_-1-_ Vías y Barrotes
Parte 1. Vías y Barrotes.
No recuerdo el número de veces
que mi piel ha sido cortada
y mis huesos destrozados.
No ubico el momento exacto
en el que mis alas fueron arrancadas
y mis sueños descartados.
He olvidado donde mi esperanza fue a concluir
y ahora solo estoy esperando a morir.
-T. W.
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El suelo retumbaba con fuerza bajo él.
Sabía que en algún momento de la noche un extraño olor en el aire, una mezcla entre humo y algo empalagosamente dulce y artificial, como si se estuviera quemando algún tipo de golosina, lo había despertado durante unos segundos. Recordaba que eso le extrañó en exceso porque rara vez tenían el lujo de recibir dulces en el orfanato así que era improbable que alguien se atreviera a prenderles fuego adrede solo para desatar el caos, no cuando había otras formas mucho mejores de provocarlo, formas menos tendentes a enemistarte con todos los ocupantes de aquel lugar. Así que lo que más le desconcertó del asunto era no haber ido de inmediato a investigar que estaba pasando, en su lugar se debía haber vuelto a dormir porque eso era lo último que recordaba antes de que la vibración del suelo debajo de él lo que lo hubiera vuelto bruscamente de vuelta a la vigilia.
Lo siguiente de lo que fue consciente es que estaba tirado sobre una superficie demasiado dura e irregular como para ser el viejo colchón lleno de bultos de su litera, le costó mover los dedos de su mano izquierda, y aunque no sabía que pretendía alcanzar; sin duda no era gravilla, luego madera y un poco más allá, tras subir arduamente el brazo unos centímetros, duro metal. Era una viga, una donde se recostaba su cabeza, y debía ser otra la que se estaba clavando sin piedad alguna en su cadera. Le llevó unos segundos de puro desconcierto reconocer que estaba tirado sobre lo que parecían ser unas vías de tren, el cómo había llegado ahí luego de irse a dormir en su cama, en una habitación sobrepoblada, era todo un misterio que no se sentía capaz de resolver.
Cuando toda esa escasa información se registró apropiadamente en su cerebro, su siguiente respiración se atascó en sus pulmones por unos segundos, porque el suelo seguía vibrando y el estaba sobre unas vías, por consiguiente entendió que eso implicaba que un tren se acercaba y acabaría siendo arrollado si no se quitaba de en medio con rapidez, pero su cuerpo se negaba a responder a sus deseos. Pese a que su más básico instinto de supervivencia le gritaba que se moviera, ni si quiera era capaz de abrir sus pesados parpados para ver que tan lejos estaba la muerte por llegar. No le quedó otra que despedirse de sus miserables y breves diecisiete años de vida mientras escuchaba el tren aproximándose. Sintió más rabia que miedo de que todo fuera a acabar así antes de haber si quiera empezado apropiadamente. Pero nada llegó, no la muerte, no el tren, en cambio el ruido se fue desvaneciendo junto al retumbar del suelo.
Después de que su corazón se calmara un poco tras creer que su trabajo final era crear una sinfonía de latidos descontrolados a modo de gran despedida de esta vida, logró registrar el resto de los sonidos que le rodeaban, ruidos menos urgentes, pero probablemente igual de preocupantes, eran una cacofonía de quejidos y sollozos acompañados de un ocasional grito a la lejanía, quizás lo más extraño es que nadie hablaba. Nadie exigía saber qué demonios estaba pasando o pedía ayuda; Dean sin duda tenía ganas de rogar por ella.
No le quedó otra que yacer allí, oyendo, mientras fue recuperando poco a poco el control de cada parte de su cuerpo, al igual que el de su cerebro, el cual parecía también funcionar demasiado lento, como si cada pensamiento y procesamiento de información fuera nadando entre viscoso aceite, quizás era por eso por lo que no estaba ya en medio de un apoteósico ataque de pánico, lo que en realidad no era para nada tranquilizante, porque la situación ameritaba altas dosis de histeria.
