Los sueños siempre quieren decir algo

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Summary

Un joven al que le llega la noticia de que el último amigo que le quedaba en el país fue asesinado. Él emprende un camino, el de la búsqueda de la verdad de ese crimen, del cual ya no hay regreso.

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3
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n/a
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18+

La pesadilla

LA PESADILLA DEL BOSQUE

(Preámbulo)

©️ Carlos Trujillo Morales

Mi nombre es Daniel Benítez y soy oriundo del Vedado, el municipio más concurrido de La Habana, un lugar poco famoso por sus leyendas y tradiciones, precisamente por el carácter urbano que ha tenido durante más de una centuria. Hasta el otro día yo era uno de los hijos predilectos de la noche, ya que siempre madrugaba y amanecía en la calle, con mis amistades, los que también iban conmigo a las funciones de cine, teatro y música alternativa. Ya no recuerdo cuándo fue la última vez que salimos ni cuándo fue la última que ví al último de ellos, ya que todos los demás habían emigrado; y nos reunimos él y yo sin darnos cuenta del aroma de despedida que nos envolvía, poco antes de que aquel incógnito payaso lo decapitara en el baño de un cabaret, adonde había ido a echarse agua en la cara porque estaba completamente ebrio, a pesar de haber consumido apenas un par de lagers y de haber cenado antes de salir de su casa, en compañía de su mamá, un par de platos de arroz con pollo. Quién se lo iba a decir, que la muchacha nueva que había estado con él en la barra y que lo acompañó al aseo, en el instante en que estaba inclinado debajo del grifo, se le apartó despacio y en silencio; lo había dejado solo, y el cantinero que se la había descrito a las autoridades nunca más la volvió a ver; en los cajones del archivo de la policía hasta el día de hoy están guardadas (lo digo, porque lo descubrí el otro día), las cinco imágenes de la posición del cuerpo de mi amigo al caer de espaldas junto al lavamanos donde se había mojado el rostro; y quién nos lo iba a anunciar, que al levantar la vista del agua y mirarse al espejo, en el reflejo del vidrio se encontró con un sujeto que tenía el semblante todo embarrado de harina y la boca pintada de un carmín acentuado, lo cual representaba la sonrisa de la tragedia; hubo alguien que se lo describió a los detectives, un anciano pinchador de chicas quien lo vio entrar y salir del baño, justo a la hora que según el diagnóstico forense había sido esta horrible ejecución. Y de acuerdo también con los datos que pude robarme del informe policial, el arma homicida había sido un machetín afilado, y al asesino le bastó darle nadamás que un leve corte, y éstas son las tantas horas en que su cabeza no acaba de aparecer.

Bueno, la historia que les cuento ahora es la de mi pesadilla. La pesadilla del bosque. Allá en esas mismiticas arboledas donde jugué durante toda mi infancia, y muchas veces a la orilla del olvidado Río Almendares.

Cuando vengo a ver estoy bordeando la ribera de este caudal oscuro de tanta suciedad, por los desperdicios albañales.

Enseguida que voy llegando al puente sonrío al volver a ver el bote abandonado contra los pilotes del destartalado embarcadero, y que yo no sé cómo sigue ahí. Es una pequeña embarcación que después de que la repararan ni siquiera los más novatos visitantes se han atrevido a buscarle un par de remos y zarpar. Continúo más adelante para subir la cuesta y una vez estoy arriba no me lo pienso para seguir el sendero que me llevará hacia dónde a través del silencio de las frondosas plantas silvestres que caracterizan este apartado rincón de la ciudad.

Anduve largo rato a través de los escasos pinos intercalados en una selva tropical, hasta que fui a parar a un valle de palmas reales que no recordaba haberlo visto.

Aquellas palmas estaban tan distantes, que a pesar de que yo no andaba nada cerca de su ubicación, pude advertir que en el medio tenían un viejo platanal, que no pasaba de las cuatro o cinco plantas y su altura no era muy considerable.

Ante la visibilidad de esta pequeña plantación, en fracciones de segundo la boca se me hizo agua y de inmediato corrí hacia allá, como si mi olfato me revelara la presencia de una mano de plátanos manzanos recién maduros. Al llegar allí, lejos de encontrarme ningún racimo, lo que vi fue un arma blanca clavada en uno de los troncos, la que primero me había parecido un cuchillo enorme de carnicería: era un machetín, y cuando fui a desencajarlo para examinar lo llamativo de su hoja, que no mostraba ni una sola mancha de óxido, vi que su filo señalaba una destartalada cabaña oculta debajo de unos árboles robustos y tupidos. Me fui acercando poco a poco y enseguida advertí que la puerta estaba medio desprendida. Me asomé para mirar adentro antes de empujarla y no fue poca mi sorpresa al advertir que de su interior, lejos de sentir un olor a excremento y orine, o de alguna otra fetidez acumulada, no llegué a oler otra cosa que la humedad de los tablones podridos que componían sus paredes y la de su piso de tierra. Encendí mi celular y empujé la puerta suavemente, sujetándola, y a pesar de esta precaución, no pude evitar que las ocho tablas que la componían, zafadas de sus clavos, crujieran y cayeran una a una en el lodo compacto que había en el interior.

