Solo una oportunidad

—¡Aléjense de eso!
—¡Es un monstruo!
—¡No lo miren!
—¡Es asqueroso!
—¡Dios lo castigó por pecador!
—¡No lo toquen que es contagioso!
Nada parecĂa conmover a esas personas hirientes y llenas de maldad, ni siquiera esa mirada que cargaba el dolor del mundo, y que deberĂa haberles provocado ganas de abrazar y contener a ese ser desgraciado, sin luz, ya maldito de tantas veces que se lo gritaron en su cara y en su espalda; pero que jamás harĂa daño, que era un ser bondadoso y tranquilo, con amor infinito en su corazĂłn.
Amor que jamás podrá compartir, labios que nunca pronunciarĂan un te amo, manos que ni una sola vez acariciarĂan las mejillas arreboladas de alguien más.
Amor que no saldrá en forma de lágrimas emocionadas en sus ojos, un amanecer frĂo mientras recita promesas y juramentos.
Amor que no se transformará en calor ardiente como lava, por cada poro de su piel, reaccionando a ese otro cuerpo que busca al suyo como refugio y como puerto para su mar agitado y lleno de tesoros.
Todo eso lo sabĂa Louis, todo eso le ha pasado por su mente como un cuchillo afilado enterrándose en su pecho hasta desangrarlo cada noche, atardecer y madrugada. Louis, quien no es más que un simple chico valiente que dio su vida como ofrenda de otros que luego le pagaron con indiferencia y ofensas.
Su rostro desfigurado lo definĂa y le dio una sentencia de muerte en soledad, pero Louis se negaba a terminar con su vida, aunque lo habĂa pensado más de mil veces y tenĂa un millĂłn de motivos... Sin embargo, siempre existĂa una razĂłn, dĂ©bil ridĂcula, tonta, y es su sueño de amar el que le impide cerrar sus ojos para siempre.
Evitaba ir a la pequeña ciudad, porque a veces pensaba que ya no podĂa soportar más gritos a su alrededor, pero necesitaba algunas cosas para sobrevivir en su pequeña y bonita casa, escondida en medio de un gran jardĂn y bajo la sombra de altos y robustos robles. TenĂa un pequeño huerto y árboles frutales, pero siempre le han gustado los frutos como la nuez, las almendras y las avellanas. TambiĂ©n el chocolate y a veces el vino. Y por su apariencia muchas veces no logra conseguirlos, a pesar de tener sus monedas de oro, más valiosas que los mismos puestos en el mercado, pero que pierden su valor en medio de tanta frialdad.
********** **********
Hace frĂo, mucho frĂo, demasiado frĂo. Es de las noches más heladas que se han sentido en los oscuros suburbios de Londres.
Un chico, apenas intentando doblarse sobre sĂ mismo para recuperar un poco de calor, fracasando rotundamente y rompiendo a llorar como cada dĂa de su lastimada existencia.
La miseria, el hambre, la soledad lo han ido consumiendo hora tras hora.
Esa mañana habĂa ganado una libra cargando cajas en el mercado y la gastĂł en comida. Llevaba dos dĂas sin probar bocado y si no se alimentaba, no podrĂa conseguir otro trabajo, porque estarĂa muy dĂ©bil. Era comer o compartir una manta con alguno de los demás callejeros, como los llamaban.
Harry no lloraba solamente por el frĂo, el hambre, la decepciĂłn o la soledad, sus lágrimas se llevaban cada una de sus ilusiones, cada una de sus esperanzas, cada uno de sus tal vez... Nunca conociĂł el cariño, desde muy pequeño sabe que es un estorbo, de los peores, un bueno para nada, un inĂştil y un maldito bastardo.
El mercado se ha convertido en su refugio, en medio de cajas de frutas, de comida, de ropa y de artesanĂas; en medio de gritos, de peleas y de charcos de agua sucia. Un refugio que le ha enseñado a defenderse, a ponerse una máscara de indiferencia y de apatĂa, porque alguien dulce y bondadoso como Ă©l no tiene cabida en esta tierra. Nadie podrĂa imaginarse lo letal que ha sido ver a tantos caer, a tantos escapar y a tantos no poder volver. Ninguna persona deberĂa tener que luchar tanto para poder respirar ni para intentar sobrevivir, no era justo...
Ha visto su mismo dolor reflejado en los ojos hermosos de aquel que llaman monstruo, de aquel al que jamás ha visto reaccionar, de aquel que está seguro, es un alma triste como Ă©l y que se oculta bajo esa capa y ese sombrero. PreguntĂł por su historia muchas veces, y nadie parecĂa saberla, excepto la señora del puesto de manzanas. Una mañana le contĂł, en medio de un descanso de su trabajo: Louis era un chico hermoso y apuesto, hijo de una de las familias más adineradas de Londres. Una noche, se produjo un gran incendio en ese mismo mercado y uno de sus hermanos menores estaba demasiado cerca del fuego, porque estaba jugando separado de sus hermanos. Louis, al darse cuenta, logrĂł sacarlo justo en el momento en que caĂa una viga encendida desde uno de los puestos, golpeándolo y quemándolo sin piedad en la mitad de su rostro. QuedĂł desfigurado en casi el sesenta por ciento de su cara, y fue imposible de recuperar su lozana juventud. Lo dejaron abandonado a su suerte, narraba la señora. Nadie sabĂa cĂłmo o por quĂ© vivĂa en esa casa ni cĂłmo se mantenĂa, mucho menos de dĂłnde sacaba esas codiciadas monedas de oro.
Ese relato solo logró aumentar su curiosidad en ese hombre, que ahora sabe es apenas mayor que él.
Esa tarde, en el mercado, luego de casi romperse la espalda cargando de todo tipo de artĂculos, por fin tuvo un pequeño respiro. GanĂł diez libras, podrĂa comer y compartir una manta por cinco dĂas.
Estaba ordenando unas cajas, cuando escuchĂł a una señora con un bonito perro en brazos, quejarse de la falta de flores en el mercado, y tenĂa razĂłn. HabĂa dos puestos, pero siempre estaban marchitas y descoloridas. Sin saber por quĂ© se acordĂł de Louis, quizás en su casa habrĂa flores. El problema es que no estaba seguro de cĂłmo llegar, pero esa noche harĂa el intento.
Al bajar el sol comenzĂł a caminar, aprovechando que aĂşn la temperatura era agradable. Le costaba caminar porque le dolĂa mucho la espalda y los pies, además su chaqueta estaba casi transparente y no era mucho lo que lo protegĂa. Tampoco habĂa podido bañarse en más de dos semanas, y apestaba horriblemente. Se sentĂa incĂłmodo, pero una vez más era comer o un poco de agua limpia. Tampoco servĂa mucho bañarse si luego tendrĂa que ponerse sus mismos harapos.
Casi media hora despuĂ©s, divisaba un pequeño bosque, un lugar muy bonito y que nunca habĂa visto antes. Del otro lado, el camino hacia Kensington aparecĂa verde y frondoso. Se internĂł por el pequeño bosque, que se hacĂa más tupido a medida que caminaba. Casi diez minutos despuĂ©s, aparecĂa la más bonita casa que imaginĂł pudiera existir, aunque apenas se veĂa por entre medio de las altas murallas. LogrĂł escabullirse en medio de una rendija, era lo Ăşnico bueno de estar casi en los huesos, y pudo entrar hasta el jardĂn. Casi se desmaya al mirar ese lugar mágico, parecĂa sacado de un cuento, los árboles con sus frutas jugosas, el pasto perfectamente cortado, plantas y flores de colores que nunca habĂa visto y la pequeña casita en medio, con sus luces apagadas a pesar de ser temprano.
No pudo evitar la tentaciĂłn y tomĂł una redonda naranja, embriagándose con su olor, mientras se le hacĂa agua la boca. Se dio cuenta de que iba a necesitar unas tijeras para cortar las flores y armar unos bonitos ramos que le darĂan unas libras con seguridad. No querĂa estropearlas, ni dañarlas, solo iba a hacerlo por necesidad algunas veces...
Se devolviĂł por el mismo camino y una vez en el mercado ya vacĂo, logrĂł comprar una pequeña tijera aunque eso le significaba no comer al dĂa siguiente. Se acomodĂł para dormir un par de horas y levantarse antes del amanecer y asĂ la oscuridad serĂa su ayudante en su arriesgada osadĂa. Estaba tan cansado que se durmiĂł apenas entrĂł en calor, pero luego de apenas cinco horas tuvo que levantarse. Uno de los perros se habĂa orinado encima de sus pies y ahora estaba apestando el doble, y mojado en un hedor de los peores. Sus pobres zapatillas estaban a punto de romperse y con la humedad, serĂa peor.
TenĂa el tiempo justo para ir a buscar sus flores, se le habĂa olvidado que a buen paso, era casi una hora de ida, y no habĂa contado la vuelta, por lo que tomĂł su tijera, y asĂ como estaba, comenzĂł su travesĂa. Una vez en el jardĂn, se acercĂł a un hermoso rosal de rosas amarillas y cortĂł diez. Hizo lo mismo con las rosas rojas y con las rosadas. De pie, al otro lado de la muralla, les quitĂł las espinas, para poder tomarlas sin problemas. Luego dio una vuelta, para que pareciera que venĂa desde el otro pueblo en vez de la casa de Louis y despistar a cualquier curioso.
De inmediato se acercĂł al puesto de la señora de las manzanas. Le contĂł a modo de confidencia, que en Kensington vivĂa una señora con un gran jardĂn, y que le habĂa ofrecido ayuda: le entregaba algunas flores y al dĂa siguiente, Harry tenĂa que pagar una pequeña comisiĂłn para asĂ poder tener más flores frescas. La señora le creyĂł absolutamente todo, porque ella misma intentaba ayudar a los callejeros, pero su puesto de manzanas no daba para mucho.
Harry ni siquiera alcanzĂł a gritar sus rosas. Apenas se sentĂł, la señora que le habĂa dado la idea, se las comprĂł todas. Estaba encantada porque tenĂan un color muy especial, y eran mucho más suaves que cualquier otra, y le dio 10 libras, y no solo eso. Con esa venta, podĂa trabajar todo el dĂa y ganar un poco más de dinero. QuerĂa comprarse una chaqueta o parka que le sirviera para el frĂo y para la lluvia, luego podrĂa pensar en zapatillas. Por ahora, seguirĂa acarreando cajas.
Una semana se demoró en comprar su chaqueta, usada, en uno de los puestos del mismo mercado. Estaba feliz, era azul con bolsillos, liviana pero caliente. Esa mañana desayunó, pero un desayuno de verdad: pan y leche.
Una semana en que cada madrugada seguĂa robando flores, siempre con mucha vergĂĽenza. Quizás algĂşn dĂa podrĂa retribuirle a Louis su ayuda indirecta. De verdad que sĂ querĂa hacerlo.
********** **********
Louis estaba preocupado. Se habĂa dado cuenta de que alguien estaba entrando en su jardĂn, y lo sabĂa porque los rosales estaban menos frondosos sin motivo aparente. Por lo menos agradecĂa al intruso que trataba a las plantas con cuidado y delicadeza. Pero su jardĂn, sus árboles, sus flores y plantas eran sagradas, les habĂa dedicado su vida y nadie iba a venir a robarle, no en su casa.
Ese dĂa, que habĂa decidido no dormir en toda la noche, hizo pequeñas siestas, pero al momento de vigilar, como debĂa estar a oscuras, simplemente cerrĂł los ojos un minuto y ya era de dĂa. DecidiĂł, ya que era temprano, ir al mercado. BuscĂł un sombrero y un cubre boca, asĂ quizás, lograrĂa comprar algunas cosas que lo tenĂan antojado.
CaminĂł rápidamente, con sus monedas tintineando en su bolsillo. Al llegar, afortunadamente habĂa poca gente, por lo que logrĂł adquirir todo lo que buscaba, aunque lo atendieron de mala manera, pero no le importaba. LlevĂł el triple de cosas, mucho más de lo que pensaba, pero tenĂa que aprovechar que nadie le gritĂł ni habĂa gente a su alrededor ofendiĂ©ndolo.
Iba mirando los puestos, buscando algunas legumbres que recordĂł, se le habĂan terminado, cuando vio a una adinerada señora con sus rosas en los brazos. Eso significaba que el ladrĂłn de flores vendĂa en el mercado, es decir, habĂa un lucro descarado tras los robos y eso lo ofendĂa muchĂsimo.
Sin embargo y aunque lo intentaba cada dĂa, no lograba ver al dueño de sus inquietudes. Todos sus intentos fueron en vano, se quedaba dormido sin remedio, pero es que sus horarios eran muy rutinarios, llevaba años viviendo con orden.
Ese dĂa, en especial, se atreviĂł a hacer algo que no hacĂa hace mucho porque desgarraba su corazĂłn e inevitablemente lo hacĂa llorar con un profundo dolor. BuscĂł en el fondo de uno de los cajones del mueble de su dormitorio, y sacĂł un espejo. Sentado en la cama lo tuvo entre sus manos por muchos minutos, quizás más de media hora. Era algo que le seguĂa costando, ver su reflejo era más que desgarrador, más que horroroso, más que desolador, era algo que le quitaba la respiraciĂłn, que le afectaba tanto que ya habĂa quebrado cerca de cincuenta espejos. Los compraba para eso, sabĂa que de vez en cuando le nacĂa castigarse de esa manera, y cuando lo lograba simplemente lanzaba todo lo que estaba a su paso.
