera vez que ví a la señora Vit más lúcida que nunca. Tomó el cuerpo de Pam en brazos para colocarla sobre la mesa del comedor, adornada con velas a su alrededor, con un aspecto terrorífico. La señora se giró hacia mí con sus ojos grises muy abiertos.

—Veas lo que veas, pase lo que pase... ¡No te acerques!

No hice preguntas, me quedé congelado en el sitio.

Cuando su pequeño cuerpo estuvo en el centro de todas esas velas, las llamas comenzaron a danzar con fuerza, alzándose hasta casi quemar el techo. El pánico se apoderó de mí al ver cómo se quejaba y gritaba sin control. Gruñía, jadeaba, pateaba, babeaba, se retorcía de formas extrañas y lloraba. Pedía que pararan, que la soltaran.

Una especie de humo negro comenzó a salir de su cuerpo y la señora llegó con un frasco donde la bruma se metió.

Caminé hacia uno de los estantes que teníamos prohibido abrir, sorprendiéndome ante la gran cantidad de frascos iguales. La señora Vit era al parecer una especie de exorcista. Quizá no estaba tan loca como se pensaba.

—La chica tiene un don especial... —susurró.

Me gire hacia Pam. Ella vomitaba a un costado de la mesa, con la cara pálida e hinchada por tanto llorar. Las velas se habían consumido en su totalidad.

Me acerqué despacio hacia ella, mirándome en sus ojos como espejos de obsidiana. Parecía un animal asustado, herido, enojado. Se veía peligrosa. Nunca antes me había aterrado su mirada. Al contrario, la encontraba cautivadora.

La señora me agarró por el hombro antes de dar otro paso hacia ella. Tiró de mí hacia atrás.

—Por ahora déjala sola, chico. He descubierto su secreto y lo más probable es que se sienta enojada.

Como si lo hubiera adivinado, se giró hacia nosotros para gruñir como lo haría un gato rabioso. La ira que emanaba era asfixiante, y podía jurar que incluso era tangible.

Subí a dormir, o por lo menos a intentarlo, mientras la señora se quedaba a charlar con ella. Me quedé despierto la mayor parte de la noche. Pensaba en todas aquellas veces que había sido molestada en el orfanato o en el instituto, por culpa de no poseer un don. En un pueblo donde los dones eran sagrados, donde tener uno era considerado una bendición y el no poseerlo era tomado como una aberración; un castigo de los dioses. Eras marginado.

Debido a que yo no poseía ninguno, mi vida fue dura y Pam soportó cada golpe, cada burla, a mi lado. Porque éramos iguales. Pero eso no era verdad. Ella sí poseía un don y, aparentemente, uno muy raro.

Por la mañana, desperté con el chirriar de la puerta en sus bisagras. Cabizbaja, con el rostro oculto entre una maraña de cabello, su rostro pálido viajó del suelo hasta mi cara. Con pasos cortos, derrotada, se sentó en el borde de la cama y se cubrió los ojos con las manos.

—Tienes un don —dije, con la boca seca.

Ella asintió.

—¿Por qué nunca me dijiste?

Pam no respondió.

El miedo, el cansancio y cualquier otro sentimiento que me molestaba, había desaparecido. Pero la ira permaneció. Me sentía traicionado. Había confiado en ella, había peleado por ella.

—No confías en mí... ¡¿Verdad?! ¡O es que me tenías lástima! —espeté, con rabia.

Una lágrima resbaló por mi mejilla. Su rostro se contrajo con tristeza. Dejé que las lágrimas salieran a raudales, con dolor en el pecho. Antes de que pudiera decir algo, Pam se lanzó sobre mí. Me cubrió con su delicado cuerpo, con brazos y piernas, en una intimidad que me reconfortaba.

—No es por eso que no te lo dije. Eres la única persona en quien puedo confiar. Es algo que nunca he querido... ¡No lo quiero! ¡Quiero que desaparezca! Es difícil lidiar con él.

—¿Por lo que pasó anoche? ¡Te ayudaré con eso, junto con la señora Vit! —afirmé, mientras acariciaba su nuca con dulzura y enterraba mi nariz en la curva de su cuello.

Ella negó, apartándose para mirarme.

—Son estos ojos. Están malditos. Mi familia me abandonó por culpa de ellos...

Pam no solía hablar sobre su familia. En ese momento supe la razón.

Me platicó sobre su don y en qué consistía; pude comprender que no le gustaba hablar de él, en absoluto. No debía ser grato ver a los muertos o saber cuándo alguien estaba a punto de morir.

Trate de domar los rizos rebeldes de mi melena y me acerque a la ausente Pam. Cuando estaba así, me recordaba a la señora Vit. Si bien no era su hija, tenían muchas cosas en común.

