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Anno 874, Sakuriakagoul, Japón.
“Ahhh… jævla faen… kom hit,” una voz ronca se dejó escuchar entre gruñidos y gemidos, la sombra de una cacería de placer aullaba en el bosque. La aldea de Svartholm vibraba de vida, pero era una vida brutal, llena de sexo, sangre y poder. Los hombres no hablaban, no pedían permiso, tomaban lo que querían, cuándo y cómo lo querían.
Estaba arrodillado junto a la vaca que ordeñaba. Sus manos, ya callosas por el trabajo, se deslizaban sobre las ubres del animal con la experiencia de alguien que lo había hecho toda su vida. La leche blanca y espesa caía lentamente en el cubo de madera, pero su mente estaba lejos, vagando entre las colinas verdes y las estrellas brillantes del cielo noruego. Los campesinos como él solo existían para servir, y sólo para ser usados. Su madre siempre le decía que él no era nada más que eso: una herramienta. Una puta. “Al final, todos somos vacas para estos hombres”, le susurraba con veneno en la voz mientras lo miraba consólo para ser usados. Su madre siempre le decía que él no era nada más que eso: una herramienta. Una puta. “Al final, todos somos vacas para estos hombres”, le susurraba con veneno en la voz mientras lo miraba con desprecio. Ese día, la calma de la granja se rompió. El sonido de pasos pesados en el lodo llegó antes que las voces. Tres hombres enormes, cubiertos de pieles de animales y con hachas colgando de sus cinturones, irrumpieron en la granja. Uno de ellos, el más alto, se adelantó. Su mirada se clavó en Jungkook como un lobo olfateando carne fresca.
“Det er ham,” gruñó el líder, su voz tan áspera como su apariencia. Su barba estaba entrelazada con huesos pequeños y su pecho cicatrizado brillaba bajo la luz del sol. Su madre apareció en la puerta de la cabaña, con los ojos entrecerrados, como si ya supiera lo que iba a suceder.
“Lo llevo listo, ya saben lo que acordamos,” dijo ella, sin un atisbo de emoción. La mujer se acercó a Jungkoo y le quitó el sombrero. “Ve con ellos, es hora de que cumplas con lo que eres.”
Jungkook no dijo nada. Sabía que no tenía elección. Era un campesino, un cuerpo más entre la escoria que la aldea vendía a los vikingos. Fue entonces cuando sintió las manos gruesas de los hombres en sus brazos, arrastrándolo lejos de la vaca y la granja. Su madre no miró hacia atrás mientras su hijo desaparecía entre los árboles.
Lo llevaron hasta una aldea cercana, aunque llamarlo “aldea” sería demasiado generoso. Era un nido asqueroso de hombres. Carpas sucias y malolientes rodeadas de restos de comida y excrementos. El hedor era insoportable, sudor, tierra y sexo que impregnaba todo.
“Så mye bedre enn en ku,” dijo uno de los hombres, burlándose mientras alzaba la falda de campo que Jungkook llevaba. Lo sujetaron, levantando su ropa para exponer su trasero. Uno de ellos soltó una carcajada cuando vio el ligero vello cubriendo su piel. “En riktig hore, det ser vi,” rio otro mientras escupía en el suelo.
Jungkook sabía que no podía resistirse. Desde niño, había aprendido que su cuerpo no era suyo, que estaba destinado a ser usado por hombres como estos. Así era la jerarquía. Los vikingos necesitaban algo que los entretuviera cuando no estaban en batalla. Algo que los complaciera. A veces era una mujer, a veces un hombre, y en este caso, él. Sabía que para sobrevivir, debía obedecer, no hacer preguntas y soportar.
Entre los otros esclavos, conoció a un hombre llamado Jimin, un homofóbico que parecía tan perdido como él. Jimin se acercó a él mientras lo encadenaban junto con los demás, su voz baja y amarga. “Olvídate de tu familia, ya no existes para ellos. Solo somos carne aquí. Carne para que ellos se diviertan.”
El día en que los trasladaron a la aldea principal, Jungkook vio el lugar que se convertiría en su nuevo hogar. Era una fortaleza de inmundicia y poder. Los vikingos más grandes que había visto en su vida caminaban entre las carpas. Sus cuerpos eran inmensos, cubiertos con pieles de animales y tatuajes que narraban historias de conquistas. Muchos llevaban trenzas en sus largas melenas y marcas de guerra pintadas en sus caras. Eran sucios, sus uñas llenas de mugre y sus cuerpos emanaban un olor penetrante, como si no se hubieran bañado en semanas.
