El regalo del final
Todo había sido iniciativa de Eijiro.
Desde hace muchos años, Katsuki ya no sentía el mismo entusiasmo por las fiestas navideñas como, tal vez, lo pudo haber tenido cuando era un niño.
Las navidades con sus padres eran y siempre serán memorables para Katsuki.
Sus padres siempre se habían encargado de hacerlo pasar bien las fiestas. Lo llenaban de regalos y de cariño. A su manera.
Días antes de Nochebuena, su madre sacaba las cajas repletas de los brillantes adornos, entre los que se encontraban las vibrantes bombillas rojas y doradas, así como también grandes orquídeas artificiales y cenefas escarchadas que decorarían el árbol. Mitsuki lo sentaría a su lado y pasarían toda una tarde colocando los adornos sobre las artificiales ramas. Su madre hablaba y él escuchaba. Él jugaba y su madre se reía con él.
Cuando llegaba la noche, solo faltaba la cereza del pastel: la estrella. Para entonces, su padre ya había llegado a casa, y colocaba a Katsuki sobre sus hombros y le tendía la preciosa estrella dorada. Sobre su padre, Katsuki se sentía grande y capaz de lograr todo. Una sonrisa se formaba en sus labios cuando ponía la estrella en la cima del árbol.
Los tres se quedaban juntos admirando el árbol.
Ya el mismo día de Nochebuena, Katsuki caminaba hasta la cocina y se paraba en el pequeño banquito que sus padres le habían comprado. Se paraba al lado de su padre mientras este preparaba la cena. Katsuki siempre observaba y, cuando Masaru volteaba, aprovechaba para probar con su dedo el sabor del aderezo del pavo, o de la masa de las galletas que su padre estaba preparando.
Conforme fue creciendo, su padre lo fue involucrando mucho más en la cocina y, con diez años de edad, Katsuki ya podría hacer las galletas que tanto amaba Mitsuki por sí mismo. Se había vuelto costumbre prepararlas para ella en cada navidad.
La cena era tranquila y bonita, pero con el pasar del tiempo, el entusiasmo de las fiestas empezó a atenuarse. Se estaba volviendo aburrido y monótono. Además, sus padres empezaron a estar más ocupados por su trabajo. Tenía sentido, pues la navidad era el momento perfecto para compras de ropa. La cena familiar nunca faltó, pero no había tiempo para decorar ni reír juntos como antes. Katsuki no tenía ganas para eso tampoco. Entrenar y estudiar para entrar a la U.A. ya ocupaba suficiente de su tiempo.
Supuso que la magia se había desvanecido como también lo había hecho su infancia.
O eso creyó hasta que conoció a Eijiro.
Las navidades con él eran sencillas y cálidas, colmadas de viajes y paseos por las iluminadas calles de la ciudad o por los montañosos suelos en los que acampar.
En Japón, la navidad se consideraba una época especial para las parejas, por lo que, la mayoría de las veces, pasaban los veinticuatro de cada año los dos solos; por otro lado, los veinticinco, era para salir con sus amigos o visitar a sus padres.
No obstante, no fue hasta la convivencia que Katsuki notó lo mucho que le entusiasmaba dicha celebración a Eijiro. Su pelirrojo adoraba adornar su hogar y comprar regalos con anterioridad. Se encargaba de asegurarse que todos sus amigos recibieran por lo menos uno. Siempre dejaba a Katsuki para el último. Es el más especial, decía él con su característica sonrisa radiante. Sin querer, aquello se había convertido en una tradición incluso desde el comienzo de su amistad, y Katsuki esperaba el inicio del veinticinco para recibir el nuevo presente que Eijiro había conseguido para él. Siempre era algo novedoso y significativo, más que cualquier otro presente caro que su madre le daba anualmente.
Si debía ser honesto, Katsuki seguía sin ser muy entusiasta de estas fechas, pero podía decir que las disfrutaba porque las compartía con ese idiota que se había convertido en el amor de su vida.
Para la décima segunda navidad que atravesarían juntos, el plan no sería diferente, o eso supuso Katsuki hasta unos cuantos días antes de la noche buena, cuando la pantalla del celular de Eijiro se iluminó y vibró.
