Un (dos y tres) Reencuentro (S)

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Summary

Una amistad que quedó en el pasado, que lleva a cambiar las actitudes de ellos después de tres años. Rencor. Odio. Dolor. ¿Y... amor? Un reencuentro o dos, tal vez tres que deja más que hablar. Dónde las canciones son protagonistas, pero no cualquier canción que escuches en la radio o en la televisión, menos aún cuando la escuches al aire, porque tenemos que fijarnos cuáles son las canciones que valen más. Y ellos estarán en cada capítulo.

Status
Ongoing
Chapters
6
Rating
n/a
Age Rating
16+

Piloto.


Capítulo 1. Piloto.


La última vez  ☆  Morat. 


No tengo que mentir


No tienes que jurar


Se nos acaba el tiempo y sabes que me voy


Y te vas. 


Se suponía que la Universidad —o solo mis padres lo decían— era un lugar donde te podías encontrar a buenas amistades y hasta al amor de tu vida. Me parecía ridículo porque sí y sin más justificaciones, pero mientras estudie podía estar con las personas que quería y con ciertas reglas.


Parecían ser una pareja de cien años, que siguen viviendo en el siglo XIX.


Aún así, con todo lo que me dijeron el primer día, el segundo y así el siguiente, no me parecía una necesidad del todo para exagerar, casi estaba por cumplir diecinueve años, ya había pasado la mayoría de edad y aunque me asustaría a su tiempo, esperaría a que el tiempo y el susto no me consumieran. 


—¿Hola? —preguntó Camila, indignada—. ¿Disculpen? Estoy hablando hace diez minutos a ustedes y parece que el viento solo me escucha.


—Es imposible —recalque.


—Lo imposible se vuelve posible, Ally.


Rodee los ojos.


—Es que siempre es lo mismo, Cam, chismes por acá o por allá. Es hermoso saber lo que pasa en la Universidad, pero no te puedo creer que ya hay si hace unos meses empezamos.


—¿Así qué te aburre, no Ludmila? Bueno —mordí un pedazo de alfajor—. Cuéntanos sobre tu novio Samuel. El idiota ese. Se nota que volvieron.


¿Era buen momento para escupir toda la comida que había dirigido anteriormente?


Creo que es mejor que lo hagas más tarde.


Mala respuesta. Tosí con fuerzas al escuchar el nombre de uno de los exs de Ludmila. ¡¿Cómo!?


—¿¡Qué!? —la miré. Los chicos de la fila nos miraron, pero no le di tanta importancia—. ¿Qué carajos hiciste Ludmila Rosso?


—¡No volví con él! —se excusó, indignada.


—Entonces, ¿qué significa esto? —al parecer había sacado el celular y busco la foto que nos estaba mostrando. Era un chico rubio, alto, y parecía estar sacándole foto de atrás y había una chica enfrente suyo, pero no se la veía.


Para este momento Ludmila estaba roja mirando la foto y solo faltaban dos personas para llegar para comprar.


—¡No soy yo! —le pegó en la cabeza.


—¿Y esos aros? ¡Te los regalo Ally!


Ante esa confesión agarre el celular e hice zoom a la imagen, era cierto que la chica de la foto tenía unos aritos de forma de estrellas. ¡Era ella!


—Esto es demasiado. ¿Cómo es que volviste con ese idiota? Te engañó.


Ludmila siempre lo supo, o tuvo la idea de que algo podía pasarle en algún momento, pero no lo imagino que le haría eso en su aniversario, pero ella necesitaba dejarlo. Solo quería una razón.


Quería ese auto de escape.


Y lo tuvo.


Qué afortunada.


Oh, sí.


—Basta. ¿No sé acuerdan que esos aritos se me perdieron en una fiesta? —preguntó agarrando el celular de Camila y pagándolo en el pecho de ella—. No soy ella.


—¡Pero se parecen a una banda! —cuestionó Camila.


