Capítulo 1
La Guardería Secreta
Capítulo I
Mi nombre es Andrés, pero mis amigos me dicen Andy. Tengo 10 años y voy en tercero de primaria. En algunas ocasiones pensaba conforme iba creciendo que madurar apestaba. En muchas ocasiones escuchaba a mi madre decirme frases como "Ya estás grande para eso", o "No seas inmaduro". Son frases ridículas si lo piensas bien, puesto que a los niños por lo general no nos dejan vivir nuestra niñez en paz y nos quitan lo que tenemos poco a poco.
En cierta ocasión mi mamá y yo nos peleamos porque ella insistía en que debía madurar, y yo me puse muy rebelde, a decir verdad decidí darle una buena lección. Con unos pocos ahorros que tenía me compré un par de pañales y llegando a mi casa saqué de donde estaba guardado mi biberón y todas mis cosas de cuando era más pequeño. Mi mamá llegaba más tarde del trabajo y decidí esperarla como ella nunca lo pensaría. Subí a mi habitación y saqué los pañales de mi mochila, los extendí sobre mi cama y procedí a sacarme toda la ropa. Lo primero que hice fue ponerme uno de los pañales, pero... algo me pasó en ese momento... me gustaba mucho el pañal, no era como cualquier otra cosa que haya sentido, sentí un contraste de sensaciones muy grande, pero recordando mi plan, proseguí a hacer lo que faltaba ya que mi mamá llegaría pronto. Una vez con el pañal puesto lo siguiente que hice fue ponerme la camiseta más infantil que tenía en ese entonces, la cual era una con un dibujo de los Ositos Cariñositos. Después de eso procedí a ponerme un babero que encontré, el cual tenía las letras A, B, C y los números 1, 2 y 3. Luego, tomé un chupete de cuando yo era bebé y me lo puse en la boca, y a decir verdad la sensación de usar el chupete era fantástica y me comencé a sentir tan relajado que involuntariamente un pequeño chorrito de pipí se filtró al pañal; se sintió muy bien, pero no podía tardar, mi mamá llegaría en cualquier momento. Revolví mi armario para buscar los calcetines más infantiles que pudiera hallar, de hecho lo mejor que encontré fueron unos calcetines que estaban nuevos, que a los costados tenían dibujos de Pocoyó.
Una vez que terminé de autotransformarme en un bebé, tomé a mi osito de felpa y fui hacia la sala de la casa. Allí, prendí la televisión y puse Discovery Kids, en ese momento pasaban una caricatura que a mi en verdad me gusta mucho, estaban pasando Dragon Tales. Me senté en el sofá para mirar la televisión abrazando cariñosamente a mi osito de felpa y puse mis piernas en una posición en que mi pañal era totalmente visible. Mi plan habría de resultar muy bien. Estuve viendo así la televisión por unos quince minutos, los cuales parecieron ser como varias horas, pues la expectación de saber lo que pasaría cuando mamá llegara a casa me estaba matando. ¿Qué diría mi mamá cuando viera a su hijo de diez años totalmente transformado en un bebé y en pañales? ¿Sería ella capaz de castigarme?. Sea como sea, estaba disfrutando mucho estar vestido como un bebé, pero tenía un poco de frío porque no llevaba pantalones ni zapatos.
Estaba muy concentrado viendo la televisión, tanto que no me había dado cuenta de que mi mamá ya había entrado a la casa y estaba contemplándome fijamente quien sabe cuánto tiempo. Mi cuerpo se quedó helado por unos instantes y no pude decir nada, no por el miedo sino por el chupete. Cuando se percató de que la vi no dijo nada y fue a su habitación a dejar su bolso y sus llaves como era habitual. Yo no sabía qué pensar, mi mamá reaccionó de la manera que yo menos me hubiera imaginado en la vida, sin embargo, esperé allí de pie junto al sofá y comencé a pensar que fue una mala idea y que mi mamá sería capaz de hacer algo terrible...
Luego de un par de minutos que parecieron una eternidad, apareció de nuevo mi mamá en la sala y al verme allí congelado por el miedo comenzó a decirme calmadamente: "A ver Andrés, soy toda oídos, dime por qué te has vestido de ese modo".
Yo me paralicé durante una fracción de segundo y me quité el chupón de la boca, y le dije: "Mami, lo que pasa es que yo quería darte una lección y...". No me dejó continuar, y me dijo de repente: ¿Una lección?, JAJAJAJA, ¡aquí la que da las lecciones soy yo jovencito!". Entonces le comencé a hablar de nuevo: "Mami, estoy cansado de que todo el tiempo me digas que debo madurar, no me dejas ser niño, es por eso que me vestí así". Entonces la expresión del rostro de mi mamá cambió radicalmente y me dijo con calma: "Quizás tengas razón, estuve pensando en eso el día de hoy luego de que pelamos por la mañana, me parece que tengo el remedio perfecto, pero tendrá que esperar hasta mañana, mientras tanto quítate esa ropa y ponte por lo menos el pijama que te vas a enfermar". No me quedó más remedio que obedecer sus órdenes, pero me dejó intrigado, ¿Qué quizo decir con que tenía el remedio perfecto?, no entendí nada de eso. Lo único que supe después es que cuando bajé las escaleras con el pijama puesto mi mamá tenía una conversación telefónica muy agitada con alguien que yo no conocía. Después de eso cenamos como era de costumbre y mi mamá no dijo nada acerca de mi travesura, todo parecía perturbadoramente normal. Me acosté temprano y ella me dijo que saldríamos a la mañana siguiente que resultaba ser un sábado. Me fui a dormir confundido y no pude pegar los ojos porque no sabía lo que mi mamá estaba tramando.
