CAZADORES DE DESEOS
INFO DEL AUTOR
Mario Alfaterra es un escritor argentino nacido en Córdoba. Recibido de Realizador Audiovisual, Mario es un talentoso guionista que se destaca en los campos del cómic y la realización de productos transmedia. Los caminos de escritor y profesor de Escritura Creativa, sus grandes pasiones, lo han llevado a convertirse en Editor en Jefe de Klavier Ediciones. Su libro “Espadas de Tinta. Una guía para la creación de mundos de fantasía” se encuentra en proceso de maquetación.
Actualmente trabaja en la escritura de su novela “Las muchas vidas y varias muertes de Mabon Amara”, de pronta publicación.
Instagram:@mario.alfaterra
Reinaba una noche silenciosa.
Astra se extendía como un vasto laberinto de acero y cristal. Si bien majestuosos, sus rascacielos parecían agachar la cabeza bajo la presión de la monotonía. Luces de neón parpadeaban con desgana, muestra de haber la voluntad de iluminar. La ciudad esperaba por un milagro que la despertase de un letargo que se percibía eterno.
Por la ventana que rara vez permanecía cerrada el humo de un cigarrillo consumido hasta el filtro escapó. Poco a poco, se entremezcló con la bruma que cubría las calles como un manto de olvido.
Salazar observó el cenicero colmado de colillas, y lo vació con fastidio en el cesto de basura. Revisó la pila de cartas que había recibido en la mañana. Decidió desecharlas también.
—Porquería. Porquería. Porquería... —repitió, mientras las rompía en pedacitos.
Una en particular llamó su atención. No recordaba haberla recogido del buzón. El sobre era de un rojo intenso, sellado con lacre negro. Olía a vino tinto y libros viejos.
«¿Otra de tus sorpresas, Pecas?» pensó, con una media sonrisa.
Decidió abrirlo. Al momento de romper el sello, las luces de su habitación parpadearon. Le dio un golpecito a la lámpara sobre el escritorio, y el foco volvió a encender.
—Apagones de mierda... —protestó.
El sobre contenía pétalos resecos de rosa negra y varias páginas de pergamino escritas con trazo exquisito.
—Veamos... ¿Qué tenemos aquí?
Esperaba que aquella extraña carta contuviese alguna historia interesante. En los últimos meses, lo único que recibió fueron chismes sobre abuelas que confundían un par de murciélagos con demonios o seres del más allá. Salazar preparó sus auriculares, acomodó el micrófono y continuó con su trabajo.
—Entidades mágicas como fantasmas, fuegos fatuos, nébulas encantadas... Usadas para despistar o atacar a los invasores. Se activan automáticamente ante determinadas condiciones como la noche, días especiales o la presencia de no iniciados —leyó con voz ronca.
Alzó una ceja. El texto parecía incompleto, como si la página perteneciese a algo mucho más extenso. «Quizás forma parte de un libro antiguo. Una página insignificante, arrancada sin más...» razonó, resignado.
Pausó la grabación. Rebuscó en su escritorio hasta encontrar un poco de tabaco en una bolsita al fondo del cajón.
—Gracias, Ana... —murmuró, con una sonrisa cansada.
Se desperezó, restregó sus ojos y cerró el portátil con un gran bostezo. Tronó su cuello, y bebió un último sorbo del té de toronjil con manzanilla que había preparado para trabajar. La vieja boticaria le había insistido en que aquel brebaje le permitiría escribir como Cervantes y mantenerse alerta como una madre primeriza. «Un té tan poco útil como una patada en la rodilla» rumió el muchacho, masajeándose la frente.
—¿Herboristería “La Bella Donna”? ¡¿En qué rayos estaba pensando?! —protestó, mientras estudiaba el panfleto que prometía quitarle la migraña de forma milagrosa. Lo dobló varias veces, y lo colocó junto a otros origami repartidos sobre su escritorio.
Cada figurilla de papel acompañaba una fotografía tipo Polaroid. En algunas se lo observaba sonriente, junto a una muchacha morena que desordenaba su corto cabello rubio. En otras aparecía sólo ella, Ana, un tanto distraída. La última, su favorita, los mostraba recostados en un viejo sofá. Le gustaba especialmente por aquel contraste entre su incipiente musculatura y los contornos suaves de su compañera.
Salazar usaba como pisapapeles un reloj vintage en forma de robot que indicaba que la medianoche había pasado hacía largo rato. De las tareas pendientes agendadas en su pizarra de corcho, llevaba resueltas apenas dos.
—¡Oh, musas! ¿Por qué me han abandonado? —exclamó, un tanto frustrado.
Se desplomó sobre la pila de ropa que ocupaba la cama. Tomó su celular y exploró las redes sociales. Se detuvo en una fotografía de Ana. La joven sonreía y mostraba un cuaderno de notas con decenas de coloridos papelitos.
“¡Un paso más cerca de conseguir mi sueño!” leyó en voz alta. El simple hecho de verla mejoraba su día.
Una llamada entrante interrumpió sus cavilaciones. Casi soltó el móvil por la sorpresa. La pantalla mostraba el nombre “Ana Fantasía”.
Se ordenó contestar con su mejor voz de galán, pero su boca decidió hacer caso omiso.
—¿Hola? ¿Pimienta? ¡¿Estás ahí?!
Sonaba contenta. Ana tenía la capacidad de arrancarle una sonrisa, por más que lo negase.
—¿¡Pimienta!? Se ha equivocado de número, abuela... —bromeó Salazar.
—¡Si no te agrada que te llame Sal, te llamaré Pimienta!
—¿Por qué no Salazar? ¡Los nombres existen por algo!
—Porque es aburrido... ¡No seas aburrido!
Salazar suspiró.
—¿Estás más cerca de conseguir tu sueño? ¿Cómo así?
—¡Lo estoy! “La Luz Prohibida” pronto será la mejor saga de fantasía de todos los tiempos... ¡Ya lo verás! —respondió la muchacha, con una palpable excitación.
—¿No es un sueño un poco... grande?
—Así son los sueños que valen la pena. Pasaré a buscarte, así que ponte algo bonito.
Salazar llevaba unos jeans gastados y un suéter con capucha que había conocido mejores épocas. El resto de su guardarropa no distaba demasiado en estilo y elegancia.
—¡Saldremos a cazar historias! —gritó Ana, a voz en cuello.
El muchacho se sobresaltó, y corrió hacia la ventana. Tres pisos abajo, la joven esperaba en medio de la avenida. Movía su teléfono entre la bruma, como si se tratase de un faro en la costa.
—¡¿Qué estás haciendo?!
—¡Baja, Pimienta! ¡Vamos! ¡No hay tiempo que perder!
—¡Vas a despertar a los vecinos y van a odiarme! —carcajeó Salazar.
—¡Entonces baja de una vez! —se quejó Ana.
—¡Te van a atropellar!
—¡Las calles están vacías! ¡Vamos! ¡Nos perderemos la mejor oportunidad del mundo!
Salazar negó con la cabeza y soltó una risa.
—¡Dame un minuto! ¡Preparo mi mochila y partimos a la aventura!
Ana celebró dando saltitos de alegría. Salazar suspiró y cerró la ventana.
La muchacha encendió el medio cigarrillo que guardaba en el bolsillo de su chaqueta. Le dio una honda pitada y, al soltar el humo con fuerza, elevó la vista hacia el cielo nocturno. La bruma que cubría la ciudad comenzaba a disiparse y revelar un tapiz de estrellas infinito. «¡Una de ustedes cumplirá mi deseo esta noche!» pensó, sonriente.
