1. Promesas en el umbral
Odiaba levantarme temprano, no solo por la flojera, sino porque tenía que ir a la escuela a ver a un montón de idiotas que no soportaba, mientras aguantaba horas y horas de clase con algún profesor regañandome por estar distraído.
Decidí que ese día no iría. Algo me inventaría para quedarme en casa. Pero entonces, el peculiar aroma de los tradicionales waffles de mi papá inundó mi habitación. Con solo olerlos, casi podía saborearlos: la mantequilla derretida y las chispas de chocolate hacían que se me hiciera agua la boca, y mi estómago comenzó a gruñir.
No tardé ni un segundo en levantarme de la cama y ponerme el uniforme. Mientras me abrochaba el cinturón, me dirigí a la puerta, pero al salir, sentí una mirada que me atravesaba la cabeza. Me volví y vi a mi hermana, Mel, observándome con hostilidad. Seguramente no quería que llegara primero y me acabara los waffles como siempre, pero su mirada no me detuvo; así que me dirigí a la cocina.
—Si das un paso más, le diré a papá que has estado copiando la tarea de Sol todo este año—. La miré incrédulo. ¿De verdad me iba a traicionar así solo por unos waffles?
—Hablo en serio, Fran—.
Comprendí que no bromeaba, así que me quedé quieto como una estatua mientras ella pasaba a mi lado con aire triunfal. Pero lo que no sabía era que esto no iba a quedarse así.
—Por lo menos déjame un solo waffle—. Rogué dramáticamente, imitando lo que había visto en las novelas de mi abuela.
Mel solo bufó sin dignarse a mirarme.
—¿Y tú cuándo me has dejado un solo waffle?
No supe qué responder porque tenía razón, así que saqué mi arma secreta y me puse de rodillas.
—¡Melanie Luna Caballero, no lo hagas, por favor!
Mel me miró de nuevo y murmuró entre dientes: “Tengo que alejarme de este loco”. Antes de que pudiera reaccionar, nuestro padre apareció en el pasillo con el ceño fruncido, luciendo su delantal de “la mejor mamá“.
—Ya no voy a esperarlos más, si no…—. Se quedó callado al verme de rodillas y a Mel con ganas de huir. Su ceño se suavizó.
—¿Qué… qué está pasando aquí?—. Preguntó mirando a Mel, quien probablemente podría dar una respuesta inteligente.
—Se cree actor de telenovela otra vez—. Dijo irritada.
Papá intentó contener la risa.
—Ya tienes que dejar de ver telenovelas, Fran. Mi peor pesadilla sería verte en “La Rosa de Guadalupe”—. Mel rió ante el comentario y yo me crucé de brazos, indignado.
—Ya, no lo decía en serio—. Dijo mi padre levantándome del suelo—. Pero si quieres ser actor, vas a tener que esforzarte—. Me molestó un poco lo que dijo, pero en lugar de concentrarme en eso, me di cuenta de que Mel ya no estaba con nosotros.
—¡NO!—. Grité, corriendo hacia la cocina. Al llegar, busqué el plato con los waffles. Mi padre había separado los waffles de cada uno en un plato, así que me senté de prisa y cubrí mi plato para que Mel no agarrara ninguno.
—Un segundo más y hubieras tenido que decirle adiós a tus waffles y hola a uno de los omelets feos de papá—. Dijo ella con aires de superioridad, concentrándose en su plato como si lo que había dicho no fuera una ofensa para nuestro padre y una amenaza para mí.
—Mel, escuche lo que dijiste—. Dijo papá, sirviendo su omelet, que estaba básicamente quemado y que terminó tirando al bote—. Supongo que voy a desayunar afuera—. Añadió, abatido, sirviéndose una taza de café y sentándose con nosotros.
Recuerdo bien que su rostro volvió a tener ese gesto serio que tenía antes de presenciar mi dramatismo. Me tensé un poco, sentía un pequeño vacío en el estómago y dejé de comer. Mi padre me miró y esbozó una sonrisa a medias.
