Crónicas de Santos Ríos

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Summary

Existencial relato que da cuenta de los eventos macabros que tienen lugar en un pueblo condenado eternamente por la tragedia, el olvido y supervivencia. El protagonista deberá tomar una difícil decisión que lo víncula directamente con la institucion más oscura en la historia de su pueblo que, aún hoy, después de haber sido abandonada en 1963, sigue afectando psicológicamente a toda la comunidad: la antigua Aceitera

Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
16+

Chapter 1

La Aceitera Venturi S.A. era, dentro de todo, según las últimas noticias del mercado laboral en mano y ante la nula posibilidad hasta ese entonces de poder conseguir una capacitación para algún oficio de turno, lo mejor dentro de lo que podía aspirar un transeúnte típico de las ofertas laborales. La noticia había llegado para la navidad del año 2008, justo en el momento donde me encontraba finalizando el tortuoso ciclo de exámenes finales. Quizás definir a la vieja aceitera como lo mejor no signifique que exactamente haya sido lo mejor; lo más probable es que, con los ojos de hoy, que siempre tienden a juzgar con demasiada dureza el pasado inmediato, tal afirmación quede relegada simplemente a que se trató de un trabajo que solamente solucionó algunas pocas urgencias materiales que en aquel momento consideré de vital importancia y que no llenaron otro vacío de valor significativo, sino que, por el contrario, se generaron otros. Tema aparte, por supuesto, y que, además, no vienen al caso. “Pero era trabajo”, me dirán. Sí, efectivamente. Todavía imperan en nuestra sociedad dichos que llegan a nuestros oídos en forma de mandatos que te dan vuelta como una media ante la necesidad. Era trabajo y lo necesitaba. Y la necesidad, en su fase más radicalizada, si es que me dan permiso para hacer esa división por niveles, ya que considero que no es lo mismo necesitar algo superficial que el deseo de poder contemplar, aunque sea, dos de las cuatro comidas del día, hizo que tomara el camino de apresurar decisiones que habrían sido mejor consultar con una o más personas de mi entorno aunque algunas de estas fueron las que precisamente mencionaron la frase citada más arriba, pero, en fin, bastaba con que alguien me hubiera dicho:“mejor esperá a que se calme todo”. La idea de obrar por necesidad me exasperaba en extremo. La supervivencia introducía en mí un ánimo de profunda repugnancia. Son sensaciones que van por fuera del puesto laboral al que estaba invitado; ya no importaba siquiera el puesto, la necesidad trasciende y se sobrepone. Que “se calme todo” es una invocación al deseo, un intento de ir en contra de la marea coyuntural como sea, de imaginar un mundo donde las oportunidades puedan ser meditadas con más tiempo; es un acto de petición de justicia ante la imposibilidad de responder con entereza a los desafíos que nos presenta esta ciudad maldita. Pero, ¿Cuál es el punto de mi exageración? ¿Qué es esta sensación de culpa? ¿No son demasiadas las excusas, los miedos y las quejas? Se preguntarán ustedes. Señores, ni siquiera sé si se lo preguntan, es probable que no, pero tengo mis debidas sospechas de que alguna curiosidad tienen dado el tono de este escrito y, créanme, otra vez, que por si se lo preguntan, no estoy exagerando lo que debiera, todavía.