—¿Que me necesitan ahora? —preguntó Eijiro; Katsuki frunció el ceño en cuestión—. No, no, si me necesitan voy, pero… —Hubo una voz al otro lado de la línea, dando indicaciones precisas que por la expresión de Eijiro, Katsuki sabía que sería imposible negarse—. Sí, no se preocupen. Ahí estaré.
Katsuki arqueó las cejas en una pregunta silenciosa tras el suspiro de resignación de su esposo y Eijiro abrió la boca:
—Necesitan que vaya a Tokio. —Empezó a explicar—. No sé qué cosa con qué problema. Dijeron que me mandarían más información, pero que era importante que fuera.
Mientras le contaba, Katsuki podía ver el ligero gesto de descontento en el rostro de Eijiro. Katsuki lo sabía bien; navidad era una época significativa para Eijiro y siempre había algo planeado en su mente. Su esposo siempre se esforzaba para estas fechas, pero Katsuki no podía evitar pensar que, esta vez, Eijiro tenía una mayor necesidad de quedarse en casa para estar los dos juntos.
—No quieres ir —señaló Katsuki.
—No es que no quiera ir —trató de explicarse su esposo—. Quiero decir, si me llaman es porque de verdad me necesitan, y quiero ayudar; pero lo que no quiero es…
Katsuki no necesitaba que terminara su oración para saber a qué se refería. No había sido un buen año realmente, al menos no a nivel personal.
A nivel laboral, todo había sido increíble, más de lo que los dos habían esperado. La agencia había cumplido con todos los estándares y objetivos que ambos propuestos y se habían colocado rápidamente en una posición favorable. Eijiro había crecido muchísimo también y Katsuki estaba más que orgulloso. Desde que estaban en la academia, Katsuki apreció un potencial de liderazgo que recientemente se había disparado como fuegos artificiales hasta convertirse en aquel jefe al que todos recurrían y respetaban.
Su relación también se había fortalecido. Aunque para Katsuki siempre habían sido los más fuertes. El vínculo que los entrelazaba desde que se conocieron en la academia se consolidó y solidificó en un par de alianzas que resplandecían con los rayos del sol o el reflejo plateado de la luna.
Tenían a sus amigos, maravillosos y exasperantes. Jodidamente exasperantes. Pero eran tan unidos y leales que Katsuki no podía evitar sentir el mínimo agradecimiento a la vida por tener esa parte molesta en su día a día.
Entonces, ¿cuál era el elefante en la habitación? ¿Cuál era la situación que creaba un nudo en la garganta de Katsuki y que hacía que Eijiro quisiera quedarse en casa con él?
Eran tres palabras que acosaban la mente de Katsuki hasta atormentarlo y lo hacían sentir como un inútil.
Problemas de fertilidad.
Katsumi creía que era estúpido atravesar esto. Era como si su propio cuerpo se doblegara ante el supuesto orden natural. Mierda, era un omega, lo que menos debía estar pasando es tener dificultades en concebir.
Si era alguna especie de castigo de la vida por haber dicho durante buena parte de su vida que los mocosos eran un estorbo, Katsuki estaba harto. Habían tomado la decisión de dar este paso desde mediados del año pasado y seguían sin conseguirlo.
Y Katsuki ya había tenido suficiente. Tras los primeros cuatro seis de intentarlo, creyeron conveniente ir con una especialista. Konoe había sido la mujer más paciente y agradable del mundo mientras los acompañaba en el proceso de medicación. Las pastillas e inyecciones se habían vuelto el día a día de Katsuki desde inicios de ese año, pero no tenían el efecto deseado; de lo contrario, ya tendría a su pequeño en brazos —o cerca de tenerlo— a este punto. Por lo que todo era una montaña rusa de emociones optimistas y pesimistas, de esperanza y escepticismo.
Las manos de Katsuki se extendieron hacia el rostro de Eijiro y acarició aquella pequeña cicatriz que jamás se había desvanecido de su párpado derecho. Afuera, escucharon los ligeros trinos de los pájaros, tan poco usuales en ese lado de Japón, pero igual de confortables. Eijiro acercó su cuerpo al suyo, con sus brazos envolviendo su cintura, y escondió su rostro entre el hueco de su barbilla y su clavícula, justo donde la marca latía contra su piel.
—Voy a estar bien, idiota —le dijo Katsuki, mientras tomaba uno de los mechones de Eijiro y los acariciaba como a él le gustaba—. No me voy a matar, si eso es lo que piensas.
