La reina de Avalor

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Summary

La magia se ha perdido del mundo, o bueno, de casi todo el mundo. La misteriosa isla de Avadar es el refugio mágico perfecto para todas las criaturas, si no fuera porque su testarudo rey no les deja salir para buscar sus parejas. Anatolia es la hermana de este rey cabezón, y ha seguido al detalle la educación de su futura reina disfrazada de maestra. Pues Natalia, su futura cuñada, necesitará, sin saberlo, todo lo que va a instruirle. Y Natalia es la aprendiz perfecta para una bruja, fuerte, determinada y si, malcarada cuando le tocan lo que ella más valora en su vida, su familia.

Status
Ongoing
Chapters
13
Rating
n/a
Age Rating
18+

1. Érase una vez

Prólogo.


La figurita de porcelana, que representaba a sendos duendecillos del agua pelando la pava, a la orilla del río salió volando contra la cabeza del secretario del rey, quien era un elfo común, con una castaña cabellera larga hasta la cintura, completamente lisa, que se sacudió cuando Padraig, se movió presto para que la estatuilla no lo golpeara y volara por la abierta ventana.

Padraig llevaba un mes a las órdenes del rey, y ya estaba harto. Joven, de buena planta, piel dorada, cabello perfecto, era el sueño húmedo de muchas cortesanas y caballeros, podría estar cómodamente instalado en una habitación, satisfaciendo caprichos carnales, en lugar de aguantar a un rey insoportable como Tyvranth, tirano con su pueblo, lascivo con sus mujeres y déspota con los hombres.

— ¡Llama a la bruja! ¡¿Qué demonios esperas?! ¡¿Una invitación por correo electrónico?! — Gritó el rey dragón, que no por ser dragón o por ser rey, mostraba la educación y el saber estar que necesitaba, cuando sus planes eran fastidiados.

— La bruja está aquí. — Dijo una voz femenina, de tono dulce como la miel. La bruja, una alta y esbelta mujer rubia, cubierta de pies a cabeza con una cota de malla en forma de escamas de dragón, cruzó las puertas, agitó la mano en dirección de la ventana y la figurita regresó por el aire, solo que, a sus delicadas manos, que la observaron con deleite. — Ya fui a ver el portal. — Informó, sin que le preguntaran, mientras buscaba otra figurita en el anaquel repleta de ellas.

— ¿Y bien? ¿Qué le pasa? ¿Por qué no me permite seguir buscando a mi reina? — Preguntó Tyvranth, quien era un hombre alto, musculoso, guapo en cierta medida si le quitabas lo prepotente, y muy fuerte.

— Oh, no le pasa nada, los demás pueden ir y venir de Avalor cuando les llegue el momento. Tu perdiste el tuyo.

— ¡¿Qué?! — Gritó el tirano, lanzando una bocanada de fuego hacia Anatolia, la bruja. Ella se volvió y colocó cuidadosamente cuatro figuritas en la mesa de escritorio, mientras el fuego la acariciaba, pero no la quemaba.

— Hermano, ahorra tus llamas, tu fuego nunca supera mi magia. Y ahora escucha, cabeza de chorlito. Estuviste en el mundo humano, encontraste a tu reina, ¿y qué hiciste? —Dijo, mostrándole dos figuras, una de un dragón, y otra de una pastorcilla humana. — Ah, sí, te pareció fea, por lo que la descartaste y seguiste buscando, y probando, ya de paso a las candidatas.

— ¿Y qué hay de malo? La mortal no era guapa, y no me miró ni una vez, solo repetía y repetía: "¿qué va a tomar?" — Musitó el dragón, algo azorado.

