Prólogo
PROLOGO
Dante
Sentía el olor a podredumbre cubriéndome la nariz, y las muñecas me dolían por haber estado tanto tiempo amarrado a esa maldita camilla. De alguna forma, había logrado escapar del hospital y ahora tenía mis talones hundidos en las aguas pantanosas de Swamplands. Caí pesadamente contra un tronco hueco y, con el último aliento que me quedaba, comencé a arrastrarme entre las raíces enmarañadas de los sauces. Mi corazón latía disparatado, casi saliéndose de mi pecho. Desconcertado, miré hacia atrás, y por primera vez en horas, sentí un mínimo de seguridad: había dejado atrás a los vigilantes.
De repente, un escalofrío recorrió mi piel. Nyx me agarró de los hombros, y mi cuerpo entero se estremeció. El terror me invadió y me tapé la boca para no gritar. Sabía que estaba dentro de mí. Le había dicho un millón de veces que me avisara antes de poseerme, para estar preparado.
—Te han dicho que eres insoportable, ¿verdad? —le grité entre dientes, con la voz entrecortada.
El líquido azabache comenzó a deslizarse por mis mejillas, mientras una risa indomable escapaba de mis labios. Con el poco control que me quedaba, me apoyé en una roca cubierta de moho y me quité la camiseta blanca, que estaba empapada por la viscosidad del pantano y pequeñas algas que se deshacían entre mis dedos. Quedé con el torso desnudo, cubierto de sudor. Al menos, el entrenamiento físico en mi “habitación”, como los enfermeros insistían en llamarla, había servido para algo.
Lo último que recuerdo fue que empecé a correr, sin atreverme a mirar atrás, mientras las sombras reclamaban la escasa cordura que me quedaba.
De repente, volví a estar al mando. Estaba cubierto de paja, con un camisón azul y los pantalones negros del hospital. Me encontraba en el remolque de un camión de carga. Me senté con cuidado de no hacer ruido, observando cómo el conductor masticaba chicle, reflejado en el retrovisor. Me peiné la melena negra y sacudí los restos de trigo pegados a mi cuello. A lo lejos, las casitas amontonadas de Swamplands se alzaban ante mí. Al fin me sentí aliviado.
Había ensayado mil veces lo que diría en este momento. Solo tenía que hacer tres cosas: encontrar a alguien, pedir un teléfono y llamar a la policía. Ni siquiera sabía cuántos años había pasado encerrado en ese lugar. Solo quería volver a casa, abrazar a mi familia, hacer que todo esto se sintiera como una pesadilla. ¿Qué diría mi hermana mayor al verme? “Has crecido mucho. Estás más pálido. Seguro que tienes hambre. Tus ojos... están distintos. Lo siento tanto, Dante”. Y yo le diría que todo está bien, que no se preocupe, y que, por favor, me ayude a encontrar un exorcista.
Nyx no me había dado ninguna pista sobre si el camionero era de fiar. El sol brillaba sobre mi piel, dándome la tranquilidad de que las sombras no podían atacarme... pero tampoco podían protegerme si las cosas salían mal. En esos breves momentos de calma, volvía a ser solo Dante. Ya no era el monstruo de la habitación veinte.
El cartel polvoriento y húmedo que anunciaba “Bienvenido a Swamplands, disfrute su estadía” se alzaba frente a mí. La carretera de tierra se convertía en cemento. Sabía que era el momento de bajarme antes de que alguien sospechara de mi presencia. Di un salto y me escondí entre dos muros de ladrillo que separaban un par de casas de madera vieja, estrechas y altas.
Por fin, me sentí completamente libre. Nyx se materializó en el aire como un polvillo oscuro. Ya me había acostumbrado a su presencia, así que no le di importancia y lo ignoré. Sin pensar mucho, comencé a deambular por las calles vacías del pueblo. Parecía ser domingo, con apenas un par de perros callejeros rascándose las pulgas cerca de un basurero.
Iba a empezar a golpear puertas cuando vi una cafetería abierta. El cartel de neón parpadeaba en rojo, estaba apenas visible entre la arenisca gris que lo ocultaba. “Swamplands Coffee” decía, casi como una ironía. El lugar no parecía haber sido limpiado en semanas, pero a mí no me importaba. Entré de golpe, el cristal de la puerta vibrando tras de mí. Detrás del mostrador, había una mujer mayor, con mejillas redondeadas y rizos claros, que vestía una blusa de flores y una falda larga. Me miró con curiosidad al principio, pero luego me sonrió, primero tímidamente, luego mostrando sus pequeños dientes que parecían ser demasiado afilados y amarillos.
—Su sonrisa es falsa—dijo Nyx, mientras sentía su voz resonándome en la nuca.
—Es obvio, maldito paranoico —le respondí en voz baja, mientras recorría la cafetería con la mirada. El lugar olía a café rancio y las mesas parecían ser las únicas que relucían brillantes con la luz mañanera del sol.