Las señaló, nombrándolas en voz alta como si se tratase de viejas amigas perdidas en el firmamento. Ellas parecían responder a su llamado y brillar con mayor intensidad.
—Confío en ustedes. De verdad... —musitó.
—¿Le hablas a tus hermanos en la nave nodriza? —preguntó una voz a sus espaldas.
Ana dio un respingo. Salazar mostró una enorme sonrisa y emergió de entre la niebla cual Gato de Cheshire. Una tez de mármol y ojos de turmalina verde lo dotaban de cierto aspecto fantasmagórico.
—¡¿Cómo llegaste tan rápido?!
—¡Maaagiaaa! —bromeó Salazar, mientras movía los dedos en el aire.
Ana frunció el ceño.
—¡No te burles! ¡La magia existe! ¡Y ésta noche te lo demostraré!
Sacó la lengua. Él alzó una ceja, y ambos rieron a carcajadas. Lo envolvió en un fuerte abrazo, y él le besó la frente con ternura. Ana irradiaba energía y emoción; una fuerza de la naturaleza que arrastraba a Salazar hasta su órbita.
—¡Casi me matas del susto, tarado!
—¿No eras mitad vampiro? Eso te hace mitad inmortal... ¡O algo así! Técnicamente, casi te medio mato.
—¡Claro que lo soy! ¡Y he decidido que ya no eres digno de ser mi Igor! ¡Vete! ¡Vete! —respondió Ana, con fingida indignación.
—¿Qué tipo de historia perseguimos esta noche? ¿Sectas de Las Sombras? ¿Zombis? ¿Reyes locos de siglos atrás? ¡Necesito algo bueno para el próximo episodio del podcast! —se quejó Salazar.
—Algo mucho mejor. Esta noche... ¡Atraparemos una estrella!
Ana vibraba de la emoción. Salazar alzó una ceja.
—¿Una estrella?
—¡Y no cualquier estrella! ¡Una que cumple deseos!
—Entonces... ¿Nada de zombis?
—¡Los zombis no existen, tonto!
—¿Y las estrellas que cumplen deseos sí?
—¡Por supuesto! Lo tengo todo anotado y perfectamente planificado. Conozco al dedillo cada detalle... ¿Qué te parece si somos el equipo Cazadores de Deseos?
Ana mostró a Salazar un libro de notas con una gran estrella dibujada en la portada.
—¿No éramos los Detectives de La Medianoche la semana pasada?
Ana se llevó el índice al labio inferior.
—El trabajo detectivesco está hecho y la medianoche ya pasó... ¡Vamos! ¡Equipo Cazadores de Deseos!
Ambos chocaron puños.
—Bien... Cuéntame más, Pecas.
—¡Capitana Pecas para usted, Pimienta!
—¿Por dónde comenzamos? ¡Espero no meternos en problemas esta vez!
—¡Meternos en problemas es la mejor parte!
—No cuando se trata de entrar a hurtadillas en propiedad privada —argumentó Salazar.
Ana se escondió detrás de su cuaderno y miró a Salazar con ojos de cachorrito.
—Eres el rudo y yo la inteligente... ¡No puedo hacerlo sola! ¿Quién me defenderá de los fantasmas y los monstruos? —preguntó, mientras hacía pucheros.
—¡La única vez que nos enfrentamos a algo, fue a un guardia que se había quedado dormido! Y ni siquiera encontramos un verdadero hombre-lobo oculto en la fábrica... ¡Solamente ratas del tamaño de perros!
—¡¿Y si me atacan las ratas?! —preguntó Ana, aterrada.
—Les das una patada... ¡O las tomas por la cola y las arrojas lejos!
Ana abrió los ojos como platos y sacudió la cabeza con disgusto.
—¡Asco! ¡Asco! ¡Puaj! —se quejó, mientras Salazar cruzaba el brazo por sobre sus hombros.
—Está bien... ¡Seré el tipo rudo que te defienda de las ratas diabólicas!
—¿Y de los payasos asesinos?
—También te defenderé de los payasos asesinos —respondió Salazar, apretujándola contra su pecho.
—Sigo insistiendo en que Roberto es en realidad un hombre-lobo. Uno amable, incapaz de lastimar a una mujer inocente... ¡Seguro se ha rebelado contra su manada y por eso se esconde! —razonó Ana.
—¡¿Cómo sabes su nombre?!
—Porque lo he sobornado con pastel y refresco. Me tendrá al tanto de cualquier movimiento extraño... ¿Te imaginas si me vuelvo mitad vampiro, mitad lobo?
Salazar soltó una carcajada.
—¡¿Además de bruja?!
—¡Oh! Es cierto... ¿Crees que mi parte bruja entraría en conflicto con la influencia de la luna llena?
—¿Y la parte extraterrestre?
Ana frunció el ceño.
—¡Estoy hablando en serio! —se quejó.
—¿Eso es siquiera posible? Serías un tercio bruja, un tercio vampiro y un tercio lobo...
—¡Sería épico!
—¿Eso vas a pedirle a la estrella mágica?
Ana se sonrojó y volvió a esconderse detrás de su cuaderno.
—No exactamente —respondió, entre risas nerviosas.
—¿Entonces?
Ana se alejó unos pasos.
—¡No se cumplirá si lo digo en voz alta! ¡Vamos!
Emprendieron la marcha. La bruma que parecía sofocar la ciudad se convirtió en un hábito de misterio que envolvía sus pasos. Era como si Astra misma despertase a una nueva realidad. Salazar sonrió. Se sintió libre por primera vez en mucho tiempo. La rutina y la monotonía cedieron ante la promesa de lo desconocido.
Ana compartió algunas de las historias y mitos que había recopilado sobre Astra. Habló de lugares ocultos y eventos misteriosos que sólo ocurrían en noches especiales. Salazar la escuchaba con atención. Su entusiasmo por la aventura iba en aumento.
—¿Sociedad de Las Estrellas? —preguntó el muchacho.
—Una antigua hermandad de astrónomos, matemáticos y soñadores... ¡Se rumorea que poseen conocimientos en magia antigua! —susurró Ana, sin quitar la vista de sus apuntes.
—¿Cómo los encontramos? ¿Tienen alguna clase de saludo secreto?
Salazar entrelazó las manos y las movió como si un gusanillo se retorciera entre sus dedos. Ana respondió con el saludo vulcano.
—La primera pista es un poema... No he logrado descifrar su significado.
Salazar se detuvo.
—¡¿No tenías todo planificado?!
—¡He planificado resolver el misterio! ¡Eso ya es algo!
Salazar se llevó una mano a la cara, disgustado.
—A ver... ¿Qué dice el poema?
—Las luces parpadean.
Un enigma en la noche...
¡Sigue el rastro de versos que el poeta derroche!
En sus letras, la clave.
Un suspiro en la aurora.
El callejón de la estrella, donde el arte aflora...
—Callejón donde el arte aflora... Pocos lugares en Astra conservan sus viejos murales. Quizás se trate del viejo Pasaje de Las Perseidas. Recuerdo haberlo visitado con la clase de arte en la secundaria. La profesora se escandalizó porque...
—¡El mural muestra a una diosa desnuda! —interrumpió Ana.
—¡Sí! Momento... ¿Qué significa?
Salazar se rascó la cabeza, desconcertado.
—La obra se llama “El Suspiro”.
—Un suspiro en la aurora...
