SUCESOS OCULTOS

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Summary

En el pequeño y tranquilo pueblo de San Francisco, un suceso inesperado sorprende a todos sus habitantes. Santí, Marcus y Felipe se verán envueltos en este misterio que cambiará sus vidas de manera irremediable. ¿Logrará su amistad prevalecer ante todo? ¿Qué secretos se esconden tras este enigmático suceso?

Status
Complete
Chapters
16
Rating
5.0 1 review
Age Rating
16+

Capítulo 1

El viento soplaba fuerte en el pequeño pueblo de San Francisco, contrastando con la sofocante luz del sol capaz de quemar la piel. Sin embargo, eso no le importaba a Santi, un niño de once años que disfrutaba de estar al aire libre.

Santi caminaba por las calles cubiertas de arena; el pueblo era tan desconocido que nunca habían pavimentado las calles. Se dirigía al bosque, o al monte, como se suele decir. Santi observó la iglesia antes de entrar al bosque. Estaba construida encima de una plataforma, sus paredes exteriores tenían un color amarillo, igual a los pollitos, y era la construcción más grande del pueblo. Estaba a la sombra de un árbol de campano que estaba muchos metros atrás; sin embargo, por su gran tamaño, su sombra podía llegar a cubrir parte de la iglesia.

El árbol de campano siempre había impresionado a Santi; su padre, en alguna ocasión, le había mencionado que los más grandes podían llegar a medir 60 metros. Aunque el del pueblo no era de ese tamaño, aun así, el niño podía sentarse en sus raíces y su tronco era tan ancho que no podía rodearlo con sus brazos.

Adentrándose en el bosque, Santi podía ver las hermosas flores, era lo que más disfrutaba, ver sus hermosos colores y sus particulares formas. El padre de Santi cultivaba flores y las vendía en la ciudad, de eso vivían. Santi, acostumbrado a ayudar a su padre aprendió a preciarlas. Ocasionalmente se sentía avergonzado por su gusto por ellas, su primo mayor, Marcus, pensaba que era un chico un poco raro por gustarle las flores. Aunque Marcus también cuidaba las plantas, no lo hacía por gusto. El padre de Santi, Hugo, le aconsejaba que lo ignorara, su gusto por las plantas no era algo extraño. Sí no era raro en el padre, no era raro en el hijo.

El niño acostumbraba a caminar por el pequeño bosque, para conocer otras plantas y ver los animales, especialmente le gustaba escuchar a las aves. En otras ocasiones podía encontrar sapos; le gustaba intentar atraparlos, pero su padre lo reprendió, por lo que dejo de hacerlo. Hugo, un padre preocupado, no le gustaba que fuera solo al bosque, pero el niño lo ignoraba porque en el pueblo todo era muy aburrido y monótono; cuando caminaba en el bosque encontraba algo de distracción.

Su vista fue atraída por una flor, su flor favorita: el girasol. Era una planta muy grande, tenía múltiples flores y esta tenía un aspecto un poco salvaje, se notaba que no la habían cuidado. Le gustaba especialmente su color amarillo y el hecho de que se moviera con el sol, por lo que se acercó corriendo a ella. Uno de los girasoles sobrepasaba su altura. Resaltaba en todo este bosque, curiosamente el girasol crecía al pie de un árbol muerto cuya madera ya se estaba pudriendo. Santi noto que la tierra se veía algo removida; supuso que la removieron para plantar el girasol, ya que no recordaba haber visto la flor antes.

Un brillo extraño lo distrajo, era algo al pie de la planta. Se agachó y lo agarró, era un anillo. Era plateado y tenía el diseño de una cruz en el centro, parecía ser de hombre. Intento medírselo, pero no cupo en ninguno de sus dedos.

Santi sonrió feliz en ese momento, a sus ojos había encontrado un tesoro en su pequeña caminata. El brillo del anillo lo encandilaba y su diseño particular le parecía atractivo. Para Santi, un niño que no tiene muchas posesiones, este anillo resultaba un tesoro.


Santi estaba sentado en el banco de madera del pequeño parque, observaba el anillo encontrado con detenimiento. Visitaba el lugar frecuentemente, tenía una pequeña cancha de futbol donde solían hacer partidos en ocasiones. De repente, sintió como alguien le arrebato el anillo de las manos.

—¿Qué tienes aquí enano? —dijo Marcus, mientras observaba el anillo que le había quitado.

—Devuélvemelo Marcus —replico Santi. El chico más grande levantaba las manos para que no lo alcanzara.

Marcus tenía dieciséis años y Santi solo once, por lo que existía una diferencia de altura considerable entre ellos. Santi pensaba que su primo era molesto, a pesar de quererlo mucho. Era divertido pasar tiempo con él y era un chico carismático, Marcus siempre estaba acompañado de su amigo, su sombra. Frecuentemente Santi se sentía como la tercera rueda en la relación.

