UNO
El detective Ortiz se restregó los ojos y aspiró una bocanada del aire cargado de polvo que se filtraba a través de la ventana; maldijo el condenado calor que le perlaba la frente y el cuello a pesar de que eran cerca de las nueve de la noche. El aire acondicionado de la estación había dejado de funcionar y era, en aquellos momentos, en que la necesidad de un cigarrillo se hacía más apremiante. No obstante, Ortiz se resistía a la tentación al recordar a su hermano y el agresivo enfisema que se lo había llevado de este mundo hacía más de un año.
Sorbió el café frío que descansaba sobre la mesa y sacudió la cabeza con desagrado. Entonces sus ojos se posaron de nuevo sobre la carpeta que yacía en el extremo del escritorio; se vio abrumado por una mezcla de frustración y rabia al contemplar las macabras fotografías que guardaba en su interior. Eran cuatro imágenes, de 13x18 en blanco y negro, que escenificaban cuerpos destrozados en posiciones grotescas e inhumanas. Al viejo policía se le revolvieron las entrañas y el sabor del café agrío se le mezcló con la bilis en la boca del estómago. Entonces dio respingo al escuchar el timbre agudo del teléfono que retumbaba en el escritorio de enfrente.
Frunció el ceño al notar que al moverse había tumbado las fotos junto con los restos del café; se irguió con torpeza, pasándose las manos sobre la entrepierna humedecida por aquel líquido oscuro. Suspiró con resignación al ver cómo el café había estropeado una de las fotografías. Se rascó la calva, recogiendo la imagen para tratar de secar la foto y evitar un daño mayor. Tomó un trozo de servilleta usada y restregó con fuerza la instantánea; la imagen se apreciaba un poco borrosa pero al menos no se había perdido del todo. De pronto algo le llamó la atención. Se puso de pie y encendió la lámpara de mesa que se encontraba en el despacho del capitán. Una sensación extraña le hizo erizar al contemplar la silueta que se superponía al cuerpo destrozado. Se trataba de un rostro, una cara ovalada con grandes ojos oscuros y rasgados. Lo que más le sorprendió fue advertir algo familiar en aquel semblante que despertaba una luz en el fondo de su cerebro. Parpadeó, agarrando otra de las fotografías; notó como sus dedos temblaban de excitación mientras manchaba la servilleta en el poso negro que permanecía en fondo de la taza y la pasaba sobre la fotografía. A pesar de que esperaba encontrar algo allí, no dejó de sorprenderse al descubrir que el mismo rostro ovalado aparecía en la nueva imagen; una sensación aterradora le recorrió la espina dorsal al tratar de discernir el significado de todo aquello. Por un momento, regresó a su infancia en Texas y a las noches alrededor de la chimenea escuchando las espantosas historias que relataba su abuelo acerca de las criaturas oscuras que rondaban las noches de aquel erial calcinado y estéril. Sin embargo, el detective Ortiz se recompuso con rapidez, permitiendo que la mente lógica que regía su trabajo tomara de nuevo el control de sus pensamientos. Aquel extraño fenómeno debería tener una explicación plausible y sabía muy bien dónde tendría que ir para averiguarlo.
Hacía un calor asfixiante cuando Ortiz encendió el aire del auto y revisó otra vez las imágenes. El técnico de la científica no supo explicar lo sucedido con las instantáneas y lo adjudicó a algún problema de exposición. Sin embargo, había algo en aquella silueta superpuesta que continuaba exprimiéndole el cerebro. Por alguna razón se le hacía familiar. Entonces decidió regresar a la comisaria y revisar de nuevo la información acerca del caso, con la esperanza de encontrar al menos una pista para resolver aquel misterio. Aunque la cosa estaba tranquila por el momento, el ayuntamiento no tardaría en ejercer presión sobre la policía en espera de resultados; no era bueno para una pequeña ciudad como Laramie tener cuatro espeluznantes asesinatos en menos de una semana.
Dos horas más tarde y con toda la información desplegada enfrente del escritorio, Ortiz se restregaba los ojos antes de sorber los restos de la quinta taza de café. De los cuerpos, al menos dos habían sido identificados a pesar de su terrible estado. Para el detective no eran más que rostros desconocidos, pero uno de ellos encendió una chispa de reconocimiento en su cerebro. Un par de años atrás, aquel sujeto había estado relacionado con la desaparición de un joven de la reserva navajo, pero al final había sido descartado por falta de pruebas. A pesar de que todo parecía una simple coincidencia, el aguzado instinto policial de Ortiz señalaba lo contrario. Impulsado por aquella corazonada, enfiló hacia los archivos de casos no resueltos, y después de un rato rebuscando entre cajas viejas y polvorientas esparcidas por doquier, el detective esbozó un gesto triunfal al toparse casi por accidente con la información que necesitaba. La carpeta estaba sellada con una cinta blanca que rezaba: 20/10/2018. Se trataba de la última vez que alguien había ojeado el archivo.
