Relatos de Terror

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Summary

Una compilación de relatos de terror de varios géneros

Status
Ongoing
Chapters
5
Rating
n/a
Age Rating
18+

Radiación: Voces del Mar

En el año 2011, Japón fue sacudido por un cataclismo de dimensiones inimaginables. Un terremoto de magnitud 9 desgarró la tierra, dejando a la comunidad de Fukushima en un caos aterrador. El tsunami que le siguió arrastró consigo a miles, sumergiendo sus gritos en las aguas turbulentas, donde muchos cuerpos jamás fueron recuperados. Sin embargo, la tragedia no se detuvo ahí; una oscuridad aún más profunda surgió de las profundidades, cuando la planta nuclear de Fukushima estalló, liberando una pesadilla radiactiva que se esparció como una sombra siniestra sobre el país.

Los ecos de aquel horror aún resuenan en el aire, y hasta la fecha, las desapariciones siguen siendo un lamento sin respuesta. Al borde del olvido, los poblados cercanos a Fukushima han tejido un tapiz de leyendas inquietantes: brillos carmesí que danzan en la penumbra, sombras al acecho, rituales clandestinos y un aire denso que oprime los pulmones.

Era el 11 de marzo de 2025, doce años después de aquella calamidad, cuando un grupo de jóvenes, fascinados por los susurros de los ancianos del lugar, decidieron aventurarse hacia la ciudad abandonada de Fukushima. Yuma, con su cabello desordenado y una popularidad incómoda entre las chicas, lideraba a sus amigos: Yamato, un chico flaco y supersticioso con ojos azules tras unas gruesas gafas, y Shizuka, la única chica del grupo, una voluptuosa joven de cabello negro y ojos violetas que había sido expulsada varias veces de la universidad por su desenfrenada búsqueda de lo paranormal.

Mientras discutían las historias de lo que había sucedido en la ciudad radiactiva, el deseo de Yuma de honrar a su amigo fallecido durante el terremoto se volvía palpable. “Debemos ir durante la puesta del sol,” dijo con entusiasmo, su voz llena de una mezcla de valentía y desesperación. “Debemos comprobar si todo lo que dicen es real.”

Yamato, tembloroso, replicó: “¿Estás seguro de ir? Tengo un mal presentimiento.” Un silencio incómodo siguió su afirmación, hasta que Shizuka, impaciente, exigió: “¡Ya dinos qué carajos pasó!” Yamato, atrapado en su nerviosismo, explicó que un extraño cuervo había aparecido en su ventana, una señal de muerte inminente.

“¡Tonterías!” se burló Shizuka. “Esas son solo supersticiones.” A pesar de las palabras de aliento, el aire se tornaba cada vez más pesado, como si el propio destino estuviese escuchando.

Se prepararon para el viaje, pero cuando Yuma se subió al vehículo, vio, a través del espejo retrovisor, una sombra de forma extraña que parecía elongarse más allá de lo humano. Parpadeó, y cuando volvió a mirar, sólo encontró la sombra familiar de la reja de su casa, bañada por los últimos rayos de un sol que parecía advertirles.

Al encender el motor, un grupo de cuervos alzó el vuelo desde un árbol cercano, como si compartieran un secreto oscuro. En el camino, la conversación giraba en torno a las historias inquietantes de Fukushima, mientras Yuma luchaba por deshacerse de la extraña sensación de ser observado por algo que no era de este mundo. A medida que se acercaban al sitio de exclusión, los árboles desnudos, marchitos por la radiación, parecían susurrar advertencias silenciosas.

Al llegar, se encontraron con una valla perimetral que advertía de radiación alta y peligro. “Genial, una valla perimetral,” murmuró Shizuka, con un tono de frustración. Pero Yuma había llegado preparado. “Espero que hayan traído nuestra herramienta principal, chicos,” dijo, sosteniendo unas grandes tijeras corta vallas con una sonrisa desafiante.

“Estamos de suerte; la radiación es baja,” comentó Shizuka, tratando de seducir a Yamato mientras encendían sus contadores Geiger. Sin embargo, una inquietante historia sobre anomalías que provocaban locura en los medidores se deslizó entre ellos como un presagio.

