La culpa es de Holst

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Summary

En esta colección de cuentos: una prostituta descubre su gusto por la música clásica bajo una ventana, un hombre desesperado por llegar a su casa encuentra la lámpara de Aladino, una mujer descubre cómo hacer más placentera su vida sexual, un hombre se descubre un mensaje misterioso en el vello de su vientre, el autor es incomodado por un borracho impertinente, un diablo preso en un árbol le roba una canica a un niño, una vendedora ayuda a un par de clientes durante la temporada navideña, una familia vive una tarde típica en medio de una balacera, dos hombres se ven por primera y última vez en sus vidas, y un académico da una lectura sobre un artista más bien inusual.

Status
Complete
Chapters
10
Rating
n/a
Age Rating
18+

La culpa es de Holst

Ella se acercó a la fuente del parque central poco antes de las nueve de la noche. Aun cuando se la veía cansada y en absoluto entusiasmada de estar allí, tenía miedo de que el padrote de cuarenta y tantos años, a cuyo alrededor estaban reunidas ya varias mujeres, cumpliera las amenazas que de cuando en cuando le hacía para mantenerla en el redil. Ella saludó con frialdad respetuosa a las prostitutas de mayor edad, aun cuando intuía que el respeto a sus mayores no se aplicaba en su pequeña comunidad, y con calidez a las de su edad con quienes no rivalizaba por los clientes; afortunadamente, las prostitutas con mejor suerte no la veían como un peligro, y solo le regalaban el típico desprecio de quienes se percibían en una situación privilegiada.

Con horror oyó al padrote decirle que esa noche debía cubrir la cuadra que todas las demás llamaban de castigo. Se preguntó qué falta pudo haber cometido para que la destinaran allí, pero sabía bien que no tenía caso preguntar el por qué ni cuestionar la orden. Guardar silencio ahora quizás le daría un mejor porcentaje al día siguiente, cuando la mandaran a una calle más concurrida.

Caminó la mayor parte del trayecto en compañía de la única colega a quien consideraba su amiga, y aunque ésta la confortó asegurándole que la cuadra era considerada un “castigo” por la escasez de clientes, ella sintió un viejo miedo al llegar a la primera esquina y ver que la iluminación se limitaba a los dos postes de luz en ambos extremos. Las ventanas de las cinco casas antiguas daban una claridad débil y amarillenta que no alcanzaba a cubrir el ancho de la acera y no se extendía más allá del largo de los marcos, dándole al sitio una apariencia de cuadriculado tétrico.

Se recargó en el primer poste a esperar la aparición de un estudiante universitario o algún obrero recién llegado de su turno vespertino, pero viejos temores, que los pocos años de experiencia en el oficio al parecer no habían enterrado del todo, la obligaron a caminar hacia la siguiente esquina después de apenas cinco minutos de espera.

Al pasar frente a la casa a mitad de la cuadra, le pareció oír un sonido muy alegre, un tipo de música que nunca antes había oído, o por lo menos no recordaba haberlo hecho. Sin embargo, reconoció que se trataba de una pieza orquestal, y por ello determinó que se trataba de música clásica, categoría en la que englobaba toda la música instrumental, sin hacer distinción entre una pieza de Bruckner o una de Paul Mauriat. Disminuyó su paso por un momento para oír mejor el sonido, sin atreverse a reconocer del todo cuánto le agradaba.

Estaba a punto de seguir su camino hacia el siguiente poste de luz, cuando de la ventana surgió una melodía mucho más vivaz, con un marcado contraste entre la suavidad de las cuerdas y la fuerza de los metales. Regresó sobre sus pasos y, sin importarle nada más, se paró bajo la ventana a escuchar. Mientras se desarrollaba el tema principal, se imaginó que estaba en medio de un gran salón, al fondo del cual se hallaba una figura imponente, la cual, a pesar de estar sentada en una especie de trono, le era imposible abarcarla con su imaginación. A momentos, veía a este hombre (sin saber por qué, desde un principio pensó que esta figura de autoridad era un hombre, quizás por estar tan acostumbrada a que los machos dispusieran por ella) levantarse y ejercer su autoridad sobre una corte; en otros, le parecía que esa misma corte se desvivía en hacer payasadas y otras cosas para deleitar a su gobernante.

