Azufre
AZUFRE
Autor: Carlos Trujillo Morales
Esta amiga, la médium, y Anselmo Vázquez, el compañero de estudios superiores que me refirió esta historia, se conocieron una noche allá por los primeros días de diciembre de 2017. El amigo en común de ambos, lo había llevado hasta la casa de la misma, debido a que aquél quería reunir gente de distintas denominaciones religiosas en la sala de su inmueble. Esa noche en la que ambos habían llegado juntos por primera vez a su puerta, ella, en el momento en que pensaban que no había nadie, casualmente doblaba la esquina de su propia morada y al verlos ahí parados les preguntó ¿Qué quieren ustedes? Esta mujer, de unos cuarenta y tres años, era practicante del espiritismo y consultante de la baraja española, aunque de la manera sincrética e inexacta con la que se practica esta creencia en Cuba. Los invitó a entrar y les indicó que tomaran asiento en la terraza. Ni siquiera un poco de agua quiso brindarles. Al cabo de un rato accedió a la invitación de Anselmo. Y según lo acordado estuvo a la hora estipulada en la casa de éste para dicha reunión de religiosos. Ella tenía un lunar tatuado en la frente y de inmediato les aclaró a todos que no tenía nada que ver con el hinduismo y que su dedicación era atender a los difuntos y santos a quienes estaban dedicados sus vasos espirituales.
Según pasaban los años la relación amistosa entre Anselmo y esta muchacha se intensificaba cada vez más. Anselmo incluso, cuando le agarraba la noche en casa de ella, entre charlas, copas, cigarros y refrigerios, se quedaba a dormir. Si era una noche en la que no llovía, se acostaba a instancias suyas en alguno de los dormitorios, y si había lluvia, precisamente por la presencia de goteras a lo largo y ancho del recinto, era conducido a la cama que había junto a la bóveda. Ella también de vez en cuando lo visitaba a él.
En una ocasión la espiritista tuvo que acoger a la madre que no la crio y que tampoco la mantuvo. Una señora mayor a quien la hija, en el corto tiempo que vivió entre esas cuatro paredes, le había prohibido beber. Aunque la joven vendía ron y aguardiente por la ventana de la casa, como también cigarros y tabacos. Al buen Anselmo la mamá de su amiga le contó en dos ocasiones, que había visto niños corretear por el patio, atraídos por los juguetes que allí colgaba su hija, ya que la pobre no había tenido ninguno en su infancia. Y se los había descrito vestidos como los hijos de los pobres en el siglo diecinueve. Anselmo consultó esas visiones con su amiga, y ella le respondió que todo lo que tenía su madre era producto al síndrome de abstinencia. Por aquellos días en que mi colega las visitaba, me contó que en aquella sala últimamente había olor a azufre, un tufillo intenso que ni por un segundo se aplacaba. A lo que la anfitriona le contestó que eso era su mamá que tenía una enfermedad en la piel, debido a algún virus que adquirió en alguno de sus hogares provisionales, donde pernoctaba cualquier clase de personas. La progenitora no la ayudaba en ninguno de los quehaceres hogareños ni en los mandados ni en las ventas. Y así estuvo la viejuca, sin hacer más nada que mirar a todo el que llegaba, cuando no le daba un poco de conversación con más de dos intenciones, o mirando el techo acurrucada en su sillón, hasta que la joven, después de darle unos cuantos gritos, decidió echarla. Un par de días más tarde, todavía permanecía la peste sulfurosa ante el olfato de Anselmo; era como si la anciana nunca se hubiera largado.
Anselmo dejó de visitar por un par de meses a su amiga. Al cabo de ese tiempo ella se apareció en su casa. Fue una tarde bastante amena, en la que él mismo le sirvió café y también refresco, mientras charlaban animadamente, completamente olvidados de la madre de la espiritista. No bien habían pasado dos horas de que esta mujer se despidiera, apareció el olor en la cocina, donde la visitante había permanecido más tiempo. Anselmo nunca más la volvió a ver. La última vez que hablaron fue por el teléfono fijo. Otro amigo en común al encontrárselo en la calle, sin demora le dijo la última novedad acerca de la médium, "nuestra amiga se nos murió hace quince días, de cáncer en los pulmones"; una mujer que apenas tenía cuarenta y cinco años y que como toda vendedora de tabaco jamás en su vida fumó.