—¿Está todo bien, papá?—. Pregunté, incapaz de soportar la duda.
—¿Recuerdas el trabajo como conductor que me ofrecieron los señores Olivo?—. Asentí, recordando el día de la reunión de padres, cuando mi papá hablaba con varias personas, entre ellas los padres de Sol. Aquel día yo insistía en que aceptara la propuesta, ya que existía la posibilidad de una pijamada en casa de Sol.
—Acepté el trabajo y voy a salir de la ciudad unos días—. Tragó saliva y mi hermana lo miró en ese preciso momento, como si lo siguiente que saliera de la boca de mi padre fuera de suma importancia—. Y se van a quedar con su mamá unos días.
—No—. Dijo Mel antes de que yo pudiera procesar lo que nuestro padre había dicho—. No nos puedes dejar con ella, nunca llega a tiempo, siempre está de viaje, ni siquiera nos conoce bien—. Mel estaba muy molesta, clavando su tenedor en los waffles lo más fuerte posible, como si ellos tuvieran la culpa. A mí se me había borrado la sonrisa y el hambre feroz que tenía hace un rato se había esfumado.
—Llega unas horas antes de su vuelo, así que estará con ustedes por la tarde. No habrá ningún momento en que estén solos porque estarán en la escuela y pasará por ustedes—. Mel seguía apretando su tenedor y frunciendo el ceño.
—Es mejor estar solos que con esa bruja y sus gritos—. Mi padre y yo nos sorprendimos por las palabras de mi hermana. Aunque yo estaba de acuerdo con ella, no podía decir nada al respecto.
—No le digas así a tu madre, Mel—. Mi padre se puso serio, haciendo que un escalofrío recorriera mi espalda—. Ella no está acostumbrada a estar aquí porque viaja mucho, y esos viajes nos dan de comer, así que empaticen con ella. No está acostumbrada—. Mel negó con la cabeza, se levantó de la mesa y dejó su plato en el lavabo.
—Además, el hijo de los señores Olivo va a venir—. Mi papá se dirigió a mí como si eso pudiera alegrarme, como si yo pudiera ser su aliado en esta situación. No podía negar que ver a Sol me hacía extremadamente feliz, pero el temperamento turbulento de mi madre hacía que el estómago se me revolviera.
Mel me llamó para que la alcanzara en la puerta de la casa. Corrí hasta allí para aliviar la tensión incómoda que se había creado. A pesar de mi rapidez, nuestro padre nos alcanzó, nos despidió con besos y nos abrazó muy fuerte.
—¡Papá, solo te vas por tres días! —exclamé, sintiendo que si me apretaba más, se me saldría lo poco que había desayunado. Mel no se veía nada contenta, y al notar esto, papá la tomó de los hombros y le dijo:— Solo será un momento, será como un abrir y cerrar de ojos, como siempre.
Mi papá pronunciaba esas palabras con tal ternura que incluso a mí me tranquilizó escucharle. Aunque Mel seguía con el ceño fruncido, finalmente resopló y le sonrió, diciendo:
—Está bien, pero no vayas a llorar si nos extrañas.
Papá sonrió y puso los ojos en blanco mientras yo me reía.
—Ya váyanse, mocosos, se les va a hacer tarde—. Mel salió al patio y mi papá me detuvo antes de que pudiera seguirla.
—Fran, serás el hombre de la casa estos días. Necesito que mantengas la paz con tu hermana y tu madre mientras no estoy. Prométeme que vas a ser el más fuerte, ¿cuento contigo, campeón?
Recuerdo la preocupación en el rostro de mi padre. Era una carga demasiado grande para un niño de 12 años, un peso que venía de un adulto que no se daba cuenta de lo perjudicial que esto podría ser para mí. Sin embargo, yo solo veía a mi papá confiándome algo importante, porque para mí, él nunca se equivocaba.
—Te lo prometo—. Dije sonriendo, antes de correr hacia el autobús que ya estaba en marcha, parando después de una cuadra.