A la mañana siguiente desperté y todo fue normal hasta después de desayunar. Mi mamá me dijo que era hora de irnos y me dijo que subiera al coche. Yo le pregunté: ¿Mamá? ¿A dónde vamos?, pero ella no me respondió absolutamente nada y no me quedó otra alternativa que obedecer de nuevo. El camino en el auto fue realmente extenso, fuimos mucho más lejos de lo que normalmente íbamos. Eran lugares desconocidos para mí. De repente, mami giró en una calle y estacionó el auto frente a una casa que parecía ser bastante grande. Mamá tocó el timbre y salió a atendernos un mayordomo de edad avanzada. Solamente nos dijo: Los estábamos esperando. Nos guio hasta el lobby de ese lugar que ya por dentro parecía un lujoso hotel. Los sillones eran mullidos y evidentemente finos, además había una fuente de agua hecha de mármol muy lujoso en frente de donde nos sentamos. Aguardamos durante unos minutos sin que mi mamá ni yo dijéramos nada. Mi mamá se limitó a leer una revista que había en una mesita cerca de donde nos sentamos. Al cabo de un momento apareció una mujer joven con una bata de doctora y viendo a mi mamá le dijo que pasáramos a su consultorio. Era ciertamente un lugar extraño para que exista un consultorio, no se parecía en nada a un hospital.
Entramos al consultorio de esa señora joven, y cuando nos sentamos directamente comenzó a mostrarle a mi mamá un folleto que no alcancé a ver, puesto que ella no me dejó. Lo único fue que pude ver en la pared el diploma de la doctora, fue con sorpresa que me percaté de que era psicóloga. Pasó un momento en que mi mamá se la pasó hablando de algo con la psicóloga, pero yo no pude entender de qué se trataba. Después de un buen rato, la psicóloga se dirigió por primera vez para hablarme y me dijo: ¿Realmente sientes que no estás preparado para crecer?, y yo lo único que le dije fue: "Es que lo único que quiero es que me dejen ser un niño", ella me sonrió y nos dijo: "Hay una terapia que funcionará de seguro con Andrés para que experimente el infantilismo al máximo, de ese modo podremos saber qué es lo que realmente está pasando con él. Al escuchar estas palabras tuve miedo y al mismo tiempo expectativa de saber qué era a lo que se refería la psicóloga. Ella simplemente nos dio una dirección y nos marchamos ese día.
Al día siguiente mi mamá me dijo que subiera al coche y que iríamos a un lugar muy especial, yo sabía que estábamos yendo a la dirección que la doctora nos dio, pero yo no sabía lo que era en realidad lo que pasaría allí. Estaba por subir al carro, pero entonces mi mamá me detuvo y me dijo: "Lleva algún juguete que quieras, porque puede que no regresemos muy pronto". Yo no entendí a qué se refería realmente, pero pensando en lo que la psicóloga dijo el día antes subí a mi habitación y sin vacilar me llevé a mi osito al coche. Como el día anterior, fuimos por unos lugares lejanos y desconocidos al otro lado de la ciudad, y después de mucho tiempo, llegamos a un lugar donde también había una casa muy grande. Entramos y me sorprendí mucho al ver que el lugar estaba decorado de una forma exageradamente infantil, ni siquiera el cuarto de un bebé era de ese modo. En las paredes a dónde alcanzaba la vista habían dibujos de Pocoyó, Barney, Plaza Sésamo y un montón de personajes de apariencia amigable. El color de todo lo que me rodeaba era demasiado sólo para verlo. Luego de ver esto, en la entrada había una muchacha joven que tenía el aspecto de una niñera, y le dijo a mi mamá: ¿Así que éste es Andy?, muy bien, dejénoslos a nosotras que sabremos perfectamente qué hacer con él. Estas palabras me asustaron mucho y le dije a mi mamá: "Mami, no quiero quedarme aquí, quiero que me lleves contigo, tengo miedo". Pero mi mamá solamente me dijo: "Eso debiste pensar antes de querer darme una lección...". Después de esto, mi mamá se despidió brevemente de mí y la niñera me tomó suave pero firmemente del brazo que no sostenía a mi osito y me llevó a una habitación grande donde habían muchos armarios con ropa y lo que más me pudo sorprender, allí mismo habían paquetes de toda clase de pañales y un cambia pañales que casi podría jurar que tenía mi nombre impreso. Miré fijamente a la niñera y le dije: ¿Qué es este lugar? Tengo miedo. Y ella me miró con dulzura y me dijo: "Este es un lugar muy especial, esta es una guardería donde recibimos niños como tú, que necesitan recrear su primera infancia, en otras palabras, es una guardería para los bebitos como tú que no desean crecer". Eso me dejó asombrado, pero la niñera siguió hablando: "Aquí serás tratado como un verdadero bebé, sin responsabilidades, sin escuela, pero deberás hacer todo lo que te digamos, porque sino tenemos métodos de castigo mucho más fuertes que cualquiera que puedas imaginar". Eso me dejó atónito, pero me puse a pensar: "¡Esto es en realidad maravilloso!, podré ser un bebé y no tendré que preocuparme más por nada". En ese momento ya nada me importaba, asentí con mi cabeza y se dibujó una leve sonrisa en mi rostro, entonces la niñera me miró a los ojos y me dijo: "Parece que te ha gustado la idea, y en ese caso, todo irá bien, por cierto, me puedes decir niñera Susy, porque como te dije antes, aquí somos varias niñeras". Entonces yo dije en un tono extrañamente infantil que nunca había usado: “Gracias por recibirme aquí niñera Susy...”