El asunto es que acepté el puesto de sereno en la vieja aceitera. Poco importa el cómo llegué a conseguir tal oportunidad. Solo les diré que fue por fortuna, producto de ese tipo de azar, de cuando nada está sucediendo en la vida y de las típicas artimañas que involucran a conocidos con aquella persona que justo ese día se encargó de recibir y notificar la recomendación a algunos de esos seres a quienes les regalamos nuestro tiempo por unos pesos. Sí, yo le digo azar a estas cosas. ¿De qué otra ley del universo puede venir si no? ¿No hay ya demasiadas empresas de seguridad y organismos de vigilancia estatales para semejante tarea? ¿Puede ser que el único requisito que hayan necesitado sea “alguien que esté dispuesto”? ¿Y qué significa que alguien esté dispuesto en el mundo de hoy? Creo tener la paciencia para responder tantas preguntas, pero no es necesario introducirlos demasiado a mis tormentos, por más curiosos que resulten ser, y no encuentro honradez ni placer en ello. Yo no conocía la planta más que de lejos, ya que estaba ubicada en las lejanías de la ciudad, allá por donde muchas familias aún viven de la pesca y su único ingreso era por camino de tierra, lo demasiado deteriorado como para considerarlo como sendero, que sorteaba la ruta 15. El tamaño del predio, como se imaginarán, era industrial. Nada fuera de lo típico. Es esa imagen de un todo absoluto, dónde la mayoría ignora de qué se trata y que solo podemos traducir esa imagen como si fueran “muchos barrios juntos” o “una ciudad aparte” o también “un pueblito”, personalmente me simpatiza más esta última. Lo cierto es que me apresuré en escribir que esta vieja aceitera no presentaba nada fuera de lo típico. ¿Qué tiene de normal un lugar donde nunca entra y sale nadie y, sin embargo, daba toda la sensación de que estaba habitada? Son muchas las historias sobre ese lugar nada atractivo, con enormes silos de almacenamiento que dibujan la característica silueta a lo lejos que sirvió para diseñar el símbolo de nuestra ciudad que es algo así como un fondo iluminado por el sol y un dibujo que da a entender que efectivamente se trata de la vieja aceitera; con pastizales de más de metro y medio que nunca fueron ocupación para la cosecha, al ser esta una tierra muerta; donde la fauna local dejo de transitar sus amarillentos pastos producto de la nula preocupación del municipio para, aunque sea, recuperar el predio que está en manos de vaya uno a saber quien. Ustedes no tienen por qué saber la curiosidad que se esconde dentro de la anterior descripción de la planta, ya que de seguro no son de aquí, ni habían escuchado hablar de la ciudad maldita. Se podría decir que, tanto la susodicha industria como mi ciudad son, ciertamente, remotas y no exactamente en un sentido geográfico. Nadie por fuera de nuestra región la conoce. No existen transportes que pasen sistemáticamente por las avenidas ni tampoco rutas que hayan sido diseñadas para el ingreso. Solo estamos conectados al mundo por caminos de tierra. Todavía existe un detalle para nada menor sobre tal misterio, que responden varias preguntas que puedan hacerse sobre mi lugar de origen y que a continuación intentaré describirles brevemente: acepté trabajar de sereno, por la noche, en una planta que en sus grandes silos figura la firma de la ya inexistente “Venturi S.A.” y que la fábrica llevaba décadas sin funcionar después de haber sido un centro clandestino de detención y torturas.

No es este un ensayo sobre la memoria, dictaduras, terrorismo de Estado, ni mucho menos. Usted leyó las aclaraciones correspondientes a modo de introducción sobre el drama en el que me veía involucrado en aquel momento y ya no volverán a ser partícipes de las profundas aguas de quien escribe, ni atestiguaran tampoco sobre la existencia de los demonios que esperan agazapados al grupo nada homogéneo de fantasmas errantes que provienen del reino de la inconsciencia para establecer gustosas relaciones. A partir de aquí, la muy infortunada historia cobrará cierto tono periodístico, aunque yo no tenga idea de cómo sería ese tono exactamente, pero la iniciativa cobra sentido, ya que, como en todo pueblo, toda ciudad, en cualquier comunidad humana en general y todo lo que ello implica, existe una memoria colectiva sobre la totalidad de la muchedumbre que habita en el mismo territorio. Es de idiosincrasia de lo que hablo y en una comunidad maldita la hay de sobra. Los recuerdos malditos calan más profundo que cualquier otro, configuran la opinión pública, el ánimo general, y las ganas de existir sin que te importe el otro. Existe una anécdota rigurosa sobre este tema, ocurrida hace tiempo, en la segunda década del siglo pasado.

A comienzos del siglo XX, los hijos de los pescadores solían jugar en territorio enemigo. El atractivo de la travesía era fascinante ante los ojos de los niños que veían a la aceitera como un castillo que debían conquistar con sus armas extraídas de los arboles, que luego forjaban y le daban forma de espada medieval, con serias catapultas de mano como refuerzos de artillería, y así pasaban el día entero, intentando planear la estrategia que les daría la victoria sobre ese par de obreros que salían de la fabrica para, primero, asustarlos, despues hacerles sentir el rigor del batallón enemigo y luego regalarles juguetes y golosinas. Pero, un día, se volvió a repetir lo que ya venía ocurriendo desde hacía una semana: no hubo enfrentamientos ni regalos. En aquella fatídica tarde primaveral de 1926 los niños se encontraron, por primera vez, con serias posibilidades de ganar la batalla. Mientras esperaban en su escondite, agazapados para la emboscada final, se les acerco un hombre alto (un gigante para ellos) jadeando, ensangrentado, con las manos esposadas y pidiendo ayuda buscando aire entre sollozos.

— ¡El señor necesita agua! – gritó Osvaldito, mientras los demás huían despavoridos, dejando atrás una enorme nube de polvo. Uno de ellos perdió su gorro en el camino debido a la prisa. El nombre de este niño pasaría a la historia como Osvaldo Ruiz, que en algunos años después sería un destacado profesional de la pesca y fundador del Club de los Pescadores, asesinado a balazos tres meses antes del nacimiento de su hija, en 1959. Tenía 39 años.

