La familia Longhes
La ciudad estaba de festejando, Umbraeth era una de las 3 ciudades más grandes a las afueras del continente mágico, los orcos del imperio Krill fueron expulsados por una fuerza militar que nació en aquel continente mágico, humanos que no son humanos, tienen habilidades sobrehumanas, los Guardianes Elementales.
Desde una ventana de una mansión ubicada en un campo alejado, de paredes de madera de roble oscuro, un niño de ojos rojos y pelo rubio observaba a los Guardianes avanzar, la guerra entre la humanidad y el imperio krill avanzaba por todo el mundo.
—¡¡Rubrum!! ¡¡Ya está el almuerzo!! —Grito una mujer de la planta baja
El niño se giró ante el grito de aquella mujer y grito.
—¡¡Ahora voy, mama!!
Luego se alejó de la ventana, su ropa era algo elegante y de gala. En el pasillo se frenó frente a una pintura, la pintura familia, en el borde del marco había un escrito “Familia Longhes”, en la pintura estaba el, serio con las manos detrás de la espalda, cerca del asiento donde su padre, Ricardo Longhes, su pelo y ojos eran idénticos a los de él, rubio de ojos rojos, al lado de Rubrum una mujer apoyaba su mano en su hombro, tenía una sonrisa cálida y maternal, era su madre, María Vandesar.
—¡¡Rubrum!! —Esta vez era la voz de un hombre, su padre, era algo grave.
Rubrum bajo corriendo los escalones y llego a paso rápido a la cocina donde ambos padres lo esperaban en la mesa, Ricardo ya estaba comiendo y le señalo su asiento con amabilidad, Rubrum se sentó, y una duda vino a su mente.
—Son… ¿Héroes? —La pregunta confundió a ambos adultos.
—¿Los Guardianes? —Pregunto Ricardo y Rubrum asintió levemente.
—Si, Rubrum. Ellos son los que protegen nuestro mundo del mal, lo alejan —Hizo una pausa con un suspiro — Lo exterminan… para que la gente duerma en paz. —Termino con una sonrisa cálida.
Rubrum bajo la mirada. Algo dentro de él se removió, algo que no sabía nombrar. Tal vez un miedo más profundo, no hacia los monstruos del imperio Krill… sino hacia esos supuestos héroes que lucían más inhumanos que los orcos mismos.
Su familia era estable, unida, amable, amorosa. Lo sabía. Podía verlo en cada gesto, en cada palabra, en el calor que reinaba en esa casa pese a lo oscura que lucía por fuera.
Mientras sus padres hablaban animadamente sobre los avances de los Guardianes al valle del sur, Rubrum, sin saber por qué, volteo hacia la ventana. No había escuchado un sonido, no había visto un movimiento. Fue algo más instintivo. Como si algo lo llamara desde la distancia.
Y ahí, entre la hierba alta que bailaba con el viento, justo en el límite donde comenzaba los campos abiertos… estaba él. Un hombre elegante, erguido con una quietud antinatural. Vestía un traje negro de gala, aristocrático, con un sombrero de copa que proyectaba una sombra sobre su rostro. En una mano, sostenía con delicadeza un bastón de plata, tan pulido que reflejaba el tenue sol del mediodía como un espejismo.
Pero lo que más le helo la sangre. Fue que, donde debería haber un rostro, había una sonrisa, y dos ojos rojos que brillaban como brasas, el resto del rostro estaba borroso para su vista, le pareció inexplicable. Era como si el mundo rechazara describirlo. Como si la realidad misma no quisiera recordar su forma.
—Rubrum, ¿Quieres más pan? —La voz de María lo llamo desde el otro lado de la mesa con calidez.
Rubrum giro el rostro hacia ella, tardando un segundo en responder.
—No, gracias…
Y cuando volvió a mirar por la ventana. El hombre ya no estaba. La hierba seguía moviéndose. La brisa continuaba. El cielo era el mismo, pero el espacio que había ocupado seguía… raro. Como si el aire allí pesara más. Como si algo invisible hubiera dejado una huella.