—¿Y qué? No soy ella. Aunque sea bueno en la cama no lo quiero. ¿Sí?


Ante esa confesión mis mejillas se calentaron, no quería imaginarme el color rojo que tendría mis mejillas. No, no lo haría. ¿Por qué carajos tenía que hablar de eso? ¡En un lugar público!


—Que romántica —ironicé.


—Exacto, y después me dicen a mi. ¡A mí! —apoyó una mano en su pecho.


—No te hagas inocente Camila porque eres peor que yo, solo te falta hablar de alguien —declaró Ludmila y asentí.


—¡¿Qué?! No me puedo creer eso de las dos, son unas dementes.


Y se dio la vuelta. No tardamos en seguirla y aunque parecía que estaba enojada cuando se dio la vuelta con una botella de Manaos sabor a Cola tenía una gran sonrisa. Que rápido que se le cambiaba el humor.


—La inflación es más grande que mi enojo por ustedes, así que les perdonaré por ahora.


—Sos una loca —confesó.


—Y yo pensé que acá era la loca —declaré.


Camila negó.


—Cuando estés loca será el fin del mundo como cuando te enamores de un chico —alzó la botella.


—¡Tampoco que soy tan fría! ¡Me puedo enamorar! —me justifique.


Ludmila se rio apoyando una mano en mi hombro. Las tres caminamos por el pasillo mientras el descanso seguía en pie. Ninguna de las dos quería volver a clases porque eso significaba separarse de la otra.


—Mira —dijo finalmente después de reírse como una loca— cuando te enamores sería imposible. Sería como conocer a tu artista favorito.


—Conocer a tu artista favorito es posible y más cuando deciden hacer giras en donde vivís.


—¿Y qué pasa con la plata? ¿Eh? —preguntó Camila—. Así que sigue siendo imposible, a menos que consigan un hombre rico y nos mantengan a las tres.


—Eso sería abusar del pobre —dije.


—Sos muy buena Allison. Si te quiere no tendría problemas en alimentar a tus mejores amigas.


—Exacto. Pero siempre que sea un buen hombre y todo eso, no salgas un idiota como mi ex.


Asintió.


Asentí. Ellas tenían razón, no importaba si era rico mientras que ser un buen chico y hombre valía la pena y... alto. ¿Por qué estaba pensando en eso? Nunca me había interesado en hombres ricos, puede que sí pero son ficticios ¡y no son reales!


—¿Qué insinúan las dos?


—¿Qué? —preguntó Camila.


—¿Por qué me dicen esto? Saben que no me gusta ese tipo de hombre.

—Te lo dije —dijo Ludmila.


—¿Eh? —pregunté.


—¡No me dijiste nada! ¡Mentirosa!


—¡Te lo dije con la mirada!


—¡Mentira!


—¿¡Qué carajos está pasando!? —pregunte, cortando cualquier tema de pelea.


Ellas se miraron. Ambas estaban enfrente de la otra y yo en medio de ellas, nos habíamos parado en medio del pasillo.


—¡Pues mírate! Eres la más indicada para estar con un chico con dinero.


Tenía que estar jodiendo. Era un asco.


—Camila no sé puede conseguir novio así nomás o un adinerado... Dios. Mejor déjenlo. Ya va a terminar el descanso y hay que volver a clases.


Sí, jefa.


Podía tomarse como un comentario de una nena caprichosa, pero lo que menos me gustaba era que tocará el tema de mi cuerpo y menos aún toleraba que quisiera verme involucrada en una relación con alguien. Detestaba tener pareja aunque lo anhelaba con todo mi ser.


Los libros siempre mostraban que los chicos eran lo más, que siempre estaban para cuando ella lo necesitará y siempre podía confiar en todo, pero la realidad era otra y aunque fuera está la realidad deseaba estar en los libros.


Amaba leer con todo mi corazón, es una parte de mi que siempre estaría segura de no abandonar y amar, pero con todo lo que uno vive es difícil concentrarse en ellos.