—No vayas a la escuela —susurró.

Luego me miró a los ojos y un resplandor plateado se arremolino en ellos.

Trague saliva.

—¿Qué sucede? —pregunté, mientras un frío recorría mi columna.

—Quédate en casa. Por hoy.

Su voz sonó temblorosa. Sujetó mi mano con fuerza mientras contenía las lágrimas.

—No pasa nada. Vámonos a clase antes de que la señora Vit nos mate a los dos.

Le di un beso en la frente. Acto seguido, un puño se plantó en mi abdomen con violencia. Mientras luchaba por recuperar el aliento, Pam salió a toda prisa de la habitación maldiciendome por mi comentario.

«Chica fuerte» pensé.

Corrimos por las calles adoquinadas de Milvus, un pueblo a las orillas de la ciudad de Astra. Uno de los más conservadores que debía de haber. Varias calles se encontraban cerradas debido a los preparativos para la celebración.

Todos los años se llevaba a cabo la fiesta de La Estrella de Los Deseos. Durante toda la noche, las personas salían a reunirse en la plaza frente a la hoguera que preparaban para la ocasión, creada con lo más alto de la magia y que solía perdurar hasta el amanecer. Las damas vestían de color plata y los hombres con trajes negros y blancos. Bebían, cantaban y bailaban alrededor de la hoguera hasta que el sol salía.

Llegamos al viejo edificio académico. Sus paredes estaban cubiertas por una enredadera espinosa, cuya magia permitía que el lugar estuviera libre de intrusos. A pesar de verse en ruinas, por dentro era mucho más agradable de lo que parecía.

Los pasillos estaban hechos de un mármol opaco, iluminado con grandes farolas que brillaban con intenso fulgor.

Caminamos a toda prisa para llegar a tiempo a clases. Al girar en uno de los pasillos, me di de frente contra alguien. Hice un par de pasos hacia atrás, hasta que Pam colocó sus manos sobre mi espalda para ayudarme a mantener el equilibrio.

—Disculpa. No te ví... —comencé a hablar.

Me detuve al ver contra quién había chocado.

Carlo. El sujeto más insoportable que conocía. Tan solo un par de centímetros más alto que yo, con cabellos rubios perfectamente peinados. De ojos azules y, por supuesto, con un don impresionante. Él y su séquito se habían encargado de hacerme la vida insoportable desde que la señora Vit nos inscribió en la institución. Aparentemente, por ser el más agraciado del colegio, todos le tenían respeto. Cuando no era el caso, se encargaba de infundir temor en sus enemigos.

Un par de años atrás me había carbonizado varios rulos de mi cabello. Después de ello, simplemente dejaron de molestarme, y yo traté de evitarlo lo más posible. Pero ahí estaba, frente a él.

—¡Una verdadera pena! Aparte de no tener Don, estás perdiendo la vista.

Me dedico una sonrisa burlona.

—Déjanos en paz, Carlo —se apresuró a decir Pam.

Carlo la miró con una extraña expresión en su rostro. Se deslizó hasta ella y sujetó la trenza de su cabello para depositarle un beso. Ella se tiró hacia atrás, apartándose de él.

Apreté los puños con fuerza. Pam pareció notar mi enfado y me dedicó una mirada suplicante, mientras negaba con la cabeza.

—Mi querida Pamera... ¡Tan bella como siempre! Esta vez lo dejaré pasar. Pero no soporto las faltas de respeto.

Ronroneo su nombre. Resultaba asqueroso.

—Te lo agradezco—contestó Pam en un susurro.

Sujetó mi codo y me arrastró fuera de ahí.

Estuvimos en paz por el resto de la mañana. No pude evitar mirar a Pam. Se veía molesta y nerviosa por lo que fuera que había visto en la mañana. Al terminar las clases, me arrastró de vuelta a casa; su mano se mantenía firme sobre la mía. Ese acto calentó mi pecho. Por alguna razón, sentía diferente su tacto.

Mientras caminábamos, un estruendo hizo saltar a todos. Humo se serpenteo por las calles, bloqueandonos la vista. Gritos alarmados comenzaron a resonar por todo el lugar y el pánico se extendió. Pam se aferró más a mí como si temiera que desapareciera de repente.

—Estoy aquí.

La calme pasándole un brazo sobre los hombros. Ella se dejó consolar, apretándose contra mi pecho mientras aquella nube extraña desaparecía. La proximidad de su cuerpo contra el mío me estremeció. Encogí los dedos de mis pies.

—Siempre me he preguntado... ¿Qué es lo que le ves a ese pobre diablo?

La voz de Carlo interrumpió el íntimo momento. Pam se apartó, como si le avergonzará que la vieran tan cerca de mí. Hice una mueca ante su gesto.

