Capítulo 1
Diego — 1 de septiembre de 2010
Si tuviera que decidir en qué momento empezó todo, creo que escogería cuando María Kardos, mi abuela, decidió asesinar a su amante, a su marido y a su hijo de veintitrés años, cambiando de manera irremediable este presente en el que nos encontramos.
La pobre jamás fue consciente de que sus acciones provocarían la caída de una primera pieza de dominó que arrastraría tras ella al resto de generaciones de nuestra familia, hasta abocarnos a este instante. Creo que la palabra que mejor lo define es hado, aunque muchos preferirán nombrarlo como karma, destino o fatalidad.
Ya ves cómo se desarrollan algunas historias. La que comenzó con ella terminará en mí. Un periplo de cerca de cien años concluirá en la nada más absoluta y habrá sido estéril, salvo mi legado. Él permanecerá.
¿Te sorprende mi confesión?
He pensado mucho en ello y no es tan sorprendente si conoces cómo se desarrolló todo. Mi madre me lo contó infinidad de veces, tantas, que llegó a convertirse en un cuento, idéntico a esos que memorizamos de pequeños y luego nos acompañan durante el resto de nuestras vidas. Pero yo no deseaba que mis vivencias se quedaran en un cuento, por eso, después de su muerte, indagué y pude constatar que todo era cierto. Ni un ápice de su relato fue fruto de la invención, lo único que había añadido fue un hilo narrativo adaptado a mi mente infantil de entonces. Una mujer sabia mi madre.
Todo comenzó en un pueblo llamado Nagyrèv, que se encuentra a unos cien kilómetros de Budapest, en la región de Tisza Zug. Sucedió durante lo que conocemos como primera guerra mundial, en un tiempo en que los hombres debieron marchar al frente a defender al Imperio austrohúngaro, dejando a sus mujeres solas.
Eso, que en otros lugares hubiera significado una terrible desgracia, no lo fue para ellas, porque al poco tiempo de andar sin ellos cayeron en la cuenta de algo de lo que jamás habían podido disfrutar: de repente no había padres, hermanos ni maridos que les dijeran qué debían hacer y hacia dónde debían dirigir sus pasos. De un día para otro se vieron con una libertad que no habían conocido jamás en aquel primitivo mundo rural. Al estar solas tuvieron que encargarse de trabajar el campo, cierto, pero también gestionaron por primera vez los beneficios que aquel les proveía. Sin repartirlos con nadie, sin que ningún hombre se los quedara para sí. Su economía, rural y sencilla, dependía solo de ellas.
Y por si esto fuera insuficiente, al poco tiempo y cerca de allí, construyeron unos campamentos de prisioneros que disfrutaban de una relativa libertad. Soldados jóvenes que se acercaban al pueblo y a los que muchas de ellas fueron convirtiendo en amantes.
¿Te das cuenta?, por primera vez en sus vidas eran ellas las que decidían con quién, cuándo y dónde; y si no cumplían sus expectativas, les daban puerta y a por otro.
El paraíso, ¿no crees?, unas mujeres que habían nacido para no ser nada, maltratadas la mayoría de las veces por los padres y después por sus maridos, se veían dueñas de sí mismas. Mujeres a las que se les habían concertado matrimonios, sin posibilidad de divorcio, atadas irremediablemente a aquel que les hubiera tocado en suerte; de repente disponían de trabajo, compañía y dinero sin haber de aguantar un simple golpe.
Pero terminó la guerra. Y lo que para la mayoría de europeos fue una bendición, para las pobres mujeres de Nagyrèv fue la vuelta al infierno. Los hombres que volvían lo hacían mucho peor que antes de partir. Nunca se vuelve entero de una crueldad tan extrema. Hasta los de ánimo más inquebrantable sucumben al horror y, o bien perecen, o terminan mal. Los que regresaban lo hacían ciegos, mutilados y más alcoholizados tras las barbaries vividas en la guerra. Para ellas, aquella era una situación insostenible después de la libertad que habían disfrutado.
He pensado muchas veces en aquellas pobres mujeres, en María Kardos, buscando una solución definitiva, hablando en voz baja de la añorada libertad perdida, de los nuevos golpes, las nuevas humillaciones, del trabajo agotador, para que ellos dilapidaran el dinero en la taberna y devolvieran el favor con insultos y desprecio. Si no has conocido más que el dolor, no dispones de otra situación para contrastar tu vida, pero ellas habían conocido el cielo y volvían a encontrarse en el infierno.