Ellas se despidieron con la mano y también hice lo mismo, estaba algo segura que después hablaremos en la cancha de básquet, pero hasta por el momento tenía ganas de hacer pis. Fui al baño lo más rápido posible y antes de que alguien me viera.


Agradecí con todo mi corazón que nadie estuviera en el baño porque necesitaba ese momento a solas, aunque fuera poco.


Sin dar más vueltas y con la mente algo relajada me dispuse a lavar mis manos antes de salir y aunque no hubiera nadie, sabía que alguien había. Su sombra se vio cuando me di la vuelta.


Sebastián.


—Y pensé que estarías en clase —comentó él, con carisma.


—Así que los hombres piensan.


—Tu odio a los hombres es más fuerte de lo que creí, y después te enamoras de cada hombre ficticio que aparece en los libros.


No tenía que haberle contado esa parte, solo la trama.


La trama es el hombre guapo.


¡Sh!


—Es que ellos por lo menos respetan a las mujeres.


—¡Yo te respeto!


—No, no lo haces.


—¿Por qué no? —su mano pasó por mi cuello—. ¿Por qué te gustan los hombres ficticios?


Y ahí comenzaba de nuevo.


—Si tienes algún problema con ellos, puedes ir a tu salón ahora mismo y no volver a hablarme hasta cuando tenga partido.


Rodeó los ojos.


Me paré en medio del pasillo y en un pasillo que daba al fondo pude ver mi salón y como los chicos empezaban a entrar. Él también se paró. Sacó sus manos de mi cuello y me agarró de los hombros.


—Algún día encontrarás a alguien que no sea ficticio.


—Muy imposible —dije cruzando los brazos.


—Muy posible, Ally. Nos vemos.


Me dio un beso en la mejilla y se dio la vuelta, no espere que se diera la vuelta para pedirme perdón. Usualmente no lo hacía y cuando me pedía perdón era por algo que de verdad si se había pasado.


Su figura desapareció rápidamente, no quería saber la razón de porqué me sentía tan sola y teniendo tantos amigos como compañía. Tal vez, porque nunca podía decir lo que me gustaba sin sentir ese miedo de su verdad les gustará lo que dije.


¿Opinaran lo mismo?


¿Me aceptarán?


Sus miradas decían que no, pero odiaban esa parte mía que tenía. Siempre había sido tan liberal y aunque me había obligado a no serlo para encajar por varias cuestiones, no podía evitar ser la persona que era antes de la pandemia.


Sé que era mejor.


¿Él opinaba lo mismo?


Lo hiciste todo bien


No tengo a quién culpar


Pues tu mejor defecto es no dejarme a quién odiar.


Gire sobre mi eje y empecé a caminar a mi salón, mis cosas estaban en el salón. Sabía que mis compañeros usarían como silla a mi mesa porque justo me había sentado en el último lugar y es dónde estaban los chicos.


La incomodidad recorría cada parte de mi cuerpo, no podía evitar sentir las miradas de aquellos que eran mis compañeros, nunca había encajado con ellos, aún siendo apenas los primeros meses del año. Éramos nuevos, otros se conocían desde la secundaria, otros se hicieron amigos al toque y yo quedé en la nada.


Solo era Smith. O la jugadora suplente de básquet.


Había comenzado a jugar por los torneos bonaerense, no pensé que hubiera ese deporte, pero lo había. Me encantaba jugar, pero no me había anotado a tiempo y era la suplente, iba solo para entrenar. Entrenar.


Nunca para jugar un verdadero partido, miraba como los demás lo hacían y estaba ahí con las chicas o con Sebastián.


Con pedir permiso a los chicos dejaron de estar cerca de mi mesa y me sentí algo más aliviada, pero nada estaba bien. O siquiera estaba de serlo.


Y, aunque a tus promesas siempre fui vulnerable


Duele que haya muertos, pero no haya culpables. 