Una punzada atravesó mi pecho. Me gire para confrontarlo.

—¿Qué te trae por el mercado, Carlo? Pensaba que eras alérgico a estos sitios.

Se metió las manos a los bolsillos en un gesto despreocupado y observó alrededor con disgusto, nada complacido por lo que veía.

—Siempre son buenos los gestos de caridad. Además, hoy es día de fiesta... ¿No sé me permite festejar?

Traté de sonreírle para calmar la tensión. En su lugar, una mueca se abrió paso.

—Adelante. Ve a donar a los pobres.

La frase salió de mi boca sin que pudiera contenerla. Carlo respondió con un ligero golpecito en su barbilla, como si pensara en algo.

—Curioso... ¡Muy curioso! He oído que junto al templo hay un pequeño orfanato, ¿no es así?

Se acercó hasta quedar cara a cara. Sentí su respiración en la punta de mi nariz. Una sonrisa apareció en su rostro y una fuerte estática me erizó la piel. Cerré los puños, manteniéndolos a los lados de mi cuerpo. Tuve que contenerme para no quitarle aquella mueca socarrona de un golpe.

Tomó un rulo de mi frente como lo haría un padre y lo quitó de la vista. Sus ojos brillaban como los de un depredador al ver a su presa. No me deje intimidar por su postura o sus acciones. Me mantuve firme. Su mano se posó sobre mi mejilla. Me miró fijamente.

No pude articular palabra alguna.

—¿No es de ahí donde saliste, pequeña rata?

Un tic se apoderó de mi sien. Quería golpearlo, hacerle tragar sus palabras.

Pam interrumpió antes de que mis instintos más salvajes hicieran acto de presencia y le rompiera la nariz.

—Basta, Carlo. Déjanos en paz. Por favor.

Su súplica me rompió el corazón. Odiaba que suplicara en mi nombre. Por mucho tiempo había sido así. Al no poseer un don con el cual defenderme, era a lo que podía aspirar.

Me gire en su dirección. Ignoré por completo al tipo quien, con un simple toque, podría electrocutar hasta la muerte.

—¿Por qué lo defiendes tanto? —Ladró Carlo a mi espalda.

Decidí simplemente caminar hacia Pam, mientras su mirada pasaba de mí a él.

—Detente—susurró ella.

Tomé la mano de Pam y comencé a caminar. Su agarre se hizo más fuerte y no se quejó a pesar de mi brusquedad. De repente, por mi otro brazo un pinchazo de dolor me atravesó el cuerpo, haciéndome gruñir, y a Pam soltar mi mano con un suspiro entrecortado.

Me gire para chocar contra Carlo. Estaba a punto de gritarle sin importarme las consecuencias. Algo dentro de mí me detuvo.

—Deberías aprender a no tocar lo que no te pertenece —susurró en mi oído.

«¿De que diablos habla este idiota?»

Aquel pensamiento estalló en mi cabeza.

El tirón de Pam fue lo único que necesité para vaciar mi mente y volver a la andada. El se quedó de pie; miraba con recelo nuestras manos unidas.

Llegamos a casa sin decir palabra, solamente para encontrarnos a la señora Vit parada sobre el pórtico de la casa. Estaba descalza, con el cabello alborotado, un vestido negro largo y la mirada perdida en el cielo mientras susurraba palabras inaudibles. Pam entró rápidamente por un abrigo, mientras me daba a la tarea de buscar sus zapatos que estaban dispersados por el pasto.

Tomé el más cercano en el centro del patio. Desde allí podía ver el otro que había terminado de alguna forma atascado en los arbustos del frente. Al tomarlo, algo en el fondo llamó mi atención. A simple vista, parecían unos ojos que me observaban desde la oscuridad. Sin siquiera razonar, mi mano se movió en su dirección.

Pegué un brinco cuando una mano me sujetó por la muñeca. Me relajé al ver que era la señora Vit, aun con la mirada perdida. Sentí que de alguna forma podía ver mi alma.

Algo en sus ojos grisáceos llamó mi atención. Parecían tornarse un poco más oscuros, como si su pupila estuviera dilatada más de lo normal y, por un breve momento, me pareció ver un destello plateado arremolinarse. Un escalofrío recorrió mi columna, haciéndome retroceder.

De alguna extraña manera, me había transportado a una habitación en blanco. Estaba en completa soledad. Lo único que me acompañaba era la voz cantarína de la señora.

—Has llamado la atención de la muerte. Las Parcas tienen que ser fuertes.

—No comprendo.

Camine en círculos. Sentía una angustia desgarrante en mi pecho.

—Una de las parcas te ha reclamado. Ella te ha salvado. Por la segunda ha sido escrito tu destino... ¡Y por la tercera te volviste marchito! Ser la primera siempre estuvo en tu camino. Finalmente los hilos del destino se han movido.