—¡Exacto!
Salazar sacó pecho con orgullo y guiñó un ojo en tono cómplice.
—¿Misterio resuelto?
—Al menos en parte... ¡Quizás la magia se desvanezca justo al amanecer! ¡No podemos perder tiempo!
A paso apretado, llegaron hasta una callejuela oscura. Rodeado de construcciones antiguas que se alzaban como monumentos de un pasado olvidado, el lugar parecía sacado de un cuento de fantasía. Las farolas lanzaban destellos de luz amarilla sobre el camino de adoquines.
Ana se detuvo y miró a su alrededor.
—¡Aquí es donde comienza nuestra aventura! —anunció, nerviosa.
Salazar tronó sus nudillos.
—El mural se encuentra al final del pasaje. Pan comido... ¡En marcha!
Ana vaciló. Apretó las mangas de su chaqueta, y retrocedió unos pasos.
—¿Qué tal si un payaso asesino se esconde en alguna esquina? ¡Con tanta neblina, apenas puedo ver mis pies!
Salazar puso la rodilla en tierra y abrió su mochila. Sacó una resortera y un par de canicas de metal. Se levantó, respiró profundo, apuntó hacia el interior de la callejuela, y disparó. La pequeña esfera se perdió en la bruma, con apenas un silbido.
Ana se puso pálida del susto.
—¡¿Estás loco?! ¡Podrías haberle sacado un ojo a alguien!
—¡Eso le enseñará a cualquier payaso asesino que quiera meterse con mi Capitana Pecas! —sentenció el muchacho.
Ana le dio un golpe en el hombro. Salazar soltó una risotada.
El repentino sonido de engranajes trabajando alertó a la pareja. Ambos quedaron petrificados, con la mirada clavada en el callejón.
—¿Qué fue eso? —preguntó Salazar.
—¡¿Hola?! ¿Hay alguien ahí? ¡Somos los Cazadores de Deseos! ¡Venimos en son de paz! —logró articular Ana, con un hilo de voz.
El extraño mecanismo bramó, y un golpe seco resonó en lo profundo. Ana se sobresaltó y dio un paso hacia atrás. Pisó la cola de un gato negro que pasaba por allí. El animal chilló de dolor, y furioso, bufó hacia Ana. Tan de súbito como apareció, se sumergió entre la niebla del callejón.
—¡Ay! —exclamó Ana, abrazándose a Salazar.
—¡Quizás activamos una puerta secreta que nos lleva hasta el Jefe Final! Debí traer mi katana... —se quejó, aunque sonreía con confianza.
Dos niños se materializaron detrás de la pareja, como si se volviesen reales a cada paso que daban. Apresurados, se adentraron en el callejón.
—¡Bigotes! ¡Regresa! ¡Bigotes! —gritaba una chiquilla.
—¡No dejes que se escape! —agregó un muchachito, agitado.
Promediaban los diez años de edad. La pequeña llevaba un vestido azul claro y el cabello color trigo recogido en una larga trenza. El niño vestía pantalones cortos y tirantes a juego. Ambos parecían deslizarse sin tocar el suelo. Ana se sobresaltó. Intentó detenerlos, pero no lo logró.
—¡Niños! ¡Esperen! —alcanzó a decir.
Los engranajes trabajaban con mayor intensidad. La bruma comenzó a arremolinarse alrededor de la pareja. Las luces del callejón parpadearon enloquecidas, y la calle misma pareció temblar.
El proceso se detuvo. Resonó un golpe seco, seguido de un chillido espantoso. Luego, llegó el silencio. —¡Ayuda! ¡Por favor! ¡Ayuda! —gritaron los niños, a coro.
Ana palideció, y miró a Salazar. Él respondió con un gesto negativo.
—¡Tenemos que ayudarlos! —exclamó, desesperada.
Salazar frunció el ceño.
—Algo está mal. Esto no me gusta.
—¡Están en problemas por mi culpa! ¡Pise la cola de su gatito! —argumentó, haciendo pucheritos.
—Vámonos de aquí, Ana. En serio... ¡Algo está mal! ¡Muy mal!
Ana se dio la vuelta para observar el callejón. La canica que Salazar había lanzado llegó rondando hasta ella, como si la bruma misma la hubiese arrojado a sus pies. Ana la recogió.
—¡Alguien ayude a mi hermanita! ¡Por favor!
La vocecilla sonaba lastimera, cargada de dolor.
—¡Auxilio! ¡Auxilio! —gritaba la pequeña.
Ana se llevó una mano a la boca. Cerró los ojos y corrió hacia la niebla.
—¡Carajo! ¡Ana! —se quejó Salazar, con los dientes apretados.
Se colocó la capucha y avanzó tras los pasos de su compañera.
Perdida entre la niebla, Ana apenas si podía reconocer algo más allá de su propio brazo extendido. Parecía encontrarse en un infinito blanco. Mirase hacia donde mirase, no lograba distinguir las paredes rodeándola, o por dónde caminaba. Incluso el cielo había desaparecido. Todo era bruma.
—¡¿Niños?! ¿Pueden oírme? —exclamó a viva voz.
—¡Ayuda! ¡Ayuda! —respondieron, con voces afligidas.
La muchacha deambuló sin rumbo fijo. Sentía que caminaba en círculos, regresando siempre a un mismo punto, aquel donde tres farolas parecían brillar a lo lejos.
«¡Maldición! ¿Dónde están?» pensó Ana, inquieta.
Sintió que la canica que llevaba en la mano intentaba escapar, como si una misteriosa fuerza la atrajese.
«¡Radiestesia!» pensó, eufórica. Cerró el puño y la sostuvo con fuerza. Apuntó en varias direcciones, y pudo percibir cómo aquella extraña atracción sólo tiraba con mayor intensidad hacia donde ella consideraba “adelante”.
—¡Ayuda! ¡Ayuda! —continuaban las voces.
Parecía como si la pequeña esfera metálica intentase alejarla del pedido de socorro. Ana alzó una ceja.
Avanzó un par de pasos. El tirón se volvió más potente; apenas pudo resistirlo.
—¡Diablos! —espetó, cuando la canica escapó entre sus dedos.
Ana trastabilló y por poco no cayó de bruces. Algo la sostuvo y jaló hacia atrás.
Se giró y encontró a Salazar mirándola con desaprobación. Los ojos del muchacho resaltaban entre la niebla.
—¡Aquí estás! ¡No vuelvas a escaparte así! —rezongó.
—¡Intentaba ayudar a los niños!
—Te lo dije... ¡Algo aquí no está bien! ¡Vámonos de una vez!
—¡No podemos dejarlos! ¡Están en peligro! —se quejó Ana.
Salazar bufó.
—¿Acaso no los viste? ¡Aparecieron de la nada y flotaban por el aire!
Ella se alejó unos pasos, desconcertada.
—¡Algo se activó en este callejón y atrapó a los niños, Sal! Y luego... ¡La canica salió volando de mi mano! —tartamudeó.
Ana parecía en shock. Salazar la tomó por los hombros y la miró fijamente.
—¡Esos no son niños! ¡Son unos malditos fantasmas! ¡Y si no nos vamos de aquí, pronto lo seremos nosotros también!
—¡¿Fantasmas?! ¡¿De qué estás hablando?!
Salazar estaba desesperado. Sus manos temblaban. El muchacho agachó la cabeza.
—El mecanismo que activamos... ¡Es un reloj! No nos queda tiempo. Si no corremos, nos quedaremos atrapados aquí para siempre.
