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The Truth Untold, OS Larry Stylinson šŸŽµ

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Summary

Louis es un chico marcado por la vida, que intenta sobrevivir encerrado en su bonita casa. Harry solo conoce los harapos y la miseria, y sin embargo, nada ha podido hacerlo perder su dulzura. Cada uno le entregarĆ” al otro un poco de luz. Un OS largo, sin smut, con vibras LT/HB.

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Chapters
2
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n/a
Age Rating
18+

Solo una oportunidad


—”AlĆ©jense de eso!

—”Es un monstruo!

—”No lo miren!

—”Es asqueroso!

—”Dios lo castigó por pecador!

—”No lo toquen que es contagioso!

Nada parecía conmover a esas personas hirientes y llenas de maldad, ni siquiera esa mirada que cargaba el dolor del mundo, y que debería haberles provocado ganas de abrazar y contener a ese ser desgraciado, sin luz, ya maldito de tantas veces que se lo gritaron en su cara y en su espalda; pero que jamÔs haría daño, que era un ser bondadoso y tranquilo, con amor infinito en su corazón.

Amor que jamƔs podrƔ compartir, labios que nunca pronunciarƭan un te amo, manos que ni una sola vez acariciarƭan las mejillas arreboladas de alguien mƔs.

Amor que no saldrƔ en forma de lƔgrimas emocionadas en sus ojos, un amanecer frƭo mientras recita promesas y juramentos.

Amor que no se transformarĆ” en calor ardiente como lava, por cada poro de su piel, reaccionando a ese otro cuerpo que busca al suyo como refugio y como puerto para su mar agitado y lleno de tesoros.

Todo eso lo sabƭa Louis, todo eso le ha pasado por su mente como un cuchillo afilado enterrƔndose en su pecho hasta desangrarlo cada noche, atardecer y madrugada. Louis, quien no es mƔs que un simple chico valiente que dio su vida como ofrenda de otros que luego le pagaron con indiferencia y ofensas.

Su rostro desfigurado lo definía y le dio una sentencia de muerte en soledad, pero Louis se negaba a terminar con su vida, aunque lo había pensado mÔs de mil veces y tenía un millón de motivos... Sin embargo, siempre existía una razón, débil ridícula, tonta, y es su sueño de amar el que le impide cerrar sus ojos para siempre.

Evitaba ir a la pequeƱa ciudad, porque a veces pensaba que ya no podƭa soportar mƔs gritos a su alrededor, pero necesitaba algunas cosas para sobrevivir en su pequeƱa y bonita casa, escondida en medio de un gran jardƭn y bajo la sombra de altos y robustos robles. Tenƭa un pequeƱo huerto y Ɣrboles frutales, pero siempre le han gustado los frutos como la nuez, las almendras y las avellanas. TambiƩn el chocolate y a veces el vino. Y por su apariencia muchas veces no logra conseguirlos, a pesar de tener sus monedas de oro, mƔs valiosas que los mismos puestos en el mercado, pero que pierden su valor en medio de tanta frialdad.


********** **********


Hace frƭo, mucho frƭo, demasiado frƭo. Es de las noches mƔs heladas que se han sentido en los oscuros suburbios de Londres.

Un chico, apenas intentando doblarse sobre sĆ­ mismo para recuperar un poco de calor, fracasando rotundamente y rompiendo a llorar como cada dĆ­a de su lastimada existencia.

La miseria, el hambre, la soledad lo han ido consumiendo hora tras hora.

Esa mañana había ganado una libra cargando cajas en el mercado y la gastó en comida. Llevaba dos días sin probar bocado y si no se alimentaba, no podría conseguir otro trabajo, porque estaría muy débil. Era comer o compartir una manta con alguno de los demÔs callejeros, como los llamaban.

Harry no lloraba solamente por el frío, el hambre, la decepción o la soledad, sus lÔgrimas se llevaban cada una de sus ilusiones, cada una de sus esperanzas, cada uno de sus tal vez... Nunca conoció el cariño, desde muy pequeño sabe que es un estorbo, de los peores, un bueno para nada, un inútil y un maldito bastardo.

El mercado se ha convertido en su refugio, en medio de cajas de frutas, de comida, de ropa y de artesanƭas; en medio de gritos, de peleas y de charcos de agua sucia. Un refugio que le ha enseƱado a defenderse, a ponerse una mƔscara de indiferencia y de apatƭa, porque alguien dulce y bondadoso como Ʃl no tiene cabida en esta tierra. Nadie podrƭa imaginarse lo letal que ha sido ver a tantos caer, a tantos escapar y a tantos no poder volver. Ninguna persona deberƭa tener que luchar tanto para poder respirar ni para intentar sobrevivir, no era justo...

Ha visto su mismo dolor reflejado en los ojos hermosos de aquel que llaman monstruo, de aquel al que jamÔs ha visto reaccionar, de aquel que estÔ seguro, es un alma triste como él y que se oculta bajo esa capa y ese sombrero. Preguntó por su historia muchas veces, y nadie parecía saberla, excepto la señora del puesto de manzanas. Una mañana le contó, en medio de un descanso de su trabajo: Louis era un chico hermoso y apuesto, hijo de una de las familias mÔs adineradas de Londres. Una noche, se produjo un gran incendio en ese mismo mercado y uno de sus hermanos menores estaba demasiado cerca del fuego, porque estaba jugando separado de sus hermanos. Louis, al darse cuenta, logró sacarlo justo en el momento en que caía una viga encendida desde uno de los puestos, golpeÔndolo y quemÔndolo sin piedad en la mitad de su rostro. Quedó desfigurado en casi el sesenta por ciento de su cara, y fue imposible de recuperar su lozana juventud. Lo dejaron abandonado a su suerte, narraba la señora. Nadie sabía cómo o por qué vivía en esa casa ni cómo se mantenía, mucho menos de dónde sacaba esas codiciadas monedas de oro.

Ese relato solo logró aumentar su curiosidad en ese hombre, que ahora sabe es apenas mayor que él.

Esa tarde, en el mercado, luego de casi romperse la espalda cargando de todo tipo de artículos, por fin tuvo un pequeño respiro. Ganó diez libras, podría comer y compartir una manta por cinco días.

Estaba ordenando unas cajas, cuando escuchó a una señora con un bonito perro en brazos, quejarse de la falta de flores en el mercado, y tenía razón. Había dos puestos, pero siempre estaban marchitas y descoloridas. Sin saber por qué se acordó de Louis, quizÔs en su casa habría flores. El problema es que no estaba seguro de cómo llegar, pero esa noche haría el intento.

Al bajar el sol comenzó a caminar, aprovechando que aún la temperatura era agradable. Le costaba caminar porque le dolía mucho la espalda y los pies, ademÔs su chaqueta estaba casi transparente y no era mucho lo que lo protegía. Tampoco había podido bañarse en mÔs de dos semanas, y apestaba horriblemente. Se sentía incómodo, pero una vez mÔs era comer o un poco de agua limpia. Tampoco servía mucho bañarse si luego tendría que ponerse sus mismos harapos.

Casi media hora después, divisaba un pequeño bosque, un lugar muy bonito y que nunca había visto antes. Del otro lado, el camino hacia Kensington aparecía verde y frondoso. Se internó por el pequeño bosque, que se hacía mÔs tupido a medida que caminaba. Casi diez minutos después, aparecía la mÔs bonita casa que imaginó pudiera existir, aunque apenas se veía por entre medio de las altas murallas. Logró escabullirse en medio de una rendija, era lo único bueno de estar casi en los huesos, y pudo entrar hasta el jardín. Casi se desmaya al mirar ese lugar mÔgico, parecía sacado de un cuento, los Ôrboles con sus frutas jugosas, el pasto perfectamente cortado, plantas y flores de colores que nunca había visto y la pequeña casita en medio, con sus luces apagadas a pesar de ser temprano.

No pudo evitar la tentación y tomó una redonda naranja, embriagÔndose con su olor, mientras se le hacía agua la boca. Se dio cuenta de que iba a necesitar unas tijeras para cortar las flores y armar unos bonitos ramos que le darían unas libras con seguridad. No quería estropearlas, ni dañarlas, solo iba a hacerlo por necesidad algunas veces...

Se devolvió por el mismo camino y una vez en el mercado ya vacío, logró comprar una pequeña tijera aunque eso le significaba no comer al día siguiente. Se acomodó para dormir un par de horas y levantarse antes del amanecer y así la oscuridad sería su ayudante en su arriesgada osadía. Estaba tan cansado que se durmió apenas entró en calor, pero luego de apenas cinco horas tuvo que levantarse. Uno de los perros se había orinado encima de sus pies y ahora estaba apestando el doble, y mojado en un hedor de los peores. Sus pobres zapatillas estaban a punto de romperse y con la humedad, sería peor.

Tenía el tiempo justo para ir a buscar sus flores, se le había olvidado que a buen paso, era casi una hora de ida, y no había contado la vuelta, por lo que tomó su tijera, y así como estaba, comenzó su travesía. Una vez en el jardín, se acercó a un hermoso rosal de rosas amarillas y cortó diez. Hizo lo mismo con las rosas rojas y con las rosadas. De pie, al otro lado de la muralla, les quitó las espinas, para poder tomarlas sin problemas. Luego dio una vuelta, para que pareciera que venía desde el otro pueblo en vez de la casa de Louis y despistar a cualquier curioso.

De inmediato se acercó al puesto de la señora de las manzanas. Le contó a modo de confidencia, que en Kensington vivía una señora con un gran jardín, y que le había ofrecido ayuda: le entregaba algunas flores y al día siguiente, Harry tenía que pagar una pequeña comisión para así poder tener mÔs flores frescas. La señora le creyó absolutamente todo, porque ella misma intentaba ayudar a los callejeros, pero su puesto de manzanas no daba para mucho.

Harry ni siquiera alcanzó a gritar sus rosas. Apenas se sentó, la señora que le había dado la idea, se las compró todas. Estaba encantada porque tenían un color muy especial, y eran mucho mÔs suaves que cualquier otra, y le dio 10 libras, y no solo eso. Con esa venta, podía trabajar todo el día y ganar un poco mÔs de dinero. Quería comprarse una chaqueta o parka que le sirviera para el frío y para la lluvia, luego podría pensar en zapatillas. Por ahora, seguiría acarreando cajas.

Una semana se demoró en comprar su chaqueta, usada, en uno de los puestos del mismo mercado. Estaba feliz, era azul con bolsillos, liviana pero caliente. Esa mañana desayunó, pero un desayuno de verdad: pan y leche.

Una semana en que cada madrugada seguía robando flores, siempre con mucha vergüenza. QuizÔs algún día podría retribuirle a Louis su ayuda indirecta. De verdad que sí quería hacerlo.


********** **********

Louis estaba preocupado. Se habƭa dado cuenta de que alguien estaba entrando en su jardƭn, y lo sabƭa porque los rosales estaban menos frondosos sin motivo aparente. Por lo menos agradecƭa al intruso que trataba a las plantas con cuidado y delicadeza. Pero su jardƭn, sus Ɣrboles, sus flores y plantas eran sagradas, les habƭa dedicado su vida y nadie iba a venir a robarle, no en su casa.

Ese día, que había decidido no dormir en toda la noche, hizo pequeñas siestas, pero al momento de vigilar, como debía estar a oscuras, simplemente cerró los ojos un minuto y ya era de día. Decidió, ya que era temprano, ir al mercado. Buscó un sombrero y un cubre boca, así quizÔs, lograría comprar algunas cosas que lo tenían antojado.

Caminó rÔpidamente, con sus monedas tintineando en su bolsillo. Al llegar, afortunadamente había poca gente, por lo que logró adquirir todo lo que buscaba, aunque lo atendieron de mala manera, pero no le importaba. Llevó el triple de cosas, mucho mÔs de lo que pensaba, pero tenía que aprovechar que nadie le gritó ni había gente a su alrededor ofendiéndolo.

Iba mirando los puestos, buscando algunas legumbres que recordó, se le habían terminado, cuando vio a una adinerada señora con sus rosas en los brazos. Eso significaba que el ladrón de flores vendía en el mercado, es decir, había un lucro descarado tras los robos y eso lo ofendía muchísimo.

Sin embargo y aunque lo intentaba cada dƭa, no lograba ver al dueƱo de sus inquietudes. Todos sus intentos fueron en vano, se quedaba dormido sin remedio, pero es que sus horarios eran muy rutinarios, llevaba aƱos viviendo con orden.

Ese día, en especial, se atrevió a hacer algo que no hacía hace mucho porque desgarraba su corazón e inevitablemente lo hacía llorar con un profundo dolor. Buscó en el fondo de uno de los cajones del mueble de su dormitorio, y sacó un espejo. Sentado en la cama lo tuvo entre sus manos por muchos minutos, quizÔs mÔs de media hora. Era algo que le seguía costando, ver su reflejo era mÔs que desgarrador, mÔs que horroroso, mÔs que desolador, era algo que le quitaba la respiración, que le afectaba tanto que ya había quebrado cerca de cincuenta espejos. Los compraba para eso, sabía que de vez en cuando le nacía castigarse de esa manera, y cuando lo lograba simplemente lanzaba todo lo que estaba a su paso.