Al poco de ingresar, la profesora entró y con una mirada desafiante empezó a dar la clase, no podía decir que la universidad se acercaba a lo exigente que había estado en la secundaria porque la universidad ganaba y sin piedad alguna. Y eso que estaba en mi segundo año, me había anotado para economía y varía entre administración de empresas, contador público, y algunas más. Todo dependía de lo que eligieras.


La carrera había sido tomada por impulso mío al no saber lo que deseaba en mi vida, tenía diecisiete años y no sabía lo que quería para mí futuro, lo que tenía que dedicarme para vivir de eso, para pagar un sueldo que me mantendría con vida. ¿Y familia? Era lo menos que pensaba.


Había soñado con un chico ideal, que sea lo mejor para mí y capas nuestros futuros hijos, que me quiera, que me ame y que me soporte en todos los aspectos o cambios de emociones que pudiera tener, sabía cómo era yo y me daba miedo que alguien me conociera y no le agradará.


En medio de la clase había visto un mensaje de Ludmila diciendo algo de acompañarme, pero creo que también vendría Sebastián. Los tres se conocían, pero no eran de hablar mucho, cada uno tenía sus amigos y más o menos se hablaban cuando estaba presente. Era la que unía a los tres.


—¿Hola? —conteste cuando salí de clases.


—Hola, amor. Soy mamá. ¿Cómo estás?


Mire mis manos.


—Algo cansada.


—Sí, entiendo. Cuando tenía tu edad era difícil la Universidad, pero ya te acostumbras. Además, sí tienes una rutina.


—Sabes que no me gustan las rutinas.


—Bien, lo entiendo. ¿Podría pedirte un favor?


—Bueno.


—Hay una cafetería nueva que tiene nombre raro, pero te mando la ubicación, papá me dijo que está algo más barato ahí que la panadería.


—Ajá. Sí.


—Te deposité plata, así que podrías comprar una docena de facturas. Elegí las que quieras.


—¿Vendrán amigos de papá?


—De los dos. Podrías acompañarnos.


—Tengo básquet y estoy algo floja, no puedo, mamá, lo siento.


—Tranquila, es igual de tardecita.


—Las chicas quieren salir a algún lado, para otro día. ¿Podrían ellos?


No quería ser un estorbo para mamá y sus amigos, seguramente solo respondería a las preguntás, las devolvería, siempre era así. Y cancelaba todos mis planes para estar con ellos y darles una buena impresión de mi persona, aunque me muriera de aburrimiento todaaa la tarde.


—Sí, creo que sí.


—Salgo de básquet y voy para casa.


—Dale, cariño. Gracias.


—De nada.


Mamá fue quien corto.


¿Serían nuevos amigos de mamá? ¿Los habrá conocido en algún lugar? ¿O papá los habrá conocido en el trabajo? Era amistoso con la gente de su edad, pero con adolescentes que tengan las hormonas elevadas, les detestaba. Claro, era la excepción.


Y mis amigas. Hasta ahí.


Guarde el celular en la mochila y me dispuse a salir de la escuela para ir a dos cuadras cerca que es donde más o menos quedaba un deportivo, había canchas para cualquier deporte, pero algunas usaban la de futbol, como el handball. Espere en la puerta del lugar porque ese sería el punto de encuentro con las chicas, y Sebastián.


Creo que tenía que entrar por el frío que hacía, era demasiado. Ni siquiera era invierno. Apenas estábamos a fines de abril y hacía tanto frío que no daban ganas de salir de la cama o del rango de la estufa.


Mierda.


Hubiera dormido la siesta.


—¿Nos estabas esperando? —preguntó Camila.


Sonreí al verlas.


—¡La próxima no las espero! —dije, furiosa.


Agarré el celular y le mandé un mensaje a Sebastián que entrará al lugar sin problemas porque hacía mucho frío para esperarlo. Me sentía mal por hacerle esto, pero también el frío era mucho mayor que eso y no quería morir congelada.