“Yamato, mantente tranquilo,” le advirtió Yuma. “Solo hagamos esto rápido. Necesitamos pruebas para que la gente crea en lo sobrenatural.” Pero, mientras la oscuridad se cernía sobre ellos, los ecos de las almas perdidas parecían resonar en sus corazones, y la noche, vestida de silencio y sombras, les aguardaba con un secreto mortal.

“Mmm, como siempre, poniendo tus deseos por encima de una chica linda como yo, Yuma.” La voz de Shizuka flotó en el aire, un eco burlón que no lograba ocultar su inquietud. “Después hablaremos de eso; por ahora, debemos concentrarnos en lo que venimos a hacer: ir a la casa de mi amigo. Si hay actividad paranormal, tomen fotos o graben algo con sus teléfonos.”

Así, el trío se adentró en la oscuridad, sus pasos resonando en el silencio opresivo. A medida que caminaban, kilómetros de carretera invadida por la vegetación se desplegaban ante ellos, con vehículos abandonados dispersos como monumentos de un desastre olvidado.

“Joder, son muchos carros,” murmuró Yamato, escaneando la escena con su medidor. “Parece que al final los tuvieron que abandonar; están bañados en radiación.” En ese momento, un escalofrío recorrió la espalda de Shizuka, obligándola a voltear nerviosa. La desolación la rodeaba, pero sabía que algo más acechaba en la penumbra.

“Chicos, ¿no sienten que alguien nos observa?” su voz temblaba, y sus manos temblorosas revelaban su creciente ansiedad.

“La verdad, no,” respondió Yuma, aunque un malestar se asentaba en su pecho. “Pero sí, es incómodo ver estos carros.”

“No quiero ponerte nervioso, Yuma, pero siento lo mismo que Shizuka,” admitió Yamato, su voz apenas un susurro. “Es como si alguien estuviera dentro de estos carros, mirándonos fijamente.”

Sin dudarlo, Yuma comenzó a capturar imágenes con su cámara digital, su mano temblando ligeramente mientras el obturador chasqueaba. Sin embargo, al revisar las fotos, no encontró nada fuera de lo común. “Mmmm, parece que no hay nada raro. Debe ser que no están acostumbrados a venir a sitios como este,” bromeó, pero su risa sonó vacía en el aire enrarecido.

“No es ninguna broma, Yuma. Siento que algo nos observa; será mejor avanzar. Quizá solo sea estrés.” La urgencia en su voz aumentó, y Yuma asintió, decidido a seguir adelante.

Al adentrarse más, llegaron a un sector de la ciudad abandonada, donde algunas casas aún estaban en un estado impecable, como si sus habitantes hubieran desaparecido de la noche a la mañana. La puesta de sol había sido reemplazada por un crepúsculo inquietante, las luces parpadeando con una vida que resultaba más aterradora que la oscuridad. Una sensación de que algo los acechaba, listo para saltar desde las sombras, se instaló en sus corazones.

“Esto es extraño,” comentó Yuma, abrazándose a sí mismo para combatir el frío que parecía emanar de las propias paredes. “Escucho el mar a lo lejos. Aún me cuesta trabajo creer que toda esta tragedia haya ocurrido,” dijo Shizuka, mientras sus ojos se posaban en el aparador de una tienda vacía.

Entonces, algo atrajo su atención: en la puerta del establecimiento, un talismán de protección colgaba con una solemnidad inquietante, rodeado de restos de velas y ceniza de incienso. “Chicos, vengan a ver esto,” llamó con voz temblorosa.

Yamato y Yuma se acercaron y juntos contemplaron el extraño altar improvisado. “¿Qué creen que haya ocurrido aquí?” preguntó Yuma, su voz repleta de inquietud.

“No lo sé, pero parece fresco; no hace mucho que se consumieron estos inciensos,” respondió, examinando las cenizas con un aire de aprensión. “Según esto, es un ritual para repeler a entes malignos. ¿Pero por qué querrían repeler algo en un lugar como este?”

“Escuché que la radiación en algunas partes de la ciudad ha bajado. Quizá algunos de los que se exiliaron quieran regresar, y por eso colocan esto para repeler a los espíritus malignos,” sugirió Shizuka, aunque su voz temblaba al pronunciar las palabras.

“Quizá, pero recuerda que estamos en el lugar más contaminado de la ciudad,” advirtió Yuma. “A unos kilómetros más adelante está la planta nuclear. La zona cero. Dudo que se pueda habitar esta parte pronto.”