Penetré en aquel recinto, apoyado en las punteras de mis tenis y avancé por su lodo endurecido, lentamente, con la lumbre de mi celular: yo no había dado ni siquiera cuatro pasos cuando la silueta de alguien agazapado me saltó a la vista y agarré el mango del pequeño machete: no, no había nadie, estaba yo delante de una mesa solitaria, ubicada en el mismo centro del local, con un tamaño como para ocho sillas laterales, al pie de la cual había solamente un taburete, forrado con un avejentado cuero de chivo, pero sin abolladura ni en el espaldar ni en el asiento; en el espaldar había colgada una camisa con lentejuelas de diferentes colores; éstos eran los únicos objetos de la casa, no había nada más, excepto un frasco, como de azúcar encima de la mesa. Luego de haber examinado los rincones, repletos a más no poder de telarañas, abrí el poco notable recipiente ubicado arriba de la mesa y me quedé de lo más extrañado al descubrir que contenía nada menos que harina de trigo. Lo cerré, y al asegurarme de que no me iba a encontrar más ninguna cosa, extraje el machetín para contemplarlo más y de inmediato salí a recorrer los alrededores.

Afuera de la cabaña ví a mi alrededor una densa niebla que venía hacia mí a baja altura entre los yerbajos. Miré hacia todas partes en busca de otros signos que me indicaran de qué se trataba ese lugar. Quise desandar el sendero que había tomado hasta entonces. La niebla se hizo más grande y por lo tanto no podía encontrar el platanal. Había decidido volver a la casucha, en el instante en que escuché una voz lejana, la de mi difunto amigo, que cuando no pedía socorro imploraba ayuda. Me puse a buscar la procedencia de sus gritos y sin demora noté que éstos, con una distorsión que me desesperaba, provenían de atrás de un trillo verde y gigantesco. No tuve ni que pensarlo antes de acudir en su búsqueda, y junto con el eco de mis primeras pisadas, ya la niebla empezaba a disiparse.

A la medida que me le acercaba, más nítida y a la vez profunda me resultaba su voz. Por un momento me pareció que jamás iba yo a terminar de descorrer tantas cortinas de yerba. Me sentía débil y estaba al borde de un desmayo. Ese atormentando espíritu había parado de llamar. Los párpados se me cerraban pero no me quería detener. Avancé un poco más, jadeando y ya casi sin aliento; me tambaleaba. Con mi pie derecho sentí que había pataleado un envoltorio de tela, y gracias al impulso que llevaba mi cuerpo, inclinado hacia adelante, lo pisé, y al percibir debajo de mi zuela que aquel rollo de trapo se deshacía, caí boca abajo y la cara se me hundió en un fanguizal oscuro.

Sentado sobre la yerba, mojada, me volteé para mirar con qué había tropezado. Era una camisa que había estado envuelta en un pantalón, ¡una ropa de mi amigo! Mientras que aquella porción de yerba, completamente empapada, pisoteada, arrancada y revuelta, no era sino una ensalada, servida con sangre, todavía fresca. En el medio de esa ropa desenrollada, estaba la desolación de su cráneo. Él me miraba fijamente a los ojos, sus escleróticas refugían igual que si las tuviera de vidrio. Su mirada era de miedo de reproche.

Me despierto ahogado por el impacto. Corro para el baño a lavarme el rostro. Me vuelvo a acordar ahora de lo que mandaron por correo desde una casa sin puerta ni ventana ni techo, únicamente habitada por cucarachas y ratones; es un paquete que ahora escondo debajo del armario. Lo saco de su envoltura de nylon y papel cartucho. Es un pantalón mío que por el momento no sé cómo lo he dejado por ahí, o me lo robaron. Está bastante embarrado de sangre.

Pero eso no es lo que más me preocupa. Una voz de mujer, desconocida, me llama a mi móvil en la mañana de ayer, para decirme que fuera a recoger un paquete que según ella yo lo había olvidado en el propio taller donde un mecánico viejo siempre me ha reparado la moto. Ella me indica que recoja la llave de una taquilla que hay justamente en este lugar, al menor descuido de la recepcionista; junto a la llave, escrita en el llavero, ella me ha dejado la dirección del compartimento donde está guardada mi supuesta pertenencia. La llave está debajo del cojín desgastado de una butaca amarilla, en la recepción. Abro el casillero. Adentro hay una bolsa de tela que envuelve unos zapatos de charol enormes y empinados. Por mucho que yo, desde el primer instante que los encontré, haya forzado mi memoria, hasta ahora no me ha llegado ni el mínimo recuerdo relacionado con ellos. Como tampoco tengo la más remota idea de cómo alguien ha podido asociármelos, así sea por mis frecuentes visitas al taller.

En el momento de haberlos descubierto, en un santiamén los devolví a su envoltorio y de un tirón cerré la puertecita, haciendo un estruendo, tras el cual, a paso doble me marché.

Antes de que anocheciera volví para llevármelos y entregarlos a la policía. Al abrir precipitadamente aquel compartimento, en su lugar me encontré una nota impresa que rezaba lo siguiente:

HAS PERDIDO TU ÚNICA OPORTUNIDAD DE ACLARARLO TODO.

Y al pie de la misma no había ni nombre ni rúbrica ni nada.