—¿Todo bien, jovencito? —preguntó la mujer, frotando un plato con un trapo sucio—. Creo que nunca te he visto por aquí. ¿Qué te trae tan temprano? Perdona el desorden, apenas estoy abriendo.
Mi mente se quedó en blanco por un par de segundos y me dio una leve puntada en el pecho. Después de tanto tiempo hablando solo con enfermeros y locos, me había olvidado de cómo interactuar con personas normales. Finalmente, logré articular algunas palabras, aunque no fueron lo que esperaba.
—Ayuda... por favor... teléfono... —dije, con la voz quebrada.
La mujer arqueó una ceja, pero mantuvo la sonrisa, aunque parecía más una máscara ahora. Se acercó al mostrador y sacó un móvil del bolsillo de su falda, tendiéndomelo con gesto firme. Lo miré con extrañeza, nunca había visto algo así antes. Lo tomé entre los dedos y busqué las teclas, pero no las encontré.
—No sé... usarlo —admití, avergonzado, pasándole el móvil de vuelta.
Ella no dijo nada, solo desbloqueó la pantalla con un rápido gesto y me lo devolvió, mostrándome el teclado. Mis dedos temblaban mientras marcaba el número de la policía. Al otro lado, una voz respondió.
—Comisaría de Swamplands, ¿con quién tengo el gusto?
—Dante, me llamo Dante. Necesito ayuda... acabo de escapar de un secuestro —dije, mirando de reojo a la mujer, que seguía observándome con mientras fingía limpiar las mesas—. Estoy en una cafetería... creo que se llama Swamplands Coffee.
Hubo un largo silencio en la línea, durante el cual la respiración agitada de la señora de la cafetería fue lo único que rompió la tensión.
—Entendido. Quédese donde está y no cuelgue —respondió un ppolicía—. Una patrulla llegará en unos minutos.
Dejé el móvil sobre el mostrador, sin atreverme a mirar a la mujer directamente, y me fui a sentar en una mesa del rincón. Ella se acercó, sosteniendo un pastel de chocolate entre las manos, y lo dejó frente a mí. Sus dedos estaban ligeramente manchados de harina, y noté que sus uñas eran increíblemente largas.
—Gracias —murmuré, tomando un bocado del pastel—. Disculpe, pero... ¿qué año es?
La mujer empalideció un poco, aunque en ese momento solo me preocupé en tragar el pastelito que sabía a gloria.
—Es 2024. Hoy es diez de octubre —respondió con naturalidad, apoyando la cabeza en sus brazos mientras me observaba—. Nunca había visto a uno de ustedes. Es curioso. Gracias a Dios, eres el primero.
La miré, desconcertado. ¿Qué demonios estaba diciendo?
—¿Uno de... nosotros? —pregunté, sintiendo un nudo la garganta y tosiendo al atragantarme—. ¿A qué se refiere?
—A ustedes, los ángeles —susurró y me sonrió complacida.
Me congelé. Esa mujer estaba completamente demencial. De ángel, yo no tenía nada. Y Nyx, mucho menos. Busqué a mi alrededor, desesperado, y lo vi. Estaba fundido con la sombra que proyectaba la ventana, le asentí y desvié la mirada. Al menos ya lográbamos comunicarnos un poco sin necesidad de hablar constantemente.
—Su mayor miedo eres tú—vaciló Nyx y de la cabeza de su silueta negra emergió una sonrisa en forma de una medialuna blanca—.¿Cómo quieres que la mate?
Me paralicé. Moví la cabeza de un lado a otro con desesperación, rogándole que no lo hiciera. Y en ese instante, escuché la sirena de la patrulla acercándose. El sonido de la sirena rompió el aire. Mis manos comenzaron a temblar, y el corazón me latía con fuerza, martillándome las costillas. Miré por la ventana, y el destello de las luces azules y rojas me cegó por un par de segundos. La patrulla se detuvo frente a la cafetería, y dos figuras salieron del vehículo. Dos figuras cubiertas de una armadura negra y casco. Dos figuras cargando armas de guerra. Sabía lo que eso significaba. Sabía quiénes estaban detrás de eso.
—No... no puede ser —murmuré, sintiendo un sudor frío recorrer mi espalda.
La mujer detrás del mostrador, con esa maldita sonrisa todavía pintada en su rostro, me observaba con los ojos entrecerrados. Parecía disfrutar el espectáculo.
—Te dije que no confiaras en ella—dijo Nyx con sarcasmo—.Pero, no... querías hacerlo todo a tu manera. Y ahora, mira dónde estamos.
De un momento a otro, comencé a sentir que la cafetería daba vueltas alrededor mío. Tambaleé un poco, intentando sostenerme de la punta de una mesa mientras me desvanecía. Nyx había desaparecido, por lo que comprendí enseguida que me habían drogado. Intenté mantenerme consciente para que las sombras pudiera ayudarme a salir de ahí, pero se me hizo imposible. Se me cayó una lágrima, parpadeé un par de veces y me desplomé.