—¡Señora Vit! —llamó en un grito Pam, sacándome de aquel trance.

Pam había cubierto a la señora Vit con una manta, mientras aflojaba los dedos de su agarre en mi muñeca. No había sentido dolor alguno. Sin embargo, unos hematomas grandes florecieron.

—Vamos a ver eso... —señaló Pam.

Hizo un mohín como si le doliera en mi lugar.

—Ella vendrá hoy. Ella vendrá hoy... —canturreo la señora, apartándose de nosotros para dar vueltas por el jardín hasta terminar acostada sobre el césped.

—Déjalo. No pasa nada —le dije mientras me apartaba de su toque, con un dolor en el pecho tras rechazar su ayuda.

Mi mente seguía en una especie de neblina líquida, y estaba asombrado por no haber vertido el contenido de mi estómago sobre mis pies en aquel momento.

Tomé finalmente el zapato que me faltaba y me encaminé a la entrada con pasos temblorosos. Agradecí que Pam se mantuviera en silencio.

—¡Chicos! ¿Cómo les fue en el colegio?

La voz de la señora Vit me hizo voltear la cabeza como latigazo. Casi maldije por el vértigo que me produjo. Al verla a los ojos, la sensación desapareció por completo.

Aún se encontraba sobre el césped. Estaba sentada y palmeaba el pasto como una niña pequeña. Rápidamente, como si no fuera una señora de edad mayor, se puso de pie acomodándose la manta que Pam le había colocado sobre los hombros. Movió los dedos de sus pies en el césped y soltó una risita.

—Nosotros... —balbuceé.

—¡Creo que he perdido mis zapatos!

Me volví. En un par de zancadas me postré frente a ella y coloqué sus zapatos en el suelo. Con su tímida sonrisa se apresuró y nos adentramos a la casa mientras se aferraba a mi brazo para mantenerse en equilibrio.

Comimos en silencio. Reflexioné sobre las palabras que la señora Vit me había dicho. Su don era la clarividencia. Nos había contado que ella solía estar casada y que tuvo dos hijos. Debido al trance en el que entraba, estar con ella le fue difícil a su esposo. Le había dicho que era imposible vivir con “tres” niños. La tristeza que sintió al contarnos aquello se sentía tangible, con un sabor amargo en el fondo de la garganta. Sin embargo, debido a eso tomó la decisión de volverse nuestra tutora. Decía que estaba destinado a que sucedieran las cosas así y, si jamás le hubiera dejado su marido, jamás hubiera tomado la decisión de ir a buscar dos niños huérfanos.

Aquello no era lo que más me preocupaba. Por mucho que no pudiera estar lúcida, jamás me había tocado de esa forma, y nunca me había transportado a aquel sitio. Me hacía picar de curiosidad y, al mismo tiempo, de miedo.

Mirándola, era una tierna señora que adoraba con devoción a sus dos muchachos. Lo notaba en las arrugas de su rostro al sonreír. Aunque podía tener un aspecto de bruja de cuentos, con vestidos negros y un poco desalineada, era la mujer más amorosa que hubiera conocido. En realidad, no conocía a nadie fuera de ella.

Ayudé a limpiar la mesa, mientras Pam se encargaba de los trastes. Una risita fue la única advertencia de que la señora Vit estaba junto a mi. Con un brinco me alejé cuando sus dedos tocaron mi brazo. Su sonrisa se desvaneció.

—¿Qué ha pasado, muchacho? —dijo con voz ronca.

Una punzada de dolor me atravesó el pecho al verla herida ante mi respuesta corporal. Me relaje y le sonreí para arreglar lo sucedido, pero ya no sonrió.

Quería preguntarle por lo sucedido. Me había dado la oportunidad para hacerlo en aquel momento. Dudoso, mire a Pam quien seguía entretenida en la cocina. Por alguna razón, no quería que se enterará de lo que había pasado. Sujeté a la señora por los hombros para guiarla a la sala, lejos de donde pudieran escucharnos.

—¿Ya llegamos a ese tipo de charlas? Dime... ¿Quién es la chica? ¿O es un chico?

Fruncí el ceño ante su pregunta.

Soltó una risita divertida mientras se dejaba guiar por la casa hacia el sillón. La empujé suavemente para incitarla a sentarse, y lo hizo sin objeciones. Se alisó el vestido y se despejó el rostro de aquellos mechones rebeldes.

Por un momento pensé que estaba en trance de nuevo. Al verla con mil emociones que revoloteaban en sus ojos, comprendí a qué se refería. No pude evitar sonrojarme ante la idea de pedirle consejos a Vit para poder salir con una chica. Miré sobre el hombro hacia la cocina. La señora soltó una risita de complicidad.

