1. FAMILIA LONGBOTTOM

La primera semana en el orfanato transcurrió con una calma inusual. No hubo conflictos ni peleas; los días se deslizaron lentamente, como hojas llevadas por la corriente. Selena, atrapada entre las cuatro paredes grises, había intentado escapar en más de una ocasión para visitar la bóveda Avery. Sin embargo, la seguridad del lugar se había intensificado drásticamente después de que un grupo de adolescentes intentara huir. Salir de allí se había vuelto complicado, y ella no estaba dispuesta a arriesgarse a recibir un castigo que podría costarle la oportunidad de que le firmaran el permiso para ir a Hogsmeade.
Un día, mientras miraba por la ventana, una carta de Neville despejó sus pensamientos. Con su letra familiar, Neville le informó que su abuela estaba haciendo los trámites muggles para poder llevarla a casa por unos días. Selena sintió cómo la emoción burbujeaba en su interior, como un globo que estaba a punto de estallar. Se mordió el labio inferior, conteniendo un grito de alegría, mientras imaginaba la calidez de la casa de los Longbottom y a su familia. Había escuchado tantas historias sobre ellos que, en su mente, ya se sentía parte de sus vidas.
Cuando finalmente llegó a la casa de los Longbottom, se sintió como si hubiera cruzado el umbral de un mundo mágico. Al abrir la puerta, el aire fresco la envolvió, impregnado del aroma a tierra húmeda y flores recién cortadas. Las paredes estaban adornadas con fotografías familiares; los rostros sonreían desde el pasado, capturando momentos preciosos que parecían cobrar vida al mirarlos.
— ¡Esto es increíble, Neville! —dijo, dejando que sus ojos recorrieran el lugar.— Nunca imaginé que sería tan bonito.
— Esperá a que veas el invernadero —respondió él, guiándola con un gesto amplio de su mano.
Caminando rápidamente por el pasillo, Neville la llevó a su lugar favorito, un pequeño paraíso repleto de plantas vivas y coloridas. Al abrir la puerta, una corriente de aire fresco y fragancia floral la golpeó con suavidad. Las plantas se movían suavemente, como si saludaran a su llegada. Algunas brillaban con destellos mágicos, mientras otras emitían melodías suaves que llenaban el ambiente con un canto casi hipnótico.
— ¡Wow! —murmuró Selena, literalmente cautivada, mientras se acercaba a una rosa brillante que parecía danzar al suave vaivén del viento.
Neville no pudo evitar sonreír al ver el asombro en su rostro. —¿Ves? Cada una tiene su propia personalidad —explicó, acercándose a una planta que parecía extender sus hojas delicadamente, como si intentara alcanzar su mano. Con una risa añadió: —Esta es Flori, le encanta que le hablen.
Selena, sintiendo cómo se encariñaba rápidamente con aquel lugar mágico, asintió con una sonrisa que iluminaba su rostro. —¿Les has puesto nombre a todas? —preguntó, extendiendo su dedo hacia los suaves pétalos, fascinada por los colores vibrantes.
—Sí, todas tienen nombre —confirmó Neville, con una sonrisa amplia que revelaba su orgullo. —La mayoría los eligió mi abue. Le encantan las plantas y siempre dice que cada una tiene una historia que contar.
Durante su estancia, Selena tuvo la oportunidad de conocer a los entrañables Enid y Algie Longbottom. Eran un par de abuelos encantadores, siempre llenos de energía. Enid, con su cabello plateado recogido en un moño deshecho, siempre tenía una sonrisa en el rostro.
— ¿Te gustan las galletas, querida? —le preguntó Enid, con la voz suave y cálida. Mientras hablaba, sus manos se movían con gracia, como si cada palabra tuviera su propio ritmo.
— Me encantan —respondió Selena, sintiendo cómo se le iluminaban los ojos.
Algie, por su parte, siempre se reía de alguna anécdota graciosa. —Sabes, Selena, una vez, tu amigo aquí… —comenzó, dándole un golpe amistoso en el hombro a Neville.— Intentó plantar una mandragora sin protección ¡Acabó con más barro que una rana en un pozo!
Las carcajadas resonaron en la cocina, y Selena no podía controlar sus risas. —No puedo creer que hicieras eso, Neville —le dijo entre risas, alzando una ceja mientras él se sonrojaba, una sonrisa burlona en sus labios.
En aquel instante, Selena sintió que un nuevo lazo se tejía entre ella y la familia Longbottom. Las historias sobre la infancia de Neville, narradas por sus tíos abuelos, estaban impregnadas de amor y risas, creando un ambiente de alegría que la envolvía como un cálido abrazo. La conexión con los Longbottom se sentía auténtica y sincera; Selena se sentía muy a gusto allí, a pesar de ser la hija del hombre que había cometido crímenes atroces, especialmente contra su familia. Sin embargo, ellos jamás mencionaron a su padre ni la hicieron sentir mal por la familia que le había tocado.