—Dios, Katsuki, no digas eso ni de broma. —La tranquilidad que había logrado en Eijiro se esfumó cuando su esposo se apartó y lo miró con el ceño fruncido. De acuerdo, había sido una mala broma—. Sé que no harás nada imprudente, pero tampoco quiero que estés solo. Sinceramente, tampoco tengo muchas ganas de estar alejado de ti ahora.
—No te vas un mes entero; solo serán unos días, Ei —le recordó—. Puedo sobrevivir a tu ausencia por ese tiempo.
—Pero la Navidad será en…
—Cinco días, lo sé —dijo Katsuki con un tono de cansancio y sin poder evitar rodar los ojos. Su esposo había estado contando los días desde que empezó diciembre—. No me voy a poner a llorar si no estás aquí por trabajo, idiota.
—Tú no, pero yo sí —admitió Eijiro—. Kat, la doctora dijo que la medicación podía tener efectos secundarios y ya has estado sintiendo algunos. No me puedes culpar por dudar en irme a una misión por días.
Aunque no quisiera admitirlo, su esposo tenía un punto. En los últimos meses, el cambio de las pastillas por las inyecciones había estado haciendo estragos más bruscos en el cuerpo de Katsuki, lo que lo hacía sentirse agotado con facilidad. Ya se había acostumbrado al malestar, pero la última semana parecía haber incrementado.
—Ei, puedo lidiar con los jodidos medicamentos y hormonas. Lo he hecho desde hace meses y no va a cambiar ahora. Puedo llamar a los viejos si eso te hace sentir mejor.
—¿En verdad lo harás? —preguntó en voz baja; una vez más, lo abrazó por la cintura.
—Si eso te hace sentir mejor —repitió Katsuki para enfatizar—. No te preocupes tanto, Ei. Estaré bien. Trataré de no exigirme en el trabajo.
Vio un esbozo de sonrisa en los labios de Eijiro.
—Siempre dices eso y nunca lo haces.
—La intención es lo que cuenta, idiota. —Se defendió Katsuki—. Ahora prepara tu equipaje, que seguramente te confirmarán la hora del vuelo pronto.
—Espera.
—¿Qué? —preguntó Katsuki.
—Volveré en cinco días. Prometo eso —dijo su esposo con determinación—. Esta no será la primera navidad que pasaremos separados.
Eijiro habló con una seriedad que Katsuki sabía que no estaba mintiendo. Cuando su esposo se proponía algo, era imposible quitárselo de la mente.
Katsuki se acercó y Eijiro se inclinó ligeramente hasta que sus labios se rozaron, en un corto y casto beso que no duró más de tres segundos.
—Te veré el veinticinco entonces.
Y con ello, la expresión seria de Eijiro se desvaneció hasta convertirse en la sonrisa radiante que Katsuki tanto adoraba.
—¡No es para tanto, tonta!
—¡Nada de «no es para tanto, tonta»! —regañó Mina mientras lo jalaba de la mano—. Casi te desmayas. ¡Por ver sangre, Katsuki! ¡Jamás te has puesto así por ver sangre!
Un par de días después de la partida de Eijiro, los dos amigos caminaban por los pasillos de la clínica, hacia donde la recepcionista les había indicado que harían unos exámenes.
Mina no se había separado de su lado desde el casi incidente.
Habían terminado de encargarse de un tipo que había lastimado a unos cuantos civiles, entre ellos, una mujer a la que la había herido hasta sangrar. Como siempre, Katsuki corrió hacia ella para detener el sangrado mientras venía la ambulancia. Pero la simple mirada al fluido rojizo hizo que su cuerpo reaccionara como nunca antes.
Agradecía que Mina hubiera estado a su lado para que él se apoyara sobre su hombro mientras el malestar pasaba. Mientras tanto, su amiga se encargó de auxiliar a la mujer.
Una vez se aseguraron que todo estuviera bajo control, Mina lo arrastró a la clínica.
—No tienes que hacer un escándalo por esto —dijo él—. Fue un mareo y ya. Es una maldita medicación jodiéndome la vida.
Su amiga detuvo su andar y volteó con brusquedad sin soltar su mano.