— ¡Estaba en su trabajo! Si serás necio, no sé cómo mamá nos tuvo a los dos y solo yo saqué su inteligencia. ¡Pues te has jodido! Otro ya la ha reclamado y se ha casado con ella. — Dijo, colocando la figurita de un pastorcillo arrodillado, con un anillo en su mano, junto a la pastorcilla, completando el juego de cerámica. — Y ahora tendrás que esperar a que nazca, madure y esté lista otra compañera. Pero el portal no te va a dejar ir a buscarla, esta vez, será ella la que venga a ti, y tendrás que desposarla o TODOS perderemos nuestra existencia inmortal. ¿Está claro? — Dijo colocando una ogra junto al dragón, que, con garrote en mano, y un giro de dedos de Anatolia, lo golpeó y lo lanzó por la ventana.


Capítulo 1

La pequeña Natalia corrió con el cuento que había encontrado en sus manos, hacia su madre, quien estaba sentada en el banco, sosteniendo a su hermanito.

Este era aburrido, pues aún no sabía andar, correr, o simplemente hablar, por lo que Natalia resentía el cuidado y mimo que su madre le prestaba, pero se callaba, pues entendía que él no tenía la culpa de ser aun pequeño.

— Mamá, mamá, mira lo que he encontrado bajo el columpio. — Dijo, mostrándole el cuento de aspecto sucio a su mamá.

— ¿Es un cuento? Seguro otro niño lo perdió y ahora estará buscándolo. ¿Por qué no lo dejas donde lo encontraste, para que su mamá lo recoja? — Le contestó la madre, quien biberón en mano, estaba alimentando a su hermanito.

— No, no, mamá, este cuento nunca lo he leído, y tú ya me has leído todos los que tenemos en casa. Déjame quedármelo. ¡Porfa, mami! — Repitió Natalia, mientras abrazaba bien el libro polvoriento.

— Está bien, pero deja que lo revise primero. — Su madre era muy buena, y si era algo que no dañaba a nadie, siempre le permitía a Natalia salirse con la suya.

Al otro lado del parque, Anatolia, sonreía, vestida con una camiseta negra de Black Sabbath y unos jeans oscuros, que se amoldaban a su esvelta figura, obligando a más de un hombre mirar hacia atrás.

Diez años habían pasado desde que su hermano desdeñase a su compañera, y la hija de esta había sido la elegida para ser la sustituta. Simplemente, Anatolia no iba a permitir que Natalia, como se llamaba su futura cuñada, fuera intimidada por el gruñón de su hermanito. Él sería el rey, pero la bruja de Avalor era ella, y como la propia Morgana Le Fey, le haría a su hermano la vida muy difícil antes de alcanzar la paz.


— ¡Steve, devuelve el libro a tu hermana! — Gritó su madre, mientras Steve, de diez años, corría con el desvencijado libro infantil por la sala.

— ¡No! ¡Quiero leerlo yo! ¡Ella miente! ¡El dragón no puede ser el malo! — Gritaba Steve, que tras ver la película Raya y el ultimo dragón, estaba emperrado en que le estaban contando mal el cuento.

Natalia, de quince años, atrapó a su hermano por sorpresa, y haciéndole cosquillas, lo llevó al sofá, para releer el cuento con él una vez más.

— Está bien, te dejaré que lo leas tu conmigo, pero verás que el dragón no es bueno en esta historia. Tampoco es que sea malo, es solo... Un dragón, no un chico listo como tú. — Dijo sonriéndole, mientras abrían juntos el cuento.

"Avalor, la isla de la magia.

Había una vez, un mundo lleno de magia y seres inmortales, cuando la humanidad era joven y sus mitos aún no se escribían. Elfos, orcos, hombres lobo, brujas, dragones y sirenas, como muchas especies más, vivían en sus respectivos reinos, hasta que los humanos empezaron a atacarlos, bien por tierras, por oro o por poder.

Los inmortales eran eso, inmortales, pero seguían teniendo una debilidad, y es que, si los matabas, no regresaban, pero tampoco tenían más hijos, pues su número era limitado. Y los humanos, con sus números, con el tiempo, los fueron reduciendo, hasta que la reina de las brujas, acudiendo a los oráculos, hizo la pregunta clave. ¿Cómo sobrevivirían a tal persecución?