—¡¿Atrapados?! — chilló Ana, con sus ojos como platos.
—Escúchame, Ana... Soy la última persona que creería en patrañas así. Hoy me llegó una carta y, lo creas o no, me advertía sobre esto.
— ¡No te entiendo! ¿Qué decía esa carta?
—“Existen espíritus que protegen lugares ocultos. Se encargan de que nadie robe sus secretos.” No lo entendí al principio, pero creo que era una advertencia... ¡Alguien sabía que vendríamos!
Ana se quedó pensativa, y luego mostró una enorme sonrisa. Su desconcierto se transformó en un arrebato de júbilo.
—¡La Sociedad de Las Estrellas! Entonces... ¡Es un reto! —celebró.
Se giró y señaló la niebla. Salazar no comprendía cómo podía estar tan animada.
La bruma, densa y serpenteante, cerraba cada vez más el espacio a su alrededor. Ana se aferró a su creciente determinación, sintiéndola como una luz en medio de la penumbra.
—¡Vamos! ¡Es por aquí!
—¡Esto no es un desafío de Calabozos y Dragones! ¡Es algo real! —insistió Salazar.
—¡Ya lo sé! Pero... ¡Podemos resolverlo como si lo fuese! ¡Confía en mí!
Salazar se resistía. Las farolas titilaban con un brillo intermitente; fragmentos de un enigma aún por resolver. El suelo tembló con una vibración casi imperceptible, pero suficiente para recordarles que el tiempo seguía su curso. La espesa neblina se adelantaba, enredándose a su alrededor como hilos de un hechizo oscuro que marcaba un conteo regresivo. Pareció cobrar vida, retorciéndose como una serpiente a punto de lanzarse sobre su presa. En medio de aquel torbellino, dos figuras etéreas emergieron. Los niños que custodiaban el callejón observaron con ojos centelleantes a la pareja.
Ana tomó con fuerza la mano de Salazar.
—¡No deberían estar aquí! —protestó la pequeña.
Su voz resonaba como un susurro cargado de advertencia.
—¡Nadie debe interferir con la Sociedad de las Estrellas! —exclamó el niño.
Salazar frunció el ceño. Levantando los puños, como un viejo pugilista que entra en guardia, se ubicó frente a Ana, protegiéndola con su cuerpo.
—¡No le tememos a un par de mocosos! ¡Regresen por donde vinieron! —gritó Salazar, a pecho hinchado.
—¡Qué gracioso! ¡Estaba a punto de decir lo mismo! —respondió el muchachito, alzando una ceja, divertido.
El niño levantó una mano. Sus ojos brillaron y Salazar fue empujado hacia atrás por un torbellino de bruma.
—¡Salazar! —chilló Ana.
Cuando la neblina se disipó, unos ojos coléricos acompañaban a un puño apretado hasta notarse blanco. Salazar se abalanzó sobre el pequeño fantasma, atravesándolo como si no estuviese allí.
—¿Un puñetazo en la cara? ¿En serio? ¿Qué tan idiota eres? —se burló el espectro.
—Tanto como el niñato que ha quedado sellado como una maldita estatua.
En un rápido movimiento, Salazar había rociado el suelo debajo del fantasma con un puñado de sal gruesa. El niño intentó moverse, pero estaba petrificado.
«¡Woah! ¡Lo atrapé! ¡Realmente funciona! ¡Ana tenía razón!» pensó Salazar, sorprendido.
—¡Thomas! —exclamó la niña fantasma.
—¡¿Cómo lo hiciste?! —rugió el pequeño.
—¡Magia! —respondió Salazar, con sonrisa burlona.
—¡Libérame! ¡Ahora!
Salazar se cruzó de brazos.
—Déjame pensarlo... No. No lo haré —se mofó.
—¡Lily! ¡Haz algo!
La niña parecía asustada. Temblaba como si pudiera sentir un soplo de viento helado.
—Yo...
—¡Lily!
—No puedo mover la bruma. No sé cómo... —sollozó.
El corazón de Ana se enterneció. Se acercó a ella, cuaderno en mano.
—Oye... Lily, ¿verdad? Mi nombre es Ana. Eres el primer espectro real que conozco. Es realmente un placer.
Lily se alejó. Sus ojos se ensombrecieron.
—Deben irse. No los queremos aquí —dijo, con timidez.
Ana sonrió con dulzura.
—No deseas hacernos daño, ¿verdad? ¿Quién les ha pedido que protejan el callejón?
La niña señaló las farolas.
—¡Lily! ¡No! —bramó Thomas.
—Hay algo importante al final de este camino. Algo que necesitamos.
Ana habló calmada, tranquilizadora.
—La estrella... —susurró Lily.
Ana asintió.
—Quiero pedir un deseo. Uno importante.
—¡Un paso más y caerá sobre ustedes una maldición! —amenazó Thomas.
Ana se ocultó detrás del cuaderno.
—¿Qué clase de maldición? —preguntó, temerosa.
—Cada vez que tomes un sorbo de café, estará demasiado caliente o demasiado frío... ¡Nunca a la temperatura perfecta!
Lily bufó con disgusto y negó con la cabeza. Salazar frunció el ceño. Ana parpadeó, sorprendida.
—¡Me gusta el café frío! ¿La maldición aplica al Affogato? Porque es mi favorito, pero técnicamente es un postre que lleva café... ¿Qué pasa si le pongo hielo al café caliente? ¿Si el café está frío y le agrego leche caliente interrumpe la maldición? El Ice Cappuccino del Java’s Palace es uno de los mejores que he probado... ¿Acabaría más frío de lo normal o sería extrañamente caliente?
Ana no paraba de imaginar las infinitas posibilidades de saltarse la maldición o cómo podría aprovecharla en su favor. Thomas apretó los dientes con furia.
—¡Basta! ¡Basta! —rugió.
—¿Ya me maldijiste o debes decir algunas palabras mágicas? Es que... ¡No me siento diferente! ¿Me veo diferente?
Ana se mostraba realmente curiosa. Se giró hacia Salazar, quien negó levemente. Sus ojos permanecían fijos en el niño que flotaba ante él.
—Si te pido disculpas por engañarlos... ¿Dejarías a mi hermano en libertad? ¡No queríamos hacerles daño! Solamente pensábamos desorientarlos hasta que...
—¡Prefiero quedarme así! —interrumpió Thomas.
Ana suspiró.
—Hasta que la estrella desaparezca.
Lily asintió.
—¡Entonces es real! Una estrella que cumple deseos... —sentenció Salazar.
—¡Por supuesto que lo es! —gruñó Thomas.
—Nadie debe llegar hasta ella. Cosas malas podrían pasar —agregó Lily.
Salazar frunció el ceño. Trataba de comprender la extraña situación.
—No pretendemos hacerle daño a nadie.
Ana se arrodilló junto a Lily.
—¿Temen que alguien pida un mal deseo?
La muchacha abrió su cuaderno y mostró a la pequeña el dibujo de un corazón con las letras A y S. Lily miró a Salazar y luego nuevamente a Ana. Ambas soltaron una risilla.
Lily intentó tocar la página.
—¿Eso es lo que deseas?
—Con todo mi corazón...
—Tu cabello es muy bonito —comentó Lily, con una enorme sonrisa.
Ana sacudió la cabeza, alocada, y sus bucles se despeinaron. Lily comenzó a reír a carcajadas.
—¡Tu cabello es muy bonito también! ¡Me gusta tu trenza!