Lentamente su mano se levantĂł, hasta que tuvo el espejo frente a su rostro y se mirĂł. Vio su cara desfigurada, quemada, arrugada, seca. Su ojo derecho casi cerrado, sin pestañas ni ceja en ese lado. La comisura de su labio un poco rĂgida, su pelo que no crecĂa en la parte delantera y un poco de su nariz torcida. Ni hablar de su oreja que no existĂa, tampoco de su rugoso cuello o de la piel de su hombro acartonada. Lo más triste, era la mirada de sus ojos, completamente marchita...
Se estuvo mirando por mucho tiempo, incluso abriĂł su boca lo que más pudo, pero no podĂa hacer mucho más, le costaba demasiado y era mucho esfuerzo.
No se habĂa dado cuenta del momento en que saladas lágrimas corrĂan por sus mejillas, pero no le impresionĂł sentirlas ni verlas, era normal, eran parte de su vida, sus raĂces, su pasado, su verdad y su futuro. La imagen de su hermanito a punto de ser golpeado por esa madera encendida seguĂa sobrecogiĂ©ndolo. ÂżLo volverĂa a hacer? Claro que sĂ, aunque supiera de antemano todo lo que tendrĂa que pasar, lo harĂa una y mil veces por Ă©l, porque era su niño hermoso, el niño de sus ojos, el niño que más amaba en la tierra. Ese niño que ahora ya era casi un adulto, a quien no volviĂł a ver, pero que le enviaba a escondidas de sus padres brillantes monedas de oro, pero nunca una carta, nunca una nota, nunca un poco de calor. Solo monedas, frĂas monedas, gĂ©lidas monedas.
Monedas que no alcanzarĂan a calmar la culpa de sus padres, aunque tuviera casi cinco centenas de ellas. Sus padres que le dejaron esa casa, y palabras sin amor, cargadas de vergĂĽenza y llenas de hastĂo. Ayudarlo, o llevarlo con ellos era ser señalados por la sociedad, por las familias amigas, por aquellos que de todas maneras les dieron la espalda al saber que lo habĂan abandonado.
Esa mañana, la recuerda bien, cuando despertĂł aĂşn lleno de vendas y vio las maletas en la puerta de su casa. No entendĂa nada, solo veĂa el rostro de la que era su familia preocupada por largarse pronto, sin mirarlo, apenas unas palabras para explicarle que ellos se iban a Francia y que a Ă©l le estaban dejando la pequeña casa en medio del bosque, que mantenĂan casi escondida, y que era una especie de refugio. Ni siquiera lo ayudaron a llevar sus cosas, simplemente se largaron y Ă©l quedĂł arrodillado en el piso, llorando la falta de su familia, la falta de contenciĂłn, de mimos y compañĂa. Jamás, nunca imaginĂł que además de todo lo dejarĂan en absoluto desamparo.
La imagen en el espejo lo trajo de vuelta a su presente, al ahora donde ya no duele tanto o donde ya se ha acostumbrado al dolor y la pena. Sin embargo, su furia no aparece, no hay vidrios quebrados, no hay desorden ni caos, solo pena y tristeza. Respiró profundamente y guardó el espejo en su lugar, se levantó y se sacudió, dispuesto a seguir un poco más.
Fue a la cocina a guardar algunas cosas, otras las dejĂł en las mismas bolsas, no era su prioridad, cuando recordĂł una receta de pescado al horno que se le antojĂł probar, pero no tenĂa pescado en ese momento. SabĂa que si querĂa conseguir alguno fresco, debĂa llegar muy temprano al mercado, por lo que por esa noche no se preocuparĂa del ladrĂłn, solo querĂa dormir. Sin embargo, despertĂł muy temprano y lo primero que hizo fue asomarse a la ventana y le pareciĂł ver que alguien se deslizaba entre medio de los árboles. En otro momento hubiese corrido a buscarlo, pero ese dĂa no. Quizás el mirarse al espejo el dĂa anterior lo tenĂa demasiado sensible, quizás solo no tenĂa ánimos de moverse, quizás solo necesitaba respirar.
Se envolviĂł en su capa, su sombrero y su cubre boca de siempre para salir a la frĂa mañana, casi de madrugada, y saliĂł a paso rápido para entrar en calor. Cuando llegĂł, y tal como lo pensĂł, estaban los vendedores de pescados con unas piezas muy frescas y bastante grandes. ComprĂł dos, y tambiĂ©n unos hermosos tomates y algunas hierbas como hinojo y eneldo.
Iba ya de vuelta, cuando escuchĂł una linda voz. Se girĂł para buscar al dueño, y vio a un chico hermoso, aunque sucio y con harapos. Pero lo que más le llamĂł la atenciĂłn, fue ver lo que ofrecĂa. Eran sus rosas.
Las reconocerĂa en cualquier parte del mundo, porque eran Ăşnicas. Por un segundo sus miradas se cruzaron y Louis vio vergĂĽenza, y Harry, sorpresa. Pero más importante que eso, sus piernas temblaron, sus corazones aceleraron un latido y en un pestañar descubrieron un mundo similar en el otro.
Louis deberĂa haber hecho un escándalo, estaba en todo su derecho, pero no podĂa. No querĂa llamar la atenciĂłn, menos en ese dĂa que habĂa sido, tambiĂ©n, particularmente bueno. Sin embargo, ahora estarĂa más atento, jamás podrĂa olvidar el rostro de Harry.
Al llegar a su casa, ordenĂł sus compras y sonriĂł. A pesar de todo, su corazĂłn no habĂa logrado marchitarse y era capaz de sentirse agradecido por su vida. Le dolĂa, sĂ, absolutamente, pero tenĂa estos pequeños destellos en que su alma sentĂa un poco menos de desolaciĂłn.
PreparĂł una rica sopa, llena de verduras, y despuĂ©s hizo un postre de manzanas. Las de su árbol eran deliciosas, grandes, rojas, dulces y jugosas. Mientras esperaba que se cocinaran sus alimentos, se dedicĂł a pensar en la mejor manera de acabar con el robo de sus flores, porque no era posible y no era justo. Y un segundo despuĂ©s, imaginaba la necesidad de ese chico por sobrevivir, porque era obvio que intentaba mantenerse de alguna manera, y la habĂa encontrado con sus rosas. Le gustarĂa saber un poco más de su vida, quizás podrĂa preguntar a alguien... ÂżA quiĂ©n? Quizás la señora de las manzanas podrĂa ayudarlo, ella nunca le ha gritado, estaba seguro de eso, aunque lo mira con lástima, no puede pedirle más.
DespuĂ©s de comer, saliĂł a su jardĂn. RevisĂł que no hubiese maleza creciendo, que el pasto aĂşn estuviera de buen largo, cortĂł algunas ramas secas, barriĂł y limpiĂł, para finalmente regar suavemente. Luego se durmiĂł mientras leĂa una novela de romance en el 1930 de Francia. Cuando despertĂł, ya era medianoche, habĂa dormido casi seis horas y se sentĂa muy bien, muy despejado y de buen humor. CalentĂł un poco de sopa y se sentĂł frente a su chimenea a terminar de leer. Se lavĂł los dientes y se le ocurriĂł que quizás lo mejor era intentar saber por dĂłnde se colaba el ladrĂłn y cerrar ese lugar con más alambre.
Tomó una linterna y salió, envuelto en una gruesa capa. Rodeó todas las altas murallas, pero no encontraba el lugar, hasta el final de su inspección. Era una rendija bastante pequeña, lo que le encogió el corazón sin querer. Hablaba de que el ladrón de lindos ojos estaba muy delgado.
Por algĂşn motivo que desconocĂa, no cerrĂł el paso. Tal vez podrĂan conversar, tal vez no, solo sabĂa que por esa noche, no vigilarĂa. Le darĂa una Ăşltima noche.
Temprano fue Louis al mercado, sabĂa que estaba casi pisándole los talones al ladrĂłn de flores. Pero no, al parecer ese dĂa Harry no estaba en el mercado, lo que le extrañó. A pesar de no necesitar manzanas, de todas maneras comprĂł seis de las más bonitas.
—SĂ© que no deberĂa responderme, pero quisiera que me contara quĂ© sabe del chico callejero que estos dĂas está vendiendo flores...
—Oh... Harry, es tan buen muchacho y la verdad es que no hay mucho para contar. Sus padres lo abandonaron antes de los diez años, eran borrachos y drogadictos. Al tiempo murieron sin que a nadie le importara. Desde entonces duerme ahĂ, al lado del puesto de cebollas. Ni un solo dĂa habĂa faltado, siempre le ha peleado a la vida aunque pase dĂas sin comer.
—Es un buen chico entonces...
—Lo es, ojalá alguien pudiera ayudarlo.
—Gracias por contarme y gracias por escucharme y hablarme sin ofensas...
—La gente es muy mala y prejuiciosa. Yo conozco tu historia también, siempre encontrarás en mi a una amiga.
Y Louis sonriĂł como hace mucho no lo hacĂa.
El dĂa pasĂł tranquilo, pero en la noche, Louis puso la alarma a las cinco de la mañana. Se abrigĂł y a oscuras puso la tetera para preparar tĂ©, mientras no perdĂa rastro de lo que pasaba en el lado sur de su jardĂn. Pronto un ligero movimiento en las ramas altas del cerezo, le avisĂł que el hermoso ladrĂłn estaba en su territorio. ÂżQuĂ© harĂa?
Lo vio, ágil y ligero, suave y casi invisible, arrastrarse por el pasto. Lo vio cortar con tanto cuidado los rosales, que su corazĂłn latiĂł con fuerza y luego se paralizĂł al notar que al parecer, estaba tosiendo demasiado. Estaba enfermo, podĂa asegurarlo.
Su instinto más primitivo querĂa ir a ayudarlo, pero al mismo tiempo algo le decĂa que no. No sabĂa cuánto se iba a arrepentir.
Lo vio armar cuatro ramos con seis flores cada uno, para luego desaparecer. DecidiĂł seguirlo, de todas maneras no tenĂa nada mejor que hacer. Rápidamente tomĂł su capa, su sombrero y su cubre boca y saliĂł. Vio a Harry caminar a paso lento y desde lejos lo escuchaba toser y maldecir con voz ronca y seca.
MirĂł con la claridad del dĂa, cĂłmo se ponĂa a un lado del puesto de manzanas y cĂłmo lo estaba esperando la gente, para prácticamente quitarle de las manos las hermosas rosas de las manos. DespuĂ©s lo vio cargar cajas y cajas con frutas y verduras, y a medio dĂa, apenas comer un pan.
Luego de eso se devolviĂł a su casa, habĂa visto suficiente. Cerca de una semana lo estuvo observando en el mercado, siempre a lo lejos pero lo suficientemente cerca. Lo que para Harry era una mirada acusadora, para Louis era preocupaciĂłn: solo querĂa asegurarse de que las flores se vendieran y le pagaran lo justo.
Ese Ăşltimo dĂa viernes, al llegar a su casa, buscĂł entre sus cosas y encontrĂł varios pliegos de bonitos papeles, para más tarde, ir al jardĂn y con sus propias manos cortar las flores más lindas. HablĂł con ellas, les pidiĂł permiso y disculpas, y luego les quitĂł las espinas. las llevĂł adentro de la casa, y las dejĂł en abundante agua fresca. Seguidamente preparĂł los papeles, y unas bellas cuerdas para amarrar los ramos, y dejĂł todo organizado en su bonita mesa de madera.
Se puso a cocinar el pescado y manzanas asadas, eran su postre favorito y nunca preparaba suficiente, hasta que una idea cruzĂł por su cabeza. Si a Harry le iba bien vendiendo sus rosas, y si pudiera darle una flor de mayor valor, quizás no necesitarĂa trabajar tanto. ÂżY si empezaba a experimentar para crear una nueva variedad?
DejĂł las manzanas en el horno, y comenzĂł a buscar algunos libros en su vieja biblioteca. EncontrĂł cuatro que podrĂan servirle, y junto a una taza de tĂ©, se sentĂł a estudiar. ÂżA quĂ© hora se durmiĂł? Afortunadamente solo unos veinte minutos, los necesarios para sacar las manzanas del horno. Se estirĂł y mirĂł la hora, estaba cerca de las diez de la noche. ApagĂł todo y se fue a dormir, tenĂa que levantarse muy temprano.
A eso de las cuatro y media de la mañana se levantĂł, bien abrigado, y con una tenue luz comenzĂł a formar los ramos. Le quedaron hermosos. SaliĂł y los dejĂł a los pies del rosal más alto, junto a una nota y un lápiz. Le gustarĂa que Harry le contestara, cualquier cosa, lo que fuera.
Se escondiĂł una vez más junto a la ventana, hasta que lo vio aparecer. Daba pena mirarlo, parecĂa cada vez más delgado, su pelo largo enmarañado y sucio, esa tos horrible que no paraba y que intentaba ahogar en su ropa para no llamar la atenciĂłn.