— Toma a todos y cada uno de los reyes, así como lo que quede de sus reinos, llévalos a Avalor, y allí, viviréis tranquilos. Pero para seguir adelante, cada rey deberá buscar a su compañera o compañero cuando alcance los veinte años, entre los humanos, pues vuestra vida ya no será eterna.

Y la reina hizo eso, habló con los otros reyes, y los trasladó a todos, junto con sus pueblos, a la misteriosa isla de Avadar, que solo se hallaba si eras fiel a tu corazón.

Y el tiempo pasó, tanto, que la humanidad maduró y dejó de creer en cuentos de hadas, buscar a las hadas, temer a los vampiros u hombres lobo, y quemar a las brujas.

Todo iba bien, hasta que el último rey, un dragón tirano y déspota, ascendió al trono, pues de todos era sabido que era el más guapo, poderoso y rico de Avalor, y él se jactaba de ello. Pero el pecado de la soberbia anidaba tan fuerte en su corazón, que Avalor, la isla mágica, decidió castigarlo cuando, al encontrar en su compañera a una humana pequeña, normal y algo miope, esta no cayó a sus pies rendida. El rey se había girado y empezado a coquetear con la primera humana hermosa que encontró, nunca mirando atrás.

El rey quería una compañera tan alta como él, guapa, de aspecto distinguido, y la humana, no era lo que quería, por lo que sus coqueteos le llevaron a yacer en la misma cama de una mujer que no era su compañera, por lo que Avalor, cuando regresó, le impidió salir de nuevo, y él, en su furia, arrasó con su reino, recluyéndose en lo más alto de la alta montaña que era el centro de la isla, junto al portal mágico donde, algún día, aparecería su nueva compañera, dispuesto a comérsela de un bocado.

Y las razas mágicas se perdieron, porque nadie tenía permitido salir en busca de sus humanos para tener nuevos hijos.

Fin."

— Siempre tengo la sensación de que ese cuento, ni es cuento, ni está terminado. — Dijo la madre de Natalia, una mujer rellenita, de cabello grisáceo por las canas que no se teñía, ojos verdes y gafas gruesas.

— Si, yo también, sobre todo por la escena del McDonald, donde la cajera es la compañera humana. — Contestó Natalia, sonriente. — Creo que es un libro escrito para alguien en particular, pero que me aspen sí sé para quien.

— Oye, mami, la cajera se te parece. — Dijo Steve, observador como siempre. — ¿Ves? Gafas gruesas, cabello negro, gordita. Mami, creo que el dragón era tu compañero. ¡Oh, podríamos haber sido príncipes! ¡Yo hubiera sido un hermoso dragón si esa fea lagartija no se hubiera asustado! — Gritó, levantándose con el libro en mano y aleteando cual pájaro por la sala. — Os voy a quemar como a algodón de azúcar en la hoguera. Fuuuuuuu — Y mientras madre e hija reían, una figurita de porcelana, con la forma de una ogra, apareció en la vitrina, junto con otras tres que tiempo atrás aparecieron misteriosamente. Dos pastorcillos, un dragón y ahora, la ogresa.

— ¿A quién vas a quemar? — Preguntó el padre de ambos, dejando la chaqueta en un gancho de la entrada, y con su maletín en la mano, rodeó por la espalda a su mujer y se inclinó para besarle el cuello. — Te extrañé. — Le susurró al oído, mientras miraba sonriente a sus hijos.

Thomas, el padre de Natalia, era un hombre alto, de buen aspecto, aunque ya peinaba canas como su madre. Se habían conocido cuando ella trabajaba precisamente en un McDonald, sirviendo comida chatarra a todo aquél que quisiera gastarse el dinero en ella, por lo que Natalia, volvió a ver el final del cuento, tras quitárselo a su hermano.

— Si fueras real, — le dijo al dragón del portal, — te iba a dar tal paliza por despreciar a mi mamá, que te quedarías como lagartija para evitar que te dañase. Gilipollas.