Selena había temido que la abuela de Neville la rechazara, pero, sorprendentemente, parecía esforzarse por hacerla sentir cómoda, tratándola como si fuera una más de la familia.
Lo que realmente captó su atención fue algo en la mirada de Augusta. Había un destello en sus ojos que no lograba descifrar, una mezcla de sentimientos que le recordaba a cómo Narcissa miraba a Draco: una intensidad que podía ser amor, admiración o un profundo cariño. Era un sentimiento hermoso y Selena no pudo evitar preguntarse si alguien día la miraría de esa manera, con tal devoción y afecto. Esa reflexión la hizo sonreír.
La abuela Augusta, con manos expertas y una energía contagiosa, se movía con gracia dentro de la acogedora cocina de los Longbottom. Cada plato que salía de su cocina era una obra de arte culinaria, adornada con colores vibrantes y envolventes aromas que hacían que el estómago de Selena rugiera de anticipación. Tras haber pasado tanto tiempo alejada de la calidez de un hogar, se sentía fascinada por esos pequeños momentos.
— Selena, ¿quieres ayudarme a hacer galletas? —preguntó Augusta, esbozando una sonrisa amplia mientras sus ojos azul oscuro brillaban con una chispa de complicidad.
— ¡Sí! —exclamó Selena, sintiendo que su corazón latía con fuerza. Nunca había tenido la oportunidad de hacer algo así, y la idea de unirse a la abuela Longbottom en la cocina le llenaba de alegría.
Mientras Selena medía con cuidado la harina, Neville, que intentó ayudarla con un movimiento torpe, provocó que el polvo blanco volara, cubriendo de manera cómica a ambos. La harina se esparció por el aire, y Selena, riendo al ver el caos, no pudo contener una oleada de risas que hizo eco en la cocina.
— ¡Oh Neville, mira lo que has hecho! —bromeó Augusta, llevándose una mano a la frente en un gesto dramático — ¡Parece que una nube de harina ha decidido hacer una visita a nuestra cocina!
Neville, con su cara y manos cubiertas de harina, intentó limpiarse a sí mismo, pero solo logró empeorar la situación.
— Lo siento, pero no puedo evitarlo —dijo, riendo mientras se frotaba la cara con las manos enharinadas, lo que solo causó más risas entre Selena y Augusta, que disfrutaban del momento.
El horno pronto comenzó a desprender un aroma tan delicioso que Selena se sintió muy emocionada. Cerró los ojos, dejándose llevar por la fragancia que la envolvía como un cálido abrazo.
— ¿Hueles eso? —preguntó Selena, su voz casi en un susurro.
— Puedo asegurarte que son las mejores galletas del mundo —dijo Neville, inflando el pecho con orgullo.
La abuela Augusta era, sin duda, una excelente cocinera. Su estilo era tradicional, algo que sorprendió a Selena, considerando que contaba con magia que podría haber simplificado la tarea. Sin embargo, había un toque especial en la forma en que cocinaba Augusta, algo que hacía que cada plato resultara aún más delicioso. La calidez de sus manos, el cuidado con el que seleccionaba los ingredientes y su habilidad para mezclar sabores eran verdaderas joyas de la cocina muggle.
Selena comenzó a descubrir, mientras estaba allí, que cocinar era una actividad que le divertía. Nunca antes se había atrevido a intentarlo, pero ver cómo Neville y su abuela trabajaban juntos en la cocina era inspirador. Neville, con su entusiasmo contagioso, demostraba su habilidad tanto en la cocina como en herbología.
— ¿Te gustaría quedarte más tiempo, Selena? —preguntó Augusta, observando a la chica disfrutar de las galletitas de chocolate que acababa de hornear. Su voz era cálida, y la mirada que le lanzó estaba llena de invitación.
— Sí, —respondió Selena, su voz llena de sinceridad mientras una sonrisa iluminaba su rostro. — Me encantaría.
Aquella semana se convirtió en un recuerdo preciado para Selena, un soplo de felicidad que atesoraría en su corazón. La calidez de la familia Longbottom la rodeaba como un cálido abrazo, tejía lazos invisibles que entrelazaban sus vidas, y cada día en la cocina se volvía una nueva oportunidad para compartir risas, historias y, por supuesto, deliciosas galletas. La magia de la familia no solo se encontraba en los hechizos, sino en los pequeños momentos compartidos.
