I
Mi nombre es Olga Delgadillo y acabo de cumplir dieciocho años. Cualquiera diría que la vida de una joven de mi edad es estupenda, y la mía lo era. Todo mi mundo se puso patas arriba cuando mis padres decidieron cambiarme a otra escuela, el problema no era el sitio donde estaba estudiando; al contrario, era una institución privada de mucho prestigio y con un nivel educativo bastante bueno. El único problema era yo.
La razón por la que me sacaron de mi colegio fue porque querían darme un merecido castigo por mi pésima conducta. Durante mi infancia y los primeros años de mi adolescencia yo era una persona completamente distinta, siempre me consideré una buena hija y una estudiante modelo. No obstante, en el transcurso de este último año, mi forma de ser había cambiado de manera drástica.
Todo empezó a torcerse desde el momento en que comencé a salir con Raúl. Él era el chico malo y rebelde del salón que nos traía locas a casi todas las compañeras de clase. Las chicas de mi grupo de amigas morían por salir con él y yo no era la excepción. Para mi buena suerte, se me dio la oportunidad de coincidir con él en una fiesta donde pudimos platicar un poco. Antes de despedirnos, Raúl me pidió mi número. Al día siguiente, me envió un mensaje para invitarme al cine, los dos solos. Me sentía como en una novela de romance juvenil. Nunca me imaginé que uno de los estudiantes más populares y codiciados del colegio, pudiera fijarse en una aburrida «niña de casa» como yo.
En la escuela, circulaban muchos rumores sobre mi nuevo novio, y cada uno era peor que el anterior. Se decía que Raúl tenía debilidad por las muchachas de «buena familia» y que yo había cometido un terrible error al relacionarme con él. Muchos me advirtieron que todas sus ex novias, de una u otra forma, habían terminado mal. Desde luego, yo hice oídos sordos a los consejos; e incluso, llegué a enemistarme con dos de mis compañeras que trataron de quitarme la venda de los ojos. Pensaba que sentían envidia de mi buena suerte y que estaban celosas de que Raúl me hubiera elegido a mí y no a ellas. ¡Qué ciega estaba!
La compañía de Raúl terminó siendo una pésima influencia para mí. En el poco tiempo que estuve con él, mis calificaciones se fueron de picada; de ser la alumna más aplicada y con mejor conducta del salón, pasé a ser la más irrespetuosa e irresponsable.
En casa, ya no era la muchacha abnegada y sumisa que escuchaba los sermones de sus padres con la cabeza gacha, sin protestar ni contradecirlos; dejé de quedarme callada para empezar a discutir con ellos, a punta de gritos y malas palabras. No voy a decir que me enorgullezco de haberme comportado así. Mirando todo en retrospectiva, yo misma estaba sorprendida de lo lejos que había llegado, haciendo cosas que antes ni siquiera me hubieran pasado por la cabeza; como volver a casa hasta las tres de la mañana cayéndome de borracha, escaparme de las clases e incluso consumir drogas blandas.
No obstante en otoño, a pocos días de haber iniciado el quinto y penúltimo semestre de preparatoria, llegó el día en que mis padres ya no pudieron seguir pasando mi rebeldía por alto.
Recuerdo que era un viernes, el día que más gustaba, porque antes de salir de clase, siempre hacía planes divertidos con Raúl para el sábado en la noche; aunque en esa ocasión, todo se fue al garete. Nada más volver a casa, me encontré con mis padres sentados en el sofá grande de la sala, con una expresión demasiado seria.
—Señorita, tenemos que hablar —sentenció papá, con un tono de voz que no había empleado conmigo desde que iba a la primaria.
La última vez que me habló de esa manera, fue cuando mi maestra de cuatro grado los mandó llamar porque una de mis compañeras se había metido conmigo, y al tratar de defenderme, la golpeé tan fuerte en la cara que la hice sangrar por la nariz.
Dejé mi mochila a un lado y me acomodé en el sillón individual frente a ellos.
—¿Y ahora, qué se traen? —pregunté de malos modos, poniendo los ojos en blanco—. ¿A qué debo el honor de esta inesperada reunión?
Pensé que mamá me reñiría, como solía hacer cada vez que le respondía con descaro, pero en esa ocasión no dijo nada. Solamente puso sobre la mesa un pequeño sobre de plástico negro, que Raúl me había pedido la semana pasada que le guardara muy bien, porque era algo muy importante. Después, no volvió a preguntarme al respecto, y hasta me había olvidado de su existencia.
—Esto es lo que ocurre. Dinos, Olga, ¿por qué lo tenías escondido en tu recámara?