A esta pieza le siguió otra, mucho más lenta y harto sombría. No le gustó tanto como la anterior, así que continuó su camino hacia la esquina. Recargada en el poste de luz, miraba de continuo hacia el sitio donde había estado antes, como si una inquietud para ella desconocida la llamase a regresar. Se contuvo lo más posible, sobre todo cuando le pareció distinguir en el otro extremo de la cuadra a un hombre que se tambaleaba al caminar, tal como lo haría un borracho. Nunca le apetecía aceptar clientes en esas condiciones, pero ahora sentía mucho menos ánimo de hacerlo con alguien así. Después de mirar a su alrededor dos, tres veces, el fulano siguió su camino por la calle perpendicular, y entonces ella se atrevió a regresar a la ventana que tanto la atraía.

Al acercarse, oyó una música más alegre a la que la hizo moverse de allí, aunque no tan impresionante como la que la obligó a detenerse. Decidió quedarse y oírla por completo. A esta le siguió otra pieza, la cual no supo definir si era triste, sombría o simplemente elegante; le gustó menos que las otras dos, pero la mantuvo en su lugar. Eso sí, le sorprendió que esta nueva música al final incluyera un coro femenino, el cual se oía distante en comparación con la orquesta.

A la pieza le siguió un silencio muy prolongado. Ella esperó a que quien viviese en esa casa pusiera un nuevo disco, pero la luz se apagó de pronto, y ella se sintió decepcionada al entender que los habitantes habían decidido irse a dormir. Aun así, cada vez que pasó frente a esa ventana en el transcurso de la noche, miró hacia ella con los ojos iluminados por una esperanza débil pero evidente. Y por primera vez en quién sabe cuántos años, no hubo resignación sino enfado al aceptar las invitaciones de los clientes.

A la noche siguiente, en medio del corro de prostitutas alrededor del padrote, ella rogó en silencio que le asignaran de nuevo la cuadra de castigo. No pudo ocultar una sonrisa leve cuando el hombre, sin saberlo, le cumplió su deseo.

Tan pronto se despidió de su amiga, se encaminó a la casa a mitad de la cuadra. La luz todavía no estaba encendida, y se preguntó si debía esperar allí o refugiarse bajo los postes de luz. Tal como le había sucedido cerca de la fuente del parque central, pareció que un hado oyó sus pensamientos, pues la porción pequeña de acera se iluminó de repente con una claridad tenue y amarillenta. La expectación la hizo contener la respiración y temblar un poco, a pesar de que el tiempo por esas fechas era templado.

Más o menos a los dos minutos, se oyó una pieza de piano. Era una música triste y monótona, y de inmediato su mente se dejó arrastrar a una época que no quería recordar, en un pueblo de provincia donde se había quedado una familia cuyos nombres el olvido los había borrado a manera de alivio. En cierto momento, cuando sonaron un par de notas disonantes pero no por ello menos bellas, recuperó el roce de unas manos maternas en las mejillas, y esta sensación le extrajo unas lágrimas que le escocieron los ojos.

A continuación, se oyó una música más alegre, casi juguetona. Para su suerte, ésta no le trajo imágenes nuevas a la mente, sino una tranquilidad, más o menos similar a la que sentía cuando su amiga la convidaba a unos tamales y café de olla recién comprados y platicaban sin necesidad de extrañar el amanecer que ocurría afuera del cuarto redondo que compartían.

En este momento, se acercó a ella un joven, de entre dieciocho y veinte años. La timidez de él no desentonaba con los sonidos que la ventana les regalaba como música de fondo; es más, ella consideró que su torpeza al hablarle era más bien graciosa, siendo que en ocasiones anteriores le habría molestado al grado de despacharlo de inmediato y de mal modo. Sin embargo, ella tenía tantas ganas de seguir oyendo la música, que le dio a él la impresión de no tener interés en hacer un trato. El joven se alejó de ella con la espalda encorvada, las manos en los bolsillos del pantalón, y los pasos cortos de un perro al que habían corrido de la mesa sin convidarle un trozo de comida. Pero la pieza de pronto cambió el tempo, siendo ahora mucho más vivaz. Si bien las dos anteriores le habían sugerido, por así decirlo, una caminata plácida a la luz de la luna y luego un paseo con saltos a través de un prado, ahora sonaba a alguien que corría desesperado, como si huyese. No le gustó en la misma medida, así que dio un par de pasos en dirección al muchacho y llamándolo. Este no había alcanzado aún el poste de luz, y se volvió encantado a mirarla. Ella reconoció en su rostro la alegría de quien sabe que está a punto de perder la virginidad, y aunque no le pareció graciosa como su primera timidez, aceptó irse con él sin hacerle ver que lo había aceptado a causa de la música y no por un supuesto atractivo físico, que en realidad no tenía.