Harry estaba apenas en pie, no sabĂa si tendrĂa fuerzas para cortar las flores, sentĂa que se iba a desplomar en cualquier momento. Se sintiĂł peor cuando vio los ramos preparados en el piso y un papel con una letra muy bonita:
Espero que te sientas mejor muy pronto, y si necesitas algo, no tengas miedo de mĂ.
Fue incapaz de contestar, no porque no quisiera, solo que en ese momento era imposible fĂsicamente, además de que apenas podĂa leer, y escribir era un gran desafĂo para Ă©l que nunca fue a la escuela, ni siquiera antes de ser abandonado. TomĂł el papel y con esfuerzo lo guardĂł, tomĂł los ramos más lindos que las estrellas y se fue, casi arrastrando sus zapatillas rotas.
Un feo presentimiento quedĂł en el pecho de Louis, quien, una vez más, decidiĂł seguirlo. Agradecidamente Harry no debĂa ofrecer sus flores, porque al parecer siempre habĂa gente esperando por ellas, y esta no fue la excepciĂłn. No alcanzĂł a llegar cuando ya tenĂa las 24 libras en su bolsillo, el Ăşnico que le quedaba sin hoyos.
Vio cĂłmo la señora de las manzanas se acercaba a Harry y le tocaba la frente y ponĂa una cara triste y de preocupaciĂłn. Luego de eso, Harry caminĂł por uno de los senderos que rodeaban al mercado, pero antes de llegar a la mitad de uno, el más solitario, se desplomĂł. Louis que lo estaba siguiendo aĂşn, acelerĂł el paso, intentando pasar desapercibido, hasta llegar a un árbol muy cerca del cuerpo de Harry. EsperĂł unos segundos, mirando bien para todos lados, y en el momento preciso lo arrastrĂł. Le doliĂł lo liviano que se sintiĂł ese gesto, le dolĂa Harry más que su propia vida incluso.
Tuvo suerte de que al ser tan temprano, habĂa poca gente y los demás callejeros estaban durmiendo o ya estaban trabajando, por lo que nadie le prestĂł atenciĂłn a Harry. Lo tomĂł en brazos y casi corriĂł hasta su casa. Apenas entrĂł con Ă©l, lo acostĂł en el sillĂłn. Se quitĂł la capa y el sombrero, pero no el cubre boca, no querĂa además de todo, asustarlo. Fue a preparar su cama, le puso sábanas limpias y luego lo fue a buscar, le quitĂł la desgastada chaqueta que estaba hĂşmeda, las zapatillas tambiĂ©n lo estaban... Sus pies llenos de tierra, sus uñas largas, su piel seca y escamosa... Louis lloraba mientras lo desnudaba para meterlo a la tina con agua caliente.
Lentamente lo iba frotando con un suave paño y jabĂłn con aroma a rosas que Ă©l mismo fabricaba. No habĂa nada de morboso, ni de sucio en sus cuidados; por el contrario, solo admiraciĂłn, solo empatĂa y solo ganas de ayudar un poco a aliviar el peso sobre los hombros de Harry. Era peor que una pesadilla ver los huesos asomados por todo ese largo cuerpo, la piel pegada al estĂłmago, y muchos moretones, seguramente debido al dormir en la calle, en cualquier lugar y a cargar esas horribles y pesadas cajas.
Una vez que lo sacó de la tina, lo acostó sobre toallas limpias para secarlo. Estaba ardiendo en fiebre. Rápidamente colocó una manteca humectante de manzanas por toda su piel, y lo vistió con su propia ropa limpia. Lo dejó apenas tapado y fue a la cocina. Preparó una gran jarra de té, y puso en pequeños pocillos miel, limón y menta; en una bandeja toallas y una fuente con agua.
CorriĂł al jardĂn a buscar hojas de eucaliptus y manzanilla para humidificar el ambiente y ayudara con la congestiĂłn de Harry.
Diez minutos despuĂ©s, estaba sentado al lado, colocando las toallas hĂşmedas en la frente, el cuello y las muñecas. Con un algodĂłn iba mojando los labios resecos, esperando a que Harry despertara y pudiera tomar el tĂ© que habĂa preparado.
Casi un dĂa completo pasĂł en ese estado, con Louis apenas durmiendo, pero cuidando a su paciente con toda la dedicaciĂłn del mundo. Mientras lo miraba dormir, aprovechaba de seguir con sus investigaciones para crear una nueva flor y ya estaba muy avanzado, no le serĂa difĂcil, su vida era su jardĂn, habĂa aprendido mucho leyendo y practicando.
Al dĂa siguiente, Harry aĂşn en un estado febril pudo tomar tĂ© y sopa, con alguna dificultad. Era notorio que no sabĂa dĂłnde estaba, pero que era tal su nivel de inconsciencia que aunque hubiese querido, no podrĂa haber salido de ese lugar. Dos dĂas despuĂ©s, por fin la tos se habĂa detenido y la fiebre desaparecido. Apenas abriĂł los ojos, sintiĂ©ndose mejor que nunca, se sentĂł en la cama y fue cuando se dio cuenta de que no estaba en el mercado y de que estaba en una casa. Se levantĂł con dificultad, mirando y tocando su ropa, dándose cuenta al mismo tiempo de que estaba limpio y ya no apestaba, incluso su pelo estaba trenzado.
LlegĂł descalzo a la cocina y vio a alguien cocinando, de espaldas.
—¿QuiĂ©n eres tĂş? —PreguntĂł, sobresaltando a Louis, que soltĂł la taza que tenĂa en la mano y que cayĂł haciendo un gran escándalo.
—Hola, soy Louis, —dijo dándose la vuelta.
Harry lo mirĂł y lo Ăşnico que pudo hacer, fue salir corriendo. No le importĂł no tener zapatos, tenĂa que huir lo más rápido posible. Sus pies se lastimaron al pasar por el sendero lleno de pequeñas y filosas piedras, pero no sintiĂł el dolor hasta que estuvo sentado al lado del puesto de cebollas.
¿Por qué estaba en la casa de Louis?
No entendĂa, no recordaba. Una vez que su respiraciĂłn se calmĂł, hizo un nuevo intento y empezĂł a repasar lo Ăşltimo que estaba en su cabeza. Estaba enfermo, se habĂa quedado dormido sobre un charco, tenĂa una tos horrible, habĂa encontrado ramos preparados en el jardĂn de Louis, los habĂa vendido, habĂa ganado 24 libras... ÂżDĂłnde estaban sus libras?
Se levantó y se acercó a la señora de las manzanas.
—Harry por Dios... ¿Cómo estás? ¿Dónde estabas?
—No recuerdo casi nada, ¿desde cuándo no me ves?
—Creo que tres o cuatro dĂas, te ves mucho mejor. Ese Ăşltimo dĂa ardĂas en fiebre, Âżpor quĂ© estás descalzo?
—No lo sé, yo no sé, no entiendo qué pasó... —explicó. Luego, con voz más baja, dijo, —hoy desperté en la casa de ese chico, de Louis...
—¿Y no le preguntaste a él?
—No, salà corriendo...
—¿Por qué? ¿Te asusta?
—¿Ah? No, claro que no, es que solo... Yo me puse nervioso...
No podĂa decir que la vergĂĽenza lo quiso hacer vomitar. Él no era un ladrĂłn, y Louis además de no recriminarle, al parecer lo habĂa cuidado.
—DeberĂas por lo menos agradecerle, ese chico necesita mucho afecto.
—Lo sĂ©, voy a intentar hacerlo cuando venga por aquĂ.
—Bien, ahora anda al puesto de zanahorias, te estaban buscando. Pero mira, antes, pasa por el puesto de don José y compra unas zapatillas usadas, después me devuelves.
—Gracias.
SaliĂł corriendo a buscar unas zapatillas y luego a trabajar.
Mientras cargaba cajas con zanahorias, iba pensando en las palabras que habĂa escuchado reciĂ©n. “Louis necesitaba afecto...” Afecto... Le recordĂł a su infancia, lo llevĂł de vuelta a esos dĂas en que vivĂa con sus padres, cuando era un niño de siete u ocho años y lloraba mucho. ÂżPor quĂ©? Por hambre, por frĂo, por miedo, por soledad. Desde que tiene memoria sus padres eran alcohĂłlicos, muchas veces le pegaron, muchas veces lo dejaron solo, sin ni un pedazo duro de pan. En esos momentos una vecina le alcanzaba algĂşn pedazo de fruta, una cajita de jugo o de leche. Recuerda estar sentado bajo la lluvia un dĂa que habĂa una reuniĂłn en ese pequeño departamento, lleno de gente que entraba y salĂa sin prestarle atenciĂłn. Esa misma vecina le enseñó sus primeras letras y nĂşmeros, le enseñó que en medio de la oscuridad a veces hay alguien que te tiende la mano, le enseñó que hay que guardar una pequeña esperanza...
VolviĂł su cabeza a sus diez años, cuando ya estaba más consciente de su triste realidad. Se habĂa acostumbrado a la indiferencia de sus padres. Algo que lo marcĂł fue una de esas fiestas, siempre tan llena de gente dispuesta a emborracharse y drogarse, felices de perder su dignidad por un poco de diversiĂłn. Eran muchos hombres, que en medio de la noche, violaron a su mamá. AĂşn siente sus gritos rogando por ayuda, y Ă©l intentĂł hacerlo, pero fue abusado por un par de ellos. Su vecina con ayuda de otras personas del edificio lograron sacarlo y llamar a la policĂa. Luego de eso, no volviĂł a ver a sus padres, y antes de que lograran enviarlo a algĂşn centro de menores, se escapĂł. Nadie lo buscĂł, caminĂł por dĂas hasta que logrĂł subirse a escondidas a un camiĂłn que lo llevĂł a Londres. Desde entonces ha visto el mercado crecer y cambiar, a sus productos y sobre todo a su gente. Ha conocido amigos y algunos que incluso en la calle lo miraron mal. A veces se complicaba porque eran muchos intentando trabajar por una simple libra que era la diferencia entre el hambre o el frĂo, por eso podĂa pasar hasta cuatro dĂas sin comer. AgradecĂa no enfermarse más seguido, pero seguramente debido a su vida callejera desde pequeño, su cuerpo se habĂa acostumbrado.
Y de pronto, mientras caminaba con las zanahorias en su espalda, recordĂł a Louis y su manera tan pusilánime de salir corriendo. Seguramente, además de pensar que era un ladrĂłn, tambiĂ©n querrĂa quitarle la ayuda tan importante que le daba sin querer. RecordĂł la nota que le habĂa dejado, los ramos preparados y se odiĂł. Louis merecĂa cualquier gesto de agradecimiento, no su cobardĂa.
ÂżY si iba a verlo? ÂżTendrĂa la valentĂa de asumir su error?
No estaba seguro, pero lo iba a intentar, solo esperaba que Louis quisiera verlo y recibirlo.
Louis que estaba triste, pero no molesto. Es más, entendĂa perfectamente la reacciĂłn de Harry, solo lamentaba no haber tenido tiempo de explicarle, y sobre todo, que se haya ido con sus pies descalzos. Esperaba que se sintiera realmente bien, y que siguiera yendo a buscar las flores. TambiĂ©n sus 24 libras que le habĂa guardado en una bonita bolsa bordada.
Esa tarde, Louis dio inicio a su experimento. Hizo un injerto con parte de la raĂz del rosal rojo y del amarillo, los uniĂł y colocĂł en una bonita maceta pequeña. Le puso algĂşn tipo de abono y luego la regĂł suavemente, esperaba que en un algunos dĂas diera señales de estar creciendo.
Al llegar la noche se dio cuenta de que iba a haber una tormenta, por lo que rápidamente buscĂł unos plásticos que usaba a modo de capa para las flores más delicadas y asĂ evitar los estragos del viento y la lluvia. HabĂa dudado de cortar o no flores, pero finalmente desistiĂł. Si Harry aparecĂa, simplemente lo dejarĂa formar los ramos.
Nunca esperĂł que su puerta fuera golpeada a eso de las ocho de la mañana, cuando la tormenta estaba muy fuerte y el dĂa aparecĂa oscuro, gris, y gĂ©lido.
Se levantĂł a abrir muy nervioso, nadie jamás habĂa ido a golpear su puerta. SaliĂł de la casa, y rodeĂł el jardĂn. Iba con un gran paraguas y sus botitas de agua, casi corriendo hasta llegar al portĂłn de fierro antiguo.
—¿S� ¿Quién es? —preguntó desde adentro.
—Soy Harry.
—¿Qué Harry?
—El ladrón de flores...
—¿Qué haces aquà a esta hora? —dijo abriendo.
—QuerĂa hablar contigo.
—Esta bien, pero pasa, mĂrate estás todo mojado.
Louis lo arrastrĂł hacia la casa, y en la puerta de entrada le hizo quitar las zapatillas.
—¿Quieres bañarte?
—¿Por quĂ© lo harĂa?
—Porque estás mojado, te puedes volver a enfermar.
—Me hablas como si me tuvieras confianza... y yo solo he sido un mal agradecido contigo.
—Me tienes nervioso, por favor báñate o por lo menos déjame prestarte ropa para que te cambies.