—Tú nunca te has puesto así. Es muy raro todo esto. Hace unos días te pasó algo parecido. ¡No creas que no me di cuenta!
—Mina… —Katsuki gruñó mientras se pasaba la mano por el rostro—. Creí que tenía suficiente con Eijiro.
—¡Oh, agradece que no le he dicho nada a ese grandulón! Ya habría aparecido aquí para reclamarte por qué no le has dicho de esto. —El ceño de Mina se relajó tras ello y apretó su mano—. Cariño, solo es un chequeo de rutina. No perdemos nada con que te revisen. No vaya a ser una descompensación o algo peor.
Aunque quisiera discutir, una parte de Katsuki sabía que su amiga tenía razón. No era normal que él se pusiera así por cualquier cosa, mucho menos sangre. Sea lo que fuera, lo más sensato era descartar ahora que estaba en la clínica.
Con pesar, suspiró y apretó la mano de Mina para seguir caminando.
—¿Señor Bakugo? —preguntó Konoe, con una sorpresa genuina al verlo atravesar la puerta del consultorio. Katsuki no la culpaba; se suponía que la estaría visitando hasta el próximo mes—. ¿Pasó algo? ¿Todo va bien con la medicación?
—No… —respondió mientras se sentaba; Mina se había quedado esperando en la recepción—. Me he estado sintiendo algo mal últimamente, aunque no es tan terrible; pero tengo a una tonta que me insiste en que venga.
La doctora sonrió, tan amable como siempre.
—Está bien salirse de dudas. Veamos, ¿qué es lo que has estado sintiendo?
Katsuki prosiguió a describir los síntomas: los molestas náuseas al comienzo del día; la aversión a los olores fuertes; la fatiga que lo hacía querer quedarse en cama más de la cuenta; los estúpidas mareos por ver sangre, algo a lo que estaba habituado desde sus primeros años de entrenamiento como héroe.
—Dijiste que la medicina podía desencadenar estos síntomas. Solo es eso, ¿verdad?
No quiso expresarlo, pero tal vez el tono al final lo había delatado. No quería llenarse de esperanzas que luego terminarían quebrantadas. Esto solo era un efecto secundario. Tal vez todos los cambios hormonales finalmente estaban funcionando y su cuerpo se estaba adecuando para la etapa que Eijiro y él por tanto tiempo estaban buscando y añorando.
La doctora pareció meditarlo un poco antes de responder.
—Haremos un examen de sangre —respondió al fin—. Quiero ver cómo tu organismo está reaccionando a las hormonas y a la medicina. También podemos descartar si se trata de anemia. Si no estás hambriento y te sientes fatigado, entonces también es una posibilidad alta.
Katsuki asintió mientras se cruzaba de brazos. Mierda, realmente quería tener a Eijiro justo a su lado en ese momento. No era usual en él sentirse de esta forma. El sentimiento de soledad parecía invadirlo por completo.
La doctora debió haber sentido la tensión en su cuerpo porque colocó su mano sobre la suya por encima del escritorio.
—No te preocupes. Tendremos la respuesta muy rápido.
El consuelo remeció en Katsuki y dejó escapar una larga inhalación. Konoe los había estado acompañando desde el primer momento en que decidieron someterse a los tratamientos, y Katsuki apostaba que también tenía el mínimo de conocimiento psicológico durante este proceso que podía resultar jodido y abrumador. Aquello era obvio en el trato que venía teniendo con ellos, especialmente con Katsuki desde comienzos de ese año.
Así que Katsuki asintió, confiando en lo que dirían los resultados.
No pasaron ni veinte minutos cuando un sobre cayó sobre las manos de Konoe y la doctora rasgó el papel para luego sacar otro doblado en cuatro, el cual desdobló con agilidad.
Katsuki vio los ojos de Konoe ir de un lado a otro mientras procesaba la información que estaba leyendo y luego:
—Veamos; no hay signos de anemia, pero sí hay una irregularidad hormonal. Tus niveles de HCG son altos —dijo ella con un esbozo de sonrisa en el rostro, como si hubiera algo implícito en sus palabras.
Katsuki abrió los ojos cuando entendió a qué se refería.
—¿Me estás diciendo que…
La doctora asintió justo antes de tenderle el papel para que él lo viera por sí mismo. Katsuki sintió su garganta secarse apenas leyó las palabras.