—Chica, entonces.

Sacudí la cabeza para aclararme. No tenía mucho tiempo antes de que Pam terminará con los trastes y decidiera averiguar la razón de estar ambos en la sala entre cuchicheos.

—No. Señora Vit... ¡Hace un rato allá fuera me dijo algo!

Las facciones de la señora se apagaron como si de repente hubiera bajado un interruptor. Ladeó la cabeza, como si mirarme directamente a los ojos le diera las respuestas de algo.

—¿Sí?

—¡Sí! Pero no entendí qué quería decir, o si era algo específicamente para mí. Quizá solo fue un accidente.

Le mostré la muñeca con hematomas y una mueca de dolor se disparó en su rostro. Sus ojos comenzaron a llenarse de lágrimas.

—Yo. Nunca... ¡Perdón! —sollozó mientras pasaba sus dedos por mi muñeca, como si pudiera borrarlos.

Por acto reflejó la envolví en mis brazos. Nunca me había gustado verla llorar y sabía que su llanto era mi culpa.

El ruido de la cocina había cesado. Estaba apunto de retirarme antes de que Pam viniese y pudiera escuchar nuestra conversación o pudiera preguntar qué sucedía. La señora era mala guardando secretos.

El aliento de la señora sobre mi oído me congeló. Mi mente se nubló por un momento y volví a esa habitación en blanco.

—¡¿Señora Vit?!

—La muerte se ha enamorado. Has sido el afortunado. Tu destino fue sellado y solo Ella podrá arreglarlo.

—¡No entiendo! ¡¿A qué se refiere?!

El pánico se disparó en mi cuerpo. Comencé a correr, pero era como estar detenido en el mismo sitio. La desesperación me picaba en los huesos. Me dejé caer de rodillas en lo que posiblemente era el suelo, mientras un pensamiento cruzaba por mi mente. Recordé lo de aquella mañana.

La señora Vit jamás me había involucrado en alguna de sus visiones. Tenía que ocurrir justo el día en que Pam lo vio en mí. Una risa nerviosa escapó de mis labios.

—¿Voy a morir?

No hubo respuesta. Estaba claro. Pam nunca se equivocaba.

La señora Vit repitió una, otra y otra vez el mensaje. Por más que lo escuchaba, no le encontraba sentido. Lo único que pude hacer fue tumbarme mientras las lágrimas salían.

La neblina se disipó y abrí los ojos. Estaba recostado sobre el regazo de la señora. Sus manos me peinaban el cabello del cuero cabelludo hacia las puntas.

—Lindo corderito. Duerme, mi lindo corderito —cantó.

—¿Qué está pasando? —preguntó Pam, con una toalla en las manos mientras se las secaba y miraba con una sonrisa la escena frente a ella.

Por alguna razón, su sonrisa era amplia y muy encantadora. Ella casi no solía sonreír de ese modo. Era como si se obligará a embotellar todos sus sentimientos por miedo a que la lastimaran. Pero ahí la tenía, con un brillo único en su rostro y, por un momento, odié saber que mi muerte era inminente.

—Deja que duerma mi corderito. Tan tranquilo y bonito.

Mis ojos comenzaron a cerrarse de nuevo, consumido por un cansancio. Lo último que escuché fue la risa de Pam, la cual se clavó en mi cerebro. Abrí los ojos para verla sentarse en el mullido sillón frente a nosotros y a Maxu, un gatito negro que habiamos rescatado un par de años atras, que corrió a recostarse en su regazo. Aquel felino nos hizo meter en problemas. Sin embargo, ver feliz a Pam fue lo mejor que me pudo pasar.

Por ella haría todo lo que fuera necesario.

La señora Vit y Pam ya no estaban en la sala. Escuché sus voces en la parte superior, y me levanté con todo el cuerpo adolorido por la mala posición en la que dormí sobre el pequeño sofá.

Subí en silencio las escaleras. La madera podrida no cooperaba mucho, y chillaba cuando mi peso se posaba sobre alguna tabla.

Maxu estaba sentado frente a la puerta entreabierta de la habitación de la señora Vit. La risa de Pam atravesó las paredes y rebotó en mi cuerpo con ligeros cosquilleos en mi nuca. La vida me dejaba escucharla reír, como un regalo de despedida.

Me acerque a la habitación y llame a la puerta. Pronto las voces del otro lado se silenciaron. De golpe la puerta se abrió, mostrándome un par de ojos grises. La señora me observó de arriba abajo y frunció el ceño.

—Necesitas arreglarte.