Lentamente su mano se levantó, hasta que tuvo el espejo frente a su rostro y se miró. Vio su cara desfigurada, quemada, arrugada, seca. Su ojo derecho casi cerrado, sin pestañas ni ceja en ese lado. La comisura de su labio un poco rígida, su pelo que no crecía en la parte delantera y un poco de su nariz torcida. Ni hablar de su oreja que no existía, tampoco de su rugoso cuello o de la piel de su hombro acartonada. Lo mÔs triste, era la mirada de sus ojos, completamente marchita...

Se estuvo mirando por mucho tiempo, incluso abrió su boca lo que mÔs pudo, pero no podía hacer mucho mÔs, le costaba demasiado y era mucho esfuerzo.

No se había dado cuenta del momento en que saladas lÔgrimas corrían por sus mejillas, pero no le impresionó sentirlas ni verlas, era normal, eran parte de su vida, sus raíces, su pasado, su verdad y su futuro. La imagen de su hermanito a punto de ser golpeado por esa madera encendida seguía sobrecogiéndolo. ¿Lo volvería a hacer? Claro que sí, aunque supiera de antemano todo lo que tendría que pasar, lo haría una y mil veces por él, porque era su niño hermoso, el niño de sus ojos, el niño que mÔs amaba en la tierra. Ese niño que ahora ya era casi un adulto, a quien no volvió a ver, pero que le enviaba a escondidas de sus padres brillantes monedas de oro, pero nunca una carta, nunca una nota, nunca un poco de calor. Solo monedas, frías monedas, gélidas monedas.

Monedas que no alcanzarían a calmar la culpa de sus padres, aunque tuviera casi cinco centenas de ellas. Sus padres que le dejaron esa casa, y palabras sin amor, cargadas de vergüenza y llenas de hastío. Ayudarlo, o llevarlo con ellos era ser señalados por la sociedad, por las familias amigas, por aquellos que de todas maneras les dieron la espalda al saber que lo habían abandonado.

Esa mañana, la recuerda bien, cuando despertó aún lleno de vendas y vio las maletas en la puerta de su casa. No entendía nada, solo veía el rostro de la que era su familia preocupada por largarse pronto, sin mirarlo, apenas unas palabras para explicarle que ellos se iban a Francia y que a él le estaban dejando la pequeña casa en medio del bosque, que mantenían casi escondida, y que era una especie de refugio. Ni siquiera lo ayudaron a llevar sus cosas, simplemente se largaron y él quedó arrodillado en el piso, llorando la falta de su familia, la falta de contención, de mimos y compañía. JamÔs, nunca imaginó que ademÔs de todo lo dejarían en absoluto desamparo.

La imagen en el espejo lo trajo de vuelta a su presente, al ahora donde ya no duele tanto o donde ya se ha acostumbrado al dolor y la pena. Sin embargo, su furia no aparece, no hay vidrios quebrados, no hay desorden ni caos, solo pena y tristeza. Respiró profundamente y guardó el espejo en su lugar, se levantó y se sacudió, dispuesto a seguir un poco mÔs.

Fue a la cocina a guardar algunas cosas, otras las dejó en las mismas bolsas, no era su prioridad, cuando recordó una receta de pescado al horno que se le antojó probar, pero no tenía pescado en ese momento. Sabía que si quería conseguir alguno fresco, debía llegar muy temprano al mercado, por lo que por esa noche no se preocuparía del ladrón, solo quería dormir. Sin embargo, despertó muy temprano y lo primero que hizo fue asomarse a la ventana y le pareció ver que alguien se deslizaba entre medio de los Ôrboles. En otro momento hubiese corrido a buscarlo, pero ese día no. QuizÔs el mirarse al espejo el día anterior lo tenía demasiado sensible, quizÔs solo no tenía Ônimos de moverse, quizÔs solo necesitaba respirar.

Se envolvió en su capa, su sombrero y su cubre boca de siempre para salir a la fría mañana, casi de madrugada, y salió a paso rÔpido para entrar en calor. Cuando llegó, y tal como lo pensó, estaban los vendedores de pescados con unas piezas muy frescas y bastante grandes. Compró dos, y también unos hermosos tomates y algunas hierbas como hinojo y eneldo.

Iba ya de vuelta, cuando escuchó una linda voz. Se giró para buscar al dueño, y vio a un chico hermoso, aunque sucio y con harapos. Pero lo que mÔs le llamó la atención, fue ver lo que ofrecía. Eran sus rosas.

Las reconocería en cualquier parte del mundo, porque eran únicas. Por un segundo sus miradas se cruzaron y Louis vio vergüenza, y Harry, sorpresa. Pero mÔs importante que eso, sus piernas temblaron, sus corazones aceleraron un latido y en un pestañar descubrieron un mundo similar en el otro.

Louis debería haber hecho un escÔndalo, estaba en todo su derecho, pero no podía. No quería llamar la atención, menos en ese día que había sido, también, particularmente bueno. Sin embargo, ahora estaría mÔs atento, jamÔs podría olvidar el rostro de Harry.

Al llegar a su casa, ordenó sus compras y sonrió. A pesar de todo, su corazón no había logrado marchitarse y era capaz de sentirse agradecido por su vida. Le dolía, sí, absolutamente, pero tenía estos pequeños destellos en que su alma sentía un poco menos de desolación.

Preparó una rica sopa, llena de verduras, y después hizo un postre de manzanas. Las de su Ôrbol eran deliciosas, grandes, rojas, dulces y jugosas. Mientras esperaba que se cocinaran sus alimentos, se dedicó a pensar en la mejor manera de acabar con el robo de sus flores, porque no era posible y no era justo. Y un segundo después, imaginaba la necesidad de ese chico por sobrevivir, porque era obvio que intentaba mantenerse de alguna manera, y la había encontrado con sus rosas. Le gustaría saber un poco mÔs de su vida, quizÔs podría preguntar a alguien... ¿A quién? QuizÔs la señora de las manzanas podría ayudarlo, ella nunca le ha gritado, estaba seguro de eso, aunque lo mira con lÔstima, no puede pedirle mÔs.

Después de comer, salió a su jardín. Revisó que no hubiese maleza creciendo, que el pasto aún estuviera de buen largo, cortó algunas ramas secas, barrió y limpió, para finalmente regar suavemente. Luego se durmió mientras leía una novela de romance en el 1930 de Francia. Cuando despertó, ya era medianoche, había dormido casi seis horas y se sentía muy bien, muy despejado y de buen humor. Calentó un poco de sopa y se sentó frente a su chimenea a terminar de leer. Se lavó los dientes y se le ocurrió que quizÔs lo mejor era intentar saber por dónde se colaba el ladrón y cerrar ese lugar con mÔs alambre.

Tomó una linterna y salió, envuelto en una gruesa capa. Rodeó todas las altas murallas, pero no encontraba el lugar, hasta el final de su inspección. Era una rendija bastante pequeña, lo que le encogió el corazón sin querer. Hablaba de que el ladrón de lindos ojos estaba muy delgado.

Por algún motivo que desconocía, no cerró el paso. Tal vez podrían conversar, tal vez no, solo sabía que por esa noche, no vigilaría. Le daría una última noche.

Temprano fue Louis al mercado, sabía que estaba casi pisÔndole los talones al ladrón de flores. Pero no, al parecer ese día Harry no estaba en el mercado, lo que le extrañó. A pesar de no necesitar manzanas, de todas maneras compró seis de las mÔs bonitas.

—SĆ© que no deberĆ­a responderme, pero quisiera que me contara quĆ© sabe del chico callejero que estos dĆ­as estĆ” vendiendo flores...

—Oh... Harry, es tan buen muchacho y la verdad es que no hay mucho para contar. Sus padres lo abandonaron antes de los diez aƱos, eran borrachos y drogadictos. Al tiempo murieron sin que a nadie le importara. Desde entonces duerme ahĆ­, al lado del puesto de cebollas. Ni un solo dĆ­a habĆ­a faltado, siempre le ha peleado a la vida aunque pase dĆ­as sin comer.

—Es un buen chico entonces...

—Lo es, ojalĆ” alguien pudiera ayudarlo.

—Gracias por contarme y gracias por escucharme y hablarme sin ofensas...

—La gente es muy mala y prejuiciosa. Yo conozco tu historia tambiĆ©n, siempre encontrarĆ”s en mi a una amiga.

Y Louis sonrió como hace mucho no lo hacía.

El día pasó tranquilo, pero en la noche, Louis puso la alarma a las cinco de la mañana. Se abrigó y a oscuras puso la tetera para preparar té, mientras no perdía rastro de lo que pasaba en el lado sur de su jardín. Pronto un ligero movimiento en las ramas altas del cerezo, le avisó que el hermoso ladrón estaba en su territorio. ¿Qué haría?

Lo vio, Ôgil y ligero, suave y casi invisible, arrastrarse por el pasto. Lo vio cortar con tanto cuidado los rosales, que su corazón latió con fuerza y luego se paralizó al notar que al parecer, estaba tosiendo demasiado. Estaba enfermo, podía asegurarlo.

Su instinto mƔs primitivo querƭa ir a ayudarlo, pero al mismo tiempo algo le decƭa que no. No sabƭa cuƔnto se iba a arrepentir.

Lo vio armar cuatro ramos con seis flores cada uno, para luego desaparecer. Decidió seguirlo, de todas maneras no tenía nada mejor que hacer. RÔpidamente tomó su capa, su sombrero y su cubre boca y salió. Vio a Harry caminar a paso lento y desde lejos lo escuchaba toser y maldecir con voz ronca y seca.

Miró con la claridad del día, cómo se ponía a un lado del puesto de manzanas y cómo lo estaba esperando la gente, para prÔcticamente quitarle de las manos las hermosas rosas de las manos. Después lo vio cargar cajas y cajas con frutas y verduras, y a medio día, apenas comer un pan.

Luego de eso se devolvió a su casa, había visto suficiente. Cerca de una semana lo estuvo observando en el mercado, siempre a lo lejos pero lo suficientemente cerca. Lo que para Harry era una mirada acusadora, para Louis era preocupación: solo quería asegurarse de que las flores se vendieran y le pagaran lo justo.

Ese último día viernes, al llegar a su casa, buscó entre sus cosas y encontró varios pliegos de bonitos papeles, para mÔs tarde, ir al jardín y con sus propias manos cortar las flores mÔs lindas. Habló con ellas, les pidió permiso y disculpas, y luego les quitó las espinas. las llevó adentro de la casa, y las dejó en abundante agua fresca. Seguidamente preparó los papeles, y unas bellas cuerdas para amarrar los ramos, y dejó todo organizado en su bonita mesa de madera.

Se puso a cocinar el pescado y manzanas asadas, eran su postre favorito y nunca preparaba suficiente, hasta que una idea cruzó por su cabeza. Si a Harry le iba bien vendiendo sus rosas, y si pudiera darle una flor de mayor valor, quizÔs no necesitaría trabajar tanto. ¿Y si empezaba a experimentar para crear una nueva variedad?

Dejó las manzanas en el horno, y comenzó a buscar algunos libros en su vieja biblioteca. Encontró cuatro que podrían servirle, y junto a una taza de té, se sentó a estudiar. ¿A qué hora se durmió? Afortunadamente solo unos veinte minutos, los necesarios para sacar las manzanas del horno. Se estiró y miró la hora, estaba cerca de las diez de la noche. Apagó todo y se fue a dormir, tenía que levantarse muy temprano.

A eso de las cuatro y media de la mañana se levantó, bien abrigado, y con una tenue luz comenzó a formar los ramos. Le quedaron hermosos. Salió y los dejó a los pies del rosal mÔs alto, junto a una nota y un lÔpiz. Le gustaría que Harry le contestara, cualquier cosa, lo que fuera.

Se escondió una vez mÔs junto a la ventana, hasta que lo vio aparecer. Daba pena mirarlo, parecía cada vez mÔs delgado, su pelo largo enmarañado y sucio, esa tos horrible que no paraba y que intentaba ahogar en su ropa para no llamar la atención.

Harry estaba apenas en pie, no sabía si tendría fuerzas para cortar las flores, sentía que se iba a desplomar en cualquier momento. Se sintió peor cuando vio los ramos preparados en el piso y un papel con una letra muy bonita:

Espero que te sientas mejor muy pronto, y si necesitas algo, no tengas miedo de mĆ­.

Fue incapaz de contestar, no porque no quisiera, solo que en ese momento era imposible físicamente, ademÔs de que apenas podía leer, y escribir era un gran desafío para él que nunca fue a la escuela, ni siquiera antes de ser abandonado. Tomó el papel y con esfuerzo lo guardó, tomó los ramos mÔs lindos que las estrellas y se fue, casi arrastrando sus zapatillas rotas.

Un feo presentimiento quedó en el pecho de Louis, quien, una vez mÔs, decidió seguirlo. Agradecidamente Harry no debía ofrecer sus flores, porque al parecer siempre había gente esperando por ellas, y esta no fue la excepción. No alcanzó a llegar cuando ya tenía las 24 libras en su bolsillo, el único que le quedaba sin hoyos.