En ese instante, los medidores comenzaron a sonar con una insistencia alarmante, llenando el aire con un sonido ensordecedor. “¡¿Qué está ocurriendo?!” gritó Shizuka, mientras su corazón latía con fuerza.

“No lo sé, Shizuka,” respondió Yuma, sus ojos inquietos buscando respuestas en la penumbra.

“¡Shizuka, Yamato, cálmense!” Sin embargo, los medidores de repente se detuvieron, dejando un silencio que era más perturbador que el ruido que lo precedió. El trío se miró entre sí, nerviosos, tratando de calmarse en medio de la creciente tensión.

“Creo que estas cosas se han descompuesto, ¿no lo creen?” dijo Yuma, forzando una sonrisa que no llegó a sus ojos.

Sus compañeros lo miraron con desconcierto, incapaces de asimilar la realidad. “Esto no es lo que dicen los...” Antes de que pudiera terminar su frase, Shizuka lo interrumpió, su voz llena de pánico. “¡Ni te atrevas a decirlo!”

“Calma, Yamato. Quizá solo fue una corriente de aire cargada de radiación,” murmuró, aunque la sombra de la duda se cernía sobre ellos, y el ambiente parecía repleto de secretos oscuros, esperando el momento propicio para revelarse.

La chica miró a su alrededor, siendo consumida por un miedo palpable. Las calles estaban más oscuras de lo habitual, sumidas en un silencio inquietante que se cernía como un manto sobre la ciudad. Un frío helado se filtraba por cada rincón, robando el aliento de los tres amigos. No había ni rastro de vida; los animales y los insectos que solían habitar aquel lugar habían desaparecido, como si la misma oscuridad hubiera devorado todo a su paso.

El grupo avanzaba por las desiertas calles, el miedo apretando sus corazones. Era un terror primitivo, instintivo, como si algo desde las entrañas de la penumbra los estuviera acechando, observando.

—¿Ya casi llegamos a la casa de tu amigo, Yuma? —preguntó Yamato, con las manos temblorosas por el frío, mientras vapor salía de su boca.

—Sí, Yuma, el clima se volvió helado de repente —respondió Shizuka, con un escalofrío recorriendo su espalda.

—Ya estamos cerca, chicos, pero será mejor acelerar el paso.

Con la ansiedad apoderándose de ellos, comenzaron a caminar más rápido. Sin embargo, cuando estaban a punto de llegar a su destino, un sonido rompió el silencio: la risa profunda y siniestra de un hombre resonó en el aire helado.

—¡¿Escucharon eso?! —gritó Shizuka, aterrorizada, mientras su mirada se movía frenéticamente de un lado a otro.

—¿Qué cosa? —Yamato, confundido, iluminó con su linterna los árboles circundantes.

—¡Escuché una risa macabra, Yuma! ¡Lo juro! Debe haber alguien aquí.

—¡Corramos a la casa de mi amigo! —dijo Yuma, el pánico comenzando a calar en su voz.

El grupo corrió hacia la casa, una humilde construcción que había sobrevivido a la catástrofe, semi destruida pero aún de pie. Al entrar, el aire estaba impregnado de un olor a moho y descomposición, mientras los objetos olvidados contaban historias de un tiempo que ya no existía.

—La casa de tu amigo es humilde, pero enorme —observó Yamato, tomando fotos, pero su atención fue interrumpida cuando Shizuka se quejó de un dolor punzante en la cabeza.

—¡Mi cabeza! —exclamó, tambaleándose.

—¿Qué te pasa, Shizuka? —preguntó Yuma, sosteniéndola por los hombros para evitar que cayera.

—No lo sé, de repente me duele... —balbuceó, su mente en medio de una niebla confusa.

Mientras tanto, Yamato se aventuró solo por un pasillo, atraído por un ruido extraño que resonaba en la penumbra. Sin decir nada, encendió su linterna y se adentró en la oscuridad. Cuando Shizuka comenzó a sentirse mejor, se dieron cuenta de que Yamato había desaparecido.

—Maldita sea, Yamato, si esto es una de tus bromas... —murmuró Yuma, su nerviosismo creciendo.

—Calma, Yuma, algo debió pasar —respondió Shizuka, angustiada.

De repente, Yuma retrocedió, sintiendo un charco bajo sus pies. Al mirarlo, notó que el líquido era negro como la noche.

