Un reloj ya iniciado
—¡Mi señor! Reportan la llegada de una viajante deseando pasar entre el conflicto.
El general Mustafa frunció el ceño, arrugando a su paso la cicatriz que marcaba verticalmente su ojo izquierdo. De imagen tozuda, corpulento, cuya armadura de guerrero Plegiano —más similar a un cráneo en cada hombrera— ya ha recaudado las lágrimas del cielo mientras se movían en el repentino cambio climático del desierto y a la lluvia. Con la dignidad propia de un veterano de guerra, giró sobre su hombro y observó con casi suavidad a su subordinado.
—Despejen el camino. Quiero ver quién es... difícilmente alguien se aventuraría en el territorio cerca de esta ciénega sabiendo que el ejército de Ylisse se hizo camino hasta el castillo. Ya que la ruta está plagada, será gente muerta a quien nadie aúlle su pérdida.
Los soldados se miraron entre sí. Varios asintieron en comprensión, pero algunos mostraron acomplejadas expresiones bajo los cascos. Pronto, él dio por concluida su anterior conversación, colocando una mano sobre el hombro de otro soldado de Plegia: un mago de las artes oscuras llamado Henry.
—Hijo, eso es todo por nuestra conversación. Ya te he dicho... Sé que no peleas por patria.
—¡Nyahaha! Ni los animales pelean por cosas tan simples, Mustafa. Eso es aburrido.
—No pido que lo entiendas. Solo, no dejes que el Rey Loco invada tu mente. Eres tu propia persona. La sangre que yo derrame no debe influir en tus motivos.
—Pero derramarla me encanta.
—Algún día encontrarás tu causa —concluyó Mustafa.
Dando la vuelta completa y haciendo un gesto para que abrieran paso, el veterano de guerra admiró la figura de la delicada mujer que se aproximaba al campamento de preparaciones. Su gracia floral era notable pese a estar cubierta por una capucha y resguardada de la lluvia. Con cada paso, producía un verdadero contraste entre la suavidad de sus pisadas y el fondo de caos que la rodeaba; sean los recursos saqueados de las aldeas cercanas “por el bien de la victoria”, desparramados y ajustados con manchas de barro rodeándolas, o por los soldados que realizaban el aceitar de sus armas con fiereza y risas gruesas.
Atento a que la atmósfera tan distante a ella la tenía enervada, Mustafa mantuvo una buena distancia de ella mientras la analizaba.
—Extraño —sus palabras resonaron profundas—. Esas ropas... ¿De dónde vienes, muchacha?
—Uhm... Vengo con una misión urgente, señor. No puedo permitirme que me detengan.
—Estás en territorio de Plegia, peligrosamente cerca del Oeste del Castillo de nuestro Rey. Por tu atuendo, asumiré que eres una bailarina.
—A-así es.
—Debes esperar. No sé qué tipo de caravana lideras, ni el entretenimiento que traes, pero estamos en guerra.
Curiosos soldados corean una decepción falsa, encandilando una pulla frívola y coqueta; mayoría de ellos avivados por la flama de la guerra, o tal vez decidiendo ignorar las inquietudes que en este mundo nadie se ha animado a rebatir. La bailarina bajó la cabeza, sintiéndose apenada por el barullo, y tal vez por su propia ingenuidad. Era evidente para ella. Todos estaban en posición, con las armas preparadas y la tensión colmaba el aire lleno de niebla. Ser guiados por un rey que afirma que la corona de Ylisse está mintiendo por un orgullo de supervivencia, quien al mismo tiempo les deja a saber que “así funciona la vida”, era difícil pensar de sus soldados como otra cosa que desquiciados que ignoraban el dolor Ylissense. Aun así, con valentía, se enfrentó al general pese sus gestos temblorosos. Mustafa admiró su determinación desde la distancia.
—Por favor, suelten a nuestros soldados y caballos, déjenos pasar. ¡Por favor!
—¿En representación de Regna Ferox?
La joven mujer se tensó aún más, la capucha que apenas cubría su rostro deslizándose y revelando sus facciones llenas de terror. No temía por sí misma, quede claro, pues se impregnó de una postura defensiva a la par que buscaba, con incomodidad, algo de empatía dentro de los cansados ojos del general. Temía por la persona a la que representaba. Su mirada, débil y lila, se endureció en un crujido al moverse en sus plantas.
El general sacó conclusiones veloces. ¿Guiada por lealtad, tal vez? Mustafa era capaz de reconocer que la lealtad hace a alguien ciego a veces. Henry, a quien trataba como su propio hijo, era prueba; así como los subordinados que se negaban a desplegar de su batallón pese al peso psicológico que implicó saquear a su propia nación por detener a ese hombre. Chrom.