Vio cómo la señora de las manzanas se acercaba a Harry y le tocaba la frente y ponía una cara triste y de preocupación. Luego de eso, Harry caminó por uno de los senderos que rodeaban al mercado, pero antes de llegar a la mitad de uno, el mÔs solitario, se desplomó. Louis que lo estaba siguiendo aún, aceleró el paso, intentando pasar desapercibido, hasta llegar a un Ôrbol muy cerca del cuerpo de Harry. Esperó unos segundos, mirando bien para todos lados, y en el momento preciso lo arrastró. Le dolió lo liviano que se sintió ese gesto, le dolía Harry mÔs que su propia vida incluso.

Tuvo suerte de que al ser tan temprano, había poca gente y los demÔs callejeros estaban durmiendo o ya estaban trabajando, por lo que nadie le prestó atención a Harry. Lo tomó en brazos y casi corrió hasta su casa. Apenas entró con él, lo acostó en el sillón. Se quitó la capa y el sombrero, pero no el cubre boca, no quería ademÔs de todo, asustarlo. Fue a preparar su cama, le puso sÔbanas limpias y luego lo fue a buscar, le quitó la desgastada chaqueta que estaba húmeda, las zapatillas también lo estaban... Sus pies llenos de tierra, sus uñas largas, su piel seca y escamosa... Louis lloraba mientras lo desnudaba para meterlo a la tina con agua caliente.

Lentamente lo iba frotando con un suave paño y jabón con aroma a rosas que él mismo fabricaba. No había nada de morboso, ni de sucio en sus cuidados; por el contrario, solo admiración, solo empatía y solo ganas de ayudar un poco a aliviar el peso sobre los hombros de Harry. Era peor que una pesadilla ver los huesos asomados por todo ese largo cuerpo, la piel pegada al estómago, y muchos moretones, seguramente debido al dormir en la calle, en cualquier lugar y a cargar esas horribles y pesadas cajas.

Una vez que lo sacó de la tina, lo acostó sobre toallas limpias para secarlo. Estaba ardiendo en fiebre. RÔpidamente colocó una manteca humectante de manzanas por toda su piel, y lo vistió con su propia ropa limpia. Lo dejó apenas tapado y fue a la cocina. Preparó una gran jarra de té, y puso en pequeños pocillos miel, limón y menta; en una bandeja toallas y una fuente con agua.

Corrió al jardín a buscar hojas de eucaliptus y manzanilla para humidificar el ambiente y ayudara con la congestión de Harry.

Diez minutos después, estaba sentado al lado, colocando las toallas húmedas en la frente, el cuello y las muñecas. Con un algodón iba mojando los labios resecos, esperando a que Harry despertara y pudiera tomar el té que había preparado.

Casi un día completo pasó en ese estado, con Louis apenas durmiendo, pero cuidando a su paciente con toda la dedicación del mundo. Mientras lo miraba dormir, aprovechaba de seguir con sus investigaciones para crear una nueva flor y ya estaba muy avanzado, no le sería difícil, su vida era su jardín, había aprendido mucho leyendo y practicando.

Al día siguiente, Harry aún en un estado febril pudo tomar té y sopa, con alguna dificultad. Era notorio que no sabía dónde estaba, pero que era tal su nivel de inconsciencia que aunque hubiese querido, no podría haber salido de ese lugar. Dos días después, por fin la tos se había detenido y la fiebre desaparecido. Apenas abrió los ojos, sintiéndose mejor que nunca, se sentó en la cama y fue cuando se dio cuenta de que no estaba en el mercado y de que estaba en una casa. Se levantó con dificultad, mirando y tocando su ropa, dÔndose cuenta al mismo tiempo de que estaba limpio y ya no apestaba, incluso su pelo estaba trenzado.

Llegó descalzo a la cocina y vio a alguien cocinando, de espaldas.

—¿QuiĆ©n eres tĆŗ? —Preguntó, sobresaltando a Louis, que soltó la taza que tenĆ­a en la mano y que cayó haciendo un gran escĆ”ndalo.

—Hola, soy Louis, —dijo dĆ”ndose la vuelta.

Harry lo miró y lo único que pudo hacer, fue salir corriendo. No le importó no tener zapatos, tenía que huir lo mÔs rÔpido posible. Sus pies se lastimaron al pasar por el sendero lleno de pequeñas y filosas piedras, pero no sintió el dolor hasta que estuvo sentado al lado del puesto de cebollas.

¿Por qué estaba en la casa de Louis?

No entendía, no recordaba. Una vez que su respiración se calmó, hizo un nuevo intento y empezó a repasar lo último que estaba en su cabeza. Estaba enfermo, se había quedado dormido sobre un charco, tenía una tos horrible, había encontrado ramos preparados en el jardín de Louis, los había vendido, había ganado 24 libras... ¿Dónde estaban sus libras?

Se levantó y se acercó a la señora de las manzanas.

—Harry por Dios... ĀæCómo estĆ”s? ĀæDónde estabas?

—No recuerdo casi nada, Āædesde cuĆ”ndo no me ves?

—Creo que tres o cuatro dĆ­as, te ves mucho mejor. Ese Ćŗltimo dĆ­a ardĆ­as en fiebre, Āæpor quĆ© estĆ”s descalzo?

—No lo sĆ©, yo no sĆ©, no entiendo quĆ© pasó... —explicó. Luego, con voz mĆ”s baja, dijo, —hoy despertĆ© en la casa de ese chico, de Louis...

—¿Y no le preguntaste a Ć©l?

—No, salĆ­ corriendo...

—¿Por quĆ©? ĀæTe asusta?

—¿Ah? No, claro que no, es que solo... Yo me puse nervioso...

No podĆ­a decir que la vergüenza lo quiso hacer vomitar. Ɖl no era un ladrón, y Louis ademĆ”s de no recriminarle, al parecer lo habĆ­a cuidado.

—DeberĆ­as por lo menos agradecerle, ese chico necesita mucho afecto.

—Lo sĆ©, voy a intentar hacerlo cuando venga por aquĆ­.

—Bien, ahora anda al puesto de zanahorias, te estaban buscando. Pero mira, antes, pasa por el puesto de don JosĆ© y compra unas zapatillas usadas, despuĆ©s me devuelves.

—Gracias.

Salió corriendo a buscar unas zapatillas y luego a trabajar.

Mientras cargaba cajas con zanahorias, iba pensando en las palabras que habĆ­a escuchado reciĆ©n. ā€œLouis necesitaba afecto...ā€ Afecto... Le recordó a su infancia, lo llevó de vuelta a esos dĆ­as en que vivĆ­a con sus padres, cuando era un niƱo de siete u ocho aƱos y lloraba mucho. ĀæPor quĆ©? Por hambre, por frĆ­o, por miedo, por soledad. Desde que tiene memoria sus padres eran alcohólicos, muchas veces le pegaron, muchas veces lo dejaron solo, sin ni un pedazo duro de pan. En esos momentos una vecina le alcanzaba algĆŗn pedazo de fruta, una cajita de jugo o de leche. Recuerda estar sentado bajo la lluvia un dĆ­a que habĆ­a una reunión en ese pequeƱo departamento, lleno de gente que entraba y salĆ­a sin prestarle atención. Esa misma vecina le enseñó sus primeras letras y nĆŗmeros, le enseñó que en medio de la oscuridad a veces hay alguien que te tiende la mano, le enseñó que hay que guardar una pequeƱa esperanza...

Volvió su cabeza a sus diez años, cuando ya estaba mÔs consciente de su triste realidad. Se había acostumbrado a la indiferencia de sus padres. Algo que lo marcó fue una de esas fiestas, siempre tan llena de gente dispuesta a emborracharse y drogarse, felices de perder su dignidad por un poco de diversión. Eran muchos hombres, que en medio de la noche, violaron a su mamÔ. Aún siente sus gritos rogando por ayuda, y él intentó hacerlo, pero fue abusado por un par de ellos. Su vecina con ayuda de otras personas del edificio lograron sacarlo y llamar a la policía. Luego de eso, no volvió a ver a sus padres, y antes de que lograran enviarlo a algún centro de menores, se escapó. Nadie lo buscó, caminó por días hasta que logró subirse a escondidas a un camión que lo llevó a Londres. Desde entonces ha visto el mercado crecer y cambiar, a sus productos y sobre todo a su gente. Ha conocido amigos y algunos que incluso en la calle lo miraron mal. A veces se complicaba porque eran muchos intentando trabajar por una simple libra que era la diferencia entre el hambre o el frío, por eso podía pasar hasta cuatro días sin comer. Agradecía no enfermarse mÔs seguido, pero seguramente debido a su vida callejera desde pequeño, su cuerpo se había acostumbrado.

Y de pronto, mientras caminaba con las zanahorias en su espalda, recordó a Louis y su manera tan pusilÔnime de salir corriendo. Seguramente, ademÔs de pensar que era un ladrón, también querría quitarle la ayuda tan importante que le daba sin querer. Recordó la nota que le había dejado, los ramos preparados y se odió. Louis merecía cualquier gesto de agradecimiento, no su cobardía.

ĀæY si iba a verlo? ĀæTendrĆ­a la valentĆ­a de asumir su error?

No estaba seguro, pero lo iba a intentar, solo esperaba que Louis quisiera verlo y recibirlo.

Louis que estaba triste, pero no molesto. Es mÔs, entendía perfectamente la reacción de Harry, solo lamentaba no haber tenido tiempo de explicarle, y sobre todo, que se haya ido con sus pies descalzos. Esperaba que se sintiera realmente bien, y que siguiera yendo a buscar las flores. También sus 24 libras que le había guardado en una bonita bolsa bordada.

Esa tarde, Louis dio inicio a su experimento. Hizo un injerto con parte de la raíz del rosal rojo y del amarillo, los unió y colocó en una bonita maceta pequeña. Le puso algún tipo de abono y luego la regó suavemente, esperaba que en un algunos días diera señales de estar creciendo.

Al llegar la noche se dio cuenta de que iba a haber una tormenta, por lo que rÔpidamente buscó unos plÔsticos que usaba a modo de capa para las flores mÔs delicadas y así evitar los estragos del viento y la lluvia. Había dudado de cortar o no flores, pero finalmente desistió. Si Harry aparecía, simplemente lo dejaría formar los ramos.

Nunca esperó que su puerta fuera golpeada a eso de las ocho de la mañana, cuando la tormenta estaba muy fuerte y el día aparecía oscuro, gris, y gélido.

Se levantó a abrir muy nervioso, nadie jamÔs había ido a golpear su puerta. Salió de la casa, y rodeó el jardín. Iba con un gran paraguas y sus botitas de agua, casi corriendo hasta llegar al portón de fierro antiguo.

—¿SĆ­? ĀæQuiĆ©n es? —preguntó desde adentro.

—Soy Harry.

—¿QuĆ© Harry?

—El ladrón de flores...

—¿QuĆ© haces aquĆ­ a esta hora? —dijo abriendo.

—QuerĆ­a hablar contigo.

—Esta bien, pero pasa, mĆ­rate estĆ”s todo mojado.

Louis lo arrastró hacia la casa, y en la puerta de entrada le hizo quitar las zapatillas.

—¿Quieres baƱarte?

—¿Por quĆ© lo harĆ­a?

—Porque estĆ”s mojado, te puedes volver a enfermar.

—Me hablas como si me tuvieras confianza... y yo solo he sido un mal agradecido contigo.

—Me tienes nervioso, por favor bƔƱate o por lo menos dĆ©jame prestarte ropa para que te cambies.

—EstĆ” bien, acepto la ropa.

—Ven por acĆ”, —dijo llevĆ”ndolo hacia la habitación de invitados y donde dejó una muda completa de ropa, incluso un par de zapatillas secas.

Una vez que se había cambiado, Harry llegó a la cocina, donde ya Louis tenía servidas dos tazas de té y algunos bizcochos.

—¿Tienes hambre? OjalĆ” te gusten estos pancitos dulces, los hago yo.

—¿Me puedes explicar por quĆ© actĆŗas asĆ­?

—¿AsĆ­ cómo?

—AsĆ­, como si me conocieras o como si yo no fuera un ladrón.

Louis lo quedó mirando, no tenía respuesta.

—No lo sĆ©, Āæte molesta? Creo que siento que puedo confiar en ti por algĆŗn motivo desconocido, pero si te parece mal, pues entonces tendrĆ”s que irte, porque no sĆ© tratar mal a la gente...

—Es que es extraƱo, nadie es amable... O muy poca gente por lo menos.

—DĆ­melo a mĆ­, —dijo sonriendo con una especie de mueca.

—Perdón... No quise incomodarte...

—No lo haces. Al contrario, me extraƱa que estĆ©s aquĆ­, dime quĆ© pasa.

—Fui un cobarde...

—No lo fuiste.

—SĆ­ lo fui, no debĆ­ salir corriendo.

—¿No? Claro que sĆ­. ImagĆ­nate despertar y verme, cualquiera se asusta.

—¿QuĆ©? Louis yo no me fui por eso...

—¿Entonces?