¿No te las imaginas, cuchicheando en los lavaderos mientras lavaban la ropa? Envalentonándose cada vez más con su palabras. Expresando en voz alta sus deseos: «Si yo pudiera le…» mientras golpeaban sábanas como si fueran los cráneos de sus amos. Un día y otro, semana tras semana. Hasta que alguna añadiría un tiempo condicional del verbo «matar» a lo que habían sido puntos suspensivos; y sus rostros comenzarían por expresar sorpresa y algo después interrogación «¿Por qué no?» Se preguntarían, y aquellos zarandeos dados a las sábanas con saña tomarían un significado más metafórico.
Mucha gente piensa que acciones como las que se planteaban esas mujeres se frenan por barreras morales heredadas de la religión o por conceptos éticos básicos de convivencia. No te lo creas, no era eso. Desde nuestras atalayas de bienestar tendemos a creer que el resto de la humanidad vive como nosotros: ni siente ni padece, pero la realidad es otra.
En sociedades rurales y en épocas de extrema dureza era normal el abandono de ancianos, enfermos o discapacitados. Si se dan las condiciones adecuadas, un grupo social hará lo que sea necesario hacer, a pesar incluso de que las decisiones individuales puedan parecer horrendas. Porque existe un bien colectivo que está por encima de todo. Es un mecanismo cerebral que nos guía como especie para perdurar en la lucha por la supervivencia. El animal que somos manda por encima de los aspectos racionales a los que tanto peso damos. Porque a pesar de haber llegado a la luna, de haber escrito el Quijote, compuesto sinfonías; a pesar del David que nos legó Miguel Ángel o las Variaciones Goldberg, el ser humano sigue siendo manejado por un cerebro de un millón de años, una mente primitiva y básica que las más de las veces le convierte en monstruo aun sin saberlo.
Pero no divaguemos, volvamos a nuestra historia. Nuestras protagonistas, entre las que se encontraba mi abuela María, necesitaban una solución completa a ese mal que se había vuelto a instaurar. ¿Cómo hacerlo? ¿Cómo terminar con todo sin que nadie notara nada? Estas eran las preguntas que se hacían. Las entiendo, por fuerza física era prácticamente imposible que ninguna de ellas consiguiera terminar con el animal que tenían en casa. La ley tampoco las hubiera apoyado, si cualquiera de ellas hubiera conseguido acabar con alguno hubiera dado con los huesos en la cárcel. Para colmo eran pobres ¿Cómo debían hacerlo, pues? ¿Cómo crees que consiguieron la solución a sus problemas? Fácil.
En todas partes hay almas caritativas, gente con recursos. En Nagyrèv, ese ángel salvador se llamó Julia Fazekas, la comadrona. Una mujer que había llegado al pueblo unos tres años antes y que se encargaba, además de los partos, de cubrir las necesidades médicas de aquella miserable población. En aquel entorno rural las comadronas eran consideradas mujeres sabias y Julia Fazekas no iba a ser menos. Además se había ganado la confianza de muchas familias solucionando problemas con los hijos no deseados. La buena de la comadrona. Debería haber más mujeres como ella, créeme.
Pues bien, Julia, conocedora de los males que aquejaban a todas esas mujeres que confiaban en ella, dio con la solución —solución que encima les podía reportar una pequeña fuente de ingresos extra y es que, a veces, la solidaridad y el altruismo pueden convivir sutilmente con la economía; ¿Qué crees que hizo? Tomó tiras de papel atrapamoscas, de ese que antiguamente todavía podías ver en algún pueblo, aunque creo que tú, por edad, no habrás llegado a conocerlo. Da lo mismo. La cuestión es que cogía esas tiras y las hervía hasta separar el arsénico que contenían. De ese modo tan económico apareció el producto que terminaría con los males de muchas.
No sé realmente cómo debieron hacerlo todas aquellas mujeres. Por lo que he indagado puedo explicarte, al menos, el orden de asesinatos que siguió María Kardos. El primero fue el amante, un joven que debió pensar que sus atributos masculinos eran suficiente capital como para someter a una mujer como mi abuela. El pobre solo pudo golpear una vez, al poco tiempo se estaba pudriendo bajo tierra. El siguiente fue mi abuelo, al igual que los demás volvió con más sed de alcohol de la debida y con un alma sádica mejor aprendida. A pesar de la infinita paciencia de María se lo puso tan fácil que tuvo que hacerlo. De mi tío abuelo no sé nada, todo lo más, puedo imaginar que acabaría con la mosca tras la orejacon la muerte tan repentina de su padre y la cantidad de óbitos que se producía a su alrededor, aunque la otra opción, tal vez la más fiable, fuera que al verse como el cabeza de familia pretendiera propasarse con mi madre o comenzara a repartir los golpes que entendía como su legado. Sea como fuere terminó como los otros, con sus huesos bajo tierra. Imagino que mi madre se salvó por ser mujer y porque María había tenido tantos partos malogrados hasta que llegó ella que la sintió un regalo del cielo al que no podía destruir. Y fin, esa es la historia total y completa de la actuación de mi abuela en los crímenes. Imagino que no debió diferir demasiado con las del resto de asesinas. En general somos más previsibles de lo que nos pensamos.