“Han er min nå,” dijo uno de los vikingos, señalando a Jungkook mientras lo empujaban hacia adelante. Era un gigante con cicatrices que cruzaban su rostro y una sonrisa depravada en los labios. Jungkook bajó la mirada. Sabía que no debía resistirse, ni siquiera levantar la vista. Solo decir “sí” o “no” cuando se lo ordenaran. Aquella noche, mientras lo llevaban al interior de una de las carpas, escuchó los gemidos y los gritos de placer que provenían de todas partes. Una orgía de cuerpos retorciéndose entre el lodo y las pieles.
Dentro, pudo ver cómo un vikingo jodía a una prostituta sobre una mesa, con la fuerza de un animal. Otros esclavos, como él, eran arrojados a los brazos de aquellos guerreros, cuerpos para ser usados y desechados cuando ya no quedara nada de ellos.
A medida que avanzaba la noche, comprendió que ya no era un hombre, sino un objeto. Algo que serviría para calmar la sed insaciable de aquellos vikingos, que necesitaban sangre, leche y carne para seguir siendo los dioses de su propio infierno.
Lo llevaron finalmente a una pequeña aldea, una aldea que se sentía fuera del tiempo, una reliquia ancestral oculta entre montañas. Se decía que fue poblada por los primeros vikingos que cruzaron el océano Ártico, navegando por el peligroso estrecho de Bering y encontrando refugio en este rincón remoto de Japón. El lugar olía a fósiles y a sangre antigua.
Jungkook, con su cuerpo peculiar, era diferente.
Aunque no tenía un coño ni pechos como las demás mujeres, su cuerpo era un enigma que los vikingos aún no entendían por completo. Su condición era un tipo de hermafrodismo que lo hacía objeto de curiosidad y deseo. No poseía útero, pero había algo más en él. Un órgano interno, aún sin nombre entre los hombres del norte, regulaba sus hormonas. Aquel órgano, que ningún curandero conocía, hacía que su agujero se humedeciera con la misma facilidad que el de una mujer y, cada mes, expulsaba sangre, como un reloj sangriento de su propio ciclo.
Ese órgano se llamabaClismonectra. Nadie lo conocía.
Los vikingos lo sabían. Lo olían. Mientras lo empujaban hacia las carpas de cuero y pieles animales, uno de los guerreros le levantó de nuevo la falda de campo, murmurando entre dientes con desprecio. “Se ser ingen kvinne… men han har et hull,” dijo, casi escupiendo las palabras mientras sus dedos rozaban la piel suave y vellos ligeros en su ano rosado. “Vi trenger ikke en jævla fitte. Dette er nok.
Las mujeres lo observaban con recelo, y los guerreros lo miraban con morbo y codicia. Su madre lo había vendido y él aceptaba su destino. En aquella aldea infecta, sabría que sería una criatura para alimentar los deseos de aquellos hombres bestiales que no tenían ni un ápice de compasión.
Cuando lo arrastraron a una tienda más grande, cubierta con pieles de osos y lobos, vio lo que le esperaba. Los guerreros más poderosos de la aldea lo miraban como un animal que iban a sacrificar. El hedor de sus cuerpos era tan intenso, que se había adherido a sus botas de cuero y sus uñas mugrientas.
Le levantaron la falta y le abrieron el ano para estrenarlo. Era una puta que debía atender a los machos con alimento, y hueco. Jungkook no estaba enojado o avergonzado, había nacido para esto.
“Åpnera, vi vil hajimeru” dijo uno de ellos, sosteniéndose la verga para meterla en la entrada de la puta, oYukibunrin.
Un estruendo hizo que todos los vikingos se tensaran.
Una figura imponente entró sin pronunciar palabra. Era el cacique de la aldea. Su presencia era abrumadora, incluso para aquellos guerreros que habían vivido mil batallas. Aquel hombre era más alto que cualquiera de los presentes, una montaña de carne y músculo cubierta con una malla de hierro y pieles de animales.Los laterales de su cabeza estaban rapados, lo que dejaba su larga coleta castaña colgando sobre su espalda ancha. Una cicatriz enorme cruzaba su rostro, dividiendo su expresión en dos mitades desiguales. En el lugar donde debería estar su ojo izquierdo, tenía cosido un cuero disecado de cerdo.