Me quedé pasmada con la boca abierta, sin conseguir articular palabra. Pensaba que el dichoso paquetito estaría seguro dentro de un par de calcetines viejos que guardaba en el último cajón de mi cómoda.
—Pero… ¿cómo fue que lo encontraste? —la interrogué, muy sorprendida.
—Sucede que hoy tenía pensado llevar algunas cosas a la caridad, y entré a tu habitación, a buscar la ropa que habías dado de baja. Así fue como me llevé esta desagradable sorpresa.
—¿Y por qué mierda fuiste a hurgar entre mis pertenencias sin mi permiso? —exclamé, enfadada por aquella invasión a mi privacidad.
—¡Jovencita, no estás en condiciones de reprochar nada! —me reprendió papá—. ¿Te parece poco que tuvieras cocaína escondida en tus cajones? Tu madre me llamó a la oficina y me lo contó todo. Ante lo grave que me pareció la situación, tuve que pedir permiso para venir a hablar muy seriamente contigo.
No supe qué decir. No era tan inocente para pensar que aquello que mi novio escondía en ese paquete fueran caramelos de menta, mas nunca imaginé que fuera una droga más fuerte que la marihuana, ni siquiera estaba enterada de que él consumiera cocaína.
—Papá, en verdad… ¡te aseguro que yo no tenía idea de nada! —me defendí, con el tono de voz más sumiso y tranquilo que pude encontrar—. Raúl sólo me dio a guardar ese sobre y no me dijo qué contenía, de otro modo, no habría aceptado tenerlo. ¡Créeme!
—¡Aún así, eso no quita la gravedad del asunto! —intervino mamá—. Si sigues juntándote con ese tipo, vas a terminar muy mal. Puede que hasta vayas a dar a la cárcel y no queremos eso. Así que, tu padre y yo, hemos decido tomar medidas severas.
—¿Y cuáles son esas medidas? —pregunté, con auténtica preocupación.
—De momento hemos decidido confiscarte tu laptop y tu teléfono celular —replicó papá—, y también, dejaremos de darte dinero para tus gastos por el resto del año.
Asentí para mostrar mi conformidad con los castigos impuestos, sin imaginar lo que mamá agregaría después.
—Y esto no termina aquí. A nosotros nos parece que todo esto es insuficiente y hemos tomado una decisión definitiva. Y más vale que sepas de una vez, que nada de lo que nos digas y nos prometas, nos hará cambiar de parecer.
—¿Qué es lo que han decidido? —inquirí, alarmada.
—Hemos determinado que lo mejor será encerrarte en el Colegio de la Inmaculada Concepción —replicó mamá, mirándome fijamente a los ojos—. Es un internado de religiosas que tiene fama de ser muy estricto con la educación y muy severo a la hora de castigar la indisciplina.
Aquella noticia me cayó como un balde de agua helada. Era algo que no me había esperado para nada y que no me agradaba en absoluto, como si ya desde ese entonces, presintiera que ahí ocurriría algo terrible. Me tragué mi orgullo y les supliqué a mis padres, llorando y jurando por lo más sagrado del mundo, que ya no saldría más con Raúl y que todo volvería a ser como antes.
—¡Por favor, no lo hagan! ¡Llévenme a un grupo de apoyo, a ver un terapeuta, un psicólogo o lo que sea! ¡Pero no me encierren en ese lugar!
Tal como me lo habían advertido, mis súplicas fueron en vano.
—Ya hemos hablado por teléfono con la directora del internado y nos ha dicho que te recibirá gustosa el domingo por la tarde. El lunes a primera hora, te integrarás a tu nuevo grupo y estarás tomando clases —confirmó papá, meneando la cabeza.
—Así que no te queda otra alternativa. Vas a estudiar ahí, te guste o no —sentenció mamá, con voz firme que no admitía réplica alguna.
Entendí que ya no tenía caso tratar de convencerlos de lo contrario. Aquella decisión era inamovible y no tenía otra opción, mas que aceptar mi destino.
Las dos últimas noches que pasé en casa fueron insoportables. Sólo conseguía dormir a ratos, y en el poco tiempo que lograba conciliar el sueño, veía imágenes borrosas y confusas que me hacían despertar a mitad de la noche, con el corazón latiéndome como un tambor enorme y sudando frío.
Y aunque trataba de encontrarle el lado positivo a mi cambio de colegio, no lograba sentirme tranquila. Por alguna extraña razón, tenía el presentimiento de que había algo siniestro en ese nuevo lugar donde pasaría el resto del año escolar. Y no estaba equivocada.