—TenĆ­a vergüenza. He estado robando tus flores, me habĆ­as cuidado y yo simplemente me sentĆ­ mal... Lo siento si te hice pensar otra cosa, lo siento si mi actitud te lastimó, y gracias por ayudarme, jamĆ”s lo olvidarĆ©.

—No tienes que agradecerme, es lo mĆ­nimo que podĆ­a hacer por ti. Creo que los dos sabemos lo que es pasarlo mal, y de alguna manera sentĆ­ que si podĆ­a ayudarte a pasarlo menos mal, Āæpor quĆ© no?

—Gracias... —habló apenas, con la boca llena de pan. —Esto estĆ” muy bueno, deberĆ­as venderlos.

—Nadie me comprarĆ­a, pensarĆ­an que los voy a contagiar, —contestó sin molestia, casi riendo. Harry le provocaba alegrĆ­a, un algo liviano y desconocido.

—Perdón... Lo sĆ©, la gente es muy tonta... Como si las quemaduras se contagiaran... Aunque piensan lo mismo de los harapos y la mugre, que la pobreza y la miseria se pegan... DeberĆ­a irme, solo querĆ­a agradecerte que me hayas cuidado y que me hayas permitido vender tus flores.

—No puedes irte, la tormenta estĆ” apenas comenzando, y puedes seguir viniendo por mĆ”s flores, por lo menos hasta que queden dos en cada rosal, luego de eso puedes intentar vender margaritas, hortensias, dalias, camelias o magnolias... Incluso podrĆ­as vender naranjas o limones, o puedo hacer macetas con enredaderas... No lo sĆ©, hay muchas opciones.

—¿Por quĆ©?

—¿Por quĆ© no?

—Porque soy un ladrón.

—No lo eres, eres un sobreviviente. Toma, se te quedaron, —dijo entregĆ”ndole la bolsita con libras. —CuĆ©ntalas, hay 24.

—JamĆ”s dudarĆ­a de que estĆ©n todas las monedas. ĀæPuedo dejarte algunas? Mal que mal, deberĆ­a darte alguna retribución...

—EstĆ” bien. Por cada diez libras me darĆ”s una. Ahora, pienso que deberĆ­as dejar tu dinero aquĆ­, y cargar solo con lo necesario. Sabemos que se pueden caer o desaparecer y no serĆ­a justo que perdieras tus preciadas monedas.

—¿Dónde podrĆ­a dejarlas?

—Mmm, dĆ©jame pensar. Puede ser en una de estas botellas, o tambiĆ©n una fuente, pero me gusta este florero, podemos adornarlo y ponerle tu nombre.

—¿No tienes dos floreros iguales? AsĆ­ tendrĆ­amos uno cada uno.

—Creo que sĆ­, dĆ©jame buscar... AquĆ­, son casi iguales, solo que mira, este tiene estos reflejos verdes y este otro los tiene azules.

—Me gusta el azul para la mĆ­a...

—Bien, entonces, cómo deberĆ­amos decorarlas?

—¿Pero no prefieres que te ayude a limpiar? Soy rĆ”pido.

—Me gustarĆ­a verlo, —dijo, una vez mĆ”s, tratando de sonreĆ­r.

—Te vas a quedar asombrado.

Y poniéndose manos a la obra, lavó y secó realmente rÔpido. Luego limpió la mesa y esperó a que Louis guardara.

—IncreĆ­ble, lo haces muy bien.

—Ahora sĆ­, pero tengo un problema...

—¿QuĆ© pasa?

—¿Puedes escribir mi nombre?

—¿No puedes hacerlo tĆŗ? —Louis se dio cuenta de la incomodidad de Harry y no fue difĆ­cil entender. —Yo lo hago, pero tienes que decirme cómo.

—AsĆ­, de arriba hacia abajo... Tu letra es muy bonita, yo apenas sĆ© escribir mi nombre...

—EstĆ” bien, puedes aprender si es que lo quieres. No te voy a juzgar ni me voy a burlar, no tienes que tener miedo conmigo, espero que lo sepas.

—Es difĆ­cil confiar, Āæno crees?

—Claro que lo es, es difĆ­cil y aterrador, pero por lo menos yo he aprendido en confiar en mĆ­ y en mi intuición, antes que en los demĆ”s, y no me he equivocado. Creo que la soledad y el dolor hacen que tenga un buen filtro.

—No lo sĆ©... O sea. creo que sĆ­ es en tu caso, pero yo no funciono igual.

—Porque tus circunstancias son muy distintas. No es lo mismo pensar y reflexionar sentado en un cómodo sofĆ”, con una taza de tĆ© y el estómago lleno, frente a la chimenea, que hacerlo en la calle, con frĆ­o, hambre y miedo.

—Eso es verdad...

—Y tengo una pregunta. Si bien entiendo que te cueste leer y escribir, Āæpor quĆ© tu manera de hablar es tan correcta?

—La seƱora de las manzanas siempre me ha corregido, y cada vez que hablaba bien con ella, me regalaba una manzana. A veces era lo Ćŗnico que comĆ­a en dos dĆ­as, y me obligó de alguna manera a intentarlo. Siempre estĆ” pendiente de lo que hago, es muy importante para mĆ­.

—Ella es muy linda, nunca me ha tratado mal. Me alegra que te haya ayudado, lo ha hecho muy bien.

—SĆ­, hace lo que mĆ”s puede y me gustarĆ­a agradecerle de alguna manera. Espero hacerlo pronto.

Louis volvió a hacer su mueca de sonrisa.

Y Harry lo miró y se perdió en la comisura del labio que no se movió, pero lo hizo de una manera nueva para él, lo hizo con ternura. Le parecía desproporcionado que Louis sonriera en medio de toda su tragedia.

—PodrĆ­a regalarle manzanas, las de mi jardĆ­n son el doble de grandes, el doble de jugosas y el doble de ricas, Āælas has probado?

—No, solo las naranjas, —confesó ruborizĆ”ndose. —Y son realmente muy ricas.

—Me alegra que te gusten. Harry, quiero ser claro contigo. Esta casa es tu casa para cuando la necesites, si tienes hambre, si tienes frĆ­o, si necesitas conversar o solo baƱarte, por favor ven.

—¿Me tienes lĆ”stima? Lo entenderĆ­a.

—No, no lo hago, —contestó sinceramente. —Mi intuición me dice que eres un buen chico, que tambiĆ©n lo has pasado mal, y que solo necesitas una oportunidad. No hay ningĆŗn rastro de lĆ”stima, no es un sentimiento que conozca realmente. Supe que eras diferente cuando entraste a robar mis flores para venderlas y comer, en vez de robarle a la gente. Me di cuenta cuando vi que eras cuidadoso con el trato a los rosales, que jamĆ”s los maltrataste, que nunca dejaste sucio. Eres un ladrón particular, aunque en estricto rigor no robas, solo hurtas, —terminó de decir intentando entender lo que habĆ­a dicho.

Y Harry por primera vez en mucho tiempo, sonrió mostrando sus dientes. Se veía feliz.

—¿No te aburres en esta casa tan grande? —preguntó cambiando el tema.

—La casa es pequeƱa, solo tiene dos habitaciones, un baƱo, esta cocina y el pequeƱo living. Afuera hay un cobertizo corto, dando sombra a dos mecedoras y desde donde puedes ver todo el jardĆ­n. Ese sĆ­ es grande, creo que no lo has visto completo. Te lo mostrarĆ© cuando no haya lluvia.

—¿Le temes al agua?

Y Louis volvió a sonreĆ­r. —Claro que no, solamente no querĆ­a que te volvieras a mojar.

—Estoy acostumbrado, me da igual.

—¿Entonces quieres ir?

—Quiero, quiero ver dónde estĆ”n todas esas flores que nombraste.

—Vamos.

Salieron en medio de la tormenta, empapÔndose de inmediato y sintiendo cómo el frío calaba sus huesos sin piedad. Recorrieron todo el jardín, terminando en los rosales.

—Es asombroso, muy lindo, se nota que lo has cuidado mucho y yo lleguĆ© a daƱarlo, lo siento.

—Al contrario. No sĆ© cómo lo haces, pero los cortes han sido precisos, TambiĆ©n has tenido precaución de cortar por diferentes sectores, y eso es asombroso. SerĆ­as un excelente jardinero.

Parecƭa que no se daban cuenta de lo extraƱo que era estar de pie, en medio de una tormenta, mojƔndose, sin sentir el frƭo ni el sobrecogimiento al sentir los truenos retumbar por el cielo casi negro. QuizƔs era normal tener esos momentos cuando encontrabas a alguien con tu mismo dolor, con tu misma necesidad de afecto.

—¿De verdad crees que serĆ­a buen jardinero?

—Estoy seguro. Puedes estudiar en casa, tengo muchos libros y tambiĆ©n te puedo enseƱar a cuidar las plantas.

—Nunca pensĆ© en algo asĆ­, creo que me acostumbrĆ© a pensar que soy un ser inservible.

—Soy un convencido de que casi no existen personas inservibles, solo personas que estĆ”n perdidas o que no tienen oportunidades de conocer sus habilidades. Pero si te hace ruido, o quizĆ”s se te ocurre algo mĆ”s, creo que puedo enseƱarte. SĆ© mucho de gasfiterĆ­a tambiĆ©n, o de cocina. En realidad todo lo que tenga que ver con llevar una casa, ya ves que no puedo pedir ayuda, —dijo haciendo un puchero que se veĆ­a adorable con su boca torcida.

—Ya no estĆ©s presumiendo, —contestó riendo, descolocando a Louis por un segundo y luego haciĆ©ndolo estallar en una carcajada.

—Lo siento, no tengo con quien jactarme de mi experiencia.

El ambiente se cortó cuando Harry estornudó seis veces seguidas y Louis tomÔndolo de la mano lo llevó hasta la casa.

—QuĆ­tate las zapatillas y sĆ­gueme. Te vas a baƱar, —habló seriamente mientras tambiĆ©n quedaba descalzo.

—No es necesar...

—No te estoy preguntando Harry, hazlo, —interrumpió.

—No te enojes.

—No lo hago, solo me preocupo. BƔƱate, ĀæsĆ­? ĀæTe gusta la sopa?

—Si se come o toma, me gusta todo. Yo tambiĆ©n puedo presumir, —dijo cerrando un ojo y cerrando la puerta del baƱo.

Louis se quitó la ropa mojada, y se puso una bata gruesa. Buscó paños para secar el piso, mientras sacaba verduras para hacer algo rÔpido y contundente.

Pronto vio a Harry salir envuelto en toallas, algo nervioso al no saber quƩ hacer.

—Ven, —pidió Louis, guiĆ”ndolo hasta el dormitorio de invitados. —Esta ropa es mĆ­a, me queda grande, yo creo que a ti te puede quedar bien, usa lo que quieras y ponte pantuflas mientras se secan tus zapatillas.

RƔpidamente se fue a baƱar y a vestir para seguir cocinando.

—Creo que me queda bien tu ropa, —dijo levantando los brazos.

—SĆ­, te queda muy bien. Si quieres puedes leer algunos de los libros de jardinerĆ­a sentado en el sofĆ”, por mientras estĆ” el almuerzo.

—¿Puedo sentarme mĆ”s cerca de la cocina? Si tengo dudas no quiero estar a los gritos.

—Bien pensado, puedes sentarte donde quieras.

Harry eligió un libro, y se sentó cerca del horno que estaba prendido y donde estaban los dos pares de zapatillas humeando de humedad.

Louis peló, cortó y sofrió cebollas, ajos, pimientos, zanahorias, papas y un poco de apio. Rellenó con agua y le puso condimentos. Mientras eso hervía, preparó una pieza de pan que dejó en el horno mientras hacía unas papas asadas y una sencilla pechuga de pollo al sartén. Cuando estaba haciendo la mezcla para panqueques, miró de reojo a Harry y se dio cuenta de su ceño fruncido.

—¿Pasa algo?

—No entiendo la mayorĆ­a de las palabras...

—¿Quieres leer en voz alta y te voy explicando?

—No te burles de mi rapidez, Āæbueno?

—Nunca lo harĆ­a.

Casi una hora estuvieron en medio de la explicación de tres capítulos sobre el cuidado de los rosales y otras flores. Louis era muy paciente y un excelente profesor, Harry estaba encantado.

—Ya no puedo seguir concentrado... —explicó Harry, dando por terminada la clase.

—¿Por quĆ©? ĀæFue muy aburrido?

—Al contrario, pero tengo demasiada hambre y aquĆ­ huele delicioso... —Suspiró mientras acariciaba su estómago vacĆ­o.

—Justo a tiempo, ojalĆ” te guste y estĆ© rico, ven a sentarte, —dijo mientras se movĆ­a rĆ”pidamente por el pequeƱo lugar.

Puso un plato liso o llano, y encima uno hondo, donde sirvió la humeante sopa con un poco de cilantro picado. Tomó el pan ya reposado y cortó trozos pequeños. Ya en la primera cucharada se pudo escuchar el gemido de Harry haciendo sonreír a Louis.

—”EstĆ” delicioso! Ā”Y este pan! Es el mejor que he probado.

—¿Y has probado muchos? ĀæO ya estĆ”s alardeando otra vez?