Me hizo un gesto con la cabeza para que entrara y desapareció. Frente al espejo, espectacular y majestuosa, estaba Pam. Llevaba un vestido plateado que acentuaba cada curva de su cuerpo. Sus caderas ligeramente ensanchadas, una fina cintura, sus pechos pequeños que se distinguían con aquel escote. Su cabellera, que normalmente siempre iba trenzada, estaba suelta. Descendía por su espalda en una cascada de rulos que brillaban con una especie de polvo plateado.

La mandíbula me dolía de sonreír y mis ojos comenzaron a secarse por la falta de parpadeo. Grabé esa imagen en mis retinas.

—Te ves...

—¿Ridícula? —me interrumpió.

—¡Hermosa! ¿Por qué el vestido? ¿Saldrás?

La puerta de la habitación volvió a abrirse de golpe.

—¡Iremos a la celebración de la estrella! —aclaró la señora Vit, con un traje colgado sobre sus huesudos dedos.

Me lo tendió. Era un par de pantalones a juego con una camisa negra y un saco blanco. Sin poner resistencia, camine a mi habitación para cambiarme. Cuando bajé, fui recibido por una elegante señora Vit.

—¡Señora Vit! ¡Se ve estupenda!

Me acerqué para darle una vuelta y luego besar su mejilla. Ella se sonrojo, dándome un golpe amistoso en el hombro con una cartera a juego con sus accesorios.

Llevaba puesto un vestido plateado con bordados de estrellas fugaces sobre su falda y un abrigo de lana blanco que cubría sus hombros redondos. Sus ojos tenían un delineado negro que profundizaba su mirada, y se había recogido el cabello en un moño sobre su nuca.

—¡Basta, muchacho! La protagonista de la noche es Pamera.

Ambos nos giramos para verla ruborizarse en una esquina de la sala. Le dediqué una sonrisa y me acerqué a ella, ofreciéndole mi brazo para sujetarse.

—¿Vamos? —pregunté.

—Vamos —contestó, y entrelazó su delicado brazo con el mío.

Mi corazón dió un vuelco con la hermosa sonrisa que me dedicó. Luego me gire para ofrecerle mi brazo disponible a la señora Vit.

Así los tres nos dispusimos a disfrutar de la celebración.

El aire fresco de la noche me golpeó y despejó mi mente aturdida. Caminamos hasta las calles abarrotadas y adornadas. Me tomé un momento para admirar los cientos de orbes que flotaban sobre nuestras cabezas. Eran de distintos colores, creados para simular estrellas. Se desplazaban por los pasajes principales como si se tratara de un río. Algunas bajaron para rodearnos, como si tuvieran vida propia.

Pam se veía realmente divertida mientras las empujaba para volverlas a elevar. Mientras tanto, la señora Vit daba vueltas, como si estuviera bailando. Logró que formaran un remolino a su alrededor y subieran en tromba con grandes destellos.

Una de las estrellas bajó y la acuné en mis manos. La magia era tan hermosa, cautivadora; podía crear cosas tan maravillosas como aquellas.

—¡Es muy hermosa! ¡Brilla más que las otras! —dijo Pam, con una risilla.

«Eres más hermosa. Y brillas mucho más...» pensé como respuesta, pero apenas me limité a asentir como un tonto.

—¡Brilla, estrella mágica! ¡Brilla! —agregó la Sra. Vit, entre cortos aplausos.

Crecí rodeado de personas con dones. Me humillaban a diario por no tener uno. Aquello me llevó a pensar que la magia era algo inútil. Por mucho tiempo quise odiarla, pero no pude.

Podía jurar que unos hilos finos me jalaban hacia Pam o la señora Vit. Sentía que teníamos que estar unidos, porque la magia era eso; algo inexplicable que nos unía. La magia era de alguna forma un vínculo; era vida.

Dejé escapar un suspiro. La estrella regresó al cielo y continuó su viaje. Nos detuvimos en un par de puestos para comprar banderillas y ponche caliente. Luego de comer, continuamos hacia la hoguera dónde la señora Vit nos contó un par de historias de su juventud, cómo había conocido a su esposo y las aventuras que tuvieron. En ocasiones, Pam la obligaba a calmarse cuando la historia subía de tono.

Reímos por varios minutos. Luego me dediqué a observar lo alegres que lucían en ese momento. La señora Vit me atrapó con la mirada fija en Pam por más tiempo de lo normal, y me hizo sonrojar por lo que posiblemente llegase a pensar. Sin embargo, se limitó a sonreír sin más.

—Iré a buscar a ese viejo amargado del señor Robins... ¡Dijo que vendría a la celebración, pero hasta ahora no lo he visto! —dijo de repente, mientras se ponía de pie y acomodaba su abrigo.

—¿Señora Vit?

—¡Disfruten de la noche! ¡Bailen hasta desgastar esos zapatos! Los veré en casa a la hora que decidan regresar.