Salazar y Thomas se miraron, desconcertados.
—Los dejaremos pasar. Pero no podemos darles las respuestas —gruñó el pequeño.
Ana dio pequeños saltos de alegría. Con un gesto, indicó a Salazar que dispersara la sal bajo Thomas. Él obedeció sin chistar.
Los fantasmas se abrazaron. La neblina parecía responder a su presencia, espesándose y envolviéndolos. Sin más, desaparecieron en la bruma.
Ana sacudió su mano en un saludo amistoso.
—Entonces... Tenías razón, Capitana. ¡Los fantasmas existen! —afirmó Salazar rascándose la cabeza. Ana sonrió de oreja a oreja.
—¿No es increíble? ¡El primer caso paranormal que no resulta un completo fiasco! ¡Chócala! —celebró la muchacha, con una mano en alto.
—Y no tenemos pruebas...
Ana bajó la mano, disgustada.
—Carajo... —bufó.
—Por cierto... ¿Qué le mostraste a la niña?
Ana se sonrojó.
—¡No puedo decirlo! ¡Es un secreto!
La muchacha se alejó unos pasos en dirección al final del callejón.
—¿Puede saberlo un fantasma, pero no el buen Pimienta? —bromeó Salazar.
—Es parte de mi deseo. Si alguien más lo sabe, no se cumplirá.
—¿Y eso no aplica a niños fantasmas que intentan asesinarnos?
Ana alzó una ceja.
—¡Por supuesto que no aplica! Lily nos ha dado permiso de continuar nuestra misión... ¡Y no intentaban asesinarnos, solamente desorientarnos un poquito!
Una fuerte campanada interrumpió sus pensamientos. Ana y Salazar se sobresaltaron.
—¡¿De dónde ha salido eso?! —exclamó el muchacho.
Ensordecido, cubrió sus oídos y cerró los ojos con fuerza.
Un segundo tañido sacudió el lugar. El suelo se resquebrajó, como si un terremoto devastador intentara tragarse la tierra. La fachada de los edificios comenzó a agrietarse y mostrar signos de inminente derrumbe.
—¡Corre! —gritó Ana, mientras tomaba a Salazar por el brazo.
Una gárgola de roca sólida cayó desde lo alto y se estrelló contra el empedrado, a pocos centímetros del joven. La fuerza del impacto arrojó la cabeza de la estatua hacia la zona del callejón que cambiaba de simples adoquines a placas de piedra similares a lápidas.
—¡¿Qué carajos está pasando?! —rugió Salazar.
Corrieron hacia el final del callejón. Con cada paso, el camino se volvía más y más largo, extendiéndose hacia el infinito. Parecían estar anclados en un mismo lugar. Movían sus pies, pero no avanzaban.
—¡No te detengas! —gritó Ana.
Esquivaban las gárgolas que caían desde lo alto. El sonido de las campanadas se hacía más fuerte y más rápido, como si quisiera advertirles que el tiempo se acababa.
—¡No podemos seguir así! ¡Tenemos que encontrar una salida! —gritó Salazar.
—¡No hay salida! ¡La estrella está al final del callejón! ¡Vamos! —respondió Ana.
El callejón se estrechaba cada vez más, amenazando con aplastarlos.
—¡¿Qué dice el poema?! ¡¿Hay alguna otra pista?! —preguntó Salazar, mientras sorteaba una piedra que se desprendía de la pared.
—Las luces parpadean.
Un enigma en la noche...
¡Sigue el rastro de versos que el poeta derroche!
En sus letras, la clave.
Un suspiro en la aurora.
El callejón de la estrella,
donde el arte aflora. —recitó Ana, de memoria.
—¡¿Las luces parpadean?! ¡¿Qué luces?! —preguntó Salazar, mientras miraba a su alrededor con desesperación.
—Las farolas... ¡Mira! —dijo Ana.
Una vez más, entre la niebla se distinguieron las tenues luces amarillas.
—¡Jamás las alcanzaremos, por más rápido que corramos! —rugió Salazar.
Ana parpadeó.
«¡Eso es!» se dijo, mientras una loca idea chispeaba en su mente.
—Escucha... ¡Aspira hondo, mantén la respiración y salta hacia adelante lo más lejos que puedas! ¡Suelta el aire cuando toques el suelo! ¡A la cuenta de tres!
—¡¿Qué?!
—¡Simplemente hazlo! —ordenó Ana, con total seriedad.
Él asintió. «¡Es una locura! ¡Pero es todo lo que tenemos!» concluyó Salazar.
—¡Uno! ¡Dos! ¡Tres! —contó la joven, a voz en cuello.
Salazar inspiró con fuerza y continuó la carrera. Ana hizo lo mismo.
—¡Vamos! ¡Vamos! ¡Ahora! —gritó ella.
Saltaron. La bruma los envolvió y parecieron volar a toda velocidad, mientras dejaban atrás un camino de ruinas y destrucción. A medida que avanzaban, el suelo bajo sus pies comenzaba a transformarse. Los adoquines grises se alteraban gradualmente, convirtiéndose en una serie ordenada de lápidas dispuestas en un intrincado sendero. La transición fue lenta pero notable, como si la misma esencia del lugar se reconfigurase.
Cayeron al otro lado de la callejuela. Ana lo hizo en puntas de pie, con la gracia de una bailarina. Salazar aterrizó con una excelente interpretación del “Superhero Landing” que tanto amaba de las películas.
La hecatombe se detuvo. Ambos respiraron agitados.
—¡Eso ha sido increíble! —celebró Ana.
Salazar asintió, con las manos en las rodillas.
—Creo que... debería... dejar de fumar —dijo, mientras recuperaba el aliento.
Frente a ellos, la niebla presentaba una vez más un infinito blanco e infranqueable.
—¡Oh, vamos! ¡¿Otra vez?! —se quejó Ana, molesta.
—Una clásica noche en Astra... ¡Bruma, misterios y magia! —se burló Salazar.
Ana alzó una ceja, divertida.
—¡Al menos he logrado volverlo un creyente, Señor Pimienta!
—Lo discutiremos luego de conseguir esa estrella... ¿Qué sigue? ¿Escalar la torre más alta y matar un dragón?
—¡Quizás nos espere un apuesto príncipe en un blanco corcel! —bromeó la joven.
—¡¿Más apuesto que yo?! —se quejó Salazar, de brazos cruzados.
Ana se sonrojó.
—¡Me conformo con alguien menos gruñón! —respondió, entre risas nerviosas.
Salazar alzó una ceja.
—¡Los príncipes apuestos son débiles contra los payasos asesinos! ¡Todo el mundo lo sabe!
—¡Eso no es cierto! —carcajeó Ana.
—¡Claro que sí! ¡Los payasos escupen ácido capaz de corroer las armaduras de los príncipes! ¡Y luego les comen el corazón! ¡Se los arrancan a mordidas!
Salazar se acercó a Ana de manera teatral.
—¡Oh, no! ¡Pobrecitos príncipes! ¡Derretidos y sin corazón! —se lamentó ella, con un suspiro sobreactuado.
Ana se cubrió el rostro con las manos e hizo un paso hacia atrás. Un escalofrío le recorrió la espalda al sentir cómo el suelo cedía bajo su peso. Un suave tic-tac alertó sus sentidos.
—¡Carajo! —murmuró, mientras retenía la respiración.
Los ojos de Salazar se abrieron a más no poder. Por un momento, quedó petrificado por la sorpresa.
