Capítulo 1
Brooklyn Heights
-Jeongin es un niño muy bueno y especial. Por la noche necesita dormir con Pascal, su peluche camaleón. Le gusta que le cuenten cuentos y le canten. La canción de la felicidad es una de sus favoritas. Como todos los niños, adora los dulces. Lo vuelven loco los animales, en especial, los perros. Y es alérgico a las almendras —le había explicado la señora Potter con lágrimas en los ojos.
Christopher no salía de su asombro. Tenía a un bicho de cuatro años, sentado en la parte trasera de su todoterreno; sobre sus piernecitas reposaba su maleta de Spider Man y observaba el paisaje con ojos abiertos y curiosos. Ojos amatista como los de su padre.
—En su maletita lleva a Pascal, su pijama y un par de mudas. Señor…, si se lleva a Jeongin es porque se va a hacer cargo de èl, ¿verdad? —le había preguntado la señora Potter—. El señor Zitao me dejó claro que cuando vinieran a recogerlo sería para darle un hogar que entonces nadie le podía dar. Aquí… —le había susurrado en tono de confidencia—, bueno, todos los críos que tengo… no están en disposición de quedarse con sus padres por…, por motivos profesionales, ¿sabe?
—¿Motivos profesionales?
—Este lugar está protegido por el Estado y se guarda con mucho celo, ¿comprende? Aquí hay muchos niños como Jeongin.
—¿Insinúa que todos los niños que hay aquí son hijos de agentes dobles? —preguntó con la misma voz baja. La señora Potter asintió con gesto sereno y complaciente. Pero cuando volvió a mirar a Jeongin, sus dulces ojos se llenaron de pena y adoración por el pequeño.
—Jeongin es un ángel… Todos aquí lo quieren muchísimo y lo vamos a echar en falta, ya lo creo que sí…
—¿Mamá Brooklyn? —Había preguntado Jeongin tirando del delantal de la señora—. ¿Es este mi papá? ¿El de verdad? ¿El que se quedará conmigo por siempre jamás?
—Bueno, a ver… —intervino el agente. Christopher había parpadeado tan sorprendido como asustado. ¿Él? ¿Papá? Dios… ¿Dónde se había metido? ¿Qué le estaba pasando a su mundo?
—Sí, cielo. Este es tu nuevo papá —había contestado Mamá Brooklyn con una seguridad aplastante. Le dirigió una mirada de censura a Christopher—. El trato es inalterable. Quien viene a por los paquetes se hace cargo de ellos indefinidamente, en calidad de papá o de hada de los dientes, si lo prefiere…, me da igual. Pero —lo señaló— se hace cargo.
—Pero yo no tenía ni idea de que…
—Así que sí, ratita. —Mamá Brooklyn se agachó y abrazó a Jeongin, dirigiéndole una mirada de reproche a Christopher—. Este es tu nuevo papá.
—El que me llevará a casa —sentenció el niño con la lección muy aprendida. Levantó la mirada hacia Christopher y sonrió—. Es muy guapo, ¿verdad?
Y todo lo dicho sobre tener hijos que había ido repitiendo durante tantos años quedó en el olvido, detonado por la transparencia y la pureza de aquel renacuajo con ojos de adorable diablillo. Y se sintió perdido y a la vez encontrado, como si hubiera entendido, en el tiempo que duraba la sonrisa de aquel chiquillo, todo lo que no había comprendido en sus treinta años. Su misión en la vida era proteger con uñas, dientes y Berettas a Jeongin.
—So wake me up when it´s all over… —Jeongin cantaba la canción que sonaba en la radio Mp3 del todoterreno de Christopher. Solo se sabía esa estrofa, y la repetía cuando tocaba. Movía la cabecita de un lado al otro y sus cabellitos se movían de un modo cautivador, casi hipnótico. Christopher no podía apartar sus ojos de èl.