— ¡No pida agua, gurí! ¡Pida la liberación de mis compañeros! ¡Aguirre, Fabián, Antonio! ¡Salcedo, Vicente! ¡Fuentes, Ernesto, Javier!; ¡Aguirre, Fabián, Antonio! ¡Salc***— dijo antes de desplomarse en la tierra, para nunca volver a levantarse a luchar por los suyos. Hecho que luego la prensa  local, cuya cofundadora fue mi tía abuela, Nilda Soriatti, actualmente desaparecida hace décadas, lamentó de sobremanera al querer recopilar testimonios y datos claros sobre el finado. De él solo conocemos su característico “cabello gris”, mencionado repetidas veces en las declaraciones de los padres de Osvaldito, que no tuvieron forma de comprobar los periodistas de aquella época por el hecho de que las autoridades locales apresuraron la pala punta que cavaria los dos metros y medio en tiempo récord. El sepelio se realizó a puertas cerradas. Su tumba se encuentra en el cementerio municipal. Se trata de la única lápida NN hasta el momento. La frase dicha por Osvaldo Ruiz, de seis años,  “¡El señor necesita agua!”, fue tapa del diario de la ciudad. La muerte de nuestro NN movilizó al pueblo entero, pero no en forma de manifestación social con presencia en las calles, sino con actos que se referencian más a las masas de populares que sumidas al terror, a la histeria social y a la desesperanza, cerraron los ventanales que daban hacia los horizontes del mercado interno, la creación de instituciones cívicas, el crecimiento de los clubes sociales y deportivos, de producir algo más que la pesca (La Aceitera solo producía índice bajo de desempleo) etc. Pero así como prometí no escribir un ensayo, tampoco haré de esto un artículo completo. De este pequeño apartado resta contarle al lector que las noticias periodísticas de la época sobre este asunto solo abarcaron un periodo muy corto de tiempo a causa de la censura por el Partido Alianza Democrática (PAD). Una vez recuperada la democracia, muchos años después, salió del mismo diario, pero ya con otros dirigentes, probablemente nietos de los primeros, una noticia increíble que heló la sangre a más de uno, y que fue la causa de que muchos niños no quisiéramos dormir solos por varias semanas. El documento es de fácil acceso, es una nota publicada por diario La Carnada y resulta menester inducir al lector al pleno conocimiento de la misma:

   El día de ayer, 7 de marzo de 1984, ocurrió un desafortunado suceso que sin dudas la comunidad nunca olvidará por la crudeza del asunto. Cerca de las 11 pm la policía municipal interceptó a un individuo masculino, de tez morena, de aparentemente treinta años de edad, que se encontraba huyendo de una escena imposible de entender por los oficiales que escucharon las primeras declaraciones. El oficial y protagonista del siniestro, Mario Di Natale, comentó después que aquellas primeras declaraciones fueron ininteligibles y que tuvieron que esperar a que el individuo salga del transe para comprender los motivos de la huida. “¡Está podrido, pero hablaba! ¡Me pedía por: Aguirre, Fabián, Antonio; Salcedo, Vicente; Fuentes, Ernesto, Javier” le insistía Enrique J. Sánchez, guardia nocturno de la recordada Aceitera Venturi, a la oficial de policía Sandra Benavidez. La víctima, luego de ser rescatada, dio, con lujos y detalles, el desarrollo del caso en el cual la policía se puso al tanto y que prosiguió de acuerdo con los protocolos que requería la investigación. El caso, al día de hoy, sigue sin resolverse y la comunidad espera el resultado de la investigación policial que está a cargo de la fiscal Silvia Buenaventura.