—Está bien, acepto la ropa.
—Ven por acá, —dijo llevándolo hacia la habitación de invitados y donde dejó una muda completa de ropa, incluso un par de zapatillas secas.
Una vez que se habĂa cambiado, Harry llegĂł a la cocina, donde ya Louis tenĂa servidas dos tazas de tĂ© y algunos bizcochos.
—¿Tienes hambre? Ojalá te gusten estos pancitos dulces, los hago yo.
—¿Me puedes explicar por qué actúas as�
—¿Asà cómo?
—AsĂ, como si me conocieras o como si yo no fuera un ladrĂłn.
Louis lo quedĂł mirando, no tenĂa respuesta.
—No lo sé, ¿te molesta? Creo que siento que puedo confiar en ti por algún motivo desconocido, pero si te parece mal, pues entonces tendrás que irte, porque no sé tratar mal a la gente...
—Es que es extraño, nadie es amable... O muy poca gente por lo menos.
—DĂmelo a mĂ, —dijo sonriendo con una especie de mueca.
—Perdón... No quise incomodarte...
—No lo haces. Al contrario, me extraña que estĂ©s aquĂ, dime quĂ© pasa.
—Fui un cobarde...
—No lo fuiste.
—Sà lo fui, no debà salir corriendo.
—¿No? Claro que sĂ. ImagĂnate despertar y verme, cualquiera se asusta.
—¿Qué? Louis yo no me fui por eso...
—¿Entonces?
—TenĂa vergĂĽenza. He estado robando tus flores, me habĂas cuidado y yo simplemente me sentĂ mal... Lo siento si te hice pensar otra cosa, lo siento si mi actitud te lastimĂł, y gracias por ayudarme, jamás lo olvidarĂ©.
—No tienes que agradecerme, es lo mĂnimo que podĂa hacer por ti. Creo que los dos sabemos lo que es pasarlo mal, y de alguna manera sentĂ que si podĂa ayudarte a pasarlo menos mal, Âżpor quĂ© no?
—Gracias... —hablĂł apenas, con la boca llena de pan. —Esto está muy bueno, deberĂas venderlos.
—Nadie me comprarĂa, pensarĂan que los voy a contagiar, —contestĂł sin molestia, casi riendo. Harry le provocaba alegrĂa, un algo liviano y desconocido.
—PerdĂłn... Lo sĂ©, la gente es muy tonta... Como si las quemaduras se contagiaran... Aunque piensan lo mismo de los harapos y la mugre, que la pobreza y la miseria se pegan... DeberĂa irme, solo querĂa agradecerte que me hayas cuidado y que me hayas permitido vender tus flores.
—No puedes irte, la tormenta está apenas comenzando, y puedes seguir viniendo por más flores, por lo menos hasta que queden dos en cada rosal, luego de eso puedes intentar vender margaritas, hortensias, dalias, camelias o magnolias... Incluso podrĂas vender naranjas o limones, o puedo hacer macetas con enredaderas... No lo sĂ©, hay muchas opciones.
—¿Por qué?
—¿Por qué no?
—Porque soy un ladrón.
—No lo eres, eres un sobreviviente. Toma, se te quedaron, —dijo entregándole la bolsita con libras. —Cuéntalas, hay 24.
—Jamás dudarĂa de que estĂ©n todas las monedas. ÂżPuedo dejarte algunas? Mal que mal, deberĂa darte alguna retribuciĂłn...
—Está bien. Por cada diez libras me darás una. Ahora, pienso que deberĂas dejar tu dinero aquĂ, y cargar solo con lo necesario. Sabemos que se pueden caer o desaparecer y no serĂa justo que perdieras tus preciadas monedas.
—¿DĂłnde podrĂa dejarlas?
—Mmm, déjame pensar. Puede ser en una de estas botellas, o también una fuente, pero me gusta este florero, podemos adornarlo y ponerle tu nombre.
—¿No tienes dos floreros iguales? AsĂ tendrĂamos uno cada uno.
—Creo que sĂ, dĂ©jame buscar... AquĂ, son casi iguales, solo que mira, este tiene estos reflejos verdes y este otro los tiene azules.
—Me gusta el azul para la mĂa...
—Bien, entonces, cĂłmo deberĂamos decorarlas?
—¿Pero no prefieres que te ayude a limpiar? Soy rápido.
—Me gustarĂa verlo, —dijo, una vez más, tratando de sonreĂr.
—Te vas a quedar asombrado.
Y poniéndose manos a la obra, lavó y secó realmente rápido. Luego limpió la mesa y esperó a que Louis guardara.
—IncreĂble, lo haces muy bien.
—Ahora sĂ, pero tengo un problema...
—¿Qué pasa?
—¿Puedes escribir mi nombre?
—¿No puedes hacerlo tĂş? —Louis se dio cuenta de la incomodidad de Harry y no fue difĂcil entender. —Yo lo hago, pero tienes que decirme cĂłmo.
—AsĂ, de arriba hacia abajo... Tu letra es muy bonita, yo apenas sĂ© escribir mi nombre...
—Está bien, puedes aprender si es que lo quieres. No te voy a juzgar ni me voy a burlar, no tienes que tener miedo conmigo, espero que lo sepas.
—Es difĂcil confiar, Âżno crees?
—Claro que lo es, es difĂcil y aterrador, pero por lo menos yo he aprendido en confiar en mĂ y en mi intuiciĂłn, antes que en los demás, y no me he equivocado. Creo que la soledad y el dolor hacen que tenga un buen filtro.
—No lo sé... O sea. creo que sà es en tu caso, pero yo no funciono igual.
—Porque tus circunstancias son muy distintas. No es lo mismo pensar y reflexionar sentado en un cĂłmodo sofá, con una taza de tĂ© y el estĂłmago lleno, frente a la chimenea, que hacerlo en la calle, con frĂo, hambre y miedo.
—Eso es verdad...
—Y tengo una pregunta. Si bien entiendo que te cueste leer y escribir, ¿por qué tu manera de hablar es tan correcta?
—La señora de las manzanas siempre me ha corregido, y cada vez que hablaba bien con ella, me regalaba una manzana. A veces era lo Ăşnico que comĂa en dos dĂas, y me obligĂł de alguna manera a intentarlo. Siempre está pendiente de lo que hago, es muy importante para mĂ.
—Ella es muy linda, nunca me ha tratado mal. Me alegra que te haya ayudado, lo ha hecho muy bien.
—SĂ, hace lo que más puede y me gustarĂa agradecerle de alguna manera. Espero hacerlo pronto.
Louis volviĂł a hacer su mueca de sonrisa.
Y Harry lo mirĂł y se perdiĂł en la comisura del labio que no se moviĂł, pero lo hizo de una manera nueva para Ă©l, lo hizo con ternura. Le parecĂa desproporcionado que Louis sonriera en medio de toda su tragedia.
—PodrĂa regalarle manzanas, las de mi jardĂn son el doble de grandes, el doble de jugosas y el doble de ricas, Âżlas has probado?
—No, solo las naranjas, —confesó ruborizándose. —Y son realmente muy ricas.
—Me alegra que te gusten. Harry, quiero ser claro contigo. Esta casa es tu casa para cuando la necesites, si tienes hambre, si tienes frĂo, si necesitas conversar o solo bañarte, por favor ven.
—¿Me tienes lástima? Lo entenderĂa.
—No, no lo hago, —contestĂł sinceramente. —Mi intuiciĂłn me dice que eres un buen chico, que tambiĂ©n lo has pasado mal, y que solo necesitas una oportunidad. No hay ningĂşn rastro de lástima, no es un sentimiento que conozca realmente. Supe que eras diferente cuando entraste a robar mis flores para venderlas y comer, en vez de robarle a la gente. Me di cuenta cuando vi que eras cuidadoso con el trato a los rosales, que jamás los maltrataste, que nunca dejaste sucio. Eres un ladrĂłn particular, aunque en estricto rigor no robas, solo hurtas, —terminĂł de decir intentando entender lo que habĂa dicho.
Y Harry por primera vez en mucho tiempo, sonriĂł mostrando sus dientes. Se veĂa feliz.
—¿No te aburres en esta casa tan grande? —preguntó cambiando el tema.
—La casa es pequeña, solo tiene dos habitaciones, un baño, esta cocina y el pequeño living. Afuera hay un cobertizo corto, dando sombra a dos mecedoras y desde donde puedes ver todo el jardĂn. Ese sĂ es grande, creo que no lo has visto completo. Te lo mostrarĂ© cuando no haya lluvia.
—¿Le temes al agua?
Y Louis volviĂł a sonreĂr. —Claro que no, solamente no querĂa que te volvieras a mojar.
—Estoy acostumbrado, me da igual.
—¿Entonces quieres ir?
—Quiero, quiero ver dónde están todas esas flores que nombraste.
—Vamos.
Salieron en medio de la tormenta, empapándose de inmediato y sintiendo cĂłmo el frĂo calaba sus huesos sin piedad. Recorrieron todo el jardĂn, terminando en los rosales.
—Es asombroso, muy lindo, se nota que lo has cuidado mucho y yo llegué a dañarlo, lo siento.
—Al contrario. No sĂ© cĂłmo lo haces, pero los cortes han sido precisos, TambiĂ©n has tenido precauciĂłn de cortar por diferentes sectores, y eso es asombroso. SerĂas un excelente jardinero.
ParecĂa que no se daban cuenta de lo extraño que era estar de pie, en medio de una tormenta, mojándose, sin sentir el frĂo ni el sobrecogimiento al sentir los truenos retumbar por el cielo casi negro. Quizás era normal tener esos momentos cuando encontrabas a alguien con tu mismo dolor, con tu misma necesidad de afecto.
—¿De verdad crees que serĂa buen jardinero?
—Estoy seguro. Puedes estudiar en casa, tengo muchos libros y también te puedo enseñar a cuidar las plantas.
—Nunca pensĂ© en algo asĂ, creo que me acostumbrĂ© a pensar que soy un ser inservible.
—Soy un convencido de que casi no existen personas inservibles, solo personas que están perdidas o que no tienen oportunidades de conocer sus habilidades. Pero si te hace ruido, o quizás se te ocurre algo más, creo que puedo enseñarte. SĂ© mucho de gasfiterĂa tambiĂ©n, o de cocina. En realidad todo lo que tenga que ver con llevar una casa, ya ves que no puedo pedir ayuda, —dijo haciendo un puchero que se veĂa adorable con su boca torcida.
—Ya no estés presumiendo, —contestó riendo, descolocando a Louis por un segundo y luego haciéndolo estallar en una carcajada.
—Lo siento, no tengo con quien jactarme de mi experiencia.
El ambiente se cortó cuando Harry estornudó seis veces seguidas y Louis tomándolo de la mano lo llevó hasta la casa.
—QuĂtate las zapatillas y sĂgueme. Te vas a bañar, —hablĂł seriamente mientras tambiĂ©n quedaba descalzo.
—No es necesar...
—No te estoy preguntando Harry, hazlo, —interrumpió.
—No te enojes.
—No lo hago, solo me preocupo. Báñate, ¿s� ¿Te gusta la sopa?
—Si se come o toma, me gusta todo. Yo también puedo presumir, —dijo cerrando un ojo y cerrando la puerta del baño.
Louis se quitó la ropa mojada, y se puso una bata gruesa. Buscó paños para secar el piso, mientras sacaba verduras para hacer algo rápido y contundente.
Pronto vio a Harry salir envuelto en toallas, algo nervioso al no saber qué hacer.
—Ven, —pidiĂł Louis, guiándolo hasta el dormitorio de invitados. —Esta ropa es mĂa, me queda grande, yo creo que a ti te puede quedar bien, usa lo que quieras y ponte pantuflas mientras se secan tus zapatillas.
Rápidamente se fue a bañar y a vestir para seguir cocinando.
—Creo que me queda bien tu ropa, —dijo levantando los brazos.
—SĂ, te queda muy bien. Si quieres puedes leer algunos de los libros de jardinerĂa sentado en el sofá, por mientras está el almuerzo.
—¿Puedo sentarme más cerca de la cocina? Si tengo dudas no quiero estar a los gritos.
—Bien pensado, puedes sentarte donde quieras.
Harry eligiĂł un libro, y se sentĂł cerca del horno que estaba prendido y donde estaban los dos pares de zapatillas humeando de humedad.
Louis pelĂł, cortĂł y sofriĂł cebollas, ajos, pimientos, zanahorias, papas y un poco de apio. RellenĂł con agua y le puso condimentos. Mientras eso hervĂa, preparĂł una pieza de pan que dejĂł en el horno mientras hacĂa unas papas asadas y una sencilla pechuga de pollo al sartĂ©n. Cuando estaba haciendo la mezcla para panqueques, mirĂł de reojo a Harry y se dio cuenta de su ceño fruncido.
—¿Pasa algo?
—No entiendo la mayorĂa de las palabras...
—¿Quieres leer en voz alta y te voy explicando?
—No te burles de mi rapidez, ¿bueno?
—Nunca lo harĂa.
Casi una hora estuvieron en medio de la explicaciĂłn de tres capĂtulos sobre el cuidado de los rosales y otras flores. Louis era muy paciente y un excelente profesor, Harry estaba encantado.