Ludmila se rio.


Camila entró emocionada al lugar como si fuera la primera vez que iba —cosa que no era así, porque desde el año pasado me acompañaba— y no tardó en mirar a los chicos del equipo. Era otoño, hacía mucho frío, pero aún pedían traer el vestuario correspondiente del equipo. Aunque se habían apiadado de nosotros cuando dijeron que podían traer pantalón largo, pero seguía siendo vestuario del equipo.


Los chicos ya estaban entrenando, bueno, siempre lo estaban. Eran los que se iban a lo último y eran los primeros en venir antes de la profesora. Y yo era la segunda que llegaba, no me gustaba mucho estar sola con ellos aunque tratarán ser amables conmigo o no me den bola.


—No puedo creer las vistas impresionantes que hay.


—¿No tienes un poco de vergüenza al mirarlos? —preguntó Ludmila dejando las cosas en una banca solitaria.


—Eso —le di la razón.


—¿Por qué? Saben que son atractivos y la gente los ve. 


Tenía un punto, pero mirarlo tan directamente tenía pinta de ser psicópata. La cuestión es: ¿Le gustaría que una chica los esté mirando de esa manera? 


—Pero no de esa forma, pareces psicópata. 


Me miró de mala gana. 


Sonríe inocentemente. 


—Mamá me pidió que vaya a comprar algo, ¿me acompañan? —pregunté. 


—¿Ahora? —preguntó, sorprendida. 


—No. Después. 


Ellas se miraron.


—¿Qué pasa? —pregunte.


—Es que después tenemos que ir a un lugar donde nos podrían dar trabajo, fue un momento donde las dos justo nos encontramos. 


—Que bueno. Entonces, iré sola —dije sin muchos ánimos y estaba por preguntar de qué iban a trabajar, sentí que alguien apoyaba una mano en mi hombro. 


—¿Quién irá sola? —me miró. 


Sebastián. 


Por un momento pensé que iba a tardar en venir, capaz cuando comencemos las prácticas o tal vez un poco más tarde, pero había venido mucho antes. Y yo no lo quise esperar. 


—Mi mamá me pidió algo, quería ir con las chicas pero están ocupadas por eso iré sola. 


¿Había sonado que culpaba a mis mejores amigas? No quería que sonara eso, ¿habría otra manera de decirlo sin "culpar" a mis amigas? Porque no lo hacía y... Maldita sea. 


—¿Y con qué están ocupadas? —les preguntó Sebastián mirándola. 


Camila apoyó su mano en el hombro de Ludmila. Sonrió. 


—Ambas estamos por conseguir trabajo en el mismo lugar. Ally, vos también podes sumarte. 


Negué. 


—Mis padres quieren que estudie primero, después que haga algo con mi vida pero con ese título. 


—Tendrías que vivir un poco —dijo burlón Sebastián. 


—¡Ay! —grito—. ¡Me olvidé! —dijo toda emocionada.


—¿Por el amor de Dios que pasa? —preguntó Sebastián.


—¡Hoy hay una celebración de no sé qué y me invitaron, y puedo invitar a cualquiera que quiera! ¡Me olvidé! ¿Cómo pude hacerlo? ¿Vendrán?


—Vivo solo, querida, no puedo. Tendría que ver alguien de confianza, pero aún así no me gusta la idea.


—¿Y vos Allison? —preguntó Ludmila.


Empecé a negar.


—No me dejarían.


—Te estoy preguntando a vos, no a tus padres, ¡vamos!


—No me gustan las fiestas, ya lo sabes.


—¡Para distraerse!


Lo quería y lo necesitaba, tenía edad para decidir cosas por mi cuenta, pero sabía que iba a fastidiar a mis padres con mis decisiones.


