1. Los jardines colgantes
Quiero dormir y espero a que amanezca porque he quedado atrapado por la obscuridad en este fragmento de parque. Avanzo entre jardineras y me detengo para observar a quien camina al frente: una bella mujer con veraniego vestido que transcurre de forma intempestiva y con el andar de una neoyorquina al pasar por la quinta; de pronto, un grupo de hombres surge entre las sombras y apresa al objeto de mi admiración, caen sobre ella como una débil presa que se aleja del grupo, dudo lo que ha sucedido.
Y así la he mirado por última vez y he dado la vuelta, esperando poder dormir en mi tibia cama; pero, está por amanecer y aún no concilio el sueño, los gritos de la profunda noche me hacen recordar a la chica; de inmediato, un hombre se me acerca y pregunta con una confianza y una desesperación adquirida tras años —¿Has visto a mi hija? — dudo en ese instante preguntándome si he visto a la hija que no conozco de la persona que también desconozco. —Avísame si la ves...— me interrumpe con la voz entrecortada antes de que pueda dar una respuesta. El impertinente e insufrible hombre se aleja, dejando tras de sí la esencia de la locura y, justo cuando ha dado la vuelta, olvido por completo su rostro.
Las malditas jardineras no ofrecen un sitio cómodo para esperar el amanecer y buscar a la hija del extraño sujeto que me ha afrontado, ni siquiera podría decir que son hermosas las flores que crecen en tan enormes bloques de piedra y cemento. Es tan sólo un sobrio paisaje que deslumbra y alucina, así que continuo de pie en la tenue obscuridad con un sabor a sal en toda la boca. Camino indiferente sin siquiera ver a ninguna de las personas que me acompañan en tan estrecho sendero, miradas vacías; y, de nuevo, interrumpo mi paseo para encontrarme con las lágrimas de una niña que se sujeta a mi pantalón y comienza a llorar como si yo fuera su padre.
—¿Acaso te has perdido? — le pregunto. Ella no me responde y se calma con un caramelo que encuentra en uno de mis bolsillos. Decido llevarla conmigo y así sin más me acompaña en la espera del alba.
Ahora no puedo avanzar tan deprisa como antes lo hacía, la niña cuyo nombre desconozco se cansa tras unos pasos y tengo que cargarla. Parece que sólo llevo un abrigo en los hombros y que camino sin rumbo, claro que eso no impide mi cansancio, aún falta para que ambos veamos la aurora; pero heme aquí esperando por el amanecer con los ojos completamente rojos y el sudor frio que recorre mi frente cae y se mezcla con el viento. Un hálito que me provoca melancholia, una fuerte e inusitada tristeza de algún suceso que quizá olvidaré pronto.
Me detengo, sentándome en una de aquellas bancas de hierro forjado, debajo de un enorme árbol, mientras recuesto a la niña en mi regazo. Trato de imaginar cómo se verían los jardines colgantes y el nostálgico rostro de Amytis al haberlos contemplado. Mis pesquisas se ven interrumpidas al observar a algunos intrusos permanecer por encima de los árboles: mortales que han viajado de los lugares más lejanos para vivir en éste, el centro del mundo. Debo confesar que temo que alguno de ellos, hambrientos y hediondos, me vea y caiga en mi contra impidiendo mi búsqueda; quizá alguno reconozca mi destino y desee atacarme sin antes someterme a juicio; pero, al parecer no he llamado su atención, la bella niña que he recogido despierta y les sonríe de manera tan pura que no notan mi insignificante presencia. Seguimos avanzando y en aquel instante escucho el llanto de Donizetti, dudo de dónde proviene el sonido, la niña duerme, y esta vez la levanto como un recién nacido. —Mis suspiros confundir, casi con su suspirar— miro con dulzura a la pequeña, su cabello rizado y vestido blanco, sus largas pestañas y rasgos tan finos, en verdad su padre debe amarla, ¡Es tan linda!
