Efecto (Parte I)
Un viernes de otoño por la mañana, Tayler y sus amigos se encontraban charlando animadamente en el patio de la escuela. Henrick bebía jugo de maracuyá de su botella y Julia, sentada en un muro de concreto, revisaba de forma intermitente los apuntes de su cuaderno. Tim, con la boca llena de galletas, le dirigió la palabra a Tay.
— Hey. ¿Lo haz oído? — señala el paquete de galletas casi vacío que tenía en una mano — Todos están hablando de estas galletas... ¡Y no es para menos! Son riquísimas.
Tay, sin expresión alguna, echó mano rápidamente a una de las galletas y se la puso en la boca mientras reía silenciosamente.
— ¡Oye! Esas son mías.
— No seas egoísta Tim, solo fue una — Le dijo mientras sonreía. — por cierto, están ricas.
— ¿Verdad que sí? Seguro que quienes lo crearon están ganando buena pasta.
— Lo creo, también — hizo una breve pausa y luego añadió — gracias por la galleta.
— De nada. ¿Ahora qué?
¿Piensas ir al juego en la tarde o te vas a quedar en casa dibujando?
— Pues...
— Yo no voy a ir — advirtió Julia — tengo cita con el dentista.
— Cuidado se te caen los dientes en el camino — dijo Henrick en tono burlesco.
Julia se rió y, siguiéndole el juego, añadió:
— ¡Y cuidado se te caen los ojos a ti!
— Lo sé, están hechos mierda.
Tay estaba indeciso entre asistir al partido de fútbol entre su clase (B-03) y la otra sección (A-03) o quedarse en casa para terminar el dibujo del personaje que le habían encargado; tampoco era como si le importase el fútbol, pero todo lo que hacía junto a sus amigos era más divertido.
— Lo pensaré Tim, te aviso por Whats, ¿va?
— Okey, me vale.
La campana que anunciaba el fin del recreo sonó y todos regresaron a sus salones. Tay se sentó junto a Tim como de costumbre y pasaron las clases de Matemáticas e Historia sin contratiempos. Cuando el reloj de pared anunció las 2, la campana de salida sonó.
— Ya vengo, tengo que ir al baño — le dijo Tay a Tim.
— Oh, claro. Te espero afuera. No tardes. — dicho esto, salió a un ritmo apresurado del colegio y se quedó esperando recostado en un poste.
Tayler, por su parte, corrió en dirección al baño y se detuvo frente a la puerta de entrada. Estaba cerrada. Esto le extrañó muchísimo, pues la puerta se mantenía siempre abierta, incluso una hora después de la salida.
《 ¿Ahora qué? 》
Confiado en poder aguantar hasta llegar a casa dio media vuelta y se alejó, no mucho, porque como si de una broma de mal gusto se tratase, la puerta se abrió y apareció un chico aparentemente de la edad de él o incluso mayor. Se desplazó lenta y silenciosamente hacia la salida del colegio, perdiéndose entre la multitud y dejándole libre el acceso al baño.
Algo confundido por la extraña actitud del muchacho, entró y orinó lo más rápido que pudo. En su cabeza intentaba imaginar la razón por la cual aquél chico se había encerrado en el baño.
Un rubor asomó en sus mejillas al descubrirse a sí mismo fantaseando una 《 situación comprometedora 》 y alejó ese pensamiento agitando la cabeza. Lo que sea que haya hecho ahí dentro, le producía curiosidad; más que nada por la extraña necesidad que tuvo el chico de mantenerlo en privado cerrando la puerta.
Habiéndose lavado las manos, salió disparado del baño para salir del colegio. Una vez fuera, Tim alzó los brazos para indicarle su ubicación y le increpó.
— Dios mío, cuánto has tardado. ¿Te has ido de fiesta o qué?
— No, es que estaba cerrado cuando llegué.
— ¿Cerrado? ¿A esta hora?
— Sí, pero bueno. ¿Has traído lo que te pedí?
— Sí, claro. — y desplegó su típica sonrisa — ¿Lo quieres ahora?
— Sí, por favor.
— Okey, espérame.
Tim abrió su mochila y sacó de ella un juego de lápices y, acto seguido, un pequeño maniquí.
— Aquí está. Me debes una, eh.
— Claro, te lo pago el fin de mes, cuando cobre.
— Ajá, más te vale — se puso de nuevo la mochila en su espalda — yo me voy ya, tengo que ir al súper a comprar unas cositas. Si es que vas al juego, nos vemos luego.
