Introducción
La noche en la que me taladraba los sesos preguntándome “¿por qué no?”, mientras temblaba de frío, maldecía mi suerte y escuchaba a mi madre renegar por nuestra manía de procrastinar sin sentir remordimiento alguno (al menos no de mi parte), lastimosamente no fue el inicio de esto.
En el bachillerato tuve una maestra agradable de biología que, aunque no fue mi mejor amiga ni nada parecido, me agradó de una manera significativa. Esta mujer nos contó a la clase, lo satisfactorio que fue conservar los poemas de su juventud, poemas que encontró años después y la llevaron a darse cuenta de lo mucho que había avanzado, lo importantes que fueron sus sentimientos en esos momentos y para toda la vida. Y aunque, recuerdo esta clase con una emoción especial, tampoco fue el inicio de esto.
Cuando cursé mi primer octavo grado tuve un amable maestro de filosofía con los ojos tan azules que aterrorizaban por su belleza; a pesar de que no recuerdo su nombre (en aquel tiempo no me fijaba en los datos relevantes, mi error), fue parte importante del porqué estoy aquí sentada, escribiendo con las manos heladas, mientras afuera, los perros callejeros ladran. En su clase aprendimos a hacer poesía, poesía de verdad; nos alejamos de la teoría ridícula del ritmo para meterle toda la pasión que podían tener nuestros pequeños corazones estudiantiles. Y entonces, empezó esto.
Mi primer “poema”, en realidad fue un escrito mal redactado de ocho hojas enteras narrando la respuesta más corta del por qué debía estar muerta; lo escribí en un autobús, tenía la compañía de un alguien que me recordaba a esa horrible compañera ruidosa de mi infancia, a la que tanto detestaba. En ese autobús acalorado y repleto que solo puede tener Bogotá, descubrí que las mentes cerradas deberían tener una cerradura volátil.
Mis primeros poemas fueron redundantes, un atentado directo a la ortografía como una balacera de los barrios bajos, pero me sentí liberada, me sentí importante por primera vez en mi vida. Escribir se convirtió en la pregunta que siempre quise escuchar, sin hipocresía oculta, sin la necesidad de juzgar la respuesta, sin ese temor sofocante de contestar algo indebido.
En la actualidad (2022), tengo 18 años y pienso: “tal vez debí iniciar mucho antes este libro, o más bien debería esperar”. Poco me importaría ese pensamiento si nunca llego a publicar esto o compartirlo; ya que, tal vez, nunca me tome la molestia de releer estas páginas. El fracaso es tan palpable tras la pared, como esa sombra tétrica que ves pasar por la ventana a la media noche; estás tan seguro de haberla visto, de haberla sentido, pero si contaras la historia, los demás se persignarían o se reirían de ti.
A este punto debe ser muy obvio que amo la poesía, ha de ser evidente de que va este libro, los motivos por los que empecé a redactarlo, pero estoy en la obligación de expandir la información de lo que estará escrito aquí. La poesía, las odas y las rimas son cruciales en la existencia de mis palabras, así como también lo son los escritos cortos y frases. Con algo de suerte incluiré tanto como la inspiración me lo permita.
Cada letra escrita aquí tiene su propósito, tiene lugar a un pensamiento en específico, a un sentimiento, a un momento de mi vida aleatorio, que pudo arruinarme tanto como llenarme con la más grandiosa de las dichas. Esto en sí, no trata de una autobiografía, es cháchara que intenta contar mis dolores o mis pecados más profundos. Sin las palabras que me protegen de ser específicamente cruda, mis letras no son más que las historias de terror de un niño fantasioso en una sobredosis de azúcar, entendible ¿Verdad?
Y no digo que ocultarme en palabras meticulosas, dejando salir el dolor a medias, sea la mejor solución, lo más seguro es que necesito terapia, una charla equitativa con alguien que no haga menos mis dilemas por ser míos. Pero mírenos, yo estoy aquí pensando en la siguiente palabra, rezando a un Dios inexistente para que un halo de luz ilumine mis manos y me dirija por el camino corto; diciéndome una y otra maldita vez que añoro amanecer viva mañana, para así poder tener otra oportunidad de lograr todo lo que me han negado, del mismo modo en que me importaría una mierda si muero en este preciso instante. Por el contrario, usted, al otro lado de estas letras, tal vez esté sintiendo empatía por mí, o juzgándome por escribir la palabra “mierda” sin tener en cuenta a los pobres niños.
Estoy harta de esperar a que toquen mi puerta queriendo brindarme las mejores palabras de apoyo fabricadas en mi idioma, harta del mundo y las personas “a la medida” que, en realidad, no encajan en nada. Llevo buscando bajo las piedras en mi montaña de vivencias una profecía divina, desconocida hasta el día de hoy; puedo afirmar con total seguridad a estas alturas, escribiré tanto que no solo me dolerá el alma, sino también los dedos, el espíritu, y por supuesto, el corazón. Escribiré como me enseñaron las experiencias, hasta que las mismas experiencias se acaben; así que, cuando crea que es oportuno terminar este libro, espero no acabe también con mi vida.
Hasta entonces, mil gracias por leer: “La condena de los delirios deprimentes”.
Adelante, tomé usted un número del 1 al 100.
¡Estamos rifando un cerebro en su jugo! ¡Tarro de formol incluído!
–Erzsébeth Mortem.