Prólogo
«Todo puede cambiar en un instante». Había escuchado esa frase muchas veces a lo largo de mi vida, pero nunca me había parado a masticarla, a saborear el significado que esas palabras pueden dejar en la lengua cuando las desmenuzas y las sientes como propias. Esa sensación amarga que acompaña a todos los «y si…» que se desperezan cuando ocurre algo malo y te preguntas si podrías haberlo evitado, porque la diferencia entre pasar de tenerlo todo a no tener nada a veces es tan solo de un segundo. Solo uno. Como entonces, cuando ese coche invadió el carril contrario. O como ahora, cuando ella decidió que no tenía nada por lo que luchar y los trazos negros y grises terminaron por volver a engullir el color que unos meses antes flotaba a mi alrededor… Porque, en ese segundo, ella giró a la derecha. Yo quise seguirla, pero tropecé con una barrera. Y supe que solo podía avanzar hacia la izquierda.