Francisco Ortiz de Olmos

Debemos admitir que el hecho es bastante repulsivo. Tan solo imagínese usted que aquella desesperada petición forma parte de la historia de este condenado pueblo y que más de cinco décadas después se vuelve a repetir pero con un hecho absolutamente macabro y no por la “aparición” del cuerpo podrido y hablante en sí, que no es poco,  sino por el desenlace de esta historia. La investigación, como lo expresa el cronista Francisco Ortiz de Olmos, quien fue la voz y el encargado de recopilar historias vinculadas a este suceso, que luego de haber sido resuelto no hizo más que abrir las puertas hacia un abanico de hechos realmente increíbles y que posteriormente ayudaron a resolver otros casos que tenían que ver con desapariciones, secuestros, violaciones, incendios, estafas, robos y un sin fin de historias que guardan fuerte vinculación con la idiosincrasia de este pueblo condenado a sufrir por la eternidad. El mencionado Francisco Ortiz de Olmos fue quien, muy amablemente, ya con unos cuantos años a cuesta, viudo, luego del “Gran Incendio” ocurrido en el Comedor Santa Marta (1994), con cuatro hijos, hoy ya a punto de jubilarse, me documentó sobre algunos de estos sucesos vinculados con atrocidades y la vieja aceitera. La resolución del caso llegó a los patios delanteros de algunas casas del pueblo tres días después. Tengo recuerdos de este hecho. Todo el barrio estaba a la expectativa. Solamente teníamos tres vecinos que podían pagar la subscripción del diario en aquel entonces y mi madre nos envió a mi hermana y a mí para que luego oficiemos de mensajeros. “Vayan que yo los miro desde lo de doña Julia” decía. Cuando llegamos ya estaba lista la congregación de niños y adolescentes, con sus guardapolvos escolares algunos, otros de entre casa, acompañados por sus familias, para escuchar la lectura en voz alta de doña Matilde, dueña de la panadería del barrio, maestra jubilada de la primaria Nro. 53 “Ernesto Fuentes”, mientras en la radio se escuchaba, con serias interferencias, sobre el paradero de Enrique J. Sánchez, protagonista y víctima, del caso que llevaría su nombre. Parada arriba de una silla, sostenida por sus hijas, doña Matilde prosiguió:

ATERRADOR DESENLACE DEL CASO ENRIQUE SÁNCHEZ

En la mañana del 10 de marzo de 1984 se obtuvieron los estudios realizados en conjunto por el departamento de policía, la fiscal  Buenaventura y el equipo de investigación forense del hospital “Santo Tomás de Aquino” […] Las sospechas de la comunidad fueron esclarecidas dado que el cuerpo hallado por los oficiales de policía Mario Di Natale y Sandra Benavidez, en las inmediaciones del predio de la antigua Aceitera, se trataba de, nada más y nada menos, que el de Osvaldo Ruiz, acribillado hace veinticinco años mientras se encontraba en la vereda de su casa, fundador del Club de los Pescadores y quien escuchó, en 1926, con seis años de edad, las palabras repetidas por Enrique J. Sánchez a los oficiales de la policía local 58 años después, el pasado 7 de marzo de 1984: “¡No pida agua, gurí! ¡Pida la liberación de mis compañeros! ¡Aguirre, Fabián, Antonio! ¡Salcedo, Vicente! ¡Fuentes, Ernesto, Javier!”. El cuerpo de Osvaldo Ruiz había sido profanado de su tumba dos días antes del mismo mes y llevado a la vieja aceitera donde “Quique” Sánchez ocupaba el puesto de sereno desde hacía once años. El cuerpo, en estado de putrefacción avanzada, había sido disfrazado con ropa maltrecha, maquillado a gusto, atado de manos con cadenas por el profanador y se le había colocado una “peluca gris” que emulaba la principal descripción del NN por los padres de Osvaldito Ruiz y que apareció por primera vez escrita en la columna del diario La Carnada el 3 de octubre de 1926. El principal sospechoso, Enrique Sánchez, cuyo paradero es desconocido, sigue prófugo

                                              Francisco Ortiz de Olmos.

La obsesión de Francisco Ortiz de Olmos para con Enrique J. Sánchez es de larga data y existen muchas historias que no veo la necesidad profundizar al respecto. Lo que sí me parece necesario decirles es que  “Quique” Sánchez, apodado el “monstruo” de Santos Ríos, hasta el día de hoy, increíblemente, sigue prófugo. Existe la sospecha de que su última aparición en público fue en febrero de 1995, inmediatamente después del “Gran Incendio” del Comedor Santa Marta, que mató a 41 niños, 8 empleados, y redujo en cenizas a la esposa de Francisco. El monstruo de Santos Ríos habría sido identificado por una de las sobrevivientes, Claudia Benavidez, hermana de la oficial de policía, después de haberle negado un plato de guiso porque ya no había más. Aun así, después de haberles contado todas estas atrocidades, me veo en la necesidad de aportarles otros datos: desde el cierre definitivo de la aceitera en mayo de 1963 pasaron alrededor de 25 personas, entre empleados de manteamiento y guardias nocturnos. Dos de ellos, Sandro Martínez y Oscar Fabianessi, siguen desaparecidos. Cinco se encuentran internados en el hospital psiquiátrico “Obispo Lares” y tres han cometido suicidio. Del resto se tiene constancia que no han durado más que dos semanas e incluso menos. Creo que, ya con todo lo expuesto, sus dudas sobre los motivos del tremendo drama que suponía aceptar este trabajo han sido fundamentadas en su totalidad. Deseo que, cuando vuelvan a saber de mi, pueda dirigirme a ustedes con total conciencia de mis actos.