Que Todos Lo Sepan by Valdemirt at Inkitt
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Que todos lo sepan

Summary

Las cicatrices de Satoru no eran meros recuerdos de una batalla infernal, eran su modo de decir “estoy contigo en esto, Yūji” y, también, eran una forma de pedirle perdón.

Genre
Romance
Author
Valdemirt
Status
Complete
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
16+

Capítulo único

[Después del cap 236 del manga]


Cuando la pelea contra Sukuna se dio por finalizada, el grito victorioso y emocionado de Kasumi Miwa fue lo primero que rompió el mutismo, seguido por el de Yūta Okkotsu y Ieiri Shōko. El resto de los presentes se unieron apenas sus mentes asimilaron el hecho de que la pesadilla había terminado.

Gojō Satoru no tuvo necesidad de moverse, todos acudieron a él a paso apresurado; a trote suave los más allegados. Así como palmearon su espalda el día que fue liberado de la prisión confinadora, ocurrió ahora que Sukuna había sido aniquilado.

No obstante, el rostro que Satoru más anhelaba ver, no se encontraba entre la multitud.

La sonrisa se le borró, no por completo, al divisar a Yūji atrás de todos los que se congregaban. El chico no parecía compartir el júbilo del resto. ¿Por qué? No podía deberse a la falta de Sukuna, desde luego, quizá… ¿Megumi?

Ese simple pensamiento molestó a Satoru, aunque logró enterrarlo en el fondo de su alma para más después, pues sin duda sería un asunto a tratar tarde o temprano.

—Yūji —llamó al muchacho, con una ligera confusión que casi se le antojó como pregunta.

Yūji avanzó, los ojos perdidos en la persona que tenía delante, el resto le abrió el paso. Negó con un débil movimiento al percatarse de la cantidad de cicatrices que cubrían a su profesor de pies a cabeza. Claro que se encontraba feliz por la victoria, sin embargo, el corazón se le estrujaba con cada surco que se aferraba a la piel de Satoru, sin el menor atisbo de reparación.

—Yū…

—Sensei —interrumpió, acortando la distancia restante, para terminar aferrado con desesperación al torso de su profesor.

—Vamos, vamos, ¿por qué esa reacción? —Satoru respondió al instante, rodeando el cuerpo del chico con un brazo, sosteniendo la cabeza contra su pecho con la mano libre—. Te dije que ganaría, ¿no es así? ¿Acaso…? —el fingido y bien conocido dramatismo en su voz no tardó en aflorar para aligerar el ambiente—. ¡¿Acaso dudaste de mí?! ¡¿De verdad?! ¡¿De tu profesor favorito, maravilloso y superfuerte?! Te estás ganando materias reprobadas.

Sin separarse, Yūji levantó el rostro con un conjunto de movimientos casi robóticos. Al toparse con aquellos ojos azules que tanto solían relajarlo, frunció el entrecejo antes de hablar.

—¡Estaba tratando de tener un momento aquí, ¿sabe?! Lo arruinó. —Casi le gruñe.

Satoru rió, esa era la idea. Si había algo que lo destrozaba, no sólo de forma mental, sino a cada una de sus células, eso era ver a Yūji devastado. No lo podía tolerar.

—Sensei.

—¿Hm?

—Sus cicatrices…

—Mis admirables marcas de guerra —corrigió—. Son algo para que los peces gordos tengan de qué hablar en cada reunión; no sabes lo molesto que es escucharlos decir: “el Seis Ojos esto”, “el Seis Ojos aquello”, espero que con esto me den un apodo nuevo.

No obstante, la razón real de sus cicatrices tenía que ver con Yūji. Nada le costaba utilizar el ritual inverso para dejar su piel como nueva tras los cortes de Sukuna, después de todo, de su pelea contra Toji −y otras tantas− no había secuelas visibles.

Cada que miraba el corte entre los ojos de Yūji y la marca de la piel regenerada en la boca: se sentía un inútil, un desastre, un pésimo profesor y un hombre que, por altanería y descuido, dejó a su chico a merced de quién-sabe-cuántas tragedias y pesares.