Igual te estás preguntando por qué motivo te estoy contando todo esto. Tienes razón, dudo mucho que tu curiosidad en lo relativo a mi pasado sea la misma que la mía, pero me apetece hablar de ello. Es porque considero que esta parte de la historia es interesante, y sería necesario que no se perdiera, aunque ambos sabemos que al final se perderá. Da lo mismo.
A Julia la ayudaba una de sus auxiliares, «tía Susi» la llamaban, era la encargada de acabar de convencer a las indecisas de la bondad de su líquido y de la distribución del mismo. Con esa red tan sencilla las mujeres compraban el arsénico, lo utilizaban y eliminaban de raíz problemas que, de otro modo, hubieran ido degenerando hasta lo insoportable.
Cómo he admirado siempre a esa comadrona, una mujer de escasa cultura y parcos medios que montó un negocio tan simple, útil y necesario. Piensa que por tener, incluso tenía organizadas las coartadas. Parece ser que cuando a algún funcionario se le ponía la mosca tras la oreja al ver aquella cantidad de óbitos, Julia tenía un primo que se encargaba de presentar los certificados de defunción. Un maravilla. Limpiar el pueblo de padres ancianos que ya no servían para nada, maridos mutilados y alcohólicos, hijos sobrantes.
Pero ya te imaginarás que, al igual que el resto de las acciones humanas, esta también adoleció de defectos, al menos tuvo uno. Por lo que sé, llegó una carta anónima al editor de un periódico local en que se acusaba a las mujeres de acabar con los familiares mediante envenenamiento. Ya ves, las buenas almas pensarán que aquel ser anónimo era una criatura con moral cristiana y deseosa de terminar con tamaña ignominia. ¡Bah! No te lo creas. Lo más probable es que aquella nota la escribiera alguien llevado por la envidia o por la venganza, las fuerzas más poderosas que mueven a la humanidad junto con el miedo.
Como podrás figurarte, las altas autoridades, ahora sí, tomaron cartas en el asunto. Se presentaron en el pueblo, exhumaron los cadáveres y los forenses confirmaron las altas dosis de arsénico que había en los cuerpos.
Y como supondrás, las pesquisas llevaron a la policía a detener a Julia Fazekas. Pero ella se mantuvo firme y negó una y otra vez los cargos de los que era acusada. Por fin las autoridades decidieron dejarla en libertad aunque siguieron sus movimientos. Fue en ese punto cuando se vio la ignorancia y la inocencia de aquella criatura ¿Qué piensas que hizo? Lo previsible, se fue casa por casa a alertar a los ocupantes del interrogatorio al que había sido sometida y a decirles que cerraba el suministro de arsénico para todo el mundo. Hay que ser estúpida, pobre mujer, se puso en evidencia y encima señaló a cada una de sus clientes. Como habrás deducido, a partir de ese momento comenzaron las detenciones. Treinta y siete se hicieron. De esas hubo al menos veinte que fueron a juicio, entre ellas mi abuela, María Kardos. De las confesiones que se hicieron las hubo incluso hasta divertidas. Hubo una que reconoció que había terminado con su esposo porque era «aburrido» ¿Te lo puedes creer? Otra mató a su marido, ciego de guerra, porque se quejaba de que traía demasiados amantes a casa; como si eso fuera un acto censurable dado su estado. La que más gente eliminó creo que fueron cuatro, y mi abuela, que como ya te dije hace un rato eliminó a tres.
Ante ese panorama y viendo la posibilidad de ser condenada a muerte, cosa que sucedería más tarde, decidió entregar a su única hija, María, mi madre, a una pareja que iba a emigrar a América huyendo de la miseria de la guerra. Cuando partió en el barco con sus nuevos padres en dirección a Buenos Aires, a mi madre le faltaban dos meses para cumplir diez años y apenas un mes para la primavera de 1930. Había vivido su infancia en medio de un infierno y sus marcas, invisibles a los ojos de todos, determinarían mi futuro.
Ahora descansa.
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