Capítulo 1: El inicio de todo
Un día tranquilo en el planeta tierra, casi ocultándose el sol en occidente. Hubo una perturbación dimensional, creada por un ser de puro fuego. A pesar de no tener forma fija, una sonrisa siniestra se dibujó en su centro. Tenía experiencia, por lo que ninguna entidad correspondiente lo notó. Estaba buscando algo o, más bien, a alguien; cuando lo encontró, la oscuridad ya cubría todo. Con su objetivo fijado a un edificio, su sonrisa se volvió más siniestra; tenía que hacerlo rápido, se adentró en una forma intangible. Liberando su poder encima de cosas inflamables.
—Por favor, diviértanme con sus gritos —dijo de manera sádica.
No mucho después, las llamas se esparcieron por los rincones del edificio. Todo fue demasiado rápido; los gritos desgarradores aún se podían escuchar con claridad. Una chica que logró escapar a duras penas, se encontraba destrozada, no por sus heridas ni quemaduras, sino por algo mucho más doloroso: su corazón hecho trizas y su pensamiento de querer acompañar a su hermano calcinado, que estaba a unos cinco metros, justo antes de la puerta.
A esa distancia las llamas aún eran muy potentes, pero no tenía ganas de alejarse de su hermano.
Un tonto que, a pesar de su cuerpo débil, siempre soñaba en alto, cosas tontas e intrépidas. Buscando ser algún tipo de héroe. Él decía no ir por ese lado, pero todo apuntaba a eso. Ella se burlaba mucho de eso; aun así, siempre lo alentaba a que siguiera; al final era su querido hermano. No esperaba que sucediera este desastre justo después de que encontraran una solución; no se imaginó que él la empujara y dijera que viva bien. ¿Cómo rayos ella podría hacer eso?
—Al final, sí eras un héroe, Jh… —Se lo pensó; al final él prefería que lo llamaran de otra forma, nunca se había sentido cómodo teniendo un nombre dado por esas personas—. Kaédros, ¿por qué? Tenías aún tanto por delante. Debías cumplir tus metas para que me las restriegues en la cara. Ni siquiera alcancé a contarte las buenas noticias —trabándose al intentar decir más. No pudo aguantar más la ola de sentimientos, lloró y gritó por su hermano a todo pulmón.
Se quedó ahí llorando hasta no poder más. Aun con las llamas intentando avanzar hacia ella. No notó cuando un rescatista, atraído por su llanto, se acercó para intentar alejarla del peligro.
—¡N-no, no quiero, aún debo seguir a su lado! P-por favor, él me necesita —decía con sus últimas fuerzas y voz ronca.
El rescatista vio algo de reojo, sospechó que había sido un cuerpo humano. Sin una palabra, cargó a la joven para llevársela y que fuera atendida; ella protestó, agitando sus brazos para liberarse, sin ningún resultado. Viendo lo que quedaba de su hermano con un gran dolor.
El ser llameante vio cómo se retiraba su presa. Decepcionado por no haber conseguido su objetivo, comenzó a regresar a su dimensión original. Arrastrando las almas de sus víctimas. Distraído, pensando en qué le dirán por este resultado. Preocupándose nada y menos por las almas insignificantes. Al final, no suelen aguantar el viaje de regreso, pero hubo un alma sosteniéndose en la punta de su cuerpo. Aguantando el viaje a duras penas.
Esa alma, quien le había quitado a su objetivo al ser ígneo; aun en muerte, se aferraba a una posibilidad de vivir. En una turbulencia, justo antes de que el ser llegara a su destino, el alma se desprendió y quedó varada en las afueras interdimensionales de ese mundo. A pesar de que no debería sentir, el alma estaba determinada a no morir.
Una simple alma, por mucho que aguante el viaje interdimensional, no podría resistir el vacío entre mundos. Y un ser moribundo, que fue atraído por la presencia que desprende el alma, lo sabía.
Se acercó e hizo una protección básica para que el alma no desapareciera. Era obvia su anormalidad, pero debía revisar si era apta para el propósito que le quiere dar. Solo hacer ese simple acto redujo su tiempo de vida, pero no le importó. Había terminado de revisar y lo que tenía al frente suyo es, sin duda, un espécimen asombroso. Lo sospechó cuando la vio, pero es más de lo que esperaba para un mortal sin ancestros divinos. Era la oportunidad de salvar su mundo; tanto tiempo esperando y la esperanza vino de la forma más inesperada.
—Bien, pequeña alma, no podré darte una vida tranquila, pero, para tu tarea, tampoco la necesitarás. Este es mi regalo para ti, por lo cual me deberás pagar un favor cuando estés listo. Espero te adaptes bien a tu nuevo cuerpo; igual te dejé una pequeña ayuda para eso —habló como si pudiera responderle. Sin notar que el alma parpadeó, por un momento, ante sus palabras.
El ente se concentró, dirigiendo una gran fluctuación de energía hacia el alma. Primero lento, temiendo lastimarla; al ver cómo aguantaba sin problema, fue aumentando de manera progresiva la velocidad de circulación. Todo esto era lo último de su esencia y poder, un ex ser divino. Se desvanecía mientras más usaba su energía. Su destino era desaparecer sin ofrecer lucha; ahora, tenía una oportunidad de contraatacar. Cuando completó su regalo, usó la última chispa para crear un cuerpo basado en la criatura más compatible para el alma. Debía de ser de su mundo original para que no haya problema de incompatibilidad.
El alma era afín a los reptiles; uno carnívoro sería lo mejor. Buscando una criatura en los recuerdos del alma, vio a uno de los reptiles más fuertes que pisaron la tierra. Tenía unos defectos, pero podía repararlos. Confiaba en que este cuerpo sería el indicado para escalar a lo más alto. Ya de base era espectacular; con sus retoques, será un ser muy peligroso.
Al estar todo listo, mandó el cuerpo junto al alma hacia un bosque. Estará en una zona no muy peligrosa ni muy segura. Lo suficiente para que se pueda preparar y adaptar; al final deberá tener suficiente poder para enfrentarse a sus obstáculos.
Viendo alejarse su última esperanza, aceptó su final con unas últimas palabras.
—Sobrevive.