—Feliz navidad, señor Bakugo —dijo ella con una sonrisa en el rostro.
Los siguientes días fueron una ola de emociones encontradas mientras intentaba asimilar que, finalmente, habían conseguido lo que tanto habían estado buscando. Porque estaba alegre. Mierda, estaba pasando. Iba a pasar. Un diminuto ser —mitad Eijiro y mitad él— vendría a darle un rumbo diferente a sus vidas.
Sin embargo, había un tinte de amargura en su mente porque Eijiro no estuvo con él para enterarse de la noticia. Si se ponía a pensar le dolía… le dolía que no hubiera sido posible que estuviera tomado de su mano, con los dedos entrelazados, mientras la doctora les daba el anuncio.
Se había vuelto jodidamente incómodo, o al menos así se sentía Katsuki. Desde que se había enterado de su estado, era como si su cuerpo necesitara la presencia de Eijiro. Era una urgencia abrumadora más que nada. El anhelo de abrazar a su esposo y esconder su rostro sobre su glándula para aspirar su aroma.
Al menos, de consuelo, estaba el hecho que tenía más tiempo para pensar en la manera de contarle a Eijiro su pequeño acontecimiento.
Una especie de regalo de navidad, pensó Katsuki. Aunque no era un regalo de su parte realmente; era un regalo de la vida.
Cuando llegó el veinticuatro, la foto de Eijiro iluminó su pantalla, dando aviso a una llamada. Katsuki no tardó en deslizar su dedo para responder.
—Hola, amor.
Ese fue el preciso momento en el que Katsuki supo que Eijiro no estaría en casa esa noche. Cuando vio el rostro apagado de su esposo.
>>De verdad lo siento, Kat. Pensé que llegaría hoy, pero no terminamos el trabajo. Capturamos a los líderes de la banda, pero han dejado bastantes asuntos y papeleo por terminar.
—¡Oi! No te disculpes, idiota. Esto no es tu culpa. Sabemos que estas cosas pueden tomarse su tiempo —dijo Katsuki—. ¿Todos están bien entonces? ¿Tú lo estás?
Vio a Eijiro asentir al otro lado de la pantalla.
—Unos cuantos raspones, pero ya me vendaron —respondió extendiendo sus brazos hacia la pantalla para que Katsuki viera un par de parches en su brazo izquierdo—. La mayoría hemos salido prácticamente ilesos, incluidas las víctimas; y capturamos a esos idiotas, que es lo importante. —Eijiro sacudió la cabeza antes de soltar un suspiro—. ¿Cómo estás tú? ¿La medicación te sigue afectando?
Katsuki luchó con las ganas de reírse porque la medicación nunca había sido la responsable de sus malestares en primer lugar.
—Lo mismo de siempre. No ha mejorado ni ha empeorado —respondió finalmente.
—Mina dijo que te había tenido que llevar con la doctora porque te pusiste mal —dijo con un tono acusador, mientras fruncía el ceño.
—Esa maldita chismosa. ¿Entonces para qué preguntas si ya sabes?
—Porque quería que me lo contaras, Katsuki —replicó su esposo—. Además, no me dijo si Konoe dijo algo porque no se lo contaste. ¿Qué te dijo Konoe, Kat? ¿Es algo malo?
No por primera vez, Katsuki se daba cuenta de que se había casado con un preocupón.
—No es nada grave, idiota. Dijo que se trataba del cambio hormonal —mintió a medias; en realidad, sí estaba atravesando por eso—. Que mientras que cuide mi sueño y alimentación todo estaría bien.
—Diablos, debería estar contigo. Ella dijo que mi aroma podría ayudar a calmar…
—¡Oye! Ya vas a volver; no te atormentes por eso. Ya te dije, idiota, puedo sobrevivir por tu ausencia por unos días. No importa cuándo vuelvas, idiota —gruñó Katsuki antes de suavizar su rostro—. Solo ven a casa.
—No abras el regalo hasta que esté contigo —lo decía por el paquete que yacía bajo el árbol, uno de color blanco y decorado con un lazo de color naranja.
Su regalo especial y el que Eijiro siempre le entregaba al final del veinticinco.
Katsuki rodó los ojos; sabía perfectamente lo quisquilloso que era su esposo de estar presente para ver su expresión cuando finalmente descubría que había dentro del regalo.