—Me descubriste, —dijo bajando la cabeza y luego levantĆ”ndola mientras reĆ­a. —¿Puedo tomar un poco mĆ”s?

—No, no es la idea. Primero come el pollo, y si quedas con hambre, tomas mĆ”s sopa.

—Trato hecho, aunque ya sĆ© el resultado.

—TambiĆ©n yo, —aseguró sirviendo las papas y el pollo.

Diez minutos despuƩs en que solo hubo silencio, Harry pudo hablar.

—Esto es imposible Louis... Dime dónde aprendiste a cocinar.

—AquĆ­, solo. Mi ex familia siempre fue adinerada y crĆ©eme que jamĆ”s nos dejaron siquiera poner un pie en la cocina. Cuando me abandonaron, y tuvieron el gesto de dejarme en esta casa, tuve que aprender a hacer de todo. La primera vez que intentĆ© prender el horno, casi termino muerto, lo mismo cuando quise freĆ­r o cuando hubo una gotera en el techo. Cada cosa en esta casa tuve que aprenderla.

—Lo siento... No era mi intención hacerte hablar de ellos...

—No hay problema, ya no me duele. He aprendido a agradecer que no me dejaran en la calle, tengo los papeles que me hacen dueƱo de este lugar hermoso, donde he aprendido mucho... ImagĆ­nate que ahora hasta un amigo tengo, —sonrió mirando a Harry.

—PodrĆ­a decir que me cuesta entenderte, pero Āæsabes? Me siento igual... Mi vida completa ha sido una pelea por sobrevivir, pero no puedo tener un mal pensamiento para con mis padres... Lamento que terminaran mal, pero no podĆ­a ser de otra forma. Creo que al final, soy alguien que vive con la esperanza de que en algĆŗn momento voy a estar mejor, y mira... Apareciste tĆŗ...

No siguieron conversando, no podían, estaban emocionados de saberse parte importante en la vida del otro. Varios minutos estuvieron solo mirÔndose, hasta que Harry sin querer pasó a llevar un plato que se quebró en muchos pedacitos.

—Lo siento, lo siento mucho... Soy tan torpe, te lo voy a pagar, en serio, lo siento, Louis, yo...

—Calma... Respira. No te pongas nervioso o te puedes cortar. DĆ©jame limpiar, no te muevas. —Con la escoba barrió, hasta dejar todo impecable. —No es necesario que me lo pagues, no te imaginas cuĆ”ntos platos, tazas y vasos he quebrado, y si te confieso algo, ya no me gustaba. Era el Ćŗltimo de ese juego y ahora tengo una excusa para comprar uno nuevo.

—¿EstĆ”s seguro?

—Claro que sĆ­, Āæquieres estudiar un poco mĆ”s?

—No, voy a lavar los platos y despuĆ©s me voy a ir, ya no llueve.

—Claro que no te vas a ir. Sabes que despuĆ©s de una tormenta como esta, baja un frĆ­o terrible y tienes la opción de no pasar frĆ­o. Tus zapatillas aĆŗn estĆ”n un poco hĆŗmedas. QuĆ©date esta noche y maƱana cortamos las rosas y te vas, Āæte parece?

—Siento que estoy abusando...

—No lo haces, tienes muchos platos que lavar. Mientras empiezas voy a guardar lo que quedó.

—Supongo que serĆ” nuestra cena.

—Claro que sĆ­, y va a estar mucho mĆ”s rico. Ni siquiera te ofrecĆ­ postre... Me acabo de acordar.

—El postre puede ser nuestra merienda. Creo que solo hoy subĆ­ como diez kilos.

—Merienda serĆ” entonces, —dijo Louis, pensando en que ojalĆ” subiera rĆ”pidamente de peso. No se daba cuenta de lo delgado que estaba. —Si quieres, puedes ir a descansar en la habitación de invitados, y te levantas cuando te de hambre.

—¿En serio? Eso serĆ­a genial, no me acuerdo cómo es una cama... Cuando me cuidaste no contó porque no recuerdo nada...

Y cómo dolía escucharlo.

—Vamos, voy a pasarte unas mantas para tus pies.

Harry tímidamente se sentó y luego puso su cabeza en la mullida almohada que olía a limpio y fresco, como a rosas. Apenas Louis lo arropó, se durmió.

Louis salió de la habitación con cuidado, y con su corazón roto. Encendió la pequeña chimenea, y se sentó al frente, con una taza de té.

Nadie merecía una vida como la de Harry, menos Harry. Era realmente un chico excepcional, tan dulce, tan genuino, tan puro de corazón. Veía reflejada su alma en el verde jade de sus ojos mÔs preciosos que los arrecifes, en su suavidad al hablar y en sus movimientos pausados. Merecía que la vida le retribuyera tantas carencias, tanta falta de amor, de afecto, de calor. OjalÔ Harry pudiera conocer a alguien que lo ame con todas sus fuerzas y le muestre el lado mÔs bonito de este mundo, alguien que lo abrace tanto que una sus partes rotas, que lo bese tanto que olvide su nombre, y que le de cariño a manos llenas. Se merecía un amor de cuentos, se merecía su final feliz para siempre.

Lentamente se durmió, sin darse cuenta.

Despertó pasadas las cinco de la tarde, con la voz de Harry desde la cocina.

—DespertĆ© solo por las ganas de comer panqueques. ĀæYa estĆ”s despierto? Llevo hablĆ”ndote diez minutos, —dijo feliz. —Tu cama es maravillosa, creo que nunca dormĆ­ tan bien.

—No sĆ© a quĆ© hora me dormĆ­, —contestó somnoliento. —DĆ©jame preparar los panqueques, Āælos quieres con miel o frutas, o alguna salsa?

—¿Cómo los comes tĆŗ?

—Con frutas y salsa de caramelo y chocolate.

Harry abrió los ojos sorprendido. —Quiero...

Louis rÔpidamente derritió una barra de chocolate, y preparó un caramelo casero a punto.

Colocó frutas en los panqueques, los enrolló y arriba puso el chocolate y luego el caramelo.

—¿Quieres comerlo con la mano?

—¿Puedo?

—Claro que sĆ­. Prueba.

—Mmmmmmm, delicioso... Tan bueno... —dijo pasando su lengua sobre sus labios, y luego chupando sus dedos. —¿Me preparas mĆ”s? ĀæPor favor?

—Claro que sĆ­.

Y mientras lo hacĆ­a, Louis evitaba llorar. ParecĆ­a que Harry le dolerĆ­a siempre, era terrible darse cuenta que era feliz con tan poco.

—¿Pasa algo?

—No, creo que aĆŗn estoy un poco dormido, —contestó disimulando.

—¿Cómo logras que la fruta estĆ© tan jugosa?

—La dejo reposando en jugo de naranja con una pizca de sal, asĆ­ logro que sus sabores salgan mĆ”s intensos y que al mismo tiempo, se ablanden solo lo necesario.

—PodrĆ­as cocinar y yo vendo lo que prepares... Aunque mejor no, no podrĆ­a venderlos... —El rostro de Louis que se habĆ­a iluminado, se apagó casi de inmediato. —TendrĆ­a que vender todo a medias, no resistirĆ­a no darle un buen mordisco a cada cosa.

Harry alcanzó a notar el cambio de energía en Louis. Se dio cuenta de cómo cada una de sus palabras provocaba alguna reacción, y sintió pena. Percibió lo frÔgil que era, y lo sensible, solo necesitaba un poco de afecto, y se sorprendió de sentir tantas ganas de hacerlo sentir bien.

—Creo que siempre es una opción, y que podrĆ­as controlarte si es que te prometo mĆ”s comida.

—Tenemos muchas opciones de trabajo... Lo siento...

—¿Por quĆ© lo sientes?

—Porque quizĆ”s piensas que decĆ­a todo esto a modo de broma, y de verdad creo que nos irĆ­a bien, o a ti te irĆ­a bien, porque el del talento eres tĆŗ y...

—Para. ĀæPor quĆ© sacas conclusiones tan rĆ”pido? Si llegĆ”ramos a trabajar en algo juntos, asĆ­ como en las rosas, tienes que entender que tĆŗ eres la mitad. Yo no puedo ir a vender por razones obvias, y sin ti no podrĆ­a promocionar mis productos. Harry, todo lo que te he dicho es sincero, crĆ©eme.

—Lo siento, es solo que hay momentos en que me cuesta entender. ĀæSĆ­ estudiamos un poco mĆ”s? ĀæAntes de cenar?

Y Louis sonrió.

Esa noche fue tranquila, y tal y como lo había predicho Louis, fue espantosamente fría. Cerca de medianoche Louis se levantó, y fue a revisar a Harry. Lo vio intentando no quejarse, pero llegaba a tiritar.

—Te voy a traer un tĆ©, y otras mantas, ĀæestĆ” bien?

—Gracias... —murmuró con vergüenza que Louis no entendió, hasta que se dio cuenta de que estaba acostado con pantuflas. —TenĆ­a mucho frĆ­o.

—No te preocupes, pero debiste ir a despertarme, ya vengo.

Fue primero por las mantas y lo ayudó a sentarse. Puso agua a calentar y encendió la chimenea. Preparó el té, dos tazas, y le llevo una a Harry.

—Pronto la casa se va a temperar, es lo bueno de que sea pequeƱa. —Harry no contestó. —¿EstĆ”s bien?

—El aƱo pasado hubo una semana de heladas, Āælas recuerdas?

—Nunca podrĆ­a olvidarlas, se me murieron casi todas las flores...

—Cinco de los siete callejeros que dormĆ­amos al lado del puesto de cebollas, murieron de frĆ­o. Solo Liam y yo sobrevivimos... No sĆ© cómo lo hicimos, y espero que esta noche, no muera alguien mĆ”s.

—Lo siento mucho Harry, es terrible lo que me cuentas... Y Liam, Āæes tu amigo?

—No, no hay amigos en la calle... Si tienes algo para comer, o una manta todos quieren ser tus amigos... Cuando llevas dos dĆ­as sin comer y no tienes una libra, eres peor que un perro... Pero le tengo cariƱo, a veces ha tenido gestos lindos, como darme el Ćŗltimo pedazo de su pan o prestarme su manta cuando no podĆ­a pagarla. Creo que le tengo cariƱo.

—¿CuĆ”l es su historia?

—Se crió con su padre, que era un ladrón de poca monta. Cuando tenĆ­a quince aƱos, su papĆ” cayó detenido y no ha vuelto a salir. Liam tambiĆ©n robaba, pero dejó de hacerlo cuando pudo comenzar a cargar cajas y a ganarse sus libras limpias.

—Entiendo, quĆ© tristeza que tengan que pasar por tantas cosas...

No pudo seguir hablando, porque en ese momento, escucharon un ruido en el jardĆ­n.

Louis palideció y buscó una linterna. Salió con sus botas y su capa a revisar, y pronto descubrió el motivo del ruido. Cerca del portón de entrada, había un saco, pequeño, con algo adentro. Con desconfianza lo tomó y lo abrió, pero su corazón no estaba preparado para ver algo así. Era un pequeño, muy pequeño cachorrito que lo miraba con terror, todo mojado y sucio, lleno de barro.

—Santo cielo bebĆ©, ĀæquĆ© haces aquĆ­? —Le preguntó mientras lo acunaba en sus brazos. Casi corriendo se devolvió hacia la casa, donde lo esperaba Harry con un cuchillo en la mano. —Harry... Casi me matas del susto...

—Estaba preparado por si aparecĆ­a un ladrón... Lamento si te asustĆ©... ĀæDescubriste quĆ© pasaba?

—Mira... —dijo mostrĆ”ndole al cachorro.

—No puede ser... Pero si no es la cosita mĆ”s bella de este mundo... —habló todo tierno.

—¿Cierto que lo es?

—EstĆ” tiritando... ĀæQuĆ© hacemos?

—Hay que baƱarlo, secarlo y alimentarlo.

—¿Por quĆ© insistes en baƱar a todo ser que ha sido tocado por la lluvia?

—Porque es la Ćŗnica manera en que tu cuerpo vuelva regular su temperatura. Si solo lo secamos, va a estar tiritando igual, y asĆ­ no podrĆ” dormir.

—Entiendo. Entonces, vamos al baƱo.

Casi diez minutos se demoró Louis en bañarlo, y mientras Harry lo secaba, preparó un poco de carne con arroz, que hizo papilla, para alimentarlo. No tenía nada mÔs, y esperaba que fuera suficiente.

—Mira a este guapo, —dijo Harry, con el cachorro que no era cafĆ©, sino que blanco como la nieve, y con los ojos mĆ”s particulares que vieron jamĆ”s.

—Tiene heterocromĆ­a, ojos de diferente color, y es muy lindo. Veamos si quiere comer.

Lo pusieron en el piso, al lado del platito con comida y de una pequeña fuente con agua. Apenas medio segundo pasó antes de que el cachorro, literalmente, se acostara a comer sobre el plato, para gran contento de Harry y Louis.

—Vas a tener que llevarlo al mercado y buscar quien quiera adoptarlo. Puedo ayudar con el veterinario y algo de comida.

—La seƱora de las manzanas querĆ­a un perrito hace tiempo, voy a llevarlo y ver si se enamoran.