Me guiñó un ojo. Pam se puso de pie para sujetar su mano.

—¿Estará bien por su cuenta?

La señora palmeó su mano y la retiró con delicadeza, mostrándole una amplia sonrisa.

—¡Son jóvenes! ¡Disfrútenlo! Se lo merecen...

Pam asintió con alegría, mientras ella se retiraba.

—¡Disfrute usted también, señora Vit!

Se giró y me dedicó un corto saludo, con una sonrisa apenas perceptible.

—Disfruten... Por última vez —murmuró.

Pam pareció no notar aquel comentario. La señora Vit se alejó dando tumbos. De inmediato comenzó con sus susurros y delirios interminables.

—Pam... —llamé.

Su mirada se conectó con la mía dejándome congelado.

—¿Sí?

No sabía qué decir. Quería que me mirara para verme reflejado en sus hermosos ojos.

Su piel brillaba bajo los tonos verdosos de la hoguera a un par de metros. Sus labios habían tomado un leve color rojizo, al igual que sus mejillas.

—Yo...

Sus manos delicadas se habían situado sobre el vientre. Si subía un poco la mirada, podía descansar la vista en sus pechos. Pequeños y delicados, perfectamente redondeados.

Tragué saliva, al borde de un colapso nervioso. Las manos me hormigueaban con un único pensamiento.

—¡Iré por otro ponche! ¿Quieres uno?

«¿Ponche? ¡Idiota!» me dije.

Ella parpadeó.

—Sí. Me gustaría, supongo... ¡Gracias!

Giré sobre mis talones y salí de allí a toda velocidad. El corazón me golpeaba el pecho con fuerza. Si seguía mirándola a los ojos, o fijándome en su forma tan provocativa de pasarse el cabello por detrás de la oreja al contestarme, me volvería loco. Sentía la piel hervir bajo el traje. Me deshice de los dos primeros botones de la camisa, compré las bebidas y regresé.

Pam se había ido.

—¿Pam? ¡¿Pam?! —grité, al borde del pánico.

Dejé las bebidas sobre los bancos y corrí entre la gente. Mi cuerpo pasó de estar al borde del éxtasis, al borde de un ataque de pánico.

«¡Maldición! ¡¿Por qué la dejaste sola?!» me reproché.

Traté de pensar con la cabeza fría. Sabía que ella jamás se iría sin avisar. Algo me decía que no estaba bien; una especie de presentimiento que picaba en mis huesos.

—¡Pam! ¡Pam!

Busqué en los sitios más cercanos. Un puesto de comida, los sanitarios públicos, donde fuera. Regresé a la hoguera y también pregunté a un par de personas si la habían visto.

Nada. No había rastro de ella.

Sin rendirme, comencé a meterme entre callejones, mientras caminaba de regreso a la casa. Encontré perversiones y risas en muchos de ellos. En otro momento, me hubiera puesto colorado. En aquellos momentos, la preocupación salía por cada poro de mi cuerpo.

Una voz familiar llegó entre las calles. Mi piel se erizó con sólo oírla.

—¡Déjame en paz!

Corrí. Me detuve de golpe al ver a Carlo. Tan elegante y petulante como siempre.

—No... ¡No! —pude apenas balbucear.

Sus manos se aferraban a las caderas de Pam. Ella tenía los brazos encogidos contra su pecho, para poner espacio entre ambos. Una ira visceral creció en mi pecho.

Sin pensarlo, me lancé hacia él. Logré sujetarlo por un brazo y retorcerlo hacia atrás.

—¿Qué diablos? —exclamó, sorprendido.

Pam dió un brinco lejos de sus garras y se llevó una mano a la boca para amortiguar un chillido.

Carlo se zafó de mi débil agarre y arremetió con un puño contra mi mejilla. Dolió como los mil demonios.

—¡Agh! —me quejé.

«¡No hay tiempo para ser débil! ¡Protege a Pam!» estalló la orden en mi cabeza.

Levanté el brazo para cubrir un segundo impacto. Agarré vuelo y le planté un puñetazo en el mentón, haciéndolo retroceder. Miré mis nudillos con sorpresa. Realmente le había dado duro.

—¡Maldita rata!—gruñó, frotándose la barbilla.

Chasqueó los dedos. Un potente rayo impactó a pocos centímetros de donde me encontraba. Pam dejó escapar un grito.

—¡Detente! ¡Déjalo!

Otro rayo impactó a mis pies. Dejó una mancha negra chamuscada en el suelo, en una clara advertencia. El siguiente daría en el blanco. La mirada de Carlo era fría y calculadora; tenía un labio partido y aún así sonreía escalofriantemente.