—Hagas lo que hagas, no muevas un músculo... —indicó, con una mano en alto. Ana asintió.
—Dime que no he activado una mina explosiva... ¡Dime que no he pisado una maldita mina explosiva! ¡No quiero volar en pedazos! —sollozó, desesperada.
Comenzó a temblar. Salazar se acercó lentamente.
—Eso no sería algo muy mágico que digamos, Pecas —bromeó, en un intento por distraerla.
—¡¿Qué vamos a hacer?! ¡¿Qué vamos a hacer?!
Salazar suspiró. Se mordió el labio, y frotó sus manos con ansiedad. Gotas de sudor frío le corrían por la frente.
«Momento de ser un héroe» pensó.
—Ana...
—¿Sí?
—¿Quieres ser mi novia? —preguntó Salazar, con ojos de cachorrito.
La muchacha palideció.
—¡¿Qué?! No... —alcanzó a decir.
—¡Oh! Entiendo. Yo...
—¡No! Es decir... ¡Sí! —interrumpió Ana.
Salazar frunció el ceño.
—¿Qué?
—¡Quiero ser tu novia! ¡Pero no es el mejor momento para pedirlo! —se quejó Ana.
Salazar parpadeó. Respiró profundo e intentó calmarse.
—Cierra los ojos. Lo resolveré. Confía en mí.
Ana así lo hizo. Salazar se acercó. El mundo pareció detenerse. Ana contuvo el aliento un instante, mientras sentía el suave agarre de Salazar, atrayéndola hacia sí. El tibio aliento la rozó como una caricia, anticipando con expectación el roce de sus labios.
Ana deslizó su mano por el pecho de él, hasta llegar a su nuca. Había esperado ese momento durante mucho tiempo, y la ansiedad, el miedo y la ternura que él despertaba en ella le hicieron acelerar su respiración.
Salazar podía contar los latidos del corazón de su amada. Sonrió levemente, y con un leve temblor, cerró el espacio que los separaba.
Sus labios se encontraron, y fue el paraíso.
Su dulzura, su calidez y la delicadeza de su piel lo subyugaron. Sintió que aquel hombre que había sido hasta ese momento había desaparecido, y ahora sólo podría existir una versión de él creada para amarla y adorarla.
Encontrarla quizás había sido suerte. Besarla, volver a nacer. Amarla, la bendición de los propios dioses.
No quería que ese momento se terminase nunca, pero debían escapar de allí con urgencia. Con suavidad, empujó a la muchacha hacia atrás y ocupó su lugar sobre la placa. Al separarse, Ana abrió los ojos con sorpresa.
—¡¿Qué hiciste?! —exclamó.
Su mirada se llenó de pánico y angustia al ver a Salazar en aquella situación.
—¡Algo que deseaba hacer hace bastante! —confesó él, sonrojado.
—¡No! ¡No! ¡No!
—Desde el momento en que te conocí, supe que eras alguien especial. Quiero que encuentres esa estrella, que logres tus sueños. Estaré bien...
Aquel tic-tac resonaba en sus oídos. Salazar no apartaba su mirada de Ana.
—¡No! ¡No puedes hacer esto! ¡No puedo dejarte aquí! No puedo... —rogó ella, con la voz entrecortada.
Salazar le sonrió con ternura.
—Puedes hacerlo. Tienes la fuerza para seguir adelante. Encuentra esa estrella, cumple tus deseos... ¡Prométeme que vivirás, que seguirás tu camino!
—¡No! Por favor... —suplicó ella, con la voz ahogada por el llanto.
—¡Prométemelo! —insistió Salazar.
Sostenía su mirada con determinación. Ana asintió entre sollozos.
—Lo prometo.
Salazar cerró los ojos. Su corazón latía con fuerza. Un último suspiro escapó de sus labios.
El tic-tac llegó a un clímax abrupto. En lugar de una explosión, el silencio llenó el aire.
—¡¿Qué carajo?! —soltó Salazar, al sentir su pie impulsado hacia arriba.
Símbolos de antigua magia surgieron del fino mármol de las lápidas que formaban el camino. Iluminaban con brillo sutil; un arcoíris que contrastaba con el tono lúgubre del lugar. Como las cuerdas de un violín acariciadas por un arco invisible, emitían notas delicadas que danzaban en la niebla hasta perderse en la nada. Parecían contar una historia cargada de dolor y profundo pesar.
—¡Salazar! —gritó Ana.
Se lanzó sobre él y lo cubrió de besos. El muchacho la abrazó con fuerza.
—Eso... Ha sido extraño.
El asombro apenas le permitía articular las palabras.
—¡No vuelvas a sacrificarte por mí, tonto! —se quejó Ana, entre lágrimas.
Salazar la abrazó con más fuerza, acariciándole el cabello en un intento por calmarla.
—Lo siento, Pecas. No podía dejarte en peligro.
—¡Casi te pierdo para siempre!
—¿No querías acaso meterte en problemas? ¡Ahora tienes un novio valiente y aguerrido! ¡Eso sí es meterse en problemas!
La tensión se disipó entre risas nerviosas. Observaron las lápidas iluminadas por aquel resplandor misterioso, como si una aurora boreal se manifestara a su alrededor.
—Esto es hermoso, ¿no crees? —comentó Ana, maravillada.
—¡Definitivamente no es lo que esperaba encontrar en un callejón! —respondió Salazar.
Ana se acercó a una lápida. Reconoció las imágenes entrelazadas en la danza de luz. Revisó las notas de su cuaderno. Allí estaba el símbolo de La Sociedad de Las Estrellas.
—La carta que recibiste... ¿Llevaba un sello? —consultó, con el ceño fruncido.
Salazar hizo memoria.
—Sí. Uno bastante inusual.
—¿Cómo era? ¿Lo recuerdas?
—Algo así como una estrella. Pero extraña...
—¿Siete puntas?
—¡Sí! ¡Exacto!
—Siete. Siete... ¡Eso es!
Ana chasqueó los dedos. Salazar se sorprendió.
—¿Encontraste una nueva pista?
Ana asintió.
—¡Las farolas!
—¿Qué tienen de especial las malditas farolas? ¡Cada vez que intentamos alcanzarlas, se pierden en la bruma!
—Parpadean... ¡Una cada tres segundos, otra cada cinco y otra cada siete! ¡Esa es la clave! —explicó Ana, mientras contaba mentalmente el tiempo entre cada titilar.
—¡¿Y eso qué significa?! —insistió Salazar, impaciente.
—¡Tal vez las farolas sean una especie de código! —conjeturó la muchacha.
—¿Qué tiene que ver con la poesía?
Ana se quedó pensativa.
—Sigue el rastro de versos que el poeta derroche... —comentó.
—Dime que no es una mierda como “La Última Cruzada”. Realmente no estoy de humor para jugar a Indiana Jones... —suspiró Salazar, ofuscado.
Ana se encogió de hombros y sonrió.
—¡Al menos no intentó aplastarnos una roca gigante!
Salazar se dio la vuelta y observó el desastre.
—¡Es exactamente lo que acaba de suceder!
Ana se sacudió el polvo de la ropa y asintió con orgullo.
—Entonces eso demuestra que nadie puede con los Cazadores de Deseos.
—Nadie... A excepción de nuestras archienemigas, las farolas.
—¡Tal vez sea un código morse! O un código binario. O un código de números. O un código de letras. O un código de... —enumeró Ana, mientras escribía en su cuaderno.
—¡Demasiados códigos! —la interrumpió Salazar, agobiado.