Finalmente los tres se sentaron en el sillón, y se durmieron.

Louis despertó completamente congelado. La chimenea se había apagado en algún momento de la noche, y no había llevado mantas. Vio al cachorro enterrado en el cuello de Harry y verlos así le llenó el corazón de ternura.

Eran ya las ocho de la maƱana.

—Harry, despierta, se te estĆ” haciendo tarde.

—No me puedo mover del frĆ­o...

—Voy a preparar tĆ© y el desayuno para los tres, Āæte vas a baƱar?

—¿Por quĆ©? No me he mojado...

—Porque hay que baƱarse todos los dĆ­as.

—Pero entre ayer y hoy no me he ensuciado...

—EstĆ” bien, —dijo riendo. —Solo era una pregunta.

Veinte minutos despuƩs ya estaban los tres comiendo muy contentos.

—¿Crees que deba comprarle ropita?

—No lo habĆ­a pensado, y creo que sĆ­, estĆ” muy pequeƱo y necesita calor. Tengo listos los papeles para los ramos, Āæquieres ir a cortar las rosas?

—¿Puedes ir conmigo? Me gustarĆ­a que me explicaras bien por quĆ© debo cortar de una forma especĆ­fica...

—Vamos, yo llevo a este bebĆ© debajo de la capa.

Salieron y de inmediato se arrepintieron. La helada era realmente horrible.

—¿Me puedo ir mĆ”s tarde? ĀæPor favor?

—No tienes que preguntar. Cortemos rĆ”pido y volvemos por otra ronda de tĆ© frente a la chimenea. Mira, esto de aquĆ­ es la yema, siempre debemos cortar por encima de ella, siempre en diagonal, Āærecuerdas?

—SĆ­, que no es un corte recto.

—Exacto, es lo mĆ”s importante y darle un poco de espacio al corte. Lo haces muy bien, Āæcierto bebĆ©? —le dijo al cachorro que se habĆ­a asomado.

Harry sonrió sin querer frente a la imagen, olvidando el frío y un poco mÔs.

—TerminĆ©, voy a hacer seis ramos de cuatro rosas otra vez, creo que es lo mejor.

—SĆ­, tambiĆ©n me gusta. Hiciste 24 cortes perfectos, vamos a celebrar.

Mientras el cachorro se acurrucaba en el sofƔ frente a la chimenea, Harry armaba los ramos y Louis preparaba una gran tetera con tƩ.

—TerminĆ©, Āæcómo se ven?

—Te quedaron preciosos, pero Āæsabes quĆ©? EspĆ©rame aquĆ­, dijo poniĆ©ndose su capa y saliendo.

Harry lo miró por la ventana.

—¿QuĆ© es eso?

—No te acuerdas que te mostrĆ©, pero estas pequeƱas se llaman nubes o velo de novia. Quedan perfectas acompaƱando cualquier ramo, y crecen rĆ”pido.

—IncreĆ­ble, se ven mucho mĆ”s lindos.

—¿Crees que puedas venderlos a esta hora?

—Espero que sĆ­, pero estĆ”n tan preciosos que podrĆ­a asegurarlo.

—¿CuĆ”ndo vas a volver?

—MaƱana temprano, la misma rutina de siempre.

—Bien... ĀæPuedo esperarte con desayuno?

—No, no es necesario, mucho haces con lo de las flores, —aseguró, pero al notar cómo se apagaba la mirada de Louis, se corrigió. —Pero un tĆ© siempre viene bien.

Y Louis volvió a sonreĆ­r. —¿Crees que deberĆ­a comprar un carrito? Para llevar los ramos...

—Piensas demasiado en muchas cosas... Pero creo que es una gran idea, asĆ­ no se estropean, ya me voy.

—Te acompaƱo hasta la rendija.

Una vez en medio de las murallas, Louis le fue entregando los ramos a Harry, que no quiso salir por el portón, y finalmente le pasó al cachorro. Antes de hacerlo lo besó y le dijo que se portara bien, y que ojalÔ encontrara quien lo amara mucho y para siempre.

Una vez que se fueron, sintió su pequeña casa gigante y mÔs fría que nunca.

Harry le habƭa entregado luz y calidez a esos dƭas, sin quererlo. Habƭa pensado que se estaba acostumbrado a la soledad y a sus conversaciones consigo mismo, pero ahora se daba cuenta de que le gustarƭa que Harry fuera mƔs veces para poder hablar y enseƱarle a tener mƔs oportunidades. Incluso, Harry podrƭa comprarle las cosas en el mercado, evitƔndole los malos ratos de enfrentarse a esa gente mala y prejuiciosa.

Tenía tantas ideas, pero las iba desechando una a una. Sentía que algo no encajaba, como si Harry siguiera inseguro de esta relación que empezaban a formar, como si no terminara de aceptarla y eso le dolía, aunque podía entenderlo a la perfección. Aunque Louis fuera el mejor hombre del mundo, era feo, raro, extraño, y eso no tenía remedio, no podría cambiarlo y podría asegurar que Harry lo miraba con algo mÔs que lÔstima. Tal vez un poco de miedo, tal vez incluso un poco de asco. Y cómo le dolía.

Harry en cambio, caminaba pensando en demasiadas cosas. Había llegado a la casa de Louis a dar la cara, a pedir disculpas y a agradecer, y salió de ahí con su estómago lleno de deliciosa comida y su corazón lleno de afecto. Compartir con Louis le remeció hasta lo mÔs profundo de su ser, jamÔs imaginó encontrar a alguien tan dulce, tan amable y expresivo pese a su rostro desfigurado. De alguna manera sentía que Louis era demasiado, sobre todo para él que tenía tan poco para ofrecer y le parecía muy desigual que fueran amigos, porque Louis tenía todo y lo entregaba a manos llenas, y él era apenas un andrajoso cargador de verduras y ladrón.

El cachorro lo sacaba de sus pensamientos cada cinco minutos, con sus intentos de ladrido y con sus lamidas en su mano. Le sonreía y le hablaba, le gustaría quedÔrselo o que Louis se lo hubiese quedado, pero no se atrevió a plantearlo, ya era demasiado.

Suspiraba imaginando que de verdad, algĆŗn dĆ­a, pudiera sentirse digno de la amistad de Louis. Lo admiraba, sabĆ­a que era un gran chico, tan valiente, tan resiliente (le gustaba mucho esa palabra), tan claro y transparente. Tan Louis.

Al llegar al mercado, fue directamente al puesto de manzanas, donde encontró a la casera preocupada por él.

—Gracias a Dios estĆ”s bien, tuve tanto miedo de que te pasara algo... —dijo acariciando su pelo. —Te ves muy bien, Āædónde estabas?

—Es una larga historia, pero antes de conversar tengo que vender mis flores, y encontrarle casa a esta preciosura.

Dejó al cachorro en manos de la señora, que de inmediato se enamoró.

—Es hermoso... ĀæPuedo quedĆ”rmelo yo?

—Me encantarĆ­a, sĆ© que lo va a cuidar bien. Puedo ayudarla con el veterinario y alimento, o eso dijo Louis.

—¿Louis? ĀæEstuviste de nuevo con Ć©l?

—SĆ­, pasĆ© la noche en su casa. Me hizo baƱar, me dio ropa, cocinó para mĆ­...

—¿Ustedes tienen algo?

—No, Āæpor quĆ©?

—No lo sĆ©, era solo una pregunta.

—Él es muy amable, pero creo que jamĆ”s podrĆ­amos mirarnos de otra manera. Estamos intentando ser amigos y hasta eso es difĆ­cil para mĆ­, porque siento que Ć©l tiene mucho y yo nada...

—No es asĆ­, —contestó dulcemente. —Harry, eres un chico diferente, a pesar de todo sigues aquĆ­, eres un sobreviviente y aĆŗn no lo entiendes. No te apresures, dale tiempo al tiempo, estoy segura de que construirĆ”n una hermosa amistad.

—Eso espero, porque... ĀæQuĆ© le pasó a sus manzanas?

—El proveedor perdió muchas ayer con la tormenta. Se le inundó la bodega y no sabemos cuĆ”ndo podremos recuperar...

—Entiendo. Voy a gritar mis flores, y con lo que gane, le voy a comprar un chaleco al cachorro.

Se demoró veinte minutos, y solo porque la señora de siempre llegó también tarde, y se molestó mucho a no poder llevarlas todas, obligando a Harry a prometer que el próximo día le guardaría por lo menos tres ramos.

Con sus libras tintineando, compró la ropa para el perrito y se la fue a poner.

—Quedaste hecho un prĆ­ncipe, cosita bella, —dijo meciĆ©ndolo en sus brazos.

—Es verdad, pero dĆ©jalo dormir. Anda a ver a Liam, me parece que no estĆ” muy bien.

Harry corrió hacia el puesto de cebollas, y ahí lo encontró.

—¿QuĆ© te pasa? ĀæQuĆ© sientes?

—Creo que fue demasiado frĆ­o, me duele todo, —habló todo gangoso, lleno de mocos y un poco de fiebre, mientras tiritaba.

—DeberĆ­as baƱarte, pero es imposible... Voy a comprarte un tĆ© y unos analgĆ©sicos, espĆ©rame.

Volvió quince minutos después con un té grande, cuatro pastillas y dos sÔndwiches de los mÔs gigantes que encontró.

—Tómate el tĆ© con cuidado y traga dos de las pastillas. Luego comes algo, te vas a sentir mejor. ĀæTu ropa estĆ” seca?

—SĆ­, por suerte no me mojĆ©.

—¿Y los demĆ”s? ĀæEl cojo, el sanguijuela y Josh?

—Se los llevaron esta maƱana... Bueno, a su cadĆ”veres...

—Lo sabĆ­a, hizo demasiado frĆ­o.

—¿De dónde sacaste dinero?

—Estoy vendiendo rosas y me gano unas libras, mĆ”s lo de cargar las zanahorias, me estĆ” ayudando mucho.

—Me alegra, de verdad, ojalĆ” puedas salir de la calle.

—Sabes que eso son palabras mayores, solo una pieza son 50 libras mensuales, en cualquier mugre piso de estos lados. Apenas tienen algo parecido a un baƱo, ni hablar de que hay que comer y todo eso...

—Tienes razón. Lo bueno de que murieran los demĆ”s, es que me quedĆ© con sus mantas y cuatro libras que alguno tenĆ­a en el pantalón.

Harry lo miró sin horror, era la cruda y triste realidad de la calle. Sólo pudo sonreír, una sonrisa vacía, pero sonrisa al fin.


Esa tarde, Louis y Harry se extrañaron. Así de rÔpido se habían acostumbrado a la presencia del otro, a esa sensación de algo llamado hogar, de una nueva idea de lo que era la calidez y la sorpresa de encontrar magia en alguien en este mundo, de poder verlo y mirarlo sin mÔscaras, sin miedos, sin temor de ser juzgados; poder ser ellos mismos en todo momento, mostrar su vulnerabilidad sin miedo a que fuera dañada o pisoteada. Al contrario, era celebrada o eso esperaban, era lo que querían debajo de sus pensamientos de inseguridad y de ligera turbación.

Harry trabajó arduamente hasta que casi llegó la noche. Inconscientemente quería caer rendido para no sentir el frío ni la dureza de la calle. Lo consiguió a medias y agradeció por ello.

Cuando abrió los ojos, supo que era hora de ir a ver a Louis, ¿o de ir por las rosas? Bueno, las dos cosas. Se lavó la cara en un charco de agua estancada pero limpia que encontró y miró que su ropa no estuviera sucia o muy arrugada. no quería que Louis pensara que era descuidado o algo así. Caminó con prisa, extrañando la lengua traviesa del cachorro. Entró rÔpidamente por la rendija y en la entrada de la casa estaba Louis esperÔndolo con su sonrisa característica.

—¿Cómo estĆ”s? ĀæCómo pasaste la noche? ĀæCon quiĆ©n quedó el cachorro? ĀæCómo estĆ” la seƱora de las manzanas, y Liam?

Harry lo miró con la boca abierta, el ceño fruncido y muy serio le dijo:

—Dime que lo ensayaste... ĀæCómo podrĆ­a contestar todo eso? —Habló en medio de una sonora carcajada.

—Lo siento, —rio tambiĆ©n. —Es que estaba preocupado...

—Estoy bien, pasĆ© un poco de frĆ­o. El cachorro ahora se llama Nube, estĆ” con la seƱora de las manzanas que estaba mal, porque su proveedor habĆ­a perdido muchas unidades con la tormenta y no tenĆ­a mucho para vender. Liam estaba bien dentro de todo, los otros tres callejeros murieron de frĆ­o y pudo quedarse con sus mantas. Ayer tenĆ­a algo de fiebre, pero pude comprarle un tĆ© y un pan y se sintió mejor.

El rostro de Louis era de pesar.

—¿Tres muertos? Harry, eso es terrible... No puedes seguir durmiendo en la calle, por lo menos no cuando hay heladas, promĆ©teme que vas a venir a dormir o que vas a buscar un lugar...

—Louis, es lo que me toca, no puedes estar haciĆ©ndote cargo de mĆ­, apenas me conoces y no deberĆ­as involucrarte...