Antes de abrir la carpeta, Ortiz respiró despacio, consciente de que tal vez había hallado una pista sólida para resolver aquellos crímenes. Lo primero que encontró fue una hoja amarillenta con la caligrafía del oficial que había realizado el reporte, indicando la fecha y el lugar del acontecimiento. Desechó aquello, además de la declaración de algunos miembros de la familia del desaparecido. No obstante, su corazón dio un vuelco al advertir una serie de fotografías familiares amontonadas bajo todo el papeleo. En la primera instantánea se apreciaba una familia sentada enfrente de una hoguera; Ortiz continuó pasando fotos sin ningún interés hasta que sus ojos se toparon con la imagen de un chico atezado de unos doce años. Sus ojos grandes y ovalados le produjeron un escalofrío; se trataba del mismo chaval que aparecía en las imágenes de los cuerpos quebrados.
Por un momento, el detective no supo qué pensar. Se trataba de un descubrimiento tan impactante que no podía asimilarlo con claridad, no al menos con la fría lógica del trabajo detectivesco. Comparó las imágenes y comprendió que no había duda. A pesar de la oscuridad de la silueta superpuesta se trataba del muchacho desaparecido. Dejó las fotos sobre el escritorio y se limpió las manos sudorosas con el pañuelo sucio que portaba en la chaqueta. Entonces pensó que había algo monstruoso y oscuro en aquel asunto que aún no podía comprender.
Al principio, la policía de la reserva indígena se mostró reticente a prestar ayuda a la oficina del comisario, debido a las viejas rivalidades de jurisdicción. Sin embargo, cuando el jefe Blackthorn descubrió que se trataba del caso del chico perdido, decidió acompañar a Ortiz hasta la morada de sus familiares, ya que aquel asunto se había convertido en una espina en su costado.
Avanzaban a través de un sendero polvoriento en medio de un sol de justicia mientras el detective estudiaba con detenimiento los ranchos destartalados y los rostros adustos que le devolvían la mirada. Al final, abandonaron el sendero y se toparon con una casa prefabricada de una planta, con un techo de zinc bastante deteriorado. Ortiz sintió una punzada en la boca del estómago al contemplar a la anciana enjuta que se mecía en una vieja silla de madera; había algo en aquella mujer que le inquietaba. Otra cosa que le llamó la atención fue la lujosa camioneta parqueada enfrente de aquel tugurio.
Blackthorn detuvo el coche y la estudió con interés por unos segundos.
—La vieja Mae es el único familiar superviviente del rapaz. Una tía segunda o algo así. —Por el tono del navajo, Ortiz sospechaba que le invitaba a tener un poco de tacto con aquella mujer—. Los padres del chico murieron en un accidente de carretera hace unos seis meses.
—Lo entiendo —contestó el detective—. Al parecer la mala suerte no deja de acechar a esta familia.
Abandonaron el vehículo y el intenso sol cayó sobre ellos sin misericordia. El nativo se adelantó e intercambió algunas palabras con ella antes de indicarle al forastero que se adelantara.
Ortiz se sentó a un lado de la mujer que no dejaba de escrutarlo con unos profundos ojos negros. Al hablar del muchacho no pareció sorprenderse, al contrario, las comisuras de sus labios se estiraron en un gesto inquietante, parecido a una sonrisa. El detective entonces le habló acerca de los crímenes acontecidos en Laramie y detectó un fulgor ardiente en la intensa mirada de la indígena mientras Blackthorn se lo traducía al navajo. Algo en su interior entendía que de algún modo incomprensible, aquella vieja decrépita que hedía a polvo tenía algo que ver con todo aquello. Al mismo tiempo, Blackthorn se envaró al observar la actitud de la vieja; el detective notó que su tez olivácea y tostada se transformaba en una máscara de alabastro.
Entonces, la anciana aferró con sus dedos sarmentosos la mano de Ortiz y recitó una espeluznante plegaría en su lengua milenaria que le puso los pelos de punta. El policía se libró de un tirón de la firme presa de la vieja y ésta rompió en carcajadas histéricas, exhibiendo una dentadura negra y desgastada.
—Es hora de irnos —le apremió Blackthorn sin ocultar su consternación. A Ortiz le pareció que se alejaba de aquel lugar como si fuesen las mismas puertas del infierno. Detrás de ellos, la mujer se erguía y les señalaba sin dejar de gritar en su extraño dialecto.