Vivía atascada entre sus decisiones, no podía salir sin su consentimiento y sí lo hacía las consecuencias irían hacía mí y no había nadie para ayudarme. Estaba sola. No tenía internet príncipe azul para ayudarme, y sí lo haría, ¿me ayudaría? ¿A mí? ¿A su princesa?


—Tengo una prueba mañana —mentí.


Me miró con tristeza.


—¡Smith! —me llamó—. Espero que tengas una razón razonable para no estar corriendo como los demás.


Gracias, entrenadora.


—Lo siento —susurré a mis tres amigos. 


Qué vergüenza. 


 Nunca te dije adiós


Dime por qué gastar mi voz


Para acabar la historia


La que escribimos los dos.


Ni siquiera tenía puesto el uniforme, no había entrado en calor cuando llegué, era una pauta casi obligatoria cuando debías de llegar, había caramas en el recinto así que podían saber si mentías o no. Adoraba jugar y entrenar, pero la otra parte era un infierno dependiera como era tu postura. 


La profesora no era una mujer que pasaba los cuarenta años, era pelinegra y tenía ciertas pecas en sus mejillas, sus ojos negros. Todo de ella parecía escalofriante, pero sabía como era ella y podía considerarla como una amiga. Le encantaba que esté presente, pero odiaba que no cumpla con algunas pautas y por eso seguía siendo la suplente. ¿hermoso, no? 


Con temor me acerqué a ella, tenía las manos apoyadas en la cintura. Era malo, muy malo. 


—Allison, Allison, recordadme ¿por qué siempre tengo tanta tolerancia con usted? —preguntó tocándose la punta de la nariz.


Eso era malo, muy malo. 


—¿Por qué soy buena jugadora? 


—Me encanta tu manera de obedecer lo que se le diga —alguien le lanzó una pelota de básquet, y la agarró de una manera impresionante—, pero como todo ser humano cometes errores. Y lo entiendo, sin embargo cuando digo que no me gusta que mis jugadores se distraigan, lo detesto —aclaró. 


—Lo sé, pero no es el horario. 


—Ya sé. Aun así, les dije que dependiera de ustedes venir temprano y sí lo hacen, tendrán que someterse a mis reglas. ¿Lo entiendes? 


Miro su celular. 


—Sí. 


—Y Smith, ya es el horario, vete a cambiar y quiero diez vueltas. 


Lo hice. 


Ella siempre había sido estricta con todo lo que decía, nada de chistes y cuando lo hacía te tiraba un chiste sarcástico que te atravesaba el alma y sin pudor alguno. Capaz quería ser así para que le prestarán atención, o para dar miedo.


Nunca me atrevería a levantarle la voz, nunca y no hoy. La bronca que tenía cada vez de alguna injusticia hecha se almacenaba en un vaso, en dos años había llenado la mitad —y todavía faltaba mas de seis meses para terminar el año—, pero suponía que este año seria tranquilo. 


Las cosas se dieron, di las vueltas después de cambiarme. La mirada fija de la profesora estaba sobre cada alumno y podía jurar que me miraba más que el resto, era malo. ¡Encima que quise parar un rato en las diez vueltas! Pero no. La mirada de ella me dejaba en claro que no debía y no tenía que hacerlo. 


 —Terminamos, pero quiero hablar con ustedes. 


Oh, no. 


Seguro que me decía algo a mí, me estaba matando con la mirada, ¿habría hecho algo mal? Conte las vueltas, fueron diez y la mitad. Hice bien los ejercicios, ¿o no? Creo que me trabe con algo, con un cono seguramente. 


Mierda. 


Agarré mi botella de agua y empecé a tomar para quitar la ansiedad. Sí, seguro hice algo. 


Algunos se sentaron en el piso pero unos cinco —incluyéndome— nos mantuvimos parados. 


—Algunos chicos como se habrán dado cuenta, no están, no seguirán jugando, así que en la semana se estarán haciendo pruebas. Preguntaré quien querrá y quien no, así que dependerá de ustedes. Adiós. 