A partir de entonces, cada vez que le asignaban esa cuadra, ella adquirió la costumbre de pararse bajo la ventana a oír la música, y aun cuando allí escaseaban los clientes, se daba el lujo de rechazarlos o aceptarlos dependiendo del sonido. Solo se recargaba en los postes de luz cuando los habitantes de esa casa se disponían a dormir.

Al paso de las noches, supo que prefería las piezas para piano solo y las orquestaciones cuando no eran muy estruendosas; le gustaban más los tempos lentos y moderados, y rehuía los acelerados; no estaba segura de que le agradara oír voces humanas, tanto por desconocer el idioma en que cantaban como por la sensación de que le daban a la música una cualidad más corpórea, siendo que, para ella, debía ser más etérea.

Solo una vez intentó mirar hacia el interior del hogar, pero su estatura no se lo permitió, a pesar de que se paró de puntitas y estiró todos sus músculos al grado de dolerle. Aun así, tuvo la impresión de que esas personas oían discos de vinilo, pues en más de una ocasión se oyó el crujido (el cual no le disgustó; más bien, enfatizaba la sensación de ser música antigua); incluso dos veces creyó oír el ruido de la aguja al caer. En el cuartucho que compartía con su amiga y otra prostituta no había espacio suficiente para un tocadiscos, apenas para una pequeña grabadora con un reproductor de discos compactos incorporado. No tenían que turnarse para oírla, pues hasta ese momento las tres compartían la afición por las cumbias, salsas y otras músicas populares. Se preguntó si la música clásica estaría disponible en disco compacto, pues no creía que este medio fuera apto para esos sonidos sino para unos mucho más modernos, pues el escucharla debía conllevar una especie de ritual, y este debía empezar por el continente de vinilo.

Al día siguiente, recortó su tiempo de sueño para poder ir al tianguis de la colonia vecina. Preguntó en dos puestos que vendían discos piratas, pero la respuesta fue negativa. Solo en uno, casi al final del mercado, tenían tres títulos diferentes. Las portadas no estaban en español; no obstante, gracias a las cognadas, supo que se había llevado una recopilación de música barroca, otra de clásica y una de romántica.

Tuvo que esperar a que sus compañeras de cuarto salieran para oírlos sin que la mirasen raro. También gracias a que había algunos nombres que eran lugares comunes, pudo identificar a los diferentes compositores. De este modo, supo que Mozart le recordaba a un niño juguetón; Beethoven le pareció un hombre severo, que podía seguir una caricia con un palo en la cabeza sin previo aviso; Mendelssohn era como esos dulces que en las primeras tres o cuatro mordidas sabían ricos, pero a la larga empalagaban; Vivaldi le regresaba la alegría por vivir; Händel la aburría hasta el sueño, y Bach la hacía sentirse más incómoda de lo habitual con su oficio. Y si hubiera sabido cómo pronunciar el apellido Dvořák, quizás habría aceptado que era uno de los que más le gustaban.

Sin embargo, sintió que estas selecciones no estaban a la par de las que gozaba bajo la ventana a la mitad de la cuadra de castigo. Sobre todo, le disgustó no haber encontrado en ellas aquella pieza que la obligó a detenerse allí en primer lugar. Si bien no la recordaba en absoluto, tenía la seguridad de que la reconocería en cuanto oyera las primeras notas. Y todavía tenía la esperanza de que alguna noche la pusiera el hombre que vivía en esa casa.

De nuevo sin saber por qué, había llegado a la conclusión de que el amante de la música clásica debía ser un hombre. Lo imaginaba de edad madura, con una cabellera entrecana que empezaba a escasear sin llegar a la calvicie. Vestiría suéteres de algodón, incluso con ese tiempo templado, pues los hombres de cierta edad eran más proclives a padecer de fríos. Usaría unos lentes gruesos para ayudar a su vista cansada de tanto leer libros, de los cuales siempre llevaría dos o tres bajo el brazo. Con seguridad, pasaba las tardes leyendo y bebiendo café en una de esas cafeterías lindas y antiguas del Centro, y por las noches se sentaba en un sillón a beber licores finos y fumar pipa, porque esa música no se podía acompañar con los cigarrillos apestosos de los estanquillos.