La mirada de Louis cambió, se oscureció y su energía se volvió densa.

—Como quieras, te ofrecĆ­ todo lo que estaba a mi alcance y no lo quieres. EstĆ” bien, asĆ­ serĆ”.

—No te enojes, no quise hacerte sentir mal.

—No lo haces, ya nadie puede hacerlo.

—Louis...

—Voy a buscar tus ramos, ya vuelvo.

Entró en su casa y tomó los bonitas flores envueltas con tanta perfección que era inevitable no sonreír al verlas.

—Que te vaya bien, —dijo entregĆ”ndoselas y luego cerrando la puerta.

Harry se quedó unos minutos sin saber qué hacer. ¿Es que acaso Louis no podía entender su situación? No podía pasar de la carencia total de preocupación a un exceso de la misma, no sin cuestionarse si era correcto, no mientras sintiera que él era poca cosa, que no tenía cómo retribuirle. Al parecer no, Louis no lo entendía y él no sabía explicarse. Y no quería sentir jamÔs que Louis estaba molesto, no con él, y le quemaba, y por mÔs que lo evitaba no podía detener las lÔgrimas que caían como una cascada por sus lindas mejillas y velaban sus bonitos ojos. Tomó sus flores y se fue, casi corriendo.

Louis lo miraba por la ventana, mientras sus propias lÔgrimas inundaban su adolorido corazón. ¿Por qué Harry no entendía que solo quería darle un poco de alivio a su vida tan difícil? ¿Acaso su ayuda era menos valiosa porque venía de él? ¿Era su apariencia realmente el problema y Harry no se lo diría?

Los dos pensaron sin cesar en el otro, en lo sucedido, buscaron una explicación, encontraron respuestas equivocadas, se dañaron con ideas invisibles, mataron sus ilusiones que habían empezado a crecer en compañía del otro.

Louis, aun con toda su pena, fue a buscar la maceta donde tenía su experimento, y quizÔs como una señal, no había raíz, ni señales de vida. Fue un fracaso. Pero no se iba a dar por vencido, aunque fuera lo último que hiciera por Harry, le daría ese último regalo. Leyó algunos libros, y volvió a intentarlo. Esta vez tomó un trozo de raíz del rosal rosa, del amarillo, y de las hortensias azules, y les habló. Les pidió ayuda para crear una nueva variedad, hermosa, suave, delicada pero resistente. Apretó la tierra de hoja, la regó muy poco porque la humedad era mucha y mÔs agua podía ser perjudicial. La dejó cerca de la ventana de la cocina.

El resto del día se dedicó a lavar y ordenar. Con la visita de Harry y del cachorro estaba todo un poco revuelto, y su despensa se había vaciado. Antes de dormir hizo una lista de cosas por comprar en el mercado al día siguiente. Cerró los ojos pidiéndole a Dios que Harry tuviera una buena noche.

Temprano se levantó Louis a preparar un té. Por la hora suponía que Harry ya había ido por las rosas, y esperaba que hubiese tomado los envoltorios que le había dejado en una bolsa bajo el rosal amarillo. Después de beber su té, se puso su capa, su sombrero y su cubre boca y salió con una bolsa grande bajo el brazo. El mercado estaba llenÔndose de gente, por lo que se apuró y logró comprar todo lo de la lista. Solo dos personas le gritaron ofensas, y un tipo del puesto de lentejas no quiso atenderlo, pero pudo comprar en otro lugar. Pasó por el puesto de manzanas, y vio que realmente la señora tenía muy pocas manzanas, y ademÔs, estaban en muy mal estado. Difícilmente podría venderlas.

—Nunca le preguntĆ© su nombre, —dijo Louis a modo de saludo.

—Mary, me llamo Mary.

—Sus manzanas se ven mal... ĀæquĆ© pasó?

—Con la Ćŗltima tormenta se perdió casi toda la producción y el proveedor nos subió el precio demasiado. No sĆ© quĆ© voy a hacer.

—¿Puedo ayudarla? Tengo manzanas en mi jardĆ­n, puedo traerlas.

—¿De verdad? EstarĆ­a tan agradecida, de verdad estoy desesperada...

—Voy a comprar un carrito, —explicó sintiendo su corazón apretarse al recordar a Harry, —y volverĆ© en una hora y media aproximadamente. ĀæCómo estĆ” Nube?

La cara de tristeza de la seƱora lo alertó. —Me lo robaron, cuando me iba ayer unos tipos me lo quitaron de los brazos, y aunque le he preguntado a medio mercado, nadie lo ha visto...

—Pobre bebĆ©... OjalĆ” aparezca, —dijo suspirando. ParecĆ­a que todo estaba mal. —Me voy, nos vemos en un rato.

Iba caminando lo mÔs rÔpido con su carrito nuevo, cuando vio algo que terminó de romper su corazón. En el mismo sendero donde encontró a Harry esa vez que estaba tan enfermo, lo vio juntos a unos tipos que claramente lo estaban asaltando o eso parecía. Se dio cuenta de que tenían a Nube, y Harry les estaba entregando sus libras, su chaqueta e incluso sus zapatillas. Estaba pagando el rescate del cachorro.

Se quedó escondido detrÔs de uno de los Ôrboles hasta que vio a los delincuentes salir corriendo hacia el fondo del sendero con su botín, y aunque Harry había perdido todo, le sonreía a Nube. Esperó hasta que pasó muy cerca de su escondite, y le llamó la atención ver que al parecer, Harry iba a verlo a su casa.

Se fue detrÔs, caminando sigiloso, hasta que lo vio entrar por la rendija. Louis tuvo que rodear el jardín hasta llegar al portón y entrar, lo encontró sentado en una de las mecedoras.

—¿QuĆ© haces aquĆ­?

—Louis... Creo que nos debemos una explicación.

—Pasa, hay budĆ­n de papas y manzanas asadas. Espera, no puedo hablar contigo ahora, tengo que ir al mercado otra vez a llevarle manzanas a Mary.

—¿Te acompaƱo?

—No, no quiero que nos vean juntos... Puede ser perjudicial para ti.

Y se fue hacia los manzanos, y con ayuda de una pequeña escalera comenzó a sacar la fruta hasta llenar su carrito. Puso otras en bolsas, que acomodó y le dio una última mirada a Harry antes de irse. Habría podido decirle que lo esperara adentro, y que hiciera lo que quisiera, pero él ya no iba a ofrecer nada mÔs, porque quizÔs había sido su culpa intentar ayudar a quien no quería su ayuda.

Volvió cerca de media hora después, porque recordó un atajo que lo llevaba en apenas quince minutos al mercado y que había olvidado porque lo obligaba a pasar por uno de los senderos mÔs transitados, pero ahora no quería hacer esperar mÔs tiempo a Harry.

—Volviste rĆ”pido.

—SĆ­.

—Louis, no quiero que estĆ©s molesto conmigo, de verdad lo lamento mucho...

—¿Lamentas quĆ©?

—Lo que sea que hice.

—No estoy enojado contigo, es solo que me molestó ofrecer mi ayuda y que no la quisieras, pero entendĆ­ que la responsabilidad es mĆ­a por intentar forzar algo que no quieres.

—No se trata de eso, y lamento una vez mĆ”s que pienses mal de mĆ­...

—¿Quieres una taza de tĆ©? Nube estĆ” tiritando.

—SĆ­, por favor. El tĆ© del mercado no es tan rico como el que preparas tĆŗ, —dijo sonriendo.

Una vez adentro, Louis encendió la chimenea. Nube se acurrucó en el sofÔ y Harry se quedó de pie.

—En la habitación de invitados estĆ”n las pantuflas, por si quieres usarlas.

—SĆ­, gracias, permiso...

Cinco minutos pasaron en silencio, mirando las tazas de tƩ.

—Entonces, explĆ­came.

—Es difĆ­cil de explicar, y mĆ”s difĆ­cil es decirlo, pero Louis, yo siento que me ofreces tantas cosas y yo no tengo nada, literalmente... En mi vida solo he tenido mĆ­o mis harapos y mi necesidad, y de pronto apareces tĆŗ queriendo arreglarme el mundo y yo no puedo solo decir que sĆ­, porque no estĆ” bien... No es justo, no sĆ© hacerlo, no lo mereces...

—Gracias por decirlo, —dijo botando el aire. —Lamento si soy muy insistente, solo querĆ­a alivianar tu carga un poco, lo siento si no me expliquĆ© bien. No quise pasarte a llevar en ningĆŗn momento, creo que de alguna manera conocerte y descubrirte fue... fue como verme a mĆ­ y mi tragedia y actuĆ© como necesitĆ© que lo hicieran conmigo... Me vi reflejado en ti, lo siento mucho... Creo que quizĆ”s fuimos demasiado rĆ”pido y puedo entender por quĆ©. TenĆ­amos necesidad de alguien que nos entendiera y fue fĆ”cil ā€œentregarnosā€. Pero pese a todo yo no me arrepiento, y si estĆ”s de acuerdo podemos empezar de nuevo, ahora que ya hemos encontrado un amigo con quien compartir los buenos y malos momentos.

—Estoy de acuerdo, explicaste lo que yo no sabĆ­a poner en palabras, gracias...

—¿Tomemos tĆ©?


RƔpidamente pasaron los dƭas y algunas semanas, en esa rutina de armar ramos de diferentes flores y de llevar manzanas a Mary. Nube andaba para todos lados con Harry, incluso cuando cargaba cajas de zanahorias.

El verano iba quedando atrÔs y se esperaba un otoño frío y gris. La que se supone era una época cÔlida, estuvo llena de episodios de tormentas y heladas, y los que venían serían peores. La relación entre Louis y Harry era cada vez mÔs cercana, no se dieron cuenta de cuÔndo se volvió tan profunda ni hermosa. Se tenían mucha confianza, no habían secretos, y lentamente habían compartido sus sueños. Ellos que jamÔs imaginaron tener esperanzas o crear escenarios distintos, ahora les empezaba a parecer una posibilidad cierta y real.

Louis seguĆ­a intentando crear la flor perfecta para que Harry vendiera, aunque secretamente, esperaba no tener que despojarse de ella. HabĆ­a intentado con la mayorĆ­a de las flores, y aĆŗn no lograba que creciera ni una sola hoja.

Una mañana especialmente fría, después de que Harry se fuera a vender diferentes flores, decidió cambiar de estrategia. No iba a utilizar mÔs macetas, iba a plantar directamente en la tierra. Usó raíces solo de flores azules y blancas, y les habló, les contó lo que necesitaba, lo que estaba buscando. Hizo lo mismo cuando estaba colocando el abono, y cuando muy despacio le puso un poco de agua. Le habló también a las plantas y Ôrboles que estaban cerca, incluso a los pequeños bichitos que andaban por ahí, y les pidió ayuda para cuidarla.

Una semana después, apareció un muy pequeño brote, que hizo muy feliz a Louis. Era un avance mucho mayor que con cualquier otro de sus intentos, y le hizo sentir muy bien.

—Adivina, —dijo Louis, —”tiene un brote!

—¿En serio? Ā”Eso es increĆ­ble!

Se abrazaron con tantas ganas, de manera tan genuina, que no se dieron cuenta de que era la primera vez que se tocaban, que estaban tan cerca, que podĆ­an sentir el calor del otro.

Se separaron de la misma manera, sin notar nada extraƱo.

—Mary le ofreció a Liam vivir con ella. Con tu ayuda, le ha ido muy bien vendiendo frutas y Liam ha podido tener mĆ”s trabajo con las zanahorias, entre los dos se pueden ayudar. Estoy muy contento por Ć©l...

—Oh... Se van a acompaƱar, tambiĆ©n me alegro, estaban los dos muy solos. Liam va a ser como el hijo que nunca tuvo Mary.

—Lo sĆ©, es una muy buena noticia.

—¿Y tĆŗ? ĀæAlguna vez me harĆ”s caso de venir a vivir aquĆ­? ĀæAunque sea a dormir?

—Desde esta noche, —dijo sonriendo nervioso. —Pero, te voy a pagar.

—Harry, sabes que no...

—Lo es, es necesario. Nuestros floreros ya se transformaron en cajas de monedas. Puedo hacerlo y necesito hacerlo, no me quites eso, Āæpor favor?

—EstĆ” bien, —dijo sonriendo con ganas. Gracias a que ahora hablaba y sonreĆ­a mĆ”s, muy lentamente la comisura de su labio habĆ­a empezado a recuperar un poco de su movilidad aunque no se daba cuenta, era Harry quien conocĆ­a cada milĆ­metro del rostro de Louis y lo notaba.

—Siento que la venta de flores se hace mĆ”s difĆ­cil en esta Ć©poca, quizĆ”s es tiempo de pensar en vender comida, pero no se me ocurre quĆ©.

—Lo mĆ”s comĆŗn y fĆ”cil es el pan, los rollos de canela, los bizcochos, las galletas y las tartas.

—QuĆ© rico Louis, pero no puedo asegurar que lleguen completas al mercado.

—Por cada vez que lleguen bien, y se vendan, te preparo un plato especial para cenar, quĆ© dices...

—Que acepto.