—¿Te gusta la música, Jeongin? —le preguntó mirándolo por el retrovisor. Hacía un rato que habían salido de Brooklyn, camino de Busan. Llegarían al día siguiente al mediodía y pronto les tocaba parar a comer.
—Sí —contestó el niño, sonriente.
—¿Qué canciones te gustan?
—Mmm… —el niño se mordió los labios pensativo—. Me gustan todas las de Enredados.
—¿Enredados? ¿Son cantantes?
—Noooo. —Se echó a reír mostrándole unos purísimos dientes de leche, diminutos como el mismo.
—¿No? Pues creo que me vas a tener que enseñar muchas cosas que yo no sé…
—¿Tengo hermanos? —preguntó de golpe—. Mis hermanos lo sabrán.
Christopher frunció el ceño y se colocó las gafas de sol para que el crío no leyera en su mirada lo incómodo y perdido que se sentía.
—No…, no tengo hijos, Jeongin.
—Oh, qué pena… —soltó haciendo un mohín—. Yo soy el primer hijo —concluyó con frescura. Después colocó las manos en los reposahombros del asiento de Christopher y se inclinó hacia delante—. Pero, sí tengo otro papá o mamá, ¿no?
Christopher tragó saliva. Era incapaz de mentirle. Pero tampoco sabía edulcorar la realidad. Jeongin se merecía que lo cuidaran, fuera como fuera; pero, lamentablemente, era él quien se iba a hacer cargo. Por ahora, solo. Él, que no tenía ni idea. Hasta entonces, sus objetivos tenían que ver con el FBI: ascender y llegar a ser inspector. Él, que no barajaba la posibilidad de tener hijos siquiera. Y con la trayectoria que llevaba, ni siquiera sopesaba tener un marido que lo entretuviera y lo estimulara para toda la vida. ¡¿Por qué le estaba pasando eso a él?!
Christopher negó reflejando una disculpa en su rostro.
—No hay otro papá ni mamá.
—Oh… —El crío miró la radio, como tratando de entender qué significaba aquello. No tenía hermanos ni papá. ¿Qué mundo era ese al que se dirigía?—. Pero ¿tienes novio o novia?
—Verás… —Christopher bajó la música—. Te voy a explicar la verdad, Jeongin.
—A Pinocho le crecía la nariz cuando dicía mentiras.
—Sí. Nunca digas mentiras. Pinocho, malo.
—¡Nop! Pinocho era bueno —protestó riéndose.
—Ah, vale… Perdón. Mira, la cuestión es que tu otro papi…
—Se ha morido, ¿verdad? —concluyó con voz dramática.
—No. Tu papi es el demonio y nunca muere —dijo entre dientes.
—¿Qué dices? —no lo había oído.
—Que tu papi… Es mala hierba. De esas que nunca mueren, ¿sabes? Es… Él es… Es un superhéroe.
—¡Hala! ¿Cómo Superman?
—No, creo que como ese no —respondió, riéndose nerviosamente. ¿Quién diantres era Superman? Él, como buen ciudadano de Corea del Sur, solo conocía al emperador Yunghui—. Tu papi es como una especie de GIJOE, ¿sabes?
—No.
—¿Maddleman?
—¿Quién?
—Vale… —A ver cómo le explicaba a Jeongin lo que era Ryan—. Es un guerrero. Uno que salva a las personas de gente muy mala. Limpia el mundo.
—Ah, ya… Mi padre es basurero.
Christopher parpadeó estupefacto y, de repente, se echó a reír como hacía tiempo que no reía. El crío también se rio, aunque no sabía de qué.
—Sí, saca la basura del planeta. Viaja mucho, y ahora está fuera de casa. —Ni siquiera sabía si Ryan seguía vivo. Pero prefería pensar que sí, no solo por el bien del crìo, sino también por el de su descocado corazón.
—¿Y volverá a casa? Tiene que cenar, cepillarse los dientes y bañarse…
«Sí. Sobre todo cepillarse los dientes antes de que yo le deje sin ellos», pensó Christopher con rencor.