¿Podía dejar de ser la suplente? ¿Cumpliría mi sueño de ser una jugadora oficial? ¿Me daría la chance de poder jugar alguna vez en una liga mayor? No. ¿O sí? 


Seguramente, capaz, pueda, o a la vez no. Ere un desastre comparado con jugadores estrellas, no me entrenaba un entrenador canoso, con más ganas de que su equipo gane que de vivir. Probablemente sería yo. 


Me encogí de hombros.


Y no volverte a ver


Es mi promesa por romper


Prefiero ser quien llora


Si eso te obliga a volver.


—Decime que vas a intentar ocupar un lugar —dijo, emocionada Camila—, ¿no? 


—¿No se habían ido? 


Por media hora habían desaparecido cuando estaba jugando, no me habían dicho nada pero sabía que la profesora no lo permitiría. 


—Sí, fuimos por algo calentito pero volvimos —respondió Camila. 


—Ah. 


—¿E intentaras? —volvió a preguntar. 


—No lo sé, siempre es lo mismo y el año es complicado para tener más responsabilidad. 


—¡Más positividad a tu vida! 


—Tiene razón, Camila —dijo Sebastián. 


—¿Vos también? Lo último que me faltaba. 


Camila se puso adelante mío y apoyó sus manos en mis brazos. Me sacudió. 


—Deja de ser tan negativa, no sos un problema, no lo serás. ¿Qué más necesitas para intentar? Es solo tener una pelota en la mano —sabía que estaba mal en lo que decía, pero no le quería decir nada—, nada más, y eres la mejor. 


—Lo eres —agrego, Ludmila 


Sebastián asintió. 


Mejor motivación no podía haber en el mundo, cuestión que no quería escuchar, quería hacerme la testaruda e ignorar el hecho de que podía ingresar y ser feliz por un momento.


—Es en una semana, pero lo pensaré —accedí.


—Pero lo hagas —amenazó Ludmila.


—Eso.


—Ya está. Ally, está cansada debería descansar, ir a su casa, no sé —intervino Sebastián


Le agradecí.


—¿No tenías que comprar algo? —preguntó Camila.


—Ah, sí.


Ni siquiera había pasado dos horas para olvidarme de lo que mamá me había mandado a hacer. Que Alzheimer.


—Nos vemos, entonces chicas —me despedí de las dos.


Quise cambiarme mi ropa, pero el clima había bajado y había hecho ejercicio para que mi cuerpo estará calentado. Mire a Sebastián con duda, pero ni siquiera me devolvió la mirada.


—¿Me contarás lo que te pasa? —pregunté, entrelazando mi brazo con el de él.


Me miró.


—¿Mmm? —preguntó.


—Hace días estás raro, no sé cómo describirlo.


Sonrió sin más. Quedó mirando hacía adelante.


Ambos nos detuvimos cuando un auto estaba por pasar la calle y sin más habló, con una sonrisa:


—Conocí una chica.


Lo empuje.


—¿En serio? ¿Debo sentirme celosa? ¿Cómo es ella? —pregunté con una sonrisa.


—Sí, y claro que no. Eres mi mejor amiga, no lo dejaras de ser hasta que no quieras serlo, pero con ella quiero algo más y solo la conocí —se rio.


¿Una canción de Morat? ¿Cuál sería?


—Se llama Susana —agregó—, la conocí cuando me estaba yendo de la Universidad, sabía que no la había visto, pero quise hacer que me recordará por unos cinco minutos, la invite por un café por el accidente.


—¿Qué le hiciste? —preguntó.


—Estaba corriendo y sin darme cuenta tiré sus cosas, así que lo aproveche. Sé que no me arrepentiría.


Escucharlo de esa manera, tan suave y profunda hablando de una chica que apenas conocía y que seguramente podrían dejarse de ver en un pestaneo, pero le gustaba. Sebastián no era la persona que le gustaba cualquier chica y era... selectivo por decirlo así. Había tenido novias pero no termino tan bien.