Jungkook, que hasta ese momento había sido tratado como una simple mercancía, sintió que su cuerpo entero se contraía de algo extraño. Aquel vikingo no lo miraba, pero la presencia del cacique lo envolvía. Instintivamente, elYukibunrincubrió su polla con las manos, sin saber realmente por qué lo hacía. Tal vez porque, ante aquel monstruo, su desnudez lo hacía sentirse aún más... ¿más qué?
El cacique avanzó con pasos lentos, y dejó caer una lanza de metal junto a él, el ruido metálico tan fuerte en la tienda. El golpe fue tan fuerte que el suelo tembló, y los hombres que habían sujetado alYukibunrindieron un paso atrás, confundidos y aterrados.
Sin decir una palabra, el cacique levantó su brazo y señaló a los vikingos que lo retenían. Exclamó algo en un idioma antiguo y gutural que Jungkook no comprendió, pero el mensaje fue claro. Los hombres, que hasta entonces lo habían tratado como un juguete, lo soltaron de inmediato, retrocediendo con evidente temor.
Antes de que pudieran reaccionar, el cacique desenvainó su espada y, decapitó a tres de los guerreros frente a él. La sangre salpicó las paredes de la tienda y el cuerpo de Jungkook, que apenas pudo procesar lo que había sucedido. Las cabezas rodaron por el suelo, y los cuerpos sin vida se desplomaron con un sonido sordo.
El cacique, sin mostrar emoción alguna, dio media vuelta y salió de la tienda, dejando un rastro de sangre y desconcierto a su paso. Jungkook, cubierto de sangre y temblando, quedó tirado en el suelo, sin saber por qué aquel hombre lo defendió. Los otrosYukibunrin (putas) estaban encadenados en el suelo, llorando, menos Jimin, quien miraba al campesino con curiosidad.
Nadie se atrevía a hablar, a cuestionar la decisión del cacique. Su poder era absoluto, y su violencia, incuestionable.
Finalmente, uno de las putas se acercó a Jungkook y lo ayudó a ponerse de pie, susurrándole que debía salir de allí antes de que las cosas empeoraran. Tambaleante, dejó que lo guiara fuera de la tienda.La aldea seguía viva y ruidosa a su alrededor. Los sonidos de la orgía continuaban en las tiendas cercanas, como si nada hubiera pasado. Para esos vikingos, la muerte era una parte cotidiana de sus vidas, algo que ni siquiera interrumpía sus placeres. Sintió una náusea profunda subir desde su estómago, pero no vomitó. Se obligó a seguir caminando.
“Él te eligió”, susurró el esclavo mientras caminaban. “El cacique… no sé por qué, pero te ha reclamado.”
Jungkook lo miró con confusión. ¿Reclamado? ¿Qué significaba eso? ¿Qué quería de él aquel hombre aterrador, que acababa de decapitar a tres de sus propios guerreros? Era imposible saberlo.
Fueron llevados a una choza apartada, cerca del borde de la aldea. No era una prisión, pero tampoco un lugar de honor. Parecía más bien un lugar para guardar lo que los vikingos consideraban valioso, pero peligroso. El esclavo le indicó que entrara y esperara. Nadie lo molestaría ahí, al menos por esa noche.
“Si el cacique te ha reclamado,” continuó el esclavo, “ya no eres de los demás. Pero eso no significa que estés a salvo.”
Una vieja entró en la choza sin previo aviso. Su cuerpo estaba encorvado por los años, su piel era una maraña de arrugas sucias, con el olor a moho y carne seca. Vestía con harapos y pieles de animales desgastados, y un bastón de madera vieja la ayudaba a moverse. A pesar de su fragilidad aparente, sus ojos, grises y duros como piedra, se clavaron en elYukibunrin.
“Kom deg opp, din feige hore,” gruñó la vieja, agarrándolo por el brazo con fuerza. “Du skal tjene Taethghör nå. Du er hans eiendom. Du vil gi ham hullet ditt når han vil ha det.”
“Levántate, maldita puta,” “Ahora serás la puta del Taethghör. Eres de su propiedad. Le darás uno de tus huecos cuando lo pida” “Nuestro cacique puede asesinarte si te niegas y no le gustas”
Jungkook se tambaleó ante el brusco tirón, apenas logrando mantenerse en pie. La anciana lo arrastraba hacia la luz de la choza.
“Når han vil knuse deg, du åpner deg. Du vil mate ham, rense ham, være hans slave,” continuó, escupiéndole las palabras al rostro como si él no fuera más que un trozo de carne. “Du er ikke en mann her. Ikke en kvinne heller. Bare et hull. Du vil aldri snakke til ham. Aldri berøre ham uten at han forteller deg det. Forstår du, drittsekk?”
