RELATOS ATERRADORES

All Rights Reserved ©

Summary

El niño que constantemente es acosado por el mismo que lo protege; la muchacha que tropieza con una historia que nada tenía que ver con ella, el final del antiguo morador de su vivienda y así.

Status
Complete
Chapters
6
Rating
n/a
Age Rating
18+

Enriquito y el monstruo

TÚ NO ESTÁS SOLO, ENRIQUITO

Autor: Carlos Trujillo Morales

Ay, mi niño. Esa madre tuya! Cada tres minutos te cambia de padrastro y te ha llenado de hermanitos y hermanotes, que la mayoría tú ni sabes cómo son --bueno, esa es la única parte que tú hasta ahora conoces--. Si tú supieras que el penúltimo de estos hombres, el dueño de la mipyme de al doblar, ese mismo, el gordo! ha jurado matarla y el tipo es un oficial desmovilizado. Si tú supieras que tu padrastro anterior a ése, está loco por comerte hasta los pelos de la cabeza. Sí, ese delincuente albañil y chivato es un caníbal. Te hablo en serio...!

El niño despertó sobresaltado y suspiró al ver que la figura ya no estaba. Era un monstruo peludo y abultado; cómico como un juguete. Pero acaso aquel ensueño nada tenía que ver con la vigilia? El niño se levantó y fue hasta el cuarto de su mamá. Tocó la puerta. Al ver que no le había respondido, con toda la lentitud de su timidez bajó la palanca del picaporte. El niño sonrió al escuchar las bisagras, cómo se quejaron. Dentro del dormitorio había cajas de cerveza Cristal. Entró para mirarlas bien. Ésas nunca las había visto. Entre una columna de cajas de lager y la otra vio que apilados a la sombra había una serie de artículos de metal.

--No --exclamó Enriquito llevándose ambas manitas a la boca! El niño sabía contar objetos:-- son uno, dos... cinco fusiles, como los que salen en las noticias de la guerra de Ucrania!

Debajo de los AK había pistolas y granadas. "Enriqueeee" era la vocecita del monstruo que le hablaba desde el baño de la madre. El pequeño Enrique, espantado y a punto de llorar, corrió lo más que pudo escaleras arriba.

El último padrastro desde un rincón lo había visto salir de ahí. Entró y se sentó en la cama, resoplando como bestia. Se dió unos cuantos piñazos en su mano izquierda antes de decir, apretando los dientes, "Yo no sé lo que va a hacer Yamila, pero yo tengo que salir de este chiquito. Y para que tú veas, no me caía mal".

II

Él le propuso a la madre salir con ella y con el niño a una excursión a un bosque de provincia y tener allí un almuerzo. Qué romántico, exclamó la mujer y para decir que sí encogió los hombros. No vaaayasss le advirtió aquel monstruo a su amiguito. El pequeño Enrique estaba entre la culebra y el tigre, ora la mamá le gritaba apúrate que ahorita te salen canas! ora el acento ultraterrenal le rogaba que no. Pudo más el timbre desesperado de la señora.

--Mimi, anda, vé al kiosko de la orilla de la carretera... sí, el que te señalé --le tendió el marido un bulto de billetes-- y compra con esto una caja de lagers y otra de refrescos. De qué sabor los quieres, pipo? --interrogó él al muchacho con una mirada que desprendía fuego.

--No sé --respondió el hijastro, de manera seca y fría.

--A él el que le gusta es el de cola, verdad, papito? --la mamita trataba de animarlo.

Trabajo le costó convencerlo de que lo acompañara, y juntos llegaron al borde de un barranco, pasando primero por debajo de una arboleda. Colgado de un pino estaba el monstruo. Maldijo la hora en que ninguno de los dos había pasado cerca de él.

Ambos estaban a los pies de un abismo vertical, contemplando el valle de palmas que brillaba ahí debajo. Estaban encima de la parte más rocosa. El tipo acariciaba, suave, uno de los hombros del chiquitín. El monstruo no sabía cómo quitárselo; no quería que Enrique lo viera empaquetarlo. La mano de aquel iba pasando de su hombro, iba para el medio de su espalda! Al niño no le quedaban ni dos segundos!

El chiquillo no se volteó para ver por qué el marido de la madre dejó de acariciarlo. El monstruo se lo llevaba tapándole la boca.

Ay, mi niño, mi niñitooo. Qué susto el de tu mamita buscándolos a ustedes. Qué alivio el de ella cuando te encontró! Y tú también buscándolo a él. Hazme caso, mi Enriquito, si yo te digo no hagas estoooo...

El niño dormía con algún que otro sobresalto, mientras que el monstruo alizaba sus cabellos.