Cuando sus parpados se despegaron al fin, agradeció la pobre iluminación del lugar por ahorrarle el quemarse las retinas, así, comprobó que efectivamente estaba tirado sobre vías de tren, pero lo más descabellado de todo no era eso, si no los barrotes, tantos de ellos, frente a él, sobre él, separándolo del otro cuerpo tembloroso que había tirado delante de él. Jaulas, eso formaban, y parecía haber una cadena de ellas allá hasta donde alcanzaba a ver, con más cuerpos que apenas lograba vislumbrar en distinta posición fetal, todas del mismo metal medio oxidado, así hasta desaparecer en la boca de un túnel metros más adelante, apostaba que lo mismo podría verse a sus espaldas.
Se arrastró lentamente todo lo que los barrotes le permitieron hasta la persona frente a él, y si el ruido de la gravilla moviéndose le alertó de su penoso acercamiento, no dio señales de ello. La figura se dedicó a continuar temblando, sollozando, sin apenas emitir ruido.
—¡Ey! —llamó en voz bajita, sin atreverse a perturbar demasiado el silencio, si todo el mundo estaba tan callado debía ser por algo y no quería descubrir el motivo a las malas, era mejor actuar con precaución. Se había dedicado toda su vida a vivir llamando lo mínimo la atención para no atraer los problemas que esta acarreaba, y eso no iba a cambiar ahora.
La persona lo ignoró así que volvió a tratar de llamar su atención subiendo el volumen un poco.
—¡Cállate! —siseó una voz femenina con urgencia, su cuerpo se tensó, congelándose, sin si quiera moverse ni un milímetro para darle la cara.
—¿Sabes dónde estamos? ¿Como hemos llegado aquí? ¿O qué hacemos aquí? —inquirió de forma atropellada igualmente, porque necesitaba saber, lo que sea.
—¿Quieres que nos maten?
—No, pero…
—Silencio, lo descubrirás pronto, ahora cállate si sabes lo que te conviene —fueron sus palabras susurradas, pánico enlazado en cada una de ellas.
Aquellas palabras, aquella advertencia, resonaron en lo más profundo de Dean. Él sabía lo que era callar, lo que era silenciarse en cada forma humana posible, de ocupar el mínimo espacio posible porque jamás le pertenecía de verdad. Dean había aprendido pronto que la gente no quería que la contradijesen, mucho menos oír la verdad si esta no les iba a gustar, que era mejor agachar la cabeza porque mantenerla en alto dolía demasiado como para que mereciera la pena el fuerzo y su escasa recompensa.
Así que Dean solo pudo intentar encontrar la posición mas cómoda posible para tumbarse en su pequeña jaula sobre unas vías de tren. Fue durante sus vanos intentos de encontrar confort que descubrió la pulsera metálica en su muñeca derecha; casi bufó cuando reconoció lo que era, entendía por qué la llevaba, pero era un desperdicio en él. Porque Dean no tenía habilidad alguna, ningún poder escondido bajo su manga, a estas alturas sospechaba que jamás los manifestaría simplemente porque no existían, era raro, pero no imposible, y ¿qué iban a saber sus secuestradores? Porque eso eran, el olor extraño debía haber sido algún tipo de droga, una cuyos efectos había dejado a su cuerpo cansado y adolorido, aunque eso último sospechaba que podía ser por un mal trato que había recibido en el proceso de ser traído hasta este lugar.
No podía creer que la primera noche que pasaba de vuelta en el orfanato tras dos años fuera de él le hubieran secuestrado, ¡de su propia cama! ¿Era el único al que se habían llevado? Pensó que eso era improbable, nadie entraba en un orfanato a secuestrar a una sola persona, una que no era el objetivo más fácil, sin duda allí había gente mucho mas sencilla de arrastrar de sus camas por la noche que él, más pequeñas y menos pesadas. Pero quizás alguien como él era justo lo que buscaban, entre su estatus de no deseado y sin poderes para ayudarlo a escapar o defenderse, la pulsera podía ser solo un exceso de precaución, no se sabía nunca cuando estos podían mostrarse.