— Vale, chau — se dieron un apretón de manos y cada uno se fue por su camino.
El tiempo que Tay demoraba, aproximadamente, en ir del colegio a su casa, era de 30 minutos a pie; esto a él no le importaba, pues se había acostumbrado a recorrer todos los días esa distancia. Solía llevar sus auriculares puestos mientras reproducía la música guardada en su celular y hoy no había sido la exepción . No podía permitirse pagar el transporte, así que era lo que le tocaba.
Faltando tres cuadras para llegar a su casa, Tay sintió de repente una leve punzada en el estómago, obligándole a detenerse. Se apoyó sobre un árbol de tamaño mediano y se quedó inmóvil por unos segundos, esperando que el dolor pasara para continuar su camino. Lastimosamente, esto no ocurrió.
El dolor, que se había concentrado en un punto, había empezado a expandirse por todo su cuerpo. Una sensación de calor se apoderó de él y empezó a tener náuseas. Sentía que iba a desplomarse en el suelo. A pesar de ello, no podía quedarse allí todo el día. Su madre lo estaba esperando.
Tragó saliva y se hechó andar. Desde fuera, parecía un bebé aprendiendo a dar sus primeros pasos, agachándose ligeramente y caminando despacio. Pudo resistir y seguir avanzando hasta llegar a un paradero donde un señor taxista lo vio en ese estado y decidió tenderle una mano.
— Oye, ¿estás bien? ¿qué pasó, niño?
— Me-me duele — gimió.
— ¿La barriga? — Tay asintió con la cabeza, a pesar de que el dolor había ido más allá de su estómago. Le dolía hasta los huesos. — ¿Tu casa queda cerca?
— Sí, a dos cuadras... — tragó saliva — ... de aquí.
— Perfecto — se volvió hacia su auto y abrió la puerta — Ven, sube.
— Gracias, pero no tengo dinero.
— Eso es lo de menos, no pienso cobrarte. Se ve que estás demasiado mal.
Seguía desconfiando de la increíble amabilidad del señor, pero decidió subirse al auto. Le dolía demasiado como para intentar caminar otras dos cuadras.
El taxista puso el auto a andar y Tay le fue indicando cómo llegar a su casa. No demoró ni dos minutos y ya se encontraban afuera de esta.
— Ve y acuestate. Es lo mejor que puedes hacer.
— Gracias...
— De nada, hijo.
Tay se bajó y el auto se alejó, desapareciendo y ocultandose tras la pendiente de la carretera.
Aún con el dolor que lo inmovilizaba, se acercó a la puerta y la abrió con su llave.
— Hola, mamá. Ya llegué. — dijo firmemente, intentando disimular el malestar que sentía.
Desde la cocina le llegó una tenue voz.
— Hola, querido. ¿Cómo te fue?
— Bien, mamá. — se asomó a la cocina y vio la espalda de su madre.
— Me alegro. — sin dejar lo que estaba haciendo, volteó y le sonrió. — Anda a cambiarte para que comas.
— Okey.
Sin darle tiempo para que sospeche algo, subió despacio a su cuarto, se encerró con llave y se tiró en la cama. Estuvo así un buen rato, sujetándose el vientre con ambas manos y cerrando los ojos.
《 Va a pasar. Siempre lo hace. 》
Pero no lo hizo. Seguía doliéndole con la misma intensidad que antes.
Aunque tentadora, decírselo a su mamá no era una opción, porque sentía algo de vergüenza por ello y no quería preocuparla de más. Además, no quería obligarla a llevarlo al hospital y ser una carga para ella.
En medio del silencio que reinaba en su habitación, se puso a pensar en todo lo que había hecho y comido ese día y se dio cuenta que lo único que podría haberle causado eso era...
¡¡Las galletas!!
Mierda. Debió haber revisado la fecha de vencimiento antes de comerse una. Aunque pensándolo bien, ¿no significaría eso que a Tim también le caerían mal?. Se respondió con una negación de cabeza.
Estaba seguro que su estómago era tan débil y el de Tim tan fuerte que a él no le había pasado nada. Vamos, estaba clarísimo. A diferencia de Tim, él no podía comer cantidades indecentes de comida sin sufrir las consecuencias.
《 No debí haber comido eso. ¿Y si lo vomito? 》
Su pregunta fue interrumpida por el sonido provocado por el forcejeo en la manija de la puerta. Alguien estaba intentando entrar.
— ¿Sí?