De súbito los individuos que antes ignoré se reúnen a mi alrededor, hombres y mujeres salen de las sombras y se concentran en el sitio, aquél donde antes sólo estuviésemos la inocente niña y yo para mirar en la misma dirección. Sin embargo, no reparan en mi débil persona, sólo se acercan para mirar a la distancia.
Está a punto de amanecer y aún no puedo conciliar el sueño; entonces un torbellino comienza a formarse en la torre y se disuelve como una onda en un instante. La niña me observa y, cuando un zumbido rompe el silencio, grita.
La colosal obra se incendia alejando a miles de hombres, enormes piedras caen y destrozan a bestias, niños y mujeres, terribles estruendos agobian nuestros oídos y la tierra seca que ha enterrado generación tras generación ahora viene hasta nosotros para golpearnos con una fuerza indescriptible. Ráfagas de fuego se extienden en el cielo y caen para iluminar los restos de hombres malditos, llantos de infantes se mezclan en una melodiosa armonía; y nosotros observamos desde los jardines con las miradas turbias como las últimas columnas caen y entierran la esperanza del hombre, la ira de Dios. Las sirenas suenan y un cruel silencio se apodera de la ciudad, cientos de personas corren con heridas abiertas y la sangre se mezcla con el polvo que una vez fue parte de la torre. ¿Acaso no han sido suficientes sus esfuerzos? quiero creer que este es el final, pero parece apenas el principio.
La infanta, antes en mis brazos, pide que la baje para después correr frenéticamente hasta perderse en los jardines. —¡Querida mía…! ¡Oh! No son suficientes un carácter templado y una ciega confianza en el adiestramiento para ahuyentar el espectro de la fatalidad— Ella desaparece e intento perseguirla, mas el polvo y el humo obstruyen mi paso. Los fragmentos de cristal nublan mi vista escarlata y antes de continuar en una multitud cercenada caigo de rodillas para soltar un grito que se disuelve por el ruido, aún sin que amanezca.
Ahora que la noche ha muerto y no he podido dormir siquiera un instante, deseo estar en Irak y pasear por los jardines en una búsqueda, en medio de las ruinas o en algún nuevo lugar. No obstante, mi esposa despierta y me interrumpe para golpearme con una ración de cotidianidad, y aún cuando la ignoro prosigue en su banal discurso sin que nada de lo que nombre pueda crear una imagen en mi mente.
Desayuno y tras ver las noticias pienso en aquellos hombres, preguntándome si no es que contrario a lo que se dice, ¡Son demasiado humanos! ¡Demasiado piadosos! ¿Acaso no es éste el mejor de los mundos posibles? ¿Cuán presente se encuentra la destrucción en ellos? Es cierto que hay personas que irradian vulnerabilidad… Expresando a gritos su miedo y esperando ser lastimadas. ¿No debería ser los visionarios quienes conduzcan a la liberación y aparten a los impíos de los predestinados? Si es que algo de tal naturaleza existe. ¡Ellos han hecho lo correcto!, siempre hacen lo correcto. Cualquier persona que conserve un poco de esperanza en su vida acaso pudiera despreciarme, no, odiarme con un asco inconcebible por estos pensamientos, cuando sólo deseo encontrar la belleza, bajo una piedra, bajo un leño, tal vez en un rayo de luz.
Termino el desayuno con el mismo sabor a sal, y finalmente, cuando estoy listo para tragar el día, mi esposa me sonríe y se acerca a mí para abrazarme, la tomo de la cadera y la beso con pasión, como si no existiese un mañana. Olvido mi saco y dudo en regresar por él, pero es demasiado tarde y me encamino al trabajo. Avanzo con lentitud a lo largo de este fragmento de parque y antes de que cruce la calle para continuar en mi viaje, me encuentro con una hermosa niña de cuyos ojos han comenzado a brotar lágrimas de inocencia, —Déjà vu— me digo. Y en una eternidad recuerdo y olvido en un instante.