—Mi humilde opinión es que te gusta esa chica, o estás enamorado.


—¿Enamorado? —negó—. Que me guste tal vez, que me interese tal vez, pero ¿qué este enamorado de ella? No. Ella es linda, pero eso sería muy precipitado.


—¿Los hombres nunca aceptarán que están enamorados de una chica? Seguramente cuando ella le deje, es dónde abren los ojos se dan cuenta.


Siempre era lo mismo. Pero esperaba que Sebastián sea diferente.


Y, aunque la tierra nunca gira al revés


No será la última vez.


Habíamos llegado a la cafetería y el abrió la puerta.


—No me culpes Allison por ser hombre, pero es la verdad. No estoy enamorado.


—Tonto. Espero que algún día te des cuenta de la verdad, haré lo mío.


—Te espero afuera.


Sonreí.


Primero, buscar cuando sale la docena. Segundo, saber si tengo esa plata y tercero, comprar. Fácil.


—¿Hola? —me pregunta—. ¿Qué es lo que va a desear?


—Hola. ¿Cuánto está la docena de facturas?


—$1200, señorita.


Uh. Tenía.


—Entonces, una docena.


—Elija las que quiera.


Me señalo dónde estaban las facturas, no sabía que elegir porque era difícil. ¿Quienes eran la visita? Seguro de la edad de mis padres. Pero ¿no les gustaba el dulce de leche? —no merecen vivir si no les gusta el dulce de leche—. ¿El membrillo? Bueno.


Para verte ganar


No me importa perder


Ya está escrito el final


Donde vas a volver.


—Si estás indecisa tendrías que tener en cuenta de todo, si son mayores algo como membrillo, con repostera. Pero si también se agregan niños también podría unirse el chocolate, como el dulce de leche —dijo una voz masculina.


A mí me habían pedido que este, seguramente a sus hijos.


—Gracias, ya sé que elegir.


—De nada.


Pensé en darme la vuelta para verlo pero escuché sus pasos hacía atrás.


Le pedí todo de dos a la chica que había, una merienda no podía ser sin algún churro de medio. Y si no comían, me encantaría hacerme cargo de eso.


Sonreí.


Agarré la bolsa y ambas nos agradecimos, Sebastián estaba esperando afuera mirando a la nada. Pensé que esperaría adentro, estaba más cálido.


—¿Ya nos vamos? —le pregunté.


—Casi me muero de frio, sí.


Me estaba por dar la vuelta, pero choque con un hombre, me quedé del dolor. Encima que es dónde estaban mis cosas de la cancha. Se callo mi mochila.


Mierda.


—Lo siento.


No dije nada. Solo me agache para agarrar mis cosas.


—Te hubieras fijado mejor —respondió Sebastián.


—Fue un accidente.


—No, no lo fue.


—Oye, mira, tu novia o amiga no está mal.


—¿Y sus cosas? ¿Las pagarías si se rompieran algo? —pregunto, molesto.


—Sebastián, no pasó nada está bien.


Aún agachada mire adentro de mis cosas haber si les pasó algo, pero no.


—Ella ya lo dijo.


—Diego, vámonos.


Era la misma voz.


Me puse la mochila atrás de la espada. Quería agradecerle por algo estúpido, pero la intención estaba.


Y lo mire.


—¿Q-Qué haces acá? ¿Por qué mierda estás acá?


Y, aunque la tierra nunca gira al revés


Y, aunque pelearle al tiempo siempre es perder


No será la última vez.


Es un emorme placer anunciarle esta nueva historia, es una de las primeras que creé, pero me daba terror mostrarla y ni hablar cuando hice mil versiones... Sí, estoy dando muchas vueltas.


Tambien, quisera saber sí les gusto o no, que esperan de la novela o sí quieren que se valla.


Saludos desde Argentina

, bye!