—No lo sé. Nunca sé cuándo va a venir. Pero, por ahora, te quedarás conmigo. ¿Tú quieres que yo cuide de ti? —le preguntó de frente—. Solo estoy yo.
Jeongin asintió con la cabeza y se frotó la nariz con el antebrazo.
—¿Me contarás cuentos?
—Pues…
—¿Me darás galletas?
—Eh…
—¿Tendré un perro? ¿Me cantarás? Quiero un triciclo, un hermanito y una manzana caramezilada… ¿Y me dejarás que te haga peinados? Y un kakaroke… Me encantan los kakarokes —susurró, soñador, abrazando su maletita.
Christopher sonrió con dulzura y asintió a cada uno de los deseos que salían por la boquita de piñón de Jeongin. Y fue así como, de golpe y porrazo, su vida como superagente dio un giro de ciento ochenta grados. Jamás volvería a ser el mismo. Jeongin era el hijo secreto de Ryan. El ruso la dejó en Mama Brooklyn, en un hogar de protección oficial. La había dejado allí, sabiendo que, al infiltrarse en los gulags, el pequeño podría ser una cabeza de turco para las maquinaciones de sus enemigos. Ryan había llegado a sospechar de su jefe de la SVR. Entre Rose y él, mantuvieron el embarazo en secreto, hasta que ella dio a luz. Entonces, viajó a Estados Unidos. Ahora Ryan había desaparecido, pero le había hecho un último encargo: recoger a Jeongin y… ¿Y qué? ¿Hacerse cargo de el? Lo que el ruso no sabía era que toda acción conllevaba una reacción, y que si pretendía que él se quedara con Jeongin, la decisión sería irrevocable en todas direcciones. Uno no daba a su hijo así como así, a no ser que fuera alguien sin emociones. Un hombre frío y sin escrúpulos.
Christopher sabía muchas cosas de Ryan. Ahora sí que las sabía. Su vida no había sido nada fácil, y eso explicaba su comportamiento. Su necesidad de alejarse y de mantener siempre las distancias tenía una razón de ser. Pero, por algún motivo, quería seguir creyendo en él. Un hombre que le había hecho el amor de aquel modo, sin descanso, en Londres, era un hombre que todavía sentía. Algo debía sentir, a la fuerza. Por eso Christopher no dudaba de que, tarde o temprano, Ryan regresara a por el niño que le pertenecía. Era lo único suyo de verdad. Jeongin no pertenecía al Estado ni al FBI, como él. Jeongin era su hijo. Regresaría a por el porque era «su niño». Y , en sus sueños más optimistas, en los que no existían Roses ni venganzas, deseaba que también regresara a por su hombre. Y él era su hombre. El hombre del Demonio. Tomó el iPhone negro que le habían regalado con la compra de su nuevo todoterreno y llamó a su hermano con el manos libres. Felix y Changbin se quedarían ojipláticos cuando supieran que regresaba con compañía.
—¡¿Dónde estás?! —le gritó Felix al otro lado del teléfono—. ¿Por qué te has ido sin avisar? ¡No sé nada de ti desde ayer!
—Te dejé una nota —contestó Christopher—. La habrías visto si levantaras la mirada de la entrepierna de Changbin.
—Oh, cállate y no seas pesado. ¿Ubicación?
—He viajado a Brooklyn —explicó Christopher, que, hasta ese momento, había llevado todo en secreto. ¿Por qué molestar a la feliz pareja de agentes con sus problemas?
—¿Qué se te ha perdido en Brooklyn?
—¡A yo! —dijo la voz de Jeongin.
Christopher se aguantó la risa y se hizo el silencio en el coche. Se imaginaba a Felix parpadeando confuso.
—¿Eso es la voz de un niño? —preguntó Felix, anonadado.
—Sí —contestaron los dos a la vez.
—¿Es un niño de verdad?