—Ya no puedo seguir concentrado... —explicó Harry, dando por terminada la clase.
—¿Por qué? ¿Fue muy aburrido?
—Al contrario, pero tengo demasiada hambre y aquĂ huele delicioso... —SuspirĂł mientras acariciaba su estĂłmago vacĂo.
—Justo a tiempo, ojalá te guste y estĂ© rico, ven a sentarte, —dijo mientras se movĂa rápidamente por el pequeño lugar.
Puso un plato liso o llano, y encima uno hondo, donde sirviĂł la humeante sopa con un poco de cilantro picado. TomĂł el pan ya reposado y cortĂł trozos pequeños. Ya en la primera cucharada se pudo escuchar el gemido de Harry haciendo sonreĂr a Louis.
—¡Está delicioso! ¡Y este pan! Es el mejor que he probado.
—¿Y has probado muchos? ¿O ya estás alardeando otra vez?
—Me descubriste, —dijo bajando la cabeza y luego levantándola mientras reĂa. —¿Puedo tomar un poco más?
—No, no es la idea. Primero come el pollo, y si quedas con hambre, tomas más sopa.
—Trato hecho, aunque ya sé el resultado.
—También yo, —aseguró sirviendo las papas y el pollo.
Diez minutos después en que solo hubo silencio, Harry pudo hablar.
—Esto es imposible Louis... Dime dónde aprendiste a cocinar.
—AquĂ, solo. Mi ex familia siempre fue adinerada y crĂ©eme que jamás nos dejaron siquiera poner un pie en la cocina. Cuando me abandonaron, y tuvieron el gesto de dejarme en esta casa, tuve que aprender a hacer de todo. La primera vez que intentĂ© prender el horno, casi termino muerto, lo mismo cuando quise freĂr o cuando hubo una gotera en el techo. Cada cosa en esta casa tuve que aprenderla.
—Lo siento... No era mi intención hacerte hablar de ellos...
—No hay problema, ya no me duele. He aprendido a agradecer que no me dejaran en la calle, tengo los papeles que me hacen dueño de este lugar hermoso, donde he aprendido mucho... ImagĂnate que ahora hasta un amigo tengo, —sonriĂł mirando a Harry.
—PodrĂa decir que me cuesta entenderte, pero Âżsabes? Me siento igual... Mi vida completa ha sido una pelea por sobrevivir, pero no puedo tener un mal pensamiento para con mis padres... Lamento que terminaran mal, pero no podĂa ser de otra forma. Creo que al final, soy alguien que vive con la esperanza de que en algĂşn momento voy a estar mejor, y mira... Apareciste tĂş...
No siguieron conversando, no podĂan, estaban emocionados de saberse parte importante en la vida del otro. Varios minutos estuvieron solo mirándose, hasta que Harry sin querer pasĂł a llevar un plato que se quebrĂł en muchos pedacitos.
—Lo siento, lo siento mucho... Soy tan torpe, te lo voy a pagar, en serio, lo siento, Louis, yo...
—Calma... Respira. No te pongas nervioso o te puedes cortar. Déjame limpiar, no te muevas. —Con la escoba barrió, hasta dejar todo impecable. —No es necesario que me lo pagues, no te imaginas cuántos platos, tazas y vasos he quebrado, y si te confieso algo, ya no me gustaba. Era el último de ese juego y ahora tengo una excusa para comprar uno nuevo.
—¿Estás seguro?
—Claro que sĂ, Âżquieres estudiar un poco más?
—No, voy a lavar los platos y después me voy a ir, ya no llueve.
—Claro que no te vas a ir. Sabes que despuĂ©s de una tormenta como esta, baja un frĂo terrible y tienes la opciĂłn de no pasar frĂo. Tus zapatillas aĂşn están un poco hĂşmedas. QuĂ©date esta noche y mañana cortamos las rosas y te vas, Âżte parece?
—Siento que estoy abusando...
—No lo haces, tienes muchos platos que lavar. Mientras empiezas voy a guardar lo que quedó.
—Supongo que será nuestra cena.
—Claro que sĂ, y va a estar mucho más rico. Ni siquiera te ofrecĂ postre... Me acabo de acordar.
—El postre puede ser nuestra merienda. Creo que solo hoy subà como diez kilos.
—Merienda será entonces, —dijo Louis, pensando en que ojalá subiera rápidamente de peso. No se daba cuenta de lo delgado que estaba. —Si quieres, puedes ir a descansar en la habitación de invitados, y te levantas cuando te de hambre.
—¿En serio? Eso serĂa genial, no me acuerdo cĂłmo es una cama... Cuando me cuidaste no contĂł porque no recuerdo nada...
Y cĂłmo dolĂa escucharlo.
—Vamos, voy a pasarte unas mantas para tus pies.
Harry tĂmidamente se sentĂł y luego puso su cabeza en la mullida almohada que olĂa a limpio y fresco, como a rosas. Apenas Louis lo arropĂł, se durmiĂł.
Louis salió de la habitación con cuidado, y con su corazón roto. Encendió la pequeña chimenea, y se sentó al frente, con una taza de té.
Nadie merecĂa una vida como la de Harry, menos Harry. Era realmente un chico excepcional, tan dulce, tan genuino, tan puro de corazĂłn. VeĂa reflejada su alma en el verde jade de sus ojos más preciosos que los arrecifes, en su suavidad al hablar y en sus movimientos pausados. MerecĂa que la vida le retribuyera tantas carencias, tanta falta de amor, de afecto, de calor. Ojalá Harry pudiera conocer a alguien que lo ame con todas sus fuerzas y le muestre el lado más bonito de este mundo, alguien que lo abrace tanto que una sus partes rotas, que lo bese tanto que olvide su nombre, y que le de cariño a manos llenas. Se merecĂa un amor de cuentos, se merecĂa su final feliz para siempre.
Lentamente se durmiĂł, sin darse cuenta.
DespertĂł pasadas las cinco de la tarde, con la voz de Harry desde la cocina.
—Desperté solo por las ganas de comer panqueques. ¿Ya estás despierto? Llevo hablándote diez minutos, —dijo feliz. —Tu cama es maravillosa, creo que nunca dormà tan bien.
—No sĂ© a quĂ© hora me dormĂ, —contestĂł somnoliento. —DĂ©jame preparar los panqueques, Âżlos quieres con miel o frutas, o alguna salsa?
—¿Cómo los comes tú?
—Con frutas y salsa de caramelo y chocolate.
Harry abrió los ojos sorprendido. —Quiero...
Louis rápidamente derritió una barra de chocolate, y preparó un caramelo casero a punto.
ColocĂł frutas en los panqueques, los enrollĂł y arriba puso el chocolate y luego el caramelo.
—¿Quieres comerlo con la mano?
—¿Puedo?
—Claro que sĂ. Prueba.
—Mmmmmmm, delicioso... Tan bueno... —dijo pasando su lengua sobre sus labios, y luego chupando sus dedos. —¿Me preparas más? ¿Por favor?
—Claro que sĂ.
Y mientras lo hacĂa, Louis evitaba llorar. ParecĂa que Harry le dolerĂa siempre, era terrible darse cuenta que era feliz con tan poco.
—¿Pasa algo?
—No, creo que aún estoy un poco dormido, —contestó disimulando.
—¿Cómo logras que la fruta esté tan jugosa?
—La dejo reposando en jugo de naranja con una pizca de sal, asà logro que sus sabores salgan más intensos y que al mismo tiempo, se ablanden solo lo necesario.
—PodrĂas cocinar y yo vendo lo que prepares... Aunque mejor no, no podrĂa venderlos... —El rostro de Louis que se habĂa iluminado, se apagĂł casi de inmediato. —TendrĂa que vender todo a medias, no resistirĂa no darle un buen mordisco a cada cosa.
Harry alcanzĂł a notar el cambio de energĂa en Louis. Se dio cuenta de cĂłmo cada una de sus palabras provocaba alguna reacciĂłn, y sintiĂł pena. PercibiĂł lo frágil que era, y lo sensible, solo necesitaba un poco de afecto, y se sorprendiĂł de sentir tantas ganas de hacerlo sentir bien.
—Creo que siempre es una opciĂłn, y que podrĂas controlarte si es que te prometo más comida.
—Tenemos muchas opciones de trabajo... Lo siento...
—¿Por qué lo sientes?
—Porque quizás piensas que decĂa todo esto a modo de broma, y de verdad creo que nos irĂa bien, o a ti te irĂa bien, porque el del talento eres tĂş y...
—Para. ÂżPor quĂ© sacas conclusiones tan rápido? Si llegáramos a trabajar en algo juntos, asĂ como en las rosas, tienes que entender que tĂş eres la mitad. Yo no puedo ir a vender por razones obvias, y sin ti no podrĂa promocionar mis productos. Harry, todo lo que te he dicho es sincero, crĂ©eme.
—Lo siento, es solo que hay momentos en que me cuesta entender. ¿Sà estudiamos un poco más? ¿Antes de cenar?
Y Louis sonriĂł.
Esa noche fue tranquila, y tal y como lo habĂa predicho Louis, fue espantosamente frĂa. Cerca de medianoche Louis se levantĂł, y fue a revisar a Harry. Lo vio intentando no quejarse, pero llegaba a tiritar.
—Te voy a traer un té, y otras mantas, ¿está bien?
—Gracias... —murmurĂł con vergĂĽenza que Louis no entendiĂł, hasta que se dio cuenta de que estaba acostado con pantuflas. —TenĂa mucho frĂo.
—No te preocupes, pero debiste ir a despertarme, ya vengo.
Fue primero por las mantas y lo ayudó a sentarse. Puso agua a calentar y encendió la chimenea. Preparó el té, dos tazas, y le llevo una a Harry.
—Pronto la casa se va a temperar, es lo bueno de que sea pequeña. —Harry no contestó. —¿Estás bien?
—El año pasado hubo una semana de heladas, ¿las recuerdas?
—Nunca podrĂa olvidarlas, se me murieron casi todas las flores...
—Cinco de los siete callejeros que dormĂamos al lado del puesto de cebollas, murieron de frĂo. Solo Liam y yo sobrevivimos... No sĂ© cĂłmo lo hicimos, y espero que esta noche, no muera alguien más.
—Lo siento mucho Harry, es terrible lo que me cuentas... Y Liam, ¿es tu amigo?
—No, no hay amigos en la calle... Si tienes algo para comer, o una manta todos quieren ser tus amigos... Cuando llevas dos dĂas sin comer y no tienes una libra, eres peor que un perro... Pero le tengo cariño, a veces ha tenido gestos lindos, como darme el Ăşltimo pedazo de su pan o prestarme su manta cuando no podĂa pagarla. Creo que le tengo cariño.
—¿Cuál es su historia?
—Se criĂł con su padre, que era un ladrĂłn de poca monta. Cuando tenĂa quince años, su papá cayĂł detenido y no ha vuelto a salir. Liam tambiĂ©n robaba, pero dejĂł de hacerlo cuando pudo comenzar a cargar cajas y a ganarse sus libras limpias.
—Entiendo, qué tristeza que tengan que pasar por tantas cosas...
No pudo seguir hablando, porque en ese momento, escucharon un ruido en el jardĂn.
Louis palideciĂł y buscĂł una linterna. SaliĂł con sus botas y su capa a revisar, y pronto descubriĂł el motivo del ruido. Cerca del portĂłn de entrada, habĂa un saco, pequeño, con algo adentro. Con desconfianza lo tomĂł y lo abriĂł, pero su corazĂłn no estaba preparado para ver algo asĂ. Era un pequeño, muy pequeño cachorrito que lo miraba con terror, todo mojado y sucio, lleno de barro.
—Santo cielo bebé, ¿qué haces aqu� —Le preguntó mientras lo acunaba en sus brazos. Casi corriendo se devolvió hacia la casa, donde lo esperaba Harry con un cuchillo en la mano. —Harry... Casi me matas del susto...
—Estaba preparado por si aparecĂa un ladrĂłn... Lamento si te asustĂ©... ÂżDescubriste quĂ© pasaba?
—Mira... —dijo mostrándole al cachorro.
—No puede ser... Pero si no es la cosita más bella de este mundo... —habló todo tierno.
—¿Cierto que lo es?
—Está tiritando... ¿Qué hacemos?
—Hay que bañarlo, secarlo y alimentarlo.
—¿Por qué insistes en bañar a todo ser que ha sido tocado por la lluvia?
—Porque es la única manera en que tu cuerpo vuelva regular su temperatura. Si solo lo secamos, va a estar tiritando igual, y asà no podrá dormir.
—Entiendo. Entonces, vamos al baño.
Casi diez minutos se demorĂł Louis en bañarlo, y mientras Harry lo secaba, preparĂł un poco de carne con arroz, que hizo papilla, para alimentarlo. No tenĂa nada más, y esperaba que fuera suficiente.
—Mira a este guapo, —dijo Harry, con el cachorro que no era café, sino que blanco como la nieve, y con los ojos más particulares que vieron jamás.
—Tiene heterocromĂa, ojos de diferente color, y es muy lindo. Veamos si quiere comer.
Lo pusieron en el piso, al lado del platito con comida y de una pequeña fuente con agua. Apenas medio segundo pasó antes de que el cachorro, literalmente, se acostara a comer sobre el plato, para gran contento de Harry y Louis.