Neville condujo a Selena a través de los pasillos del Hospital San Mungo de Enfermedades y Heridas Mágicas. Su corazón latía con fuerza en su pecho, cada paso una un poco de temor mientras se acercaban a la habitación de los padres de Neville.
Selena caminaba en silencio, sintiendo una profunda culpa que la invadía, aunque su razón le decía que no era responsable del sufrimiento de los Longbottom.
Al abrir la puerta, la tenue luz del lugar iluminó los rostros cansados de sus padres. Augusta, la abuela de Neville, observaba desde una esquina con orgullo palpable en sus ojos a pesar del sufrimiento que la rodeaba. Sabía que su hijo había sido un héroe y que había luchado valientemente contra Voldemort, pero la tortura infligida hacia Alice y Frank Longbottom había dejado cicatrices que jamás sanarían.
—Hola, mamá —dijo Neville, su voz un susurro cargado de emoción mientras tomaba con delicadeza la mano de Alice. Su mirada brillaba con una expectativa tenue, pero había un destello de temor en sus ojos.
Alice, con la mirada perdida en el vacío, finalmente levantó la vista hacia él. —Las flores son bonitas —murmuró, su voz suave como el murmullo de un arroyo. Un destello de alegría iluminó su rostro mientras acariciaba la mejilla de su hijo. —Me gusta pasear en el jardín —añadió, una leve sonrisa asomándose a sus labios, como si recordara un fragmento olvidado de su vida.
—A mí también —respondió Neville, luchando contra el nudo que se formaba en su garganta. Intentando avivar la conversación, se volvió hacia Selena. —¿Recuerdas que te mencioné a Selena? —dijo, señalándola con un gesto suave.
—Galletas con chips de chocolate —exclamó Alice de repente, manteniendo su sonrisa, pero sin fijarse en Selena. Sus palabras parecían flotar en el aire, una conexión con un pasado más feliz.
—Hola —murmuró Selena tímidamente, mordiendo el interior de su mejilla nerviosa. Sentía un torbellino de emociones, entre la alegría por conocer a los padres de Neville y la tristeza por la situación.
Después de un breve silencio, Alice dirigió su mirada hacia Selena. Sus ojos se detuvieron en el rostro de la joven durante un largo momento. —Red —murmuró, acariciando su mejilla con una dulzura que desarmaba. —Red —repetía, sonriendo como si la hubiera reconocido de algún lugar, como si el nombre de Selena le trajera recuerdos vagos pero preciados.
—Es Selena —explicó Neville, su voz temblándole levemente al ver la conexión. Cuando su madre volvió a mirarlo, lo abrazó con fuerza, envolviendo a su hijo en un momento que, aunque lleno de melancolía, también estaba salpicado de amor.
Augusta observaba la escena con los ojos húmedos. La habitación, aunque cargada de dolor, se iluminaba momentáneamente con los destellos de amor.
Selena se sintió como una intrusa en ese momento, observando cómo Neville luchaba por contener las lágrimas. Su rostro reflejaba una mezcla agridulce de amor y anhelo, como si de una fragilidad casi palpable se tratara. La expresión de Alice, por otro lado, era un rompecabezas intrigante que Selena no podía resolver; tal vez su salud mental se encontraba difusa, o tal vez, en ciertos instantes, sus dones no lograban conectar con los sentimientos ajenos.
Frank, en contraste, estaba envuelto en una naturaleza alegre. Al igual que Alice, mostraba su afecto de maneras simples y auténticas. Con un gesto espontáneo, tomó la mano de Neville y lo abrazó fuertemente, su mirada rebosante de ternura. Aunque su voz era un tanto más suave que la de Alice, su atención siempre parecía estar fijada en Neville, como si el chico fuera el centro de su universo.
De repente, antes de que se marcharan, Alice se puso de pie con la energía de un rayo. Con una sonrisa cautivadora que iluminaba su rostro, corrió hacia Neville. En su mano, sostenía un envoltorio de golosinas, que ofreció a su hijo como si fuera un tesoro valioso. La alegría brilló en los ojos de Neville, quien sonrió de manera radiante, recogiendo el regalo con delicadeza, como si cada envoltorio de caramelo fuera un fragmento de amor incondicional.
— ¡Gracias, mamá! —dijo Neville, su voz entrecortada por la emoción, mientras guardaba el envoltorio con cuidado en su bolsillo, como si se tratara de un objeto sagrado.
Selena no pudo evitar sonreír al observar cómo, por un breve instante, la felicidad regresaba a los ojos de Neville. Era un destello de felicidad que contrastaba con la tristeza que lo envolvía por la situacion de sus padres. A pesar de las circunstancias, era evidente que el amor de Alice seguía presente, aún si se manifestaba de formas confusas.