—¿Esto es agua? —preguntó, mientras observaba el medidor de radiación, que no mostraba nada anormal.

—Cuando entramos, no había ningún charco, además, el medidor no ha detectado nada —replicó Shizuka, acercándose al charco. De pronto, algo se reflejó en su superficie: una figura grotesca, como la de una mujer en estado de descomposición.

Ella retrocedió con horror, cayendo al suelo. Yuma se acercó, preocupado.

—¿Qué te ocurre? —preguntó, pero ella no podía hablar, solo señalaba el charco. Cuando él miró de nuevo, ya no había nada.

Un nuevo pitido del medidor rompió el tenso silencio, llenándolos de inquietud.

—Salgamos de aquí y busquemos a Yamato —dijo Yuma, mientras ambos corrían hacia la salida.

Al cruzar el umbral, la ciudad se había transformado. Charcos de agua negra se esparcían por las calles, y las casas estaban más deterioradas que antes. Algunas luces parpadeaban, lanzando sombras inquietantes.

—¿Qué clase de brujería es esta? —murmuró Shizuka, el pánico desbordándose en su voz.

—Vamos a buscar a Yamato y larguémonos de este maldito lugar —dijo Yuma, pero antes de que pudieran moverse, unos pasos húmedos resonaron tras de ellos.

El terror los invadió como un veneno, el sudor goteando por sus frentes mientras los pasos se acercaban. Shizuka comenzó a llorar, su respiración entrecortada, paralizada por el miedo. Fue Yuma quien rompió la inercia, tomando su mano y arrastrándola hacia el bosque.

—¡¿Qué carajos está pasando aquí?! —gritó, su voz resonando en la oscuridad.

—¡No lo sé! Pensé que todas esas historias eran solo leyendas de un demente —respondió Shizuka, temblando.

—¡Olvídate de Yamato! ¡Él solo era un estorbo para...!

—¡¿Para qué, Shizuka?! —la interrumpió Yuma, el miedo transformándose en desesperación—. ¡No puedo dejar a un amigo que siempre me ha apoyado en mis momentos más difíciles!

Me uní a tu club con un solo propósito: pasar una noche íntima contigo. Esa fue la única razón por la que estaba allí, pero ahora, la situación se tornaba cada vez más aterradora. Ella retrocedió lentamente, sintiendo cómo su corazón latía con fuerza, hasta que, de repente, chocó con algo.

En ese instante, un pitido ensordecedor del medidor de radiación llenó el aire, y algo caliente y espeso le cayó en la cara. Al limpiarse, su mundo se tiñó de rojo; era sangre.

Al girar, el horror se desató. Allí estaba su amigo Yamato, pero su cuerpo era una visión de pesadilla. Su piel colgaba en jirones, quemada y desollada, como si hubiera sido sumergido en una fuente de radiación letal. El estómago de Shizuka se revolvió y, incapaz de contenerse, vomitó mientras el medidor continuaba chirriando, amplificando su pánico.

—¿Quién te hizo esto? —preguntó ella, su voz temblando, el terror en sus ojos.

Como respuesta, de la pared comenzó a brotar un líquido carmesí, cubriendo la superficie con una sustancia que parecía carne putrefacta. Ambos miraron con horror cómo los medidores estallaban, incapaces de soportar la radiación desbordante del lugar.

De entre la pared, un enorme brazo decrepito emergió, de un color carne enfermizo, con huesos expuestos que amenazaban con desgarrar la realidad misma. Luego, una cabeza grotesca apareció: una cara deformada por la radiación, con una sonrisa macabra y cuencas vacías que parecían devorar la luz.

Con la mente enloquecida, ambos comenzaron a sangrar por la nariz, la radiación infiltrándose en sus cuerpos como un veneno. En su locura, rieron y lloraron a la vez, envueltos en un silencio ominoso que aplastó sus almas.

En otros reportes, tres estudiantes habían desaparecido tras una excursión a las ruinas de Fukushima. Las brigadas de búsqueda, con la esperanza marchita, regresaron sin haber encontrado rastro alguno del grupo, salvo una cámara fotográfica cubierta de un polvo oscuro.

Un mes después de la desaparición, se declaró el fin de la búsqueda. Sus nombres se inscribieron en la lista de los desaparecidos, marcados como muertos, mientras el eco de su risa atormentada resonaba en el vacío.