—Vas a tener que llevarlo al mercado y buscar quien quiera adoptarlo. Puedo ayudar con el veterinario y algo de comida.
—La señora de las manzanas querĂa un perrito hace tiempo, voy a llevarlo y ver si se enamoran.
Finalmente los tres se sentaron en el sillĂłn, y se durmieron.
Louis despertĂł completamente congelado. La chimenea se habĂa apagado en algĂşn momento de la noche, y no habĂa llevado mantas. Vio al cachorro enterrado en el cuello de Harry y verlos asĂ le llenĂł el corazĂłn de ternura.
Eran ya las ocho de la mañana.
—Harry, despierta, se te está haciendo tarde.
—No me puedo mover del frĂo...
—Voy a preparar té y el desayuno para los tres, ¿te vas a bañar?
—¿Por qué? No me he mojado...
—Porque hay que bañarse todos los dĂas.
—Pero entre ayer y hoy no me he ensuciado...
—Está bien, —dijo riendo. —Solo era una pregunta.
Veinte minutos después ya estaban los tres comiendo muy contentos.
—¿Crees que deba comprarle ropita?
—No lo habĂa pensado, y creo que sĂ, está muy pequeño y necesita calor. Tengo listos los papeles para los ramos, Âżquieres ir a cortar las rosas?
—¿Puedes ir conmigo? Me gustarĂa que me explicaras bien por quĂ© debo cortar de una forma especĂfica...
—Vamos, yo llevo a este bebé debajo de la capa.
Salieron y de inmediato se arrepintieron. La helada era realmente horrible.
—¿Me puedo ir más tarde? ¿Por favor?
—No tienes que preguntar. Cortemos rápido y volvemos por otra ronda de té frente a la chimenea. Mira, esto de aquà es la yema, siempre debemos cortar por encima de ella, siempre en diagonal, ¿recuerdas?
—SĂ, que no es un corte recto.
—Exacto, es lo más importante y darle un poco de espacio al corte. Lo haces muy bien, Âżcierto bebĂ©? —le dijo al cachorro que se habĂa asomado.
Harry sonriĂł sin querer frente a la imagen, olvidando el frĂo y un poco más.
—Terminé, voy a hacer seis ramos de cuatro rosas otra vez, creo que es lo mejor.
—SĂ, tambiĂ©n me gusta. Hiciste 24 cortes perfectos, vamos a celebrar.
Mientras el cachorro se acurrucaba en el sofá frente a la chimenea, Harry armaba los ramos y Louis preparaba una gran tetera con té.
—Terminé, ¿cómo se ven?
—Te quedaron preciosos, pero Âżsabes quĂ©? EspĂ©rame aquĂ, dijo poniĂ©ndose su capa y saliendo.
Harry lo mirĂł por la ventana.
—¿Qué es eso?
—No te acuerdas que te mostré, pero estas pequeñas se llaman nubes o velo de novia. Quedan perfectas acompañando cualquier ramo, y crecen rápido.
—IncreĂble, se ven mucho más lindos.
—¿Crees que puedas venderlos a esta hora?
—Espero que sĂ, pero están tan preciosos que podrĂa asegurarlo.
—¿Cuándo vas a volver?
—Mañana temprano, la misma rutina de siempre.
—Bien... ¿Puedo esperarte con desayuno?
—No, no es necesario, mucho haces con lo de las flores, —aseguró, pero al notar cómo se apagaba la mirada de Louis, se corrigió. —Pero un té siempre viene bien.
Y Louis volviĂł a sonreĂr. —¿Crees que deberĂa comprar un carrito? Para llevar los ramos...
—Piensas demasiado en muchas cosas... Pero creo que es una gran idea, asà no se estropean, ya me voy.
—Te acompaño hasta la rendija.
Una vez en medio de las murallas, Louis le fue entregando los ramos a Harry, que no quiso salir por el portón, y finalmente le pasó al cachorro. Antes de hacerlo lo besó y le dijo que se portara bien, y que ojalá encontrara quien lo amara mucho y para siempre.
Una vez que se fueron, sintiĂł su pequeña casa gigante y más frĂa que nunca.
Harry le habĂa entregado luz y calidez a esos dĂas, sin quererlo. HabĂa pensado que se estaba acostumbrado a la soledad y a sus conversaciones consigo mismo, pero ahora se daba cuenta de que le gustarĂa que Harry fuera más veces para poder hablar y enseñarle a tener más oportunidades. Incluso, Harry podrĂa comprarle las cosas en el mercado, evitándole los malos ratos de enfrentarse a esa gente mala y prejuiciosa.
TenĂa tantas ideas, pero las iba desechando una a una. SentĂa que algo no encajaba, como si Harry siguiera inseguro de esta relaciĂłn que empezaban a formar, como si no terminara de aceptarla y eso le dolĂa, aunque podĂa entenderlo a la perfecciĂłn. Aunque Louis fuera el mejor hombre del mundo, era feo, raro, extraño, y eso no tenĂa remedio, no podrĂa cambiarlo y podrĂa asegurar que Harry lo miraba con algo más que lástima. Tal vez un poco de miedo, tal vez incluso un poco de asco. Y cĂłmo le dolĂa.
Harry en cambio, caminaba pensando en demasiadas cosas. HabĂa llegado a la casa de Louis a dar la cara, a pedir disculpas y a agradecer, y saliĂł de ahĂ con su estĂłmago lleno de deliciosa comida y su corazĂłn lleno de afecto. Compartir con Louis le remeciĂł hasta lo más profundo de su ser, jamás imaginĂł encontrar a alguien tan dulce, tan amable y expresivo pese a su rostro desfigurado. De alguna manera sentĂa que Louis era demasiado, sobre todo para Ă©l que tenĂa tan poco para ofrecer y le parecĂa muy desigual que fueran amigos, porque Louis tenĂa todo y lo entregaba a manos llenas, y Ă©l era apenas un andrajoso cargador de verduras y ladrĂłn.
El cachorro lo sacaba de sus pensamientos cada cinco minutos, con sus intentos de ladrido y con sus lamidas en su mano. Le sonreĂa y le hablaba, le gustarĂa quedárselo o que Louis se lo hubiese quedado, pero no se atreviĂł a plantearlo, ya era demasiado.
Suspiraba imaginando que de verdad, algĂşn dĂa, pudiera sentirse digno de la amistad de Louis. Lo admiraba, sabĂa que era un gran chico, tan valiente, tan resiliente (le gustaba mucho esa palabra), tan claro y transparente. Tan Louis.
Al llegar al mercado, fue directamente al puesto de manzanas, donde encontró a la casera preocupada por él.
—Gracias a Dios estás bien, tuve tanto miedo de que te pasara algo... —dijo acariciando su pelo. —Te ves muy bien, ¿dónde estabas?
—Es una larga historia, pero antes de conversar tengo que vender mis flores, y encontrarle casa a esta preciosura.
Dejó al cachorro en manos de la señora, que de inmediato se enamoró.
—Es hermoso... ¿Puedo quedármelo yo?
—Me encantarĂa, sĂ© que lo va a cuidar bien. Puedo ayudarla con el veterinario y alimento, o eso dijo Louis.
—¿Louis? ¿Estuviste de nuevo con él?
—SĂ, pasĂ© la noche en su casa. Me hizo bañar, me dio ropa, cocinĂł para mĂ...
—¿Ustedes tienen algo?
—No, ¿por qué?
—No lo sé, era solo una pregunta.
—Él es muy amable, pero creo que jamás podrĂamos mirarnos de otra manera. Estamos intentando ser amigos y hasta eso es difĂcil para mĂ, porque siento que Ă©l tiene mucho y yo nada...
—No es asĂ, —contestĂł dulcemente. —Harry, eres un chico diferente, a pesar de todo sigues aquĂ, eres un sobreviviente y aĂşn no lo entiendes. No te apresures, dale tiempo al tiempo, estoy segura de que construirán una hermosa amistad.
—Eso espero, porque... ¿Qué le pasó a sus manzanas?
—El proveedor perdió muchas ayer con la tormenta. Se le inundó la bodega y no sabemos cuándo podremos recuperar...
—Entiendo. Voy a gritar mis flores, y con lo que gane, le voy a comprar un chaleco al cachorro.
Se demorĂł veinte minutos, y solo porque la señora de siempre llegĂł tambiĂ©n tarde, y se molestĂł mucho a no poder llevarlas todas, obligando a Harry a prometer que el prĂłximo dĂa le guardarĂa por lo menos tres ramos.
Con sus libras tintineando, comprĂł la ropa para el perrito y se la fue a poner.
—Quedaste hecho un prĂncipe, cosita bella, —dijo meciĂ©ndolo en sus brazos.
—Es verdad, pero déjalo dormir. Anda a ver a Liam, me parece que no está muy bien.
Harry corriĂł hacia el puesto de cebollas, y ahĂ lo encontrĂł.
—¿Qué te pasa? ¿Qué sientes?
—Creo que fue demasiado frĂo, me duele todo, —hablĂł todo gangoso, lleno de mocos y un poco de fiebre, mientras tiritaba.
—DeberĂas bañarte, pero es imposible... Voy a comprarte un tĂ© y unos analgĂ©sicos, espĂ©rame.
Volvió quince minutos después con un té grande, cuatro pastillas y dos sándwiches de los más gigantes que encontró.
—Tómate el té con cuidado y traga dos de las pastillas. Luego comes algo, te vas a sentir mejor. ¿Tu ropa está seca?
—SĂ, por suerte no me mojĂ©.
—¿Y los demás? ¿El cojo, el sanguijuela y Josh?
—Se los llevaron esta mañana... Bueno, a su cadáveres...
—Lo sabĂa, hizo demasiado frĂo.
—¿De dónde sacaste dinero?
—Estoy vendiendo rosas y me gano unas libras, más lo de cargar las zanahorias, me está ayudando mucho.
—Me alegra, de verdad, ojalá puedas salir de la calle.
—Sabes que eso son palabras mayores, solo una pieza son 50 libras mensuales, en cualquier mugre piso de estos lados. Apenas tienen algo parecido a un baño, ni hablar de que hay que comer y todo eso...
—Tienes razĂłn. Lo bueno de que murieran los demás, es que me quedĂ© con sus mantas y cuatro libras que alguno tenĂa en el pantalĂłn.
Harry lo mirĂł sin horror, era la cruda y triste realidad de la calle. SĂłlo pudo sonreĂr, una sonrisa vacĂa, pero sonrisa al fin.
Esa tarde, Louis y Harry se extrañaron. AsĂ de rápido se habĂan acostumbrado a la presencia del otro, a esa sensaciĂłn de algo llamado hogar, de una nueva idea de lo que era la calidez y la sorpresa de encontrar magia en alguien en este mundo, de poder verlo y mirarlo sin máscaras, sin miedos, sin temor de ser juzgados; poder ser ellos mismos en todo momento, mostrar su vulnerabilidad sin miedo a que fuera dañada o pisoteada. Al contrario, era celebrada o eso esperaban, era lo que querĂan debajo de sus pensamientos de inseguridad y de ligera turbaciĂłn.
Harry trabajĂł arduamente hasta que casi llegĂł la noche. Inconscientemente querĂa caer rendido para no sentir el frĂo ni la dureza de la calle. Lo consiguiĂł a medias y agradeciĂł por ello.
Cuando abriĂł los ojos, supo que era hora de ir a ver a Louis, Âżo de ir por las rosas? Bueno, las dos cosas. Se lavĂł la cara en un charco de agua estancada pero limpia que encontrĂł y mirĂł que su ropa no estuviera sucia o muy arrugada. no querĂa que Louis pensara que era descuidado o algo asĂ. CaminĂł con prisa, extrañando la lengua traviesa del cachorro. EntrĂł rápidamente por la rendija y en la entrada de la casa estaba Louis esperándolo con su sonrisa caracterĂstica.
—¿Cómo estás? ¿Cómo pasaste la noche? ¿Con quién quedó el cachorro? ¿Cómo está la señora de las manzanas, y Liam?
Harry lo miró con la boca abierta, el ceño fruncido y muy serio le dijo:
—Dime que lo ensayaste... ÂżCĂłmo podrĂa contestar todo eso? —HablĂł en medio de una sonora carcajada.
—Lo siento, —rio también. —Es que estaba preocupado...
—Estoy bien, pasĂ© un poco de frĂo. El cachorro ahora se llama Nube, está con la señora de las manzanas que estaba mal, porque su proveedor habĂa perdido muchas unidades con la tormenta y no tenĂa mucho para vender. Liam estaba bien dentro de todo, los otros tres callejeros murieron de frĂo y pudo quedarse con sus mantas. Ayer tenĂa algo de fiebre, pero pude comprarle un tĂ© y un pan y se sintiĂł mejor.
El rostro de Louis era de pesar.
—¿Tres muertos? Harry, eso es terrible... No puedes seguir durmiendo en la calle, por lo menos no cuando hay heladas, prométeme que vas a venir a dormir o que vas a buscar un lugar...
—Louis, es lo que me toca, no puedes estar haciĂ©ndote cargo de mĂ, apenas me conoces y no deberĂas involucrarte...