“Cuando él te quiera romper, te abres. Lo alimentarás, lo limpiarás, serás suYukibunrin,” gruñó. “No eres un hombre aquí. Tampoco una mujer. Solo un hueco. Nunca le hables. Nunca lo toques sin que te lo ordene. ¿Entendiste, maldito pedazo de mierda?”
Ella lo empujó hasta un rincón de la choza, mostrándole un pequeño catre cubierto de paja y pieles de animales. “Dette er hvor du sover, hvis han lar deg. Men vær oppmerksom: du vil alltid være våken før ham. Hans frokost skal være klar. Hvis han blir sulten, får du betale.”
Tragó saliva. Ahora era la propiedad del líder de la aldea, el Taethghör.
Taethghör...
Sería su puta, su criada, su sombra, siempre atado a sus caprichos, sin derecho a preguntar ni a rechazar. Debía darle su cuerpo cuando lo quisiera, alimentar su hambre y su sed, y hacerlo sin hacer el menor ruido.
“Du er bare en ting for ham,” siguió la anciana, acercando su rostro arrugado al de Jungkook. “Et hull å fylle. Husk det alltid. Hvis du noen gang glemmer det, så vil du bli straffet. Og tro meg, straffen her er verre enn døden.”
Asintió lentamente.
La anciana lo soltó finalmente, pero sus ojos no dejaron de taladrarlo. “Når han kommer, ikke vær dum. Gjør jobben din, hore.” “Cuando él venga, no seas estúpido,” dijo la vieja, dando un último paso hacia él. “Haz tu trabajo, puta, y mantén la cabeza baja.”
La observó salir de la choza, la puerta de madera crujiendo al cerrarse tras ella.
Los minutos pasaron lentos, como si el tiempo mismo se burlara de él. Afuera, los sonidos de la aldea seguían, risas toscas, el crujido de las hogueras, los gritos de los esclavos y el ruido distante de algún vikingo que probablemente saciaba su deseo con otra víctima.
No podía dejar de pensar en el hombre al que ahora debía servir, el Taethghör. El cacique. El hombre más poderoso y aterrador de la aldea. Aquel que había decapitado a tres guerreros sin pestañear y que ahora lo reclamaba como su propiedad. Era un monstruo, un demonio encarnado, y ahora estaba destinado a saciar cada uno de sus deseos.
Era un animal.
Aquella extraña sensación le estrujaba las entrañas, pero una parte de él, aquella que había aprendido a sobrevivir en la miseria de su vida como campesino.
Varias mujeres de la aldea, conocidas como nekir, aquellas granjeras vikingas curtidas por la vida dura, entraron en la choza donde esperaba. Eran fuertes, corpulentas, y sus manos ásperas, acostumbradas al trabajo con los animales, ahora se encargaban de él. Sin ceremonias, lo desnudaron, arrancándole las ropas sucias y maltratadas que había usado mientras trabajaba en los campos, y lo empujaron sin cuidado hacia una tinaja llena de agua fría como el acero.
“Vamos, pedazo de mierda, no te quedes ahí parado,” escupió una de las nekir, mientras le echaba un cubo de agua sobre la cabeza. “Tenemos que alistarte para el Taethghör. Eres su puta ahora. Ojalá soportes su gran verga.”
Las manos de las mujeres trabajaban sin compasión. Restregaban su piel con fuerza, eliminando el barro, el sudor y el olor a animal que impregnaba su cuerpo. Jungkook sintió como si le arrancaran la piel a tirones. Una de ellas le tiró el pelo hacia atrás, lavándolo con un trozo de tela vieja y mugrienta, mientras otra le levantaba las piernas, metiéndole los dedos entre los muslos para frotar su piel sin reparo.
“Este maldito campesino está hecho un asco,” gruñó una de las mujeres, con una risotada áspera. “Pero supongo que al Taethghör no le importará mientras tenga un buen agujero donde meter su verga. Ojalá que los dioses no nos castiguen con esta elección. Aunque nunca dudo de nuestro Odín.”
No dijo nada, apenas respiraba mientras el frío le calaba los huesos y las manos toscas lo trataban como si fuera otro animal más de la granja.Las nekir siguieron trabajando en su cuerpo, limpiando. Una de ellas le agarró las nalgas y las separó de golpe, inspeccionando su agujero con la misma falta de delicadeza que si estuviera viendo un trozo de queso de cabra.“Bueno, parece que esta puta está lista,” comentó la más vieja de las mujeres, mientras le daba un golpe en el trasero. “Asegúrate de mantener ese hueco bien limpio, porque el Taethghör no es conocido por su paciencia. Si te ensucias, te matará sin pensarlo dos veces.”