Aun cuando ignoraba qué tan grande podía ser la colección de discos de ese hombre, sabía que tarde o temprano él tendría que oír de nuevo aquella pieza que tanto la fascinó en su primera noche allí. En cuanto ella la oyese, correría a su cuarto redondo y se pondría las ropas de una mujer decente. Luego, volvería a la cuadra y esperaría a que apareciera el hombre. En la acera de enfrente había una tienda de abarrotes, y allí podía esperarlo con un refresco y unas papitas. O a lo mejor había en los alrededores una fonda u otro lugar donde poder matar el tiempo. En cuanto lo reconociera, se acercaría a él y, con un poco de vergüenza, le preguntaría el título de la pieza que había puesto la noche anterior. Él la miraría extrañada, pero al contrario de las mujeres, que la mirarían con desagrado, y los demás hombres, que la mirarían con lujuria, se lo diría sin chistar, gracias a la buena educación que debía tener alguien con tan buenos gustos. Entonces, ella correría a una de las tiendas de discos originales y, sin importar lo que costase, tendría por fin para sí la que ella consideraba la música más bella.

Mientras pensaba esto, sintió un poco de vergüenza por su cuerpo ligeramente pasado de peso. Cierto, tenía las formas adecuadas para atraer a los clientes; pero no le parecieron adecuadas para salirle al paso a un hombre así. Tendría que cambiar su forma de andar, su forma de moverse, pues no podía permitirse que aquel hombre intuyera su oficio. Sin quererlo, llegó a pensar si habría la posibilidad de dejar de ser una prostituta. A fin de cuentas, fue obligada a serlo por las malas mañas de un hombre que no le preguntó si quería entregarse o no; ahora, este nuevo hombre tampoco le había preguntado si le apetecía oír música clásica o no, y sin embargo ésta la había cautivado por completo. Entonces, quizás sí era permisible pensar que...

La claridad débil y amarillenta aumentó cuando la ventana se abrió de golpe. Ella brincó en su sitio y, con una expectación que le borró los colores de la cara, salió lentamente de su escondite, ansiosa por conocer al fin a quien había idealizado. Sus ojos alcanzaron a distinguir una silueta, y antes de que se acostumbraran a la nueva luminosidad, oyó una voz femenina muy aguda, que le habría taladrado el tímpano de haberla tenido más cerca.

—Así que era cierto. ¿Se puede saber por qué vienes aquí a hacer tus cochinadas?

Desconcertada, la joven trató de ver hacia el interior de la casa, aun sabiendo que le era imposible dadas su estatura y el ángulo, todavía con la esperanza de que, a espaldas de esta mujer, surgiera de pronto una figura masculina y la obligara a callar y no portarse grosera.

—Disculpe, señora. No pensé que la fuera a molestar.

—¡Cómo no me va a molestar que una puta venga a pararse justo en mi casa! ¿No te basta con pasearte por aquí para hacer tus porquerías? Mira, mejor lárgate para allá, a tu esquina. ¡Y que ni se te ocurra volver a pararte aquí, porque llamo a la policía para que te encierren!

La ventana se cerró con la misma fuerza con que se abrió. La joven se quedó mirándola perpleja durante casi un minuto. Cuando por fin la dignidad le volvió a la mente, empezó a caminar hacia la siguiente calle, con los brazos cruzados sobre el pecho y dando fuertes pisotones y patadas al aire, sin enjugarse las lágrimas que le escocían los ojos por no haber tenido la oportunidad de gritarle a la fulana todas las groserías de su repertorio.

A partir de esa noche, cada vez que a la prostituta le designaban la cuadra de castigo, ella se quedaba veinte o treinta minutos en uno u otro poste de luz en las esquinas. Cuando tenía que moverse, siempre se bajaba de la acera para no pasar cerca de la ventana de la casa a la mitad de la cuadra, con tal de no oír el más mínimo sonido que se filtrara de ella. Y aunque lo hubiera percibido, sus oídos ya estaban por siempre cerrados como para prestarle atención.

Los tres discos de música clásica en su cuarto redondo terminaron por acumular polvo. Cuando una de sus compañeras de habitación los encontró al hacer la limpieza un día, le preguntó a ella qué eran esas cosas, y la joven solo encogió los hombros por toda respuesta.

Meses después, mientras bebía café en una de esas cafeterías antiguas y lindas del Centro con una colega para celebrar el cumpleaños de esta, de las bocinas salió un sonido que ella pareció reconocer. Se embebeció por casi un minuto con esa música vivaz, con un marcado contraste entre la suavidad de las cuerdas y la fuerza de los metales, hasta que su amiga la trajo de vuelta a la realidad preguntándole si creía que esa noche tendrían mejor suerte que la anterior. Por esto, a la prostituta se le olvidó preguntarle al dueño del lugar cómo se titulaba esa pieza, quien sí habría podido decirle que era “Júpiter, el portador de la alegría” de Gustav Holst.