—No pensaba hacerlo, Ei. Y no te preocupes, llamaré a los viejos para ver si puedo ir a cenar con ellos. No estaré solo.
—Bien. —Eijiro volvió a suspirar; Katsuki vio sus hombros relajarse tras su exhalación—. No te salvarás de que te llame a la medianoche para saludarte.
Katsuki rió.
—No necesitabas amenazar, idiota.
Y con un intercambio de «te amo», los dos colgaron la llamada.
Katsuki sintió a Eijiro antes de verlo.
Más bien, sintió el dulce olor de la canela y chocolate caliente mezclado con el ligero toque de leña, la fusión de su aroma con el de Katsuki a través de su marca.
Mantuvo los ojos cerrados y fingió seguir dormido. Los pasos de Eijiro se hicieron más sonoros hasta que el peso de su cuerpo cayó sobre su lecho compartido. Los sentidos de Katsuki gritaban por pegarse a su esposo; su piel gritaba ansiosa por su tacto y su aroma. Pero su esposo hizo el trabajo por él, mientras se acomodaba más cerca de Katsuki y de aquella zona de su cuello, la cual no tardó en rozar y aspirar.
Katsuki se preguntó si era verdad lo que había venido escuchando todos estos años, que el aroma natural de un omega adquiría un tono más lechoso cuando estaba esperando. Katsuki se preguntó si Eijiro lo descubriría antes de que él pudiera decir algo.
—¿Cuánto tiempo más vas a fingir que estás dormido? —preguntó Eijiro con diversión.
Aún con los ojos cerrados, Katsuki respondió:
—Idiota —aunque el esbozo de sonrisa en su rostro ganó y abrió los ojos finalmente para encontrarse con la mirada cariñosa de su esposo—. Bienvenido a casa, Ei.
—Te dije que estaría para navidad, ¿verdad?
—¿De qué estás hablando? Si ya es veintise…
Cuando Katsuki giró hacia su reloj digital, vio que estaba equivocado. Se había ido a dormir temprano, alrededor de las ocho de la noche y supuso que había dormido lo suficiente como para que pasaran de la medianoche; pero no.
23:45.
Katsuki giró hacia su esposo.
—No te hagas el listillo.
Y aquello hizo a Eijiro carcajearse antes de extender hacia él el regalo que había estado bajo su árbol desde hace una semana entera. Supuso que lo había subido de camino a su habitación.
—Esto es para ti.
En la mirada de Eijiro, había claramente una expectativa, una emoción de ver la reacción y aprobación de Katsuki, y que él dudaba que no podría corresponder porque Eijiro siempre se esforzaba para estas ocasiones.
Lo que Eijieo no sabía es que él también tenía algo para él oculto en el pequeño cajón de su mesa de noche.pudo
Katsuki tomó entre sus manos la caja y la destapó sin prisa, siendo especialmente cuidadoso con el lazo que sabía que Eijiro había pasado minutos arreglando. Un fino papel de seda ocultaba finalmente el detalle y cuando Katsuki lo desdobló, se encontró con una prenda cuyo material estaba hecho de hebras de lana.
Era una chompa, notó Katsuki cuando la sacó de su empaque. Era de color naranja, más tirando para el cobre, y era claramente un par de tallas más grande que él. Si miraba con detalle, podía ver irregularidades en el patrón. Había pocas puntadas sueltas aunque apenas perceptible. Tenía trenzas que se dibujaban de un extraño a otro de la prenda y el cuello no era lo suficientemente largo como para ser uno de tortuga. Las imperfecciones solo podían ser señal de una cosa.
—No la compraste —dijo Katsuki en voz baja.
Cuando Eijiro negó con la cabeza con cierta timidez, sintió una calidez extenderse por su cuerpo hasta rebozar en su corazón.
—Sé que no es perfecto y que probablemente te quede demasiado grande. Te prometo que usé la lana y los palos indicados, pero quedó así. Tu madre dijo que podía ser la tensión. La verdad no entendía mucho de eso hasta que seguí avanzando. —Eijiro soltó en una verborrea y se frotó la nuca, como lo hacía cuando se sentía nervioso—. Pero soy muy lento, Katsuki; cuando quise rehacerlo…
Katsuki se vio en la necesidad de callarlo, porque era perfecto porque Eijiro lo había hecho con sus propias manos, así que tomó las delanteras de la casaca de franela que Eijiro aún no se había cambiado y presionó sus labios sobre los suyos, obligándolo a inclinar su rostro y darle un beso cargado de afecto.