Lo sacaron de la tinaja y lo secaron con pieles malolientes. Lo vestían con simples trapos, apenas algo para cubrirsu cuerpo, una fina tela que dejaba más al descubierto de lo que cubría. Era obvio que su vestimenta no estaba pensada para protegerlo del frío ni de la vergüenza, sino para que el Taethghör tuviera fácil acceso a él cuando lo quisiera. El aire frío de la choza le arañaba la piel húmeda mientras las nekir lo observaban con miradas cargadas de desdén y burla.
“Así está bien,” dijo una de ellas, mientras lo miraba de arriba a abajo. “El Taethghör no tardará en venir por ti. Será mejor que no lo hagas esperar, o te arrancará la piel a tiras.”
Otra de las mujeres le dio una bofetada en el trasero, fuerte y sonora, era un culo demasiado llamativo “Espero que le aguantes, muchacho. He visto a hombres más grandes que tú destrozados después de una sola noche con él.”
Las nekir lo empujaron fuera de la choza, y el frío aire nocturno lo envolvió al instante. A su alrededor, la aldea continuaba con su vida salvaje y caótica. Las hogueras crepitaban, iluminando los rostros ásperos de los guerreros y las sombras de los esclavos.
Mientras avanzaba hacia la gran tienda del Taethghör, escoltado por las granjeras que lo habían preparado, estaba nervioso y a la vez, no. El cacique deSvartholmno era un hombre común. Era una bestia, una criatura de pura fuerza y brutalidad, y ahora él estaba a punto de entrar en su guarida.Cuando llegaron a la gran tienda del Taethghör, las nekir lo empujaron hacia dentro con brusquedad. El interior era amplio, pero oscuro y apestoso, con un aroma a carne cocida, sudor y el hedor de varios cuerpos mezclándose en el aire espeso. En el centro, una gran hoguera chisporroteaba, iluminando parcialmente el espacio y revelando las sombras de varios vikingos que se movían y reían a carcajadas.
Las nekir lo llevaron hasta una mesa baja donde se encontraba una bandeja de madera, con un guiso humeante y una jarra de aceite espeso. “Come,” le ordenó una de las mujeres, empujando la bandeja hacia él. “Necesitarás fuerzas. El Taethghör no es conocido por su ternura, y querrá que estés listo para servirle.”
Miró la comida, su estómago retumbando de hambre, pero la sensación de repulsión era más fuerte. El guiso estaba hecho con carne de cerdo, con hierbas que no podía identificar, y un olor acre que lo hacía sentir mareado. Aun así, no se atrevió a dudar. Tomó un trozo de pan y lo empapó en el aceite que estaba al lado. Agradecía algo diferente a lo que siempre había comido. El líquido resbalaba entre sus dedos, brillante y espeso.
“Y no olvides usar el aceite de cerdo en tu trasero,” le recordó la vieja nekir. “Si no quieres que te duela al recibirlo.”
Así que, siguiendo sus órdenes, comenzó a aplicar el aceite sobre su piel, sintiendo la viscosidad deslizarse suavemente. La sensación era extraña y le provocaba una mezcla de vergüenza y necesidad. Si eso podía ayudar a aliviar el dolor que sabía que vendría, lo haría.
Mientras se untaba con el aceite, las nekir lo observaban, cuchicheando entre ellas. “Mira cómo se prepara,” rió una, mientras otra le lanzaba una mirada burlona. “Esperemos que sea lo suficientemente rápido. El Taethghör no es un hombre que tenga tiempo para esperar.”
Terminó de aplicarse el aceite y se sentó en la mesa, la mirada baja, mientras las mujeres se acercaban a la entrada de la tienda. Con un último vistazo despectivo, se retiraron.
Guio sus pasos hacia la entrada de la kengō, la gran tienda del Taethghör. Era la más grande y alejada de todas, situada justo al inicio del bosque que rodeaba la aldea. Las paredes estaban hechas de pieles de animales disecadas, colgadas y tejidas, protegiendo el interior de los elementos y de las miradas curiosas de los demás vikingos.
Deslizó la pesada capa que cubría la entrada. Al abrirse, la luz de la hoguera iluminó brevemente su figura, y el calor del fuego lo envolvió. La kengō estaba decorada con trofeos de caza, como cuernos, pieles de bestias salvajes y armas colgadas en las paredes.
Escuchó un gruñido distinto al suyo.