Debía de tener en cuenta también que la chica con la que había intercambiado breves palabras parecía ser de su edad así que quizás buscaban víctimas algo más mayores, adolescentes, todo era posible, existían todo tipo de monstruos con una variada clase de deseos retorcidos. El mundo estaba lleno de ellos, de malas personas, desde las que te devuelven al orfanato, tras asegurarte de que eres como un hijo para ellos, pues han encontrado un sustituto mejor, o las más monstruosas aun, aquellas que parecen sacada de la ficción, las que montan mazmorras en una estación de tren abandonada y las llenan de adolescentes.
Dean no supo cuánto tiempo pasó allí tirado, tratando de mantener su respiración y corazón funcionando a un ritmo estable. No derramó una sola lágrima, ¿cómo podía hacerlo cuando las había gastado todas en los últimos dos días? Y aunque se había dicho que estas eran de rabia, sabía que no era así. Una parte de él siempre los echaría de menos, y por tanto los odiaría eternamente por ello, por haberle mostrado lo que podía ser y luego habérselo arrebatado.
Alzó la cabeza cuando escuchó pasos resonar por la cavernosa estancia, segundos más tarde apareció un hombre robusto con brazos tan gruesos como sus propias piernas, que fue abriendo una a una las puertas de las celdas, sacando a un puñado de chicos y chicas por igual de su interior hasta que se detuvo frente a la suya.
No protestó mientras se arrastraba hacia la abertura, cada musculo de su cuerpo quejándose en el proceso. Debió ir demasiado lento porque el hombre le agarro del hombro de su pijama, y lo sacó de un solo tirón, haciendo que se golpeara la rodilla contra el borde del andén. No emitió mas que un quejido ahogado, y observó con pasividad como el enganche que tenía su pulsera servía su propósito de apresarlo a la larga cadena cuyo extremo el hombre sujetaba. Así, se unió al desfile de chicos, todos con las mismas pulseras que él y con ropa variada, la mayoría pijamas o ropa desgatada, justos como la que llevaba él, que casi seguro cumplían dicha función. Dean conocía a casi todos ellos del orfanato, no le sorprendería que todos y cada uno de ellos lo fueran, al fin y al cabo ayer no le había dado tiempo de conocer a todos los que habían llegado, y permanecido, mientras él jugaba a la familias durante dos años.
En un breve paseo los llevaron hasta lo que solía ser baño de la estación de tren en desuso, los amontonó a todos en el interior y por unos segundos todos se miraron con cara de terror e incertidumbre hasta que el hombre al que iba a apodar Oso por su similitud con uno, golpeó con fuerza en la puerta.
—Haced uso de ellos mientras podáis, un solo paso en falso y os electrocuto a todos hasta dejaros medio hechos.
No hizo falta más que eso para que se amontonaran como pudieron, pues aún estaban unidos por cadenas, para entrar en los cubículos. Hasta entonces Dean no había sido capaz de oler nada en especial, sospechó que era porque su sentido del olfato también se había visto afectado. Este había elegido el peor momento para volver, porque el olor a agua estancada y desechos humanos era tan intenso que sus ojos lagrimearon mientras esperaba su turno. Cuando salió del cubículo con unas intensas ganas de vomitar, vio como Oso estaba pintando números en las camisetas de todos los presentes con un bote de espray de pintura, que debía de haber salido de uno de los numerosos bolsillos de sus pantalones de estilo militar. En la suya puso un cuarenta y ocho.
Subieron una escaleras ruinosas con basura acumulada por las esquinas de uno en uno, conforme iban ascendiendo el ruido de una desconocida multitud los fue envolviendo hasta que fue todo lo que pudo oír cuando las puertas dobles se abrieron.
Una enorme estancia los aguardaba, coronada en una enorme cúpula que había visto días mejores, un trozo de esta faltaba, y no estaba claro si era intencional o no, pues junto a numerosas antorchas, servía para iluminar el circulo que había bajo esta, el único sitio completamente despejado del lugar, pues alrededor de este, la gente se congregaba llenando cada espacio libre.
—¡Bienvenidos otra noche más al Domo! —gritó una voz desde alguna parte que Dean no supo reconocer, la multitud exclamó con mayor vigorosidad —¿Preparados para conocer a los primeros luchadores de esta noche?
Con eso el caos se desató allí afuera, y también dentro de él.fuera y también dentro de él.