—Sabes que me emociono con cosas así... ¡Me encantan los acertijos! —se disculpó la muchacha, con una sonrisa nerviosa.
—Prefiero las cosas simples y directas. Como un buen puñetazo —confesó Salazar.
—Tendrás que usar tu cerebro esta vez. Creo que es el único modo de llegar hasta la estrella —dijo Ana, mientras le mostraba sus anotaciones.
—¿Qué es esto?
—El patrón de parpadeos de las farolas. He usado un uno para indicar cuando se encienden y un cero para indicar cuando se apagan. —explicó la joven, mientras señalaba el papel con el lápiz.
Salazar estudió el cuaderno al derecho y al revés. No lograba comprenderlo en absoluto.
—¿Y qué se supone que hagamos?
—No lo sé. Tal vez haya que sumarlos. O restarlos. O multiplicarlos. O dividirlos... —empezó a decir Ana, mientras hacía cálculos en el aire.
—¡Demasiadas operaciones!
—¡Lo siento! ¡Lo siento!
Salazar se rascó la barbilla.
—Momento de probar el método puñetazo una vez más.
Observó las farolas con desconfianza. Rogaba por una respuesta sencilla a un rompecabezas que parecía codificado en idioma alienígena.
«¡La solución más simple es la correcta!» pensó, quitándose una zapatilla.
—¡¿Qué estás haciendo?! —preguntó Ana, confundida.
—Déjame intentar algo. Es una idea tonta...
—¡No hay tiempo para ideas tontas!
—¡Quizás podamos apagarlas de un golpe y esa sea la solución! —exclamó, decidido a probar una estrategia directa.
Tomó su zapatilla y la arrojó con fuerza hacia una de las farolas. Para su sorpresa, el calzado se desvaneció en la neblina sin causar el más mínimo cambio.
Una fuerte campanada estalló en la noche. Los edificios temblaron como hojas en el viento.
—¡Bien! ¡Bien! ¡Lo lamento! ¡Mi error! ¡No más derrumbes, por favor! —exclamó Salazar, con las manos en alto.
Ana observó la escena con una mezcla de risa y resignación.
—Creo que la solución va más allá de apagar las luces.
—¿Entonces? —preguntó Salazar, frustrado.
—Creo que “El Poeta” nos desafía a seguir un patrón. Si la bruma no nos permite interferir directamente, entonces debemos decodificar el mensaje de las luces y encontrar otro camino —explicó Ana, en tono solemne.
La muchacha trataba de contener la risa ante el intento fallido de Salazar.
—¿Tendré que dejar mi enfoque puñetazo y pensar más... poéticamente? ¡Estoy tan perdido como si me pidieran componer una sinfonía! —se quejó Salazar.
Saltaba en un pie. Su orgullo herido le impedía pisar el suelo húmedo y ensuciar sus calcetines.
—¡Una sinfonía! ¿Qué tal si...? —murmuró Ana.
Suspiró y se concentró. La música, los colores, el parpadeo de las luces, la bruma...
«¿Qué hace falta para cruzar?» rebuscó en su mente.
Alzó la vista y observó cómo las luces multicolores de las lápidas se mezclaban en una única luz blanca. Aquel proceso acompañaba a la música y el titilar de las farolas.
Todo estuvo claro. Ana comenzó a chasquear los dedos.
—Noventa. Noventa y uno. Noventa y dos... —contó, en un susurro.
—¿Qué sucede? —preguntó Salazar.
Silencio.
—¡Eureka! —celebró Ana, de súbito. Había descifrado el patrón.
—¿Eureka?
La bruma devolvió a Salazar su calzado, en lo que pareció un gesto de buena voluntad hacia la pareja. El muchacho lo recogió con cierto temor.
—¡Lo tengo! ¡Lo tengo!
Ana celebró con saltitos de alegría. Asentía con una enorme sonrisa.
—¡Esa es mi Capitana! ¿Cuál es el plan? ¡Dispara!
Salazar tronó sus nudillos y se colocó en posición de pelea.
—Cada ciento cinco segundos, las tres farolas se encienden simultáneamente y las luces se vuelven blancas... ¿Ves?
—Okey...
—Esa es la señal. Es nuestro momento para saltar de lápida en lápida sin que todo se desmorone. Pero... ¡Debemos ser rápidos y precisos! ¡No hay lugar para errores ni dudas! Debemos pisar únicamente en las lápidas que llevan el símbolo de la estrella de siete puntas. El símbolo de La Sociedad de Las Estrellas.
—Como una especie de... ¿Rayuela de La Muerte?
Ana parpadeó con desconcierto.
—¡Si lo pones de ese modo, suena algo macabro!
Salazar se rascó la barbilla.
—¿Crees que se levanten zombis de las tumbas? Digo... Si es que hacemos mal los cálculos.
Ana soltó una carcajada nerviosa ante la ocurrencia de Salazar.
—Para serte sincera... ¡No sé en qué creer! ¡Quizás tengas razón y los muertos vivientes sí existen!
—¡Un momento! ¡¿Y los payasos asesinos muertos vivientes?! —preguntó Salazar, llevándose una mano a la boca.
—¡No podrán contra nosotros! —afirmó Ana.
Él sonrió. Ella lo miró con ternura y le devolvió la sonrisa.
—¿Equipo?
Chocaron los puños e hicieron un gesto de explosión. La muchacha tomó por las mejillas a Salazar y lo besó con fuerza.
—¡Y novios! —agregó, sonrojada.
Él asintió, orgulloso.
—Entonces... ¿Cómo empezamos esto? —indagó, con una mezcla de determinación y precaución.
Ana alzó una ceja.
—¿Qué entendiste de todo lo que dije?
—¡Sí! ¡Que tú eres la inteligente, y yo te protejo!
Salazar levantó los pulgares con entusiasmo. Ana bufó.
—Sigue mis indicaciones.
—¡A la orden, Capitana! —respondió Salazar, con un saludo militar.
Una de las farolas parpadeó. Aquella era la señal para el inicio de una danza mortal. La pareja se preparó para el primer salto.
Gotas de sudor perlaron la frente de Ana.
—Ciento tres. Ciento cuatro... ¡Ahora! —rugió.
Brincaron con precisión y aterrizaron sobre la lápida correcta. Apenas si cabían sobre la piedra.
—¡Bien! —festejó Salazar.
—Ahí va la primera —suspiró Ana.
La bruma no reaccionó, manteniéndose estática a su alrededor. No hubo campanadas, tampoco temblores.
—No vamos a lograrlo. No así —sentenció Salazar.
—¿A qué te refieres? ¡Ha sido un salto perfecto!
—Pura suerte. Es imposible que repitamos una coordinación perfecta cada vez. Es demasiado arriesgado. Además... ¡Las lápidas son demasiado pequeñas para que quepamos los dos!
—¡No estarás pensando en abandonarme!
Salazar negó con la cabeza
—Súbete a caballito. Me dirás cuándo saltar. Será más preciso y al mismo tiempo ocuparemos menos espacio.
Ana parpadeó con sorpresa.
—¡Es una locura!
—¡Puedo ser tu Príncipe y tu noble corcel al mismo tiempo! ¡Es una ganga! —se burló Salazar.
—¿Seguro que podrás?
Salazar se colocó la mochila por delante, se puso de cuclillas e hizo un gesto a Ana para que se subiera a su espalda. Ella lo miró con duda. Finalmente asintió y se montó sobre él.
—Bien, caballito... ¡Arre!