—Sí —afirmó Christopher, divertido con la situación.
—¡Sí soy de verdá! —Jeongin miraba a todos lados, confuso.
—¿Hay algo que yo no sepa? ¡¿Algo que me hayas ocultado durante, no sé…, nueve meses?! — replicó Felix.
—Cuando llegue te lo explicaré.
—¡Soy tu hermano!
—¿Es mi tio? —preguntó Jeongin con interés, moviendo las piernecitas arriba y abajo con excitación.
Christopher afirmó con la cabeza y le guiñó un ojo.
—¿Qué ha dicho? ¿Holaaaaa? —Felix insistía, desesperado.
Christopher podía visualizar a su hermano con la oreja pegada a su teléfono, subiéndose por las paredes.
—¡Hola! —saludó Jeongin levantando la manita abierta.
—Ah… Felix, préstame atención —pidió Christopher—. Necesito que me hagas un favor.
—¡¿Un favor?! ¿Quién es ese niño, por el amor de Dios?
—¡Me llamo Jeongin y sé cantar! —gritó el niño mirando al techo del todoterreno. ¿De dónde venía esa voz?
—Ya te lo ha dicho. Se llama Jeongin y sabe cantar —repitió Christopher—. Necesito saber si el señor Collins todavía tiene en venta la casa que está frente a la tuya, en Tchoupitoulas.
—Sí, sigue en venta. La ha reformado por dentro, está completamente amueblada y sin estrenar, y es muy espaciosa. Tiene cuatro habitaciones, un estudio en la parte de arriba, un porche trasero con jardín y piscina, dos plazas de aparcamiento en la entrada…
—¿Te interesa a ti?
¿Por qué Felix sabía tanto sobre la vivienda?
—No, a mí no. Yo estoy feliz con mi casa. Es que la fui a ver el otro día porque su mujer me insistió en que la visitara y pudiera decir a los curiosos lo bonita que era por dentro. Esa casa ya llama la atención por su fachada y todo el mundo pregunta… Incluso saldrá este mes de agosto en la revista Decoración de Busan. Parece un castillito y destaca mucho. Es fabulosa.
—¿Cuánto pide?
—Doscientos mil. ¿Por qué? ¿Te interesa?
—Sí. La quiero.
Le interesaba y la podía pagar gracias al cheque de quinientos mil dólares que les había dado Chanyeol a todos sus compañeros agentes del Torneo Dragones y Mazmorras DS. Si de ahora en adelante debía vivir con Jeongin, se aseguraría de rodearla de un ambiente sano y positivo, en una casa acogedora y hermosa, con su nueva familia alrededor, que lo visitaría y lo cuidara cuando él no pudiera hacerlo.
—¿Sí? ¿En serio? —Felix no se lo podía creer—. ¿Te vienes a vivir a Busan? ¡Pero si te encanta Seul! ¡¿Qué te pasa?!
—No me pasa nada. Me encanta Seul, pero debo tomar una decisión. Llegaré mañana y me encantaría poder mudarme ya.
—No hablas en serio. —Se quedó callado y después dijo—: ¿Hola? ¡¿Jeongin?!
—¡Hola! —volvió a contestar el niño alzando la mano al cielo, como si Felix pudiera verlo.
—Increíble… No me lo he imaginado… —respondió Felix.
—Sí hablo en serio —insistió Christopher—. Consigue el número de cuenta, ve a hablar con ellos y diles que hoy mismo tienen el ingreso. Que te den las llaves. Hazlo ya.
—Estás loco de remate. Eres un completo…
Christopher colgó el teléfono, esperando no ser demasiado brusco delante de la cría. Jeongin, por su parte, miraba debajo del asiento de Christopher, del suyo, por encima del hombro… La voz había desaparecido, y hacía un momento estaba en el coche, en sus cabezas y hablaba con ellos. Ante aquel fenómeno inexplicable, preguntó:
—¿Mi tio es Dios?