Se sentía feliz. Se sentía amado, como siempre lo hacía sentir Eijiro, porque realmente eran estos detalles lo que hacían disfrutar de la navidad a Katsuki, ya no más las frivolidades de las decoraciones y los regalos caros; sino las manos de Eijiro sobre su cintura y su inmensurable amor.
De repente, la mano de Eijiro rozó brevemente —muy brevemente— el vientre de Katsuki, y solo ahí recordó que él también tenía cómo devolverle su sorpresa.
—¿Sabes qué? —dijo Katsuki cuando se separaron; Eijiro lo miró con interrogación en el rostro—. De hecho, es bueno que lo hayas hecho un poco más grande. Voy a necesitarlo para el próximo otoño.
—¿Uh? ¿Qué quieres decir con el próximo otoño?
Y ahora era su turno, supuso Katsuki.
Dejó la chompa con suavidad dentro de su caja una vez más y se estiró para abrir el cajón en donde había una cajita, no del todo plana, pero de apenas unos diez centímetros de altura.
>>Oye, se supone que yo soy quien da el último regalo. —Señaló Eijiro con diversión.
—Creo que este año vale la pena romper la tradición —respondió él mientras se encogía de hombros y colocaba la caja sobre las manos de Eijiro—. Ábrela.
Eijiro no tardó en obedecer la orden con entusiasmo y luego, Katsuki sabía que su reacción no se desvanecería jamás de su memoria.
El rostro de su esposo pasó del estado de emoción a consternación al ver lo que había dentro: unos pequeños zapatitos que Katsuki había logrado terminar hace un par de días. Katsuki vio el momento en que la mente de Eijiro quedó en blanco, procesando por completo el significado de esto, más bien, si esto significaba lo que él creía que era. Y después hubieron cristales a punto de derramarse antes de levantar la mirada para verlo fijamente a los ojos, porque entendió a qué venía el presente.
—Katsuki, ¿esto es… —Sus palabras murieron en un sollozo y quebranto, pero no eran necesarias.
—Sí, Ei —le confirmó Katsuki—. Esto es.
Katsuki contó hasta tres cuando sintió el cuerpo de su esposo cubrir el suyo con fuerza, casi reclamando fusionarse con él y que sus miembros encajaran con los suyos —aunque aquello era natural.
Los labios de Eijiro volvieron a presionar los suyos —pero esta vez, por menos tiempo, apenas un pequeño roce— antes de ir por sus mejillas, y sus sienes, y su frente, y la marca dibujada en su cuello.
Y luego, escurridizo como era Eijiro cuando se lo proponía, levantó la franela del pijama de Katsuki, dejando a la vista su abdomen aún completamente firme y marcado, sin indicio del nuevo integrante.
Su esposo lo miró por unos instantes más, curioso, antes de colocar un beso sobre la piel expuesta, unos centímetros por debajo de su ombligo. Katsuki se estremeció ligeramente.
—Esto… —susurró su esposo, todavía sollozando, pero con una sonrisa en el rostro—. Esto… mierda, no sé cómo describir lo que siento ahora…
—Lo sé —dijo Katsuki, porque no había forma de poner en palabras la dicha que significaba esta noticia, tan esperada y anhelada—. Pero está ahí, idiota. Finalmente…
—... funcionó todo —completó él—. Mierda, está ahí. Katsuki, diablos, este es el mejor regalo de todos.
Katsuki no luchó contra la sonrisa que empezaba a formarse en sus labios y acunó el rostro de Eijiro entre sus manos.
Rozó sus labios con suavidad contra los de él hasta que rompieron en risas sinceras y colmadas de alegría; las manos de ambos descansando sobre la piel de su vientre.
Y luego no pudo evitar pensar que está sería la última navidad solo de ellos dos. Las navidades con su creciente familia no harían más que llenar su corazón de dicha y regocijo; en especial, esa navidad, la cual marcaba el inicio de una nueva etapa de su vida. De su familia. Y este era el mejor regalo del final que ambos habían recibido.