Los niños en el autobús se burlaban de mí mientras caminaba por el pasillo con una expresión indiferente.Atravesar esa “jungla” en un camión a toda velocidad era un reto, pero valía la pena cada vez que llegaba al final del autobús. Siempre nos sentábamos allí porque éramos solo nosotros tres, sin nadie más que interrumpiera. Mel y Sol siempre ocupaban los asientos junto a las ventanas.
Cuando me senté, giré hacia Sol para saludarlo, pero él estaba absorto mirando por la ventana con un rostro serio. Su cabello despeinado cubría parcialmente su expresión, pero noté que sus labios estaban ligeramente apretados. Mientras el autobús pasaba un tope, choqué accidentalmente contra él. Sol se sorprendió y me regaló una sonrisa que me derretía por dentro.
—Buenos días, ¿cómo ha estado el clima, señor Sol?—. Decía bromeando.
—Qué chistes tan rancios, deja de juntarte con mi tía, Fran—. Sol refunfuñaba y reía al mismo tiempo, una mezcla extraña de emociones que siempre me llenaba de alegría.
—¿Estás listo para la pijamada de hoy?—. Me preguntó emocionado, pero en ese momento sentí un vacío en el estómago otra vez.
—C-claro que estoy listo, no sé por qué lo preguntas—. Dije, volteando a otro lado para que no notara mis nervios.
—Lo digo porque te ves raro, y Mel se ve un poco decaída, ni siquiera me saludó, solo se sentó y se puso los audífonos—. Sol miraba a Mel preocupado, algo que apreciaba, pero no era buena idea que se metiera en los problemas que tanto pesaban en mi familia, así que me encogí de hombros.
—No lo sé, ella se despertó antes que yo y a mi se me hizo tarde. Por cierto, ¿trajiste películas?—. Dije mientras husmeaba en su mochila.
—Oye, deja que sea una sorpresa—. Dijo apartando su mochila de mí.
—¿Sorpresa?—. Me puse escéptico ante su respuesta—. ¿Acaso trajiste películas para adultos?
Me dio un pequeño golpe, a lo que me quejé, pero me sorprendió ver cómo se ruborizaba.
—Obviamente no soy un pervertido, además tu mamá va a estar allí—. La mención de mi mamá me hizo temblar un poco, pero me recuperé rápidamente.
—Entonces, si mamá no estuviera, ¿las hubieras traído?
—No. Tanto las quieres ver, ¿acaso eres un pervertido?
—No —respondí rápidamente, sintiendo mis mejillas arder—. Y no lo digas tan alto, vas a arruinar mi reputación.
—Claro, como si a la gente aquí le importaras —contestó, señalando al grupo de niños que jugaban en el autobús, completamente ajenos a lo que hacíamos.
Para mí, eso era un alivio, porque al igual que los demás, solo me importaban las dos personas que tenía a mi lado.
No recuerdo mucho más de lo que pasó ese día hasta que estábamos afuera de la escuela, esperando a mi madre. Algo que me tenía muy nervioso. Apretaba los puños para mitigar la presión, pero mis uñas me lastimaban la palma de la mano, y también empezaba a sentirme agotado. Mi rostro estaba caliente, pero no quería pensar en la posibilidad de estar enfermo. No ahora.
De vez en cuando, miraba a Mel, que estaba hablando con Sol sobre alguna tarea. Ella también estaba nerviosa, lo notaba porque siempre volvía a preguntar lo mismo que Sol ya le había explicado. Su mente no estaba allí, sino muy, muy lejos.
—Está tardando mucho, Fran—. Mel me miraba preocupada, sacudiendo un poco la pierna por ansiedad.
—Viene desde la ciudad en coche y hoy es viernes, debe haber mucho tráfico—. Para tranquilizarla aún más, le di una de mis mejores sonrisas. Ella asintió y se puso los audífonos como en la mañana. Sol me miraba extrañado, sin creer en mi sonrisa. Estaba a punto de contarle qué sucedía, hasta que escuché un claxon a lo lejos, y lo único que salió de mis labios fue un suspiro.