La mirada de Louis cambiĂł, se oscureciĂł y su energĂa se volviĂł densa.
—Como quieras, te ofrecà todo lo que estaba a mi alcance y no lo quieres. Está bien, asà será.
—No te enojes, no quise hacerte sentir mal.
—No lo haces, ya nadie puede hacerlo.
—Louis...
—Voy a buscar tus ramos, ya vuelvo.
EntrĂł en su casa y tomĂł los bonitas flores envueltas con tanta perfecciĂłn que era inevitable no sonreĂr al verlas.
—Que te vaya bien, —dijo entregándoselas y luego cerrando la puerta.
Harry se quedĂł unos minutos sin saber quĂ© hacer. ÂżEs que acaso Louis no podĂa entender su situaciĂłn? No podĂa pasar de la carencia total de preocupaciĂłn a un exceso de la misma, no sin cuestionarse si era correcto, no mientras sintiera que Ă©l era poca cosa, que no tenĂa cĂłmo retribuirle. Al parecer no, Louis no lo entendĂa y Ă©l no sabĂa explicarse. Y no querĂa sentir jamás que Louis estaba molesto, no con Ă©l, y le quemaba, y por más que lo evitaba no podĂa detener las lágrimas que caĂan como una cascada por sus lindas mejillas y velaban sus bonitos ojos. TomĂł sus flores y se fue, casi corriendo.
Louis lo miraba por la ventana, mientras sus propias lágrimas inundaban su adolorido corazĂłn. ÂżPor quĂ© Harry no entendĂa que solo querĂa darle un poco de alivio a su vida tan difĂcil? ÂżAcaso su ayuda era menos valiosa porque venĂa de Ă©l? ÂżEra su apariencia realmente el problema y Harry no se lo dirĂa?
Los dos pensaron sin cesar en el otro, en lo sucedido, buscaron una explicaciĂłn, encontraron respuestas equivocadas, se dañaron con ideas invisibles, mataron sus ilusiones que habĂan empezado a crecer en compañĂa del otro.
Louis, aun con toda su pena, fue a buscar la maceta donde tenĂa su experimento, y quizás como una señal, no habĂa raĂz, ni señales de vida. Fue un fracaso. Pero no se iba a dar por vencido, aunque fuera lo Ăşltimo que hiciera por Harry, le darĂa ese Ăşltimo regalo. LeyĂł algunos libros, y volviĂł a intentarlo. Esta vez tomĂł un trozo de raĂz del rosal rosa, del amarillo, y de las hortensias azules, y les hablĂł. Les pidiĂł ayuda para crear una nueva variedad, hermosa, suave, delicada pero resistente. ApretĂł la tierra de hoja, la regĂł muy poco porque la humedad era mucha y más agua podĂa ser perjudicial. La dejĂł cerca de la ventana de la cocina.
El resto del dĂa se dedicĂł a lavar y ordenar. Con la visita de Harry y del cachorro estaba todo un poco revuelto, y su despensa se habĂa vaciado. Antes de dormir hizo una lista de cosas por comprar en el mercado al dĂa siguiente. CerrĂł los ojos pidiĂ©ndole a Dios que Harry tuviera una buena noche.
Temprano se levantĂł Louis a preparar un tĂ©. Por la hora suponĂa que Harry ya habĂa ido por las rosas, y esperaba que hubiese tomado los envoltorios que le habĂa dejado en una bolsa bajo el rosal amarillo. DespuĂ©s de beber su tĂ©, se puso su capa, su sombrero y su cubre boca y saliĂł con una bolsa grande bajo el brazo. El mercado estaba llenándose de gente, por lo que se apurĂł y logrĂł comprar todo lo de la lista. Solo dos personas le gritaron ofensas, y un tipo del puesto de lentejas no quiso atenderlo, pero pudo comprar en otro lugar. PasĂł por el puesto de manzanas, y vio que realmente la señora tenĂa muy pocas manzanas, y además, estaban en muy mal estado. DifĂcilmente podrĂa venderlas.
—Nunca le pregunté su nombre, —dijo Louis a modo de saludo.
—Mary, me llamo Mary.
—Sus manzanas se ven mal... ¿qué pasó?
—Con la última tormenta se perdió casi toda la producción y el proveedor nos subió el precio demasiado. No sé qué voy a hacer.
—¿Puedo ayudarla? Tengo manzanas en mi jardĂn, puedo traerlas.
—¿De verdad? EstarĂa tan agradecida, de verdad estoy desesperada...
—Voy a comprar un carrito, —explicó sintiendo su corazón apretarse al recordar a Harry, —y volveré en una hora y media aproximadamente. ¿Cómo está Nube?
La cara de tristeza de la señora lo alertó. —Me lo robaron, cuando me iba ayer unos tipos me lo quitaron de los brazos, y aunque le he preguntado a medio mercado, nadie lo ha visto...
—Pobre bebĂ©... Ojalá aparezca, —dijo suspirando. ParecĂa que todo estaba mal. —Me voy, nos vemos en un rato.
Iba caminando lo más rápido con su carrito nuevo, cuando vio algo que terminĂł de romper su corazĂłn. En el mismo sendero donde encontrĂł a Harry esa vez que estaba tan enfermo, lo vio juntos a unos tipos que claramente lo estaban asaltando o eso parecĂa. Se dio cuenta de que tenĂan a Nube, y Harry les estaba entregando sus libras, su chaqueta e incluso sus zapatillas. Estaba pagando el rescate del cachorro.
Se quedĂł escondido detrás de uno de los árboles hasta que vio a los delincuentes salir corriendo hacia el fondo del sendero con su botĂn, y aunque Harry habĂa perdido todo, le sonreĂa a Nube. EsperĂł hasta que pasĂł muy cerca de su escondite, y le llamĂł la atenciĂłn ver que al parecer, Harry iba a verlo a su casa.
Se fue detrás, caminando sigiloso, hasta que lo vio entrar por la rendija. Louis tuvo que rodear el jardĂn hasta llegar al portĂłn y entrar, lo encontrĂł sentado en una de las mecedoras.
—¿Qué haces aqu�
—Louis... Creo que nos debemos una explicación.
—Pasa, hay budĂn de papas y manzanas asadas. Espera, no puedo hablar contigo ahora, tengo que ir al mercado otra vez a llevarle manzanas a Mary.
—¿Te acompaño?
—No, no quiero que nos vean juntos... Puede ser perjudicial para ti.
Y se fue hacia los manzanos, y con ayuda de una pequeña escalera comenzĂł a sacar la fruta hasta llenar su carrito. Puso otras en bolsas, que acomodĂł y le dio una Ăşltima mirada a Harry antes de irse. HabrĂa podido decirle que lo esperara adentro, y que hiciera lo que quisiera, pero Ă©l ya no iba a ofrecer nada más, porque quizás habĂa sido su culpa intentar ayudar a quien no querĂa su ayuda.
VolviĂł cerca de media hora despuĂ©s, porque recordĂł un atajo que lo llevaba en apenas quince minutos al mercado y que habĂa olvidado porque lo obligaba a pasar por uno de los senderos más transitados, pero ahora no querĂa hacer esperar más tiempo a Harry.
—Volviste rápido.
—SĂ.
—Louis, no quiero que estés molesto conmigo, de verdad lo lamento mucho...
—¿Lamentas qué?
—Lo que sea que hice.
—No estoy enojado contigo, es solo que me molestĂł ofrecer mi ayuda y que no la quisieras, pero entendĂ que la responsabilidad es mĂa por intentar forzar algo que no quieres.
—No se trata de eso, y lamento una vez más que pienses mal de mĂ...
—¿Quieres una taza de té? Nube está tiritando.
—SĂ, por favor. El tĂ© del mercado no es tan rico como el que preparas tĂş, —dijo sonriendo.
Una vez adentro, Louis encendió la chimenea. Nube se acurrucó en el sofá y Harry se quedó de pie.
—En la habitación de invitados están las pantuflas, por si quieres usarlas.
—SĂ, gracias, permiso...
Cinco minutos pasaron en silencio, mirando las tazas de té.
—Entonces, explĂcame.
—Es difĂcil de explicar, y más difĂcil es decirlo, pero Louis, yo siento que me ofreces tantas cosas y yo no tengo nada, literalmente... En mi vida solo he tenido mĂo mis harapos y mi necesidad, y de pronto apareces tĂş queriendo arreglarme el mundo y yo no puedo solo decir que sĂ, porque no está bien... No es justo, no sĂ© hacerlo, no lo mereces...
—Gracias por decirlo, —dijo botando el aire. —Lamento si soy muy insistente, solo querĂa alivianar tu carga un poco, lo siento si no me expliquĂ© bien. No quise pasarte a llevar en ningĂşn momento, creo que de alguna manera conocerte y descubrirte fue... fue como verme a mĂ y mi tragedia y actuĂ© como necesitĂ© que lo hicieran conmigo... Me vi reflejado en ti, lo siento mucho... Creo que quizás fuimos demasiado rápido y puedo entender por quĂ©. TenĂamos necesidad de alguien que nos entendiera y fue fácil “entregarnos”. Pero pese a todo yo no me arrepiento, y si estás de acuerdo podemos empezar de nuevo, ahora que ya hemos encontrado un amigo con quien compartir los buenos y malos momentos.
—Estoy de acuerdo, explicaste lo que yo no sabĂa poner en palabras, gracias...
—¿Tomemos té?
Rápidamente pasaron los dĂas y algunas semanas, en esa rutina de armar ramos de diferentes flores y de llevar manzanas a Mary. Nube andaba para todos lados con Harry, incluso cuando cargaba cajas de zanahorias.
El verano iba quedando atrás y se esperaba un otoño frĂo y gris. La que se supone era una Ă©poca cálida, estuvo llena de episodios de tormentas y heladas, y los que venĂan serĂan peores. La relaciĂłn entre Louis y Harry era cada vez más cercana, no se dieron cuenta de cuándo se volviĂł tan profunda ni hermosa. Se tenĂan mucha confianza, no habĂan secretos, y lentamente habĂan compartido sus sueños. Ellos que jamás imaginaron tener esperanzas o crear escenarios distintos, ahora les empezaba a parecer una posibilidad cierta y real.
Louis seguĂa intentando crear la flor perfecta para que Harry vendiera, aunque secretamente, esperaba no tener que despojarse de ella. HabĂa intentado con la mayorĂa de las flores, y aĂşn no lograba que creciera ni una sola hoja.
Una mañana especialmente frĂa, despuĂ©s de que Harry se fuera a vender diferentes flores, decidiĂł cambiar de estrategia. No iba a utilizar más macetas, iba a plantar directamente en la tierra. UsĂł raĂces solo de flores azules y blancas, y les hablĂł, les contĂł lo que necesitaba, lo que estaba buscando. Hizo lo mismo cuando estaba colocando el abono, y cuando muy despacio le puso un poco de agua. Le hablĂł tambiĂ©n a las plantas y árboles que estaban cerca, incluso a los pequeños bichitos que andaban por ahĂ, y les pidiĂł ayuda para cuidarla.
Una semana después, apareció un muy pequeño brote, que hizo muy feliz a Louis. Era un avance mucho mayor que con cualquier otro de sus intentos, y le hizo sentir muy bien.
—Adivina, —dijo Louis, —¡tiene un brote!
—¿En serio? ¡Eso es increĂble!
Se abrazaron con tantas ganas, de manera tan genuina, que no se dieron cuenta de que era la primera vez que se tocaban, que estaban tan cerca, que podĂan sentir el calor del otro.
Se separaron de la misma manera, sin notar nada extraño.
—Mary le ofreció a Liam vivir con ella. Con tu ayuda, le ha ido muy bien vendiendo frutas y Liam ha podido tener más trabajo con las zanahorias, entre los dos se pueden ayudar. Estoy muy contento por él...
—Oh... Se van a acompañar, también me alegro, estaban los dos muy solos. Liam va a ser como el hijo que nunca tuvo Mary.
—Lo sé, es una muy buena noticia.
—¿Y tú? ¿Alguna vez me harás caso de venir a vivir aqu� ¿Aunque sea a dormir?
—Desde esta noche, —dijo sonriendo nervioso. —Pero, te voy a pagar.
—Harry, sabes que no...
—Lo es, es necesario. Nuestros floreros ya se transformaron en cajas de monedas. Puedo hacerlo y necesito hacerlo, no me quites eso, ¿por favor?
—Está bien, —dijo sonriendo con ganas. Gracias a que ahora hablaba y sonreĂa más, muy lentamente la comisura de su labio habĂa empezado a recuperar un poco de su movilidad aunque no se daba cuenta, era Harry quien conocĂa cada milĂmetro del rostro de Louis y lo notaba.
—Siento que la venta de flores se hace más difĂcil en esta Ă©poca, quizás es tiempo de pensar en vender comida, pero no se me ocurre quĂ©.
—Lo más común y fácil es el pan, los rollos de canela, los bizcochos, las galletas y las tartas.
—Qué rico Louis, pero no puedo asegurar que lleguen completas al mercado.
—Por cada vez que lleguen bien, y se vendan, te preparo un plato especial para cenar, qué dices...
—Que acepto.