—No pido que nos deje llevar las armas... —empezó ella, en ruego—. No venimos como refuerzos.
Así que vienen en retirada, concluyó él.
No era de extrañarse. Después de todo, Gangrel se había jactado de la muerte de la Venerable a un punto... sospechoso. Todos asumían que él era el indirecto responsable, quien escapó por muy poco de ser acusado de prender el cañón de guerra. Los pocos que no lo creían, afirmaban que era imposible, pues él nunca sería tan cuidadoso y en su caso mostraría un enfermizo orgullo en cuanto a ser responsable.
La guerra empezó desde el momento que Ferox alió sus fuerzas, aunque medidas, con Ylisse, los rehenes políticos siendo solo peones de una batalla silenciosa que empezaba a tomar candor.
Soldados de Plegia canalizaron su ira en inocentes de los bordes, y el plan macabro de Gangrel iba tamizando las tropas de aquellos que creían que cierta subordinada iba inclinando sus órdenes cada vez más. ¿Hasta dónde se extendería la guerra? ¿Subiría el continente si acaso el Emblema de Fuego seguía siendo una obsesión para su soberano?
—S-si debe matarme —enunció la bailarina antes de que él dictase su sentencia—, hágalo, pero como una bailarina anónima que no ha traído conflicto a la batalla. Por favor...
Con sus palabras valientes, consiguió que el general arqueara una ceja.
—No será el caso, pero entonces concédeme el honor de decirme tu nombre.
—O…Olivia, buen señor.
—¿Buen señor? —preguntó el hombre—. Tu juicio está dañado, joven.
Irónicamente, aunque pálida y a un pie de caer en su tumba, la muchacha sí lucía joven y vivaz; un rostro pequeño, definido y de muñeca, acompañada por rizos bien tratados de un rosado claro, tan dulce como un sonrojo. La imagen aterradora de un General Plegiano seguramente era la razón de su temblorina. Sin embargo, su súplica seguía a pie, causando que Mustafa continuara su preguntar:
—¿Por qué tienes fe que tomaré tu situación en consideración?
—E-esto, pues... puede que me equivoque, pero... —conforme más atención llamaba de los soldados, más se encogía. Parecía que estaba siendo rodeada, por lo que una mano del general mandó a todos a voltear—. Veo que están cansados. No creo que sean la fuerza adecuada para retener prisioneros de guerra.
—Podría matarlos.
—¡Dioses míos! —chilló ella.
—Curioso.
El pie del hacha resonó contra el suelo, generando una vibración que alertó a los hombres del general. Respondieron de inmediato, avanzando un paso al frente.
—Abran posiciones, la dejaremos pasar.
—¡Pero, Mi General...!
Miradas de descontento arañaron la espalda de Mustafa, otras simplemente se preguntaban la razón. Presintiendo lo peor, este cazó con la mirada a un guerrero entre su escuadrón, resaltando por el blanco nácar.
—Henry —llamó al mago oscuro. Quien detuvo el susurro de algún extraño dialecto para atender el llamado, sonriente. Su presencia alertó a la bailarina, quien se plantó tan firme como pudo en el suelo para no lucir como una cobarde.
—Diiime, Mustafa.
—Escolta a esta muchacha.
—¿De quién, del ejército de Ylisse?
—De quien se oponga —comandó el general. Henry sonrió un poco más ante esto, aún sin abrir sus ojos, meramente retenido en un asentir corto —Mi comando favorito.
Con suerte... Tal vez, ahora él encuentre su propio camino.
La carreta del convoy Plegiano fue apartada, los caballos desatados, y una cuantiosa cantidad de soldados de Regna-Ferox siguieron detrás del cabalgar de Olivia. El mago detuvo al caballo con casi ternura, pero quien saltó de él fue la bailarina.
—¡Cuidado, rarita! Vas a espantar al caballín.
—Aaahm... Uuuuhm...
—Mustafa dijo que debo escoltarlos, así que hazme hueco.
—N-no, esto... Tenemos caballos extra, bueno, algunos —ella trató de negociar, aterrada. El caballo solo resopló mientras ella se aferraba al cuello del corcel con suavidad, casi desesperada.
—¿Oh? ¿Por qué tan aterrada? ¡Es porque el tuyo me agrada un montón! Te juro que no dejaré que nada le pase.
—Ay, Kan Basilio. Aparte que no hay noticias de usted por días. Por favor, que esto valga la pena...
El joven mago iba montado detrás de la bailarina, curiosamente, nunca agarrándose de ella, sino dándole más palpitaciones de la que ningún tacto podía al elevar los brazos toda la cabalgata.