Las cicatrices de Satoru no eran meros recuerdos de una batalla infernal, eran su modo de decir “estoy contigo en esto, Yūji” y, también, eran una forma de pedirle perdón.

—Oh, ya sé. —El semblante de Yūji cambió, su expresión atribulada, al borde del desconsuelo, fue reemplazada por una de calma—. Tal vez Ieiri-sensei pueda…

—Yūji —repitió Satoru, una voz más severa de la que era común escuchar en él se hizo presente—. No es relevante.

Lejos de su apariencia personal, había una cosa que tenía mayor importancia y Satoru aprovecharía la cantidad de testigos presentes para que aquello corriera con una violenta explosión, cual pólvora encendida.

Tomó el rostro de Yūji con ambas manos y selló sus labios contra los ajenos. Fue un contacto firme, no por eso carente de suavidad o afecto.

Yūji le sostuvo las muñecas, aunque no hizo nada por apartarlo. Los murmullos sorprendidos de los espectadores no tardaron en oírse. Satoru sonrió al escuchar la reacción y a los pocos segundos volvió a concentrarse en su chico, su alumno, su pareja.

Ellos acordaron estar en una relación poco después de que Yūji abandonara el sótano de entrenamiento y fue el propio Satoru quien le pidió mantenerlo en secreto para evitar toda clase de problemas. Por culpa de eso, muchos momentos que Satoru pudo vivir junto a su amado fueron desaprovechados.

Fue en plena pelea contra Sukuna, la adrenalina del momento y la muerte respirándole en la nuca, que Satoru llegó a la resolución de lo estúpido que había sido ese acuerdo de silencio.

Satoru dejó en claro cientos de veces que un hechicero podía perder la vida en cualquier segundo, por lo que sus estudiantes debían aprender a vivir sin arrepentimientos y, en su última pelea, Satoru tuvo un arrepentimiento: no haber disfrutado, ni dejado disfrutar a Yūji −su magnífico novio adolescente− de que cada día se enorgullecía más de él y que por él pondría de cabeza al mundo entero.

—Sensei —pronunció Yūji, apenas para que ellos pudieran escucharse—, ¿qué está…?

—Deja que sepan. Que todos lo sepan.

Satoru se humedeció los labios con la lengua, antes de retomar el beso que, esta vez, profundizaría.

En completa complicidad, Yūji le soltó las muñecas y se apresuró a pasarle las manos por el cuello, elevándose sobre la punta de sus pies, para retomar cuanto antes esa simple y tierna acción que moría de ganas por hacer desde que su pareja salió de la prisión confinadora, buscando recuperar el tiempo perdido, las caricias anheladas, los suspiros faltantes.

—¡Seis Ojos! ¡¿Qué crees que haces con mi pequeño hermanito?! —exclamó Chōsō, siendo apenas contenido por Shōko en su lugar.

—Ah… E-e-esto… Si todos lo estamos viendo, esto no es ilegal, ¿cierto? —Miwa pensó en voz alta, celular en mano, dudando sobre si debía (o no) hacer una fotografía. ¡¿Qué tal que la demandaban?! ¡¿De dónde sacaría el dinero para el abogado?!

—No pareces sorprendido —recriminó Maki, observando cómo Yūta no lucía desconcertado con la situación.

Yūta se limitó a proferir una risa tranquila, de complicidad. Cuando Satoru le pidió que cuidara de Yūji si algo le ocurría, le hizo saber que tenía una relación con él.

Higuruma se encontraba sumergido en un debate interno sobre dónde terminaba la impunidad del héroe y hasta qué punto esa escena contaba como delito.

Satoru estaba acostumbrado a que hablaran de él a sus espaldas; Yūji también, ser el recipiente de Sukuna no había sido fácil. ¿Qué más daba un nuevo rumor?

Para Satoru, en ese mundo maldito reinado por el caos, amar a un chico trece años más joven que él era el menor de los delitos; por mucho, era el menos grave.

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