Esa noche, Harry durmiĂł en la misma casa con Louis, por primera vez como un inquilino. Se quedaron conversando hasta cerca de medianoche, y al dĂa siguiente estaban arrepentidos cuando el sueño amenazaba con no dejarlos salir de la cama.
—Esto es tu culpa, —gritaba Harry desde su habitación.
—No te quejes, que tu puedes dormir un rato más. En cambio yo, —dijo asomándose, —tengo que levantarme a cocinar.
—No podrĂa dormir con ese cargo de conciencia, te voy a acompañar en la cocina, aunque sea para ayudarte a lavar.
—Gracias por eso, pero no es necesario. Duerme un rato, yo te aviso cuando esté listo.
A pesar de su sugerencia, Louis tuvo a Harry a su lado todo el tiempo, haciendo preguntas, comentarios, cantando, jugando con Nube.
Y Louis se sentĂa pleno y feliz.
Y Harry se sentĂa encantado y afortunado.
—Hoy vamos a probar con pan, rollos de canela y algunos bizcochos. En la tarde voy a preparar galletas y un relleno para tarta. ¿Cuál crees que sea mejor usar? ¿Moras, frambuesas, fresas? ¿Nueces?
—¿Todos? Louis, Ă©chale piedras y quedarĂa rico igual.
—Entonces, voy a necesitar que pases a comprar frutos secos, muchos, un kilo de cada uno.
—¿Me haces una lista?
—Claro que sĂ... —dijo mientras metĂa las masas al horno con mucho cuidado.
—Me voy a ir a bañar.
—¿Te sientes bien?
—¡Hey! —se carcajeó. —Estoy cambiando, ¿bien?
—Bien, —sonrió, —era una broma.
En momentos como ese, Louis y Harry se daban cuenta de lo mucho que siempre sonreĂan cuando estaban juntos o cuando recordaban al otro. Era una sensaciĂłn a la que se habĂan acostumbrado rápidamente y que les gustaba mucho. lo habĂan hablado, sabĂan quĂ© le pasaba al otro, no podĂan mantener sus sentimientos ocultos. O eso decĂan.
Una hora y media despuĂ©s, Louis ya tenĂa todo envuelto en hermoso papel de seda, con los precios, guardado en el carrito.
—Anda despacio y con cuidado de que no se golpeen mucho. Le estoy mandando a Mary una pieza de pan, para que se la entregues, ¿s� Si no logras vender las masas a ese precio, bájalo. Te voy a dar una moneda de oro para que compres lo de la lista.
—Son muchas cosas... Espero no equivocarme...
—Vas a estar bien, confĂa en ti.
—¿Lo crees?
—Estoy seguro, anda tranquilo...
DespuĂ©s de que Harry saliĂł, Louis se dedicĂł a ordenar las habitaciones, sacudir, ventilar. Y aunque no sabĂa cĂłmo iban a salir las ventas, buscĂł una receta nueva para hacerle una rica cena a Harry.
Llevaba muchos dĂas en que el nombre de Harry no bastaba en su boca, querĂa llamarlo de otra manera, pero el nombre que latĂa tĂmidamente en su corazĂłn, sencilla y dolorosamente morĂa en sus labios. ÂżSu afecto por Harry se habĂa transformado? Claro que sĂ. ÂżTenĂa alguna esperanza? Ninguna. ÂżPodrĂa vivir asĂ? Por mil años si era necesario. AsĂ como estaban las cosas, era tremendamente feliz.
Nadie podĂa entender quĂ© significaba eso para alguien como Louis. La felicidad era algo que sintiĂł por Ăşltima vez hace años eternos, y ahora palpitaba en su pecho con fuerza. Nada podĂa ser mejor que esa sensaciĂłn al lado de alguien como Harry, su dulce Harry, su tierno Harry.
Mientras Louis divagaba en medio de la cocina de su casa. Harry llegaba sano y salvo al mercado. Como siempre, se ubicĂł al lado de Mary.
—¿Cómo estás hoy?
—Bien Mary, ¿tú?
—Con dolor de espaldas. Se me ocurriĂł limpiar la habitaciĂłn para Liam y algo habĂa pegado en el piso. Se me olvida que a mi edad puede ser perjudicial, —contĂł riendo.
—Pero si aún eres joven, no sé de qué hablas, —contestó contagiado del buen humor.
—¿Y tus flores?
—Solo traje un ramo, hoy vamos a intentar con comida.
—¿Y qué trajiste?
—Pan, rollos de canela y algunos bizcochos.
—¿Rollos de canela? Dame uno.
—Claro, toma... Ah, Louis te mandó este pan.
—Ese Louis es una cosita linda, ¿no? Siempre preocupado.
—Lo es...
Mary no dijo nada, no era necesario, ella ya lo sabĂa.
En apenas una hora, Harry vendiĂł las flores y la comida. DespuĂ©s fue a comprar los frutos secos y ropa nueva para Nube, y dejĂł todo en su carrito en el puesto de Mary. Se dedicĂł a cargar todas las cajas de zanahoria que pudo, porque aunque no lo necesitaba, no querĂa sentir que era una carga para Louis o que alguien pensara que se estaba aprovechando, porque jamás lo harĂa, porque solo quiere ser Ăştil, que Louis sienta que puede apoyarse en Ă©l... Quiere que Louis lo necesite para siempre, porque asĂ no tendrĂa que irse nunca de su lado, y podrĂa mirarlo siempre, y ver como su mirada ahora es mucho más suave, sus gestos más afectuosos, su cicatriz cada vez menos rĂgida, su caminar más seguro... Ha sido un todo en el cambio de Louis, aunque eso es un engaño. Sabe que Louis no ha cambiado, sabe que es Ă©l, Harry, quien ahora lo ve diferente, quien suspira en silencio cuando lo mira hablar o reĂr y lo ve hermoso como su alma; quien reza suplicando porque Louis estĂ© bien y siga feliz; quien estĂşpidamente se queda despierto por horas recordando los momentos que le ha entregado el dĂa.
Cuando volviĂł a casa, ya tarde y muy cansado, un aroma delicioso lo esperaba.
—Hola, ¿cómo te fue? ¿Vienes muy cansado?
—Hola, —contestó casi suspirando Harry. —Estoy muerto, cargué demasiadas cajas y además hice varios mandados, pero vendà todo, y compré lo que me encargaste. Nube también se escapó y me tocó correr...
—Oh, fue mucho por hoy. Lo siento, quizás deberĂamos probar vender solo dĂa por medio, no quiero que te esfuerces tanto.
—Está bien, no soy un débil.
—Claro que no, jamás dirĂa algo asĂ.
—Lo sé... No quiero estar a la defensiva, lo siento...
—No te disculpes, ¿por qué no te das una ducha y vienes a cenar?
—SĂ, vuelvo enseguida.
Harry realmente no se demorĂł, no querĂa hacer esperar a Louis y al mismo tiempo, necesitaba tiempo a solas en su habitaciĂłn.
—Huele muy rico, ¿qué es?
—Es solamente la comida tĂpica, pescado y papas fritas, —dijo mostrando una hermosa fuente. —Hice un aderezo de crema tambiĂ©n, y una pequeña ensalada de col. ÂżQuieres tĂ©?
—Me encantarĂa...
Harry estaba en uno de esos dĂas en que era muy difĂcil no ponerse a llorar, estaba muy emocional y se sentĂa en exceso vulnerable. Lo Ăşnico que necesitaba era un abrazo, uno muy fuerte y muy largo.
—¿Qué pasa? —Preguntó Louis preocupado.
—No lo sĂ©... ÂżTienes dĂas en que solo quieres silencio y que alguien te abrace sin preguntas?
—Los conozco muy bien... ¿Eso necesitas? ¿Quieres que te abrace?
—Por favor...
Louis se puso de pie y se acercĂł a Harry que seguĂa sentado, con sus ojos hĂşmedos.
—Ven acá...
Lo envolviĂł con tanta delicadeza, con tanto amor, que Harry se sintiĂł desfallecer. SentĂa las manos de Louis acariciando su espalda, meciĂ©ndolo suavemente y no pudo evitarlo más. LlorĂł, llorĂł desgarrándose, botando los Ăşltimos vestigios de soledad, de dolor, de ausencia y de desesperanza.
Louis simplemente lo contuvo, no preguntĂł, no hablĂł, lo dejĂł sacar afuera lo que lo estaba asfixiando, tratando de transmitirle todo su amor, toda su calma y su energĂa.
Fue mucho tiempo que estuvieron asĂ, aferrados al cuerpo del otro, no querĂan separarse, se sentĂan en casa, en su lugar, mejor que nunca, tan cálidos y fuertes, tan intensos y frágiles.
—Gracias por estar aquĂ, por acompañarme y no preguntar...
—Gracias a ti por permitirme intentar darte calma... ¿Quieres ir a la cama? ¿Puedo llevarte el té?
—No, ni loco me pierdo la cena, siéntate y comamos, ya estoy bien.
Louis le sonrió y luego le sirvió el té.
—¿Le habrá gustado el pan a Mary?
—Liam fue a verla a media mañana, y se comieron la mitad enfrente mĂo, —contĂł. —Les encantĂł, pero los rollos de canela los enloquecieron. Liam comprĂł seis y se los devoraron. Una señora comprĂł un bizcocho, y la vi comerlo un poco más allá. DespuĂ©s del primer bocado volviĂł y me los comprĂł todos. Fue super buena venta, creo que nos va a ir muy bien. tengo que llevar otro ramo de flores, siempre se venden, quizás no como en primavera o verano, pero siempre hay clientes... Louis, esto está muy rico...
—Asà parece, te faltó comer el plato, —rio.
Y Harry se perdiĂł una vez más en los labios de Louis. Ya era incapaz de ver la cicatriz, solo veĂa luz.
Una semana despuĂ©s, la flor que tenĂa un pequeño brote, ahora tenĂa seis, mucho más grandes y firmes. Louis le hablaba varias veces al dĂa, les contaba la historia de su amor y le daba ánimos para crecer fuerte.
El inverno llegĂł frĂo y seco, las heladas congelaban todo su a paso. Cada mañana el rocĂo del pasto formaba una capa brillante y translĂşcida, bella pero gĂ©lida. Harry se quejaba de que ahora, por culpa de dormir abrigado y cĂłmodo, no le daban ganas de ir a trabajar. Pero estaba feliz, habĂa juntado muchas monedas y podĂa darse una pequeña licencia, como llegar más tarde a cargar cajas con zanahorias.
La venta de comida estaba mejor cada dĂa: mientras más frĂo, más se vendĂa. Liam y Mary parecĂan una verdadera familia. El chico estaba más que agradecido y lo demostraba cada dĂa, era amable y respetuoso. Mary le enseñaba a sumar y sacar cuentas rápidamente, siempre con mucho amor.
Nube, era definitivamente un cachorro pequeño, no crecerĂa mucho más, y cada vez tambiĂ©n, preferĂa quedarse echado frente a la chimenea, y salir con Louis al jardĂn a recorrer y cuidar las plantas.
Cuando terminĂł el invierno, el más seco de los Ăşltimos 28 años, iniciĂł la primavera, sorprendiendo a todos con una tormenta de las más fuertes. El viento botĂł árboles y tejados, la lluvia inundĂł algunos sectores provocando graves pĂ©rdidas. La luz se cortĂł dejando a la ciudad bajo la noche iluminada por los rayos y en un silencio que se rompĂa con los truenos.
Louis se levantĂł en medio de la tormenta por algo para beber, porque habĂa tenido una pesadilla y por más que intentĂł volver a dormir, no lo consiguiĂł. Estaba de pie en la cocina, cuando algo llamĂł su atenciĂłn tanto, que su taza favorita llena de tĂ©, cayĂł al piso. Sin colocarse la capa ni sus botas de agua, saliĂł corriendo al jardĂn.
AhĂ, debajo del manzano, al lado de las camelias, habĂa florecido su flor, por la que tanto habĂa esperado, por la que tanto se habĂa esforzado, la que llevaba todo su amor, su dedicaciĂłn, su esencia.
Arrodillado bajo la lluvia, la miraba embelesado, adorándola. TĂmidamente acercĂł su dedo para acariciar sus pĂ©talos azules, algodonados, con bordes irregularmente perfectos que casi flotaban con el aire que los mecĂa al compás de su danza.
Todo su cuerpo se estremeciĂł al sentir la suavidad en su piel, al mismo tiempo que Harry se sentaba a su lado.
—Es hermosa, —susurró. —Nunca vi nada igual... —confirmó, mirando a Louis.
—Tampoco yo... —murmuró despacio, correspondiendo la mirada.
—¿Cómo se va a llamar?
—“Para siempre”
—“Para siempre...”
Estaban perdidos en los ojos del otro, mientras la lluvia los empapaba, llevándose sus miedos y dándoles valor de aceptar lo que pasaba en sus corazones y que comenzaba a quemar en su interior, que gritaba por salir y que necesitaba compartirse. Ya no podĂan seguir ocultando sus sentimientos, no cuando sabĂan y estaban seguros de que eran correspondidos y que además, serĂa para siempre.
OS inspirado en la canciĂłn de 2018, "The Truth Untold" de BTS.









La amé completamente!!!!