Una pequeña vocecita se escuchó en el otro lado de la puerta.
— Tati, mami dice que bajes. Ya vamos a comer.
El de la vocecilla era Santiago, su hermanito. Tenía 6 años y apenas había ingresado a la primaria.
— Dile que ya voy. Estaba acomodando unas cosas.
— Oki.
Santi se alejó a trote de la puerta y Tay soltó un suspiro. Sería complicado comer mientras su estómago y todo su cuerpo parecía a punto de explotar. O eso hubiese sido de no ser porque, de forma mágica e inexplicable, el dolor desapareció sin dejar rastro. Esto era cuanto menos extraño, porque si bien esperaba que pasara, nunca se imaginó que se iría de esa forma tan brusca. Bueno, eso daba igual, ya no le dolía.
《 Gracias diosito. 》
Teniendo una preocupación menos en la cabeza, se quitó todo el uniforme de golpe quedándose en calzoncillos y buscó algo de ropa para ponerse. Encontró una playera verde y un short a cuadros.
Tan rápido como pudo, se puso sus sandalias y bajó a la cocina, donde su madre y hermano le esperaban con un plato de sopa en la mesa.
Sin decir nada, Tay se sentó y empezó a comer. Era extraño, pero a pesar del lío en el que se había metido su estómago minutos antes, este aún sentía apetito; uno muy grande.
Terminó la sopa y el plato de arroz con carne antes que los demás y agradeció por la comida. Se levantó y fue a lavar su plato.
Tim: Vas a ir??
Tayler: Lo he pensado.
Why not?
Ya tendré tiempo después para terminar mi dibujo.
Tim: Bien dicho. No tardes. Ya casi empieza. :D
Apagó el celular y se vistió para la ocasión. Con prisas, metió en una mochila pequeña una botella de agua y se puso la gorra.
— Adiós ma'. Regreso a las 5.
— ¿Vas a ir al colegio?
— Sip, por el partido que te comenté.
— Ah, ve con cuidado.
— Lo haré.
Salió de su casa y caminó, por segunda vez en ese día, hasta el colegio. Desde fuera se sentía el ambiente festivo que provocaba un partido de fútbol y el bullicio lo confirmaba. Sin más, entró y buscó a sus amigos.
— ¡Oye! Te estabamos buscando. Tim ya está jugando.
— Perdón, mucho tráfico.
Henrick iba acompañado de su novia, Elizabeth, una chica del mismo salón que ellos. Los tres se sentaron juntos en las bancas para ver a su amigo jugar.
El partido fue interesante. El primer tiempo estuvo muy igualado; nadie cedía un gol. Hubo muchos tiros fallidos y un penal a último minuto que culminó con la pelota por encima del arco.
— ¡Uff! Casi nos la lían. Menos mal lo falló. - dijo Henrick.
— A este paso, puede que termine en un empate. - repuso Elizabeth.
Tay solo los escuchaba mientras bebía agua. Aunque no decía mucho, estaba igual de emocionado que ellos por el partido; confiaba en que un gol de Tim daría la vuelta al marcador.
Empezó el segundo tiempo.
Por alguna razón que no entendía, su visión empezó a nublársele; parecía como si una espesa niebla hubiese irrumpido en el campo de juego. Añadido a esto, sus ojos le pesaban y se sentía algo mareado. Pensó en contarselo a sus amigos, pero antes de que pudiera hacer nada, sus ojos se cerraron y cayó dormido en el asiento.
— ¿Está muerto?
— Que va. Sí respira. No me puedo creer que se haya dormido. Despierta dormilón.
Henrick sacudió por los hombros a Tay para despertarlo. Este abrió los ojos confundido y le miró.
— ¿Qué ha pasado?
— ¡Que te has quedado dormido! Ya casi acaba el partido.
Miró hacia la cancha y agradeció que aún siguieran jugando.
— ¿Cómo van?
— Uf, de lo que te perdiste. Richard metió un golazo. ¿Qué te quedaste haciendo hasta tan tarde?
— Nada. Ni yo sé por qué me dormí.
《 ¿Enserio me dormí? Me sentí raro. 》
— Bueno, pero no te vuelvas a dormir que no pienso cargarte hasta tu casa.
— Vale.
No podía evitar pensar en eso. ¿Había algo mal en él? Primero el dolor de estómago y luego la visión nublada. Al parecer, las galletas fueron creadas por el mismísimo Diablo. Lo único que deseaba era que eso no escalase a mayores; ya le estaba empezando a preocupar su salud.