—¿Dónde encontraste esto Santi? —pregunto Felipe. Era el mejor amigo de Marcus, generalmente era amable y siempre detenía a Marcus cuando se pasaba al molestar a su primito.

—¡Es mío! —respondió el niño posesivo.

—No es tuyo —replico Marcus, con su gran sonrisa que mostraba sus dientes chuecos. Aun así, le devolvió el anillo—. ¿Dónde lo encontraste?

No estaba seguro si decirle la verdad, pero no quería que pensara que era un ladrón. —Me lo encontré en el bosque, pero no se lo digas a nadie, es mi tesoro.

—¿En el bosque...? —Marcus había alzado una ceja, extrañado miro a Felipe.

—Mmm…no se lo muestres a nadie o te lo quitaran Santi —dijo Felipe, con una sonrisa algo incomoda.

—Sí enano, no te descuides o cualquiera podría quitártelo, incluso yo —dijo Marcus sonriendo.

Santi le saco la lengua a su primo como solía hacer, Marcus solo rio ante la mueca infantil del niño.

A pesar de ser amigos eran chicos opuestos, donde Marcus hablaba como loro y era un fresco, su amigo era muy callado, pero amigable. Ambos tenían la misma edad, eran adolescentes larguiruchos sin nada de grasa en el cuerpo. Felipe era un chico muy bonito con su piel blanca, cabello rubio y ojos verdes. Tenía una apariencia muy delicada, sin embargo, recientemente se había rapado el cabello en un intento de obtener una apariencia diferente. Marcus tenía una apariencia más común con su cabello negro y ojos cafés, tenía dientes chuecos, pero eso no lo detenía de reír a carcajadas.

—La televisión no está funcionando y no hay nada que hacer en este pueblo —se quejó Marcus.

—Por lo menos tú tienes a Felipe, yo no tengo con quien jugar —replico Santi enojado, cruzándose de brazos.

Santi y Marcus eran los únicos adolescentes en el pueblo y Santi el único niño, había otros niños, pero eran prácticamente bebes. En temporada escolar podían encontrarse con más jóvenes en la escuela, ya que iban a la escuela en otro pueblo. Pero ahora en vacaciones solo podían hacerse compañía entre ellos.

—Es lo que hay enano —Mirando a su amigo dijo— Oye antes de que llegara yo, ¿Estabas aquí solo como el enano?

—No, había otros niños antes. Pero sus padres se terminaron yendo del pueblo, para conseguir trabajo y eso —respondió Felipe, rascándose las manos.

—¿A qué te refieres? Tu siempre has vivido aquí —dijo Santi.

Marcus sonrió divertido. —No recuerdas eh, yo antes no vivía aquí. Vine aquí cuando tenía tu edad.

—Pero… ¿Por qué yo no me acuerdo de eso? —pregunto el niño con curiosidad. Desde sus recuerdos más lejanos Marcus siempre había estado en su vida.

—Porque eras un bebe llorón nada más tenías 3 o 4 años cuando llegue, no me extraña que no te acuerdes —dijo Marcus riéndose.

—Entonces, no tenías amigos hasta que llego Marcus —pregunto Santi a Felipe, a pesar de que pasaban tiempo juntos no lo conocía mucho. Santi sentía que sus amigos lo alejaban por su edad o que generalmente tenían conversaciones entre ellos que no querían compartir con él.

—Supongo que sí, las cosas eran muy aburridas en esos días —A Santi le pareció que Felipe se veía algo triste.

—Sip, vine a alegrarle la vida a este pobre diablo —dijo Marcus riendo muy fuerte.

—Que gracioso, no será lo contrario —respondió Felipe. Empezaron a bromear y a jugar entre ellos como solían hacer.

Santi miro las manos de Felipe, sus uñas tenían algo de tierra. —¿Cuidabas plantas como Marcus y yo? —pregunto.

—Sí, mi mamá me lo pidió —respondió Felipe sonriendo. Sus manos se veían algo rojas, incluso tenía una vejiga.

—A Marcus ya no le salen vejigas, a mí a veces todavía me salen ¿te duele?

—Eso es porque tu padre me pone a trabajar como burro, ya tengo muchos callos—dijo Marcus riendo— le hará bien, ya no tendrás manos de niña.

—No te preocupes no me duele —respondió Felipe a Santi— Y no tengo manos de niña, zoquete.

Ambos chicos empezaron a bromear y a reír entre ellos como suelen hacer, tenían una relación en la que se puyaban mutuamente.

Marcus y Felipe habían sido mejores amigos desde hace mucho tiempo, por lo que para ellos era normal excluir a Santi de ciertas cosas, no solo por su amistad si no por su edad. Marcus un chico un poco tosco trataba de no quitarle la ingenuidad propia de la infancia a su pequeño primo, por lo que inconscientemente lo excluía de ciertas conversaciones. Santi en su búsqueda de atención se esforzaba para no ser excluido por la pareja de amigos.


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