Esa noche, Harry durmió en la misma casa con Louis, por primera vez como un inquilino. Se quedaron conversando hasta cerca de medianoche, y al día siguiente estaban arrepentidos cuando el sueño amenazaba con no dejarlos salir de la cama.

—Esto es tu culpa, —gritaba Harry desde su habitación.

—No te quejes, que tu puedes dormir un rato mĆ”s. En cambio yo, —dijo asomĆ”ndose, —tengo que levantarme a cocinar.

—No podrĆ­a dormir con ese cargo de conciencia, te voy a acompaƱar en la cocina, aunque sea para ayudarte a lavar.

—Gracias por eso, pero no es necesario. Duerme un rato, yo te aviso cuando estĆ© listo.

A pesar de su sugerencia, Louis tuvo a Harry a su lado todo el tiempo, haciendo preguntas, comentarios, cantando, jugando con Nube.

Y Louis se sentĆ­a pleno y feliz.

Y Harry se sentĆ­a encantado y afortunado.

—Hoy vamos a probar con pan, rollos de canela y algunos bizcochos. En la tarde voy a preparar galletas y un relleno para tarta. ĀæCuĆ”l crees que sea mejor usar? ĀæMoras, frambuesas, fresas? ĀæNueces?

—¿Todos? Louis, Ć©chale piedras y quedarĆ­a rico igual.

—Entonces, voy a necesitar que pases a comprar frutos secos, muchos, un kilo de cada uno.

—¿Me haces una lista?

—Claro que sĆ­... —dijo mientras metĆ­a las masas al horno con mucho cuidado.

—Me voy a ir a baƱar.

—¿Te sientes bien?

—”Hey! —se carcajeó. —Estoy cambiando, Āæbien?

—Bien, —sonrió, —era una broma.

En momentos como ese, Louis y Harry se daban cuenta de lo mucho que siempre sonreían cuando estaban juntos o cuando recordaban al otro. Era una sensación a la que se habían acostumbrado rÔpidamente y que les gustaba mucho. lo habían hablado, sabían qué le pasaba al otro, no podían mantener sus sentimientos ocultos. O eso decían.

Una hora y media despuƩs, Louis ya tenƭa todo envuelto en hermoso papel de seda, con los precios, guardado en el carrito.

—Anda despacio y con cuidado de que no se golpeen mucho. Le estoy mandando a Mary una pieza de pan, para que se la entregues, ĀæsĆ­? Si no logras vender las masas a ese precio, bĆ”jalo. Te voy a dar una moneda de oro para que compres lo de la lista.

—Son muchas cosas... Espero no equivocarme...

—Vas a estar bien, confĆ­a en ti.

—¿Lo crees?

—Estoy seguro, anda tranquilo...

Después de que Harry salió, Louis se dedicó a ordenar las habitaciones, sacudir, ventilar. Y aunque no sabía cómo iban a salir las ventas, buscó una receta nueva para hacerle una rica cena a Harry.

Llevaba muchos días en que el nombre de Harry no bastaba en su boca, quería llamarlo de otra manera, pero el nombre que latía tímidamente en su corazón, sencilla y dolorosamente moría en sus labios. ¿Su afecto por Harry se había transformado? Claro que sí. ¿Tenía alguna esperanza? Ninguna. ¿Podría vivir así? Por mil años si era necesario. Así como estaban las cosas, era tremendamente feliz.

Nadie podía entender qué significaba eso para alguien como Louis. La felicidad era algo que sintió por última vez hace años eternos, y ahora palpitaba en su pecho con fuerza. Nada podía ser mejor que esa sensación al lado de alguien como Harry, su dulce Harry, su tierno Harry.

Mientras Louis divagaba en medio de la cocina de su casa. Harry llegaba sano y salvo al mercado. Como siempre, se ubicó al lado de Mary.

—¿Cómo estĆ”s hoy?

—Bien Mary, ĀætĆŗ?

—Con dolor de espaldas. Se me ocurrió limpiar la habitación para Liam y algo habĆ­a pegado en el piso. Se me olvida que a mi edad puede ser perjudicial, —contó riendo.

—Pero si aĆŗn eres joven, no sĆ© de quĆ© hablas, —contestó contagiado del buen humor.

—¿Y tus flores?

—Solo traje un ramo, hoy vamos a intentar con comida.

—¿Y quĆ© trajiste?

—Pan, rollos de canela y algunos bizcochos.

—¿Rollos de canela? Dame uno.

—Claro, toma... Ah, Louis te mandó este pan.

—Ese Louis es una cosita linda, Āæno? Siempre preocupado.

—Lo es...

Mary no dijo nada, no era necesario, ella ya lo sabĆ­a.

En apenas una hora, Harry vendió las flores y la comida. Después fue a comprar los frutos secos y ropa nueva para Nube, y dejó todo en su carrito en el puesto de Mary. Se dedicó a cargar todas las cajas de zanahoria que pudo, porque aunque no lo necesitaba, no quería sentir que era una carga para Louis o que alguien pensara que se estaba aprovechando, porque jamÔs lo haría, porque solo quiere ser útil, que Louis sienta que puede apoyarse en él... Quiere que Louis lo necesite para siempre, porque así no tendría que irse nunca de su lado, y podría mirarlo siempre, y ver como su mirada ahora es mucho mÔs suave, sus gestos mÔs afectuosos, su cicatriz cada vez menos rígida, su caminar mÔs seguro... Ha sido un todo en el cambio de Louis, aunque eso es un engaño. Sabe que Louis no ha cambiado, sabe que es él, Harry, quien ahora lo ve diferente, quien suspira en silencio cuando lo mira hablar o reír y lo ve hermoso como su alma; quien reza suplicando porque Louis esté bien y siga feliz; quien estúpidamente se queda despierto por horas recordando los momentos que le ha entregado el día.

Cuando volvió a casa, ya tarde y muy cansado, un aroma delicioso lo esperaba.

—Hola, Āæcómo te fue? ĀæVienes muy cansado?

—Hola, —contestó casi suspirando Harry. —Estoy muerto, carguĆ© demasiadas cajas y ademĆ”s hice varios mandados, pero vendĆ­ todo, y comprĆ© lo que me encargaste. Nube tambiĆ©n se escapó y me tocó correr...

—Oh, fue mucho por hoy. Lo siento, quizĆ”s deberĆ­amos probar vender solo dĆ­a por medio, no quiero que te esfuerces tanto.

—EstĆ” bien, no soy un dĆ©bil.

—Claro que no, jamĆ”s dirĆ­a algo asĆ­.

—Lo sĆ©... No quiero estar a la defensiva, lo siento...

—No te disculpes, Āæpor quĆ© no te das una ducha y vienes a cenar?

—SĆ­, vuelvo enseguida.

Harry realmente no se demoró, no quería hacer esperar a Louis y al mismo tiempo, necesitaba tiempo a solas en su habitación.

—Huele muy rico, ĀæquĆ© es?

—Es solamente la comida tĆ­pica, pescado y papas fritas, —dijo mostrando una hermosa fuente. —Hice un aderezo de crema tambiĆ©n, y una pequeƱa ensalada de col. ĀæQuieres tĆ©?

—Me encantarĆ­a...

Harry estaba en uno de esos dĆ­as en que era muy difĆ­cil no ponerse a llorar, estaba muy emocional y se sentĆ­a en exceso vulnerable. Lo Ćŗnico que necesitaba era un abrazo, uno muy fuerte y muy largo.

—¿QuĆ© pasa? —Preguntó Louis preocupado.

—No lo sĆ©... ĀæTienes dĆ­as en que solo quieres silencio y que alguien te abrace sin preguntas?

—Los conozco muy bien... ĀæEso necesitas? ĀæQuieres que te abrace?

—Por favor...

Louis se puso de pie y se acercó a Harry que seguía sentado, con sus ojos húmedos.

—Ven acĆ”...

Lo envolvió con tanta delicadeza, con tanto amor, que Harry se sintió desfallecer. Sentía las manos de Louis acariciando su espalda, meciéndolo suavemente y no pudo evitarlo mÔs. Lloró, lloró desgarrÔndose, botando los últimos vestigios de soledad, de dolor, de ausencia y de desesperanza.

Louis simplemente lo contuvo, no preguntó, no habló, lo dejó sacar afuera lo que lo estaba asfixiando, tratando de transmitirle todo su amor, toda su calma y su energía.

Fue mucho tiempo que estuvieron asƭ, aferrados al cuerpo del otro, no querƭan separarse, se sentƭan en casa, en su lugar, mejor que nunca, tan cƔlidos y fuertes, tan intensos y frƔgiles.

—Gracias por estar aquĆ­, por acompaƱarme y no preguntar...

—Gracias a ti por permitirme intentar darte calma... ĀæQuieres ir a la cama? ĀæPuedo llevarte el tĆ©?

—No, ni loco me pierdo la cena, siĆ©ntate y comamos, ya estoy bien.

Louis le sonrió y luego le sirvió el té.

—¿Le habrĆ” gustado el pan a Mary?

—Liam fue a verla a media maƱana, y se comieron la mitad enfrente mĆ­o, —contó. —Les encantó, pero los rollos de canela los enloquecieron. Liam compró seis y se los devoraron. Una seƱora compró un bizcocho, y la vi comerlo un poco mĆ”s allĆ”. DespuĆ©s del primer bocado volvió y me los compró todos. Fue super buena venta, creo que nos va a ir muy bien. tengo que llevar otro ramo de flores, siempre se venden, quizĆ”s no como en primavera o verano, pero siempre hay clientes... Louis, esto estĆ” muy rico...

—AsĆ­ parece, te faltó comer el plato, —rio.

Y Harry se perdió una vez mÔs en los labios de Louis. Ya era incapaz de ver la cicatriz, solo veía luz.

Una semana despuƩs, la flor que tenƭa un pequeƱo brote, ahora tenƭa seis, mucho mƔs grandes y firmes. Louis le hablaba varias veces al dƭa, les contaba la historia de su amor y le daba Ɣnimos para crecer fuerte.

El inverno llegó frío y seco, las heladas congelaban todo su a paso. Cada mañana el rocío del pasto formaba una capa brillante y translúcida, bella pero gélida. Harry se quejaba de que ahora, por culpa de dormir abrigado y cómodo, no le daban ganas de ir a trabajar. Pero estaba feliz, había juntado muchas monedas y podía darse una pequeña licencia, como llegar mÔs tarde a cargar cajas con zanahorias.

La venta de comida estaba mejor cada dƭa: mientras mƔs frƭo, mƔs se vendƭa. Liam y Mary parecƭan una verdadera familia. El chico estaba mƔs que agradecido y lo demostraba cada dƭa, era amable y respetuoso. Mary le enseƱaba a sumar y sacar cuentas rƔpidamente, siempre con mucho amor.

Nube, era definitivamente un cachorro pequeƱo, no crecerƭa mucho mƔs, y cada vez tambiƩn, preferƭa quedarse echado frente a la chimenea, y salir con Louis al jardƭn a recorrer y cuidar las plantas.

Cuando terminó el invierno, el mÔs seco de los últimos 28 años, inició la primavera, sorprendiendo a todos con una tormenta de las mÔs fuertes. El viento botó Ôrboles y tejados, la lluvia inundó algunos sectores provocando graves pérdidas. La luz se cortó dejando a la ciudad bajo la noche iluminada por los rayos y en un silencio que se rompía con los truenos.

Louis se levantó en medio de la tormenta por algo para beber, porque había tenido una pesadilla y por mÔs que intentó volver a dormir, no lo consiguió. Estaba de pie en la cocina, cuando algo llamó su atención tanto, que su taza favorita llena de té, cayó al piso. Sin colocarse la capa ni sus botas de agua, salió corriendo al jardín.

Ahí, debajo del manzano, al lado de las camelias, había florecido su flor, por la que tanto había esperado, por la que tanto se había esforzado, la que llevaba todo su amor, su dedicación, su esencia.

Arrodillado bajo la lluvia, la miraba embelesado, adorÔndola. Tímidamente acercó su dedo para acariciar sus pétalos azules, algodonados, con bordes irregularmente perfectos que casi flotaban con el aire que los mecía al compÔs de su danza.

Todo su cuerpo se estremeció al sentir la suavidad en su piel, al mismo tiempo que Harry se sentaba a su lado.

—Es hermosa, —susurró. —Nunca vi nada igual... —confirmó, mirando a Louis.

—Tampoco yo... —murmuró despacio, correspondiendo la mirada.

—¿Cómo se va a llamar?

ā€”ā€œPara siempreā€

ā€”ā€œPara siempre...ā€

Estaban perdidos en los ojos del otro, mientras la lluvia los empapaba, llevƔndose sus miedos y dƔndoles valor de aceptar lo que pasaba en sus corazones y que comenzaba a quemar en su interior, que gritaba por salir y que necesitaba compartirse. Ya no podƭan seguir ocultando sus sentimientos, no cuando sabƭan y estaban seguros de que eran correspondidos y que ademƔs, serƭa para siempre.



OS inspirado en la canción de 2018, "The Truth Untold" de BTS.



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Good Writing

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Compelling Plot

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Great Character

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Strong Dialog

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author

La amƩ completamente!!!!

2 years

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