—Espero que no seas muy pesada —bromeó Salazar.
—Menos burlas y más concentración, noble corcel —respondió Ana, agarrándose con fuerza.
—¿Lista?
Ana besó a Salazar en la mejilla y le sacudió el cabello.
—¡Lista!
Salazar sonrió.
El patrón de las luces y la música continuaron su danza. Salazar seguía las indicaciones de Ana y brincaba con precisión de piedra en piedra. La pareja avanzaba mientras la bruma continuaba inmutable.
Cinco saltos continuaron la travesía. Cada lápida superada resultaba un alivio.
—Queda la última. Podemos hacerlo —dijo Salazar, entre fuertes jadeos.
—¡Un paso más! —agregó Ana, alentándolo.
El ambiente se llenó de una quietud expectante. La música cesó y los símbolos brillantes desaparecieron, a excepción de uno. Aquella última lápida era diferente a las demás. Estar hecha de oro y obsidiana.
Un camino se abrió entre la niebla. Mostraba una torre que parecía tocar las estrellas.
—¡Woah! ¿Estamos listos para eso? —preguntó Ana, con la mirada fija en la enorme estructura.
—¡Por supuesto que lo estamos! ¡El Jefe Final nos espera!
—¿Qué hacemos? ¿Simplemente caminamos o saltamos a la última lápida?
—Me giraré y te dejaré bajar, ¿sí? Procura pisarla con cuidado.
Ana asintió.
—Supongo que es el final del camino...
Al momento de poner pies en tierra, un destello púrpura descendió desde lo alto. Aquel lucero iluminaba el cielo como si se tratase de un pequeño sol.
El tiempo pareció detenerse.
—¿Qué es lo que tu corazón más anhela? ¿Cuál es tu deseo más profundo, querida niña? —preguntó una voz que únicamente Ana pudo oír.
Ella respondió, pero sus labios no emitieron sonido alguno.
La estrella descendió suavemente y se posó sobre su frente. La luz se intensificó, envolviéndola en un aura resplandeciente. Salazar observó cómo la figura de Ana se transformaba en una estatua de obsidiana bajo una radiante luz púrpura.
—¡Ana! ¡No! —gritó a voz en cuello.
Trató de protegerla, pero un escudo invisible lo detuvo.
—La esperanza de estar juntos por siempre ha llevado a tu compañera a un destino de obsidiana... Su deseo fue egoísta.
Salazar se sobresaltó.
—¡¿Acaso eres otro maldito fantasma?! ¡Muéstrate!
—Soy mucho más de lo que puedas imaginar, Pimienta... —respondió la voz, mientras tomaba la forma de un hombre alto, de largos cabellos blancos y túnica verde espuma.
Bordados de oro y plata mostraban la imagen de la estrella de siete puntas.
—¡¿Quién diablos eres?! —bramó Salazar.
—Mi nombre es OHV Tejedor de Destinos. Soy el Guardián de la torre y Protector de la “Estrella de los Deseos” como suelen llamarla los habitantes de este plano. Soy quien te envió aquella carta, por si no lo has descubierto todavía.
Salazar miró a Ana y apretó los puños.
—¡No puedes hacer esto! ¡Devuélvela! ¡Devuélvela ahora! —exigió, desafiante.
—No —se limitó a responder el Guardián, dándose media vuelta para marcharse.
Salazar se dispuso a atacar por la espalda. OHV se giró, levantó su mano y generó un orbe de energía mágica que lanzó a Salazar. El impacto lo arrojó hacia atrás, dejándolo tendido en el suelo.
—¡Enfréntame! ¡Ven y pelea, cobarde! —exigió Salazar.
—La decisión está tomada.
—¡¿Qué quieres?! ¡¿Qué debo hacer?! —preguntó el muchacho, dispuesto a cualquier cosa con tal de traer de vuelta a Ana.
OHV sonrió.
«Eso es...» pensó el guardián.
—¿Te gustan las historias? —preguntó con picardía.
—¿Qué?
Salazar no lograba comprender.
—El amor, el odio. La vida, la muerte. El Cielo y el Infierno... ¿Te gustan los héroes, Salazar?
—¿Qué tiene que ver con Ana?
—¡Contesta!
—¡Sí! ¡Maldita sea! ¡Sí! ¡Me gustan! ¿Qué demonios quieres de mí? ¿Para qué carajos me enviaste esa carta?
OHV se acercó a Salazar, y una fuerza lo obligó a arrodillarse ante el Guardián. El joven apenas si podía despegar la cabeza del suelo.
—Hagamos un trato. Dame algo que quiero, y a cambio le devolveré la vida a tu amiga.
—Acepto. Lo que sea, lo acepto —se apresuró a decir Salazar.
—¿Así? ¿Sin más? Esperaba algo más de brío, ciertamente...
—¡Pídeme lo que quieras, y devuélveme a Ana!
OHV suspiró.
—Vivirás para siempre en sus historias. Ella se volverá una escritora famosa, compartirá sus relatos con el mundo y así pagará el precio por su deseo. Se amarán para siempre, pero ese amor no será egoísta.
—¿Hiciste todo esto por un estúpido fanfic sobre una escritora y un podcaster? ¡¿Qué clase de pervertido eres?! ¡Casi nos matas, imbécil!
OHV soltó una risa. Dió un par de leves golpes en la coronilla de Salazar y lo observó con algo de pena.
—Existe tanto que aún no entiendes...
Salazar intentó zafarse.
—¡Acepto tu maldito trato! ¡Libéranos! ¡Déjanos marchar!
—¡Así sea, entonces! Cierra los ojos.
Salazar así lo hizo. Se sintió desvanecer poco a poco.
«¿Huele a... tinta?» fue el último pensamiento que cruzó por su mente antes de desaparecer.
El guardián se acercó hasta Ana. Tocó el rostro de la estatua con delicadeza, y contempló cómo se deshacía, convirtiéndose en ceniza...
Silencio.
Astra se extendía como un vasto laberinto de acero y cristal. Si bien majestuosos, sus rascacielos parecían agachar la cabeza bajo la presión de la monotonía.
Ana despertó con una sensación de urgencia, como si hubiera perdido algo preciado.
—¡Salazar! —jadeó con desesperación.
Se llevó una mano a la cabeza. Una fuerte puntada la obligó a cerrar los ojos.
«¡Otra vez la maldita migraña!» se quejó.
Rebuscó en su mesita de noche y, entre varios origami amontonados en el cajón, encontró un único cigarrillo algo aplastado.
—A ver si logras curarme, amiguito —le dijo, y lo encendió.
«¿Quién demonios es Salazar?» pensó, mientras intentaba recordar un sueño que se sentía bastante real.
Observó la habitación llena de manuscritos, mapas dibujados a mano alzada y bocetos que hablaban de un lugar mágico llamado Taerud.
—Bueno... ¡Bienvenido, insomnio! ¡Vamos a trabajar!
La inspiración fluía a través de sus venas y cada palabra que escribía parecía llevarla a aquel extraño lugar.
—Salazar es un nombre bastante bonito... —comentó en voz alta.
Un muchacho rubio, tan simpático como atrevido, emergió como el protagonista de aquellas historias de fantasía que estallaban en su mente. La conexión entre ella y Salazar, aunque transformada, persistía en cada palabra escrita y en cada aventura vivida. Una historia entrelazada entre dos mundos.
OHV observaba desde las sombras, satisfecho. Había tejido una nueva realidad.