—Debiste aprender tu lugar, escoria. Te mostraré lo que sucede cuando te metes con lo que me pertenece.

Fruncí el ceño. Sus tonterías comenzaban a colmarme la paciencia.

—¡Aléjate o ya verás!

Las palabras brotaron de mi boca, mucho más seguras de lo que podría suponerse. Carlo soltó una carcajada al notar mi irritación.

—¡Oh! Mira nada más...

Lanzó otro rayo. Tuve que agacharme para que no me diera en toda la cara. Él disfrutaba de la sensación de poder que le otorgaba aquella tortura.

—Creo que alguien te guardó un secreto —dijo, en tono burlón.

—¿De qué hablas?—gruñí.

—¿Acaso no se lo contaste?

Carlo se giró en dirección a Pam, quien mantenía firme su mirada en mí.

—¿De qué está hablando? —le pregunté.

Me miró un segundo y luego a Carlo. En respuesta, ella negó con la cabeza. La rabia volvió a florecer.

—¿Qué no me has contado? ¡Pamera!

Dejé escapar un de sollozo lastimero y me odié por la debilidad.

—Anda. Dile —insistió Carlo.

—¿Qué no me has contado? —Grité perdiendo los estribos.

No podía verme reflejado en aquellos ojos a punto de estallar en lágrimas. No podía escuchar lo que salía de su boca.

—Pam se ofreció a ser mía a cambio de no volver a tocarte.

—¡¿Qué?!

—Se sacrificó para que nadie de mi grupo te moliera a golpes... —escupió, con una risa espeluznante.

—Mientes —susurré, mientras luchaba por mantenerme de pie.

Mis piernas se volvieron de gelatina. Luché por tomar grandes bocanadas de aire.

—¿Creíste que solamente por buena voluntad dejé de molestarte? No soy tan bueno. Mucho menos tratándose de algo que me entretenía como no tienes idea —continúo.

Soltó otra carcajada que me nubló el juicio.

—¡Mientes! —repetí.

Apreté los puños.

—Sabes que lo que digo es verdad —se burló.

Algo en los ojos de Pam pareció cambiar. Por un breve momento pude verlo. Aquel resplandor plateado; una vez más.

La muerte.

Quería rogarle. Quería que me dijera que era una mentira, que no había pactado con un sujeto tan despreciable como Carlo. No por mantenerme bien.

Me sentía débil, inutil. Era un marginado, un pobre diablo sin dones. Y ella lo sabía; sabía cuán débil era.

—Eris... Perdóname —fue lo único que salió de su boca.

—Te amo, Pam.

Lágrimas de amargura rodaron por mis mejillas. Antes de siquiera ver su reacción, me fui encima de Carlo, aferrándome a ese zarcillo plateado de sus ojos.

Logré conectar un par de golpes antes de que comenzara a lanzar rayos en todas direcciones. Uno de ellos rozó mi brazo y me obligó a detenerme por el intenso dolor. Carlo estaba fuera de control y su don mucho más. Fuera de control resultaba mortal.

—¡Muere! —bramó.

Un fuerte estallido me lanzó lejos.

El olor a quemado colapsó mis fosas nasales. Sin poder moverme, sentía cómo mi respiración cada vez era más forzada. El pecho me ardía de una manera insoportable.

Decidí concentrarme en las estrellas que resplandecían de manera magnífica. Creaban constelaciones que ni siquiera sabía que existían. Tonos rosados bañaban el oscuro azul del cielo

—Eres más hermosa. Y brillas mucho más... —balbuceé, con una tonta sonrisa.

—Despídete, Sideris... —se burló Carlo.

Podía notar su silueta por el rabillo del ojo. Ni siquiera me molesté en mirarlo para confrontarlo hasta mi último aliento. Me concentré en la vista, con la esperanza de una vida mejor.

—Je... —comencé a reír.

Soñé despierto con un mundo donde tuviese un don con el cual pudiera ayudar a quienes amaba. La señora Vit, Pam y su gato Maxu. Una carcajada nerviosa escapó por mis labios, acompañada por una tos.

Silencio.

Solté mi deseo para que pudiera ser escuchado. Quizá fuera producto de mi imaginación, pero pareció que una estrella me contestó. Brilló tan intensamente, que creí que me dejaría ciego.

Algo hizo vibrar las puertas y ventanas de todo el lugar. El impacto de lo que fuera que cayó se convino con un golpe final asentado por Carlo.

Lo sentí. Sus manos frías, su aliento helado; una calma total en lugar de una desesperación corrompida. Había muerto. Pero no estaba muerto. No aún.

Abrí los ojos con un cosquilleo en todo el cuerpo. Brillaba de una forma extraña, tal como la estrella que había visto momentos antes. Ya nada me dolía. Nada en mi se sentía igual.