Capítulo 1

El aire en el mausoleo pesaba, cargado de secretos antiguos que susurraban desde las sombras. Al cruzar el umbral, una extraña sensación me envolvió: no era miedo, sino una reverencia silente, un respeto hacia lo desconocido, que sin embargo sentía inquietantemente familiar.
Había encontrado la entrada casi por accidente, siguiendo los pasos de mi tía y del resto de la gente que, en medio de la noche, se dirigían al viejo cementerio abandonado. Un cementerio que, hasta esa noche, creía abandonado, lleno solo de tumbas olvidadas y recuerdos marchitos. Pero no era así.
Cuando descubrí la entrada oculta bajo la tumba, no sabía lo que encontraría al otro lado. Mis manos temblaban mientras empujaba la pesada losa, revelando una escalera de piedra que descendía en espiral. Una ráfaga de aire frío me recibió, impregnada con el olor a tierra húmeda y descomposición. Respiré hondo y bajé.
Mis pasos reverberaban en las paredes de piedra, y la oscuridad se apretaba a mi alrededor como un sudario. Sin embargo, algo me impulsaba a seguir, como si hubiera esperado toda mi vida para estar aquí, para descubrir este lugar olvidado. Finalmente, llegué al fondo.
La visión que me aguardaba era extraña y hermosa, de una quietud que sólo se encuentra en la muerte. Me encontraba en una vasta cámara subterránea, iluminada únicamente por el tenue resplandor de las velas negras. Sus llamas vacilaban como si estuvieran cansadas, agotadas de arder en un lugar donde el tiempo parecía haberse detenido. Todo alrededor olía a humedad, a musgo, a hojas secas que crujían bajo mis pies. El lugar estaba cubierto por una capa de tierra oscura, como si todo lo que había sido sepultado aquí se hubiera fundido lentamente con el suelo. No había lápidas imponentes ni estatuas, solo un campo de tierra viva y palpitante, custodiado por el silencio.
Me detuve a observar más de cerca, y entonces lo vi.
El suelo era de tierra, y en él, descansaban cuerpos. No estaban sepultados ni cubiertos; yacían como si fueran parte del mismo suelo, sus cuerpos desnudos manchados de tierra, en posiciones fetales, acunados por la madre tierra. Era una visión desconcertante. No eran cadáveres, no como los que había visto en otros cementerios. Estaban allí, intactos, sus cuerpos preservados por algo más antiguo que la muerte misma. Una magia oscura y profunda los mantenía en ese estado de letargo.
No se descomponían. Parecían estar simplemente dormidos, en una paz tan profunda que sus rostros reflejaban la serenidad de quien ha dejado el sufrimiento atrás. La piel de algunos estaba cubierta de musgo, y a su alrededor, hojas secas crujían suavemente con el leve movimiento de la brisa que entraba desde alguna abertura invisible. Me acerqué a uno de ellos, una mujer cuyos cabellos estaban enredados con raíces delgadas y oscuras. Toqué su piel, fría pero intacta, como si el tiempo aquí no tuviera poder sobre ellos.
Había figuras a mi alrededor, en silencio, agachadas junto a estos cuerpos. Colocaban velas negras a sus pies, murmurando palabras que no entendía. Sus gestos eran de respeto, de reverencia, como si estuvieran ante dioses dormidos. Nadie me prestó atención, como si mi presencia fuera aceptada sin preguntas. Me moví entre ellos, incapaz de apartar la vista de los cuerpos, fascinada por su quietud, por la calma abrumadora que emanaba de ellos.
Avancé con cautela, sin hacer ruido, aunque una parte de mí sabía que ellos no me temían. Este lugar no era de los vivos, pero tampoco pertenecía enteramente a los muertos. Era un espacio intermedio, una frontera entre la vida y el otro lado. Las llamas de las velas titilaban cada vez más débiles, como si reflejaran el destino inevitable que aguardaba este lugar. Todo estaba muriendo lentamente.
Entonces, lo entendí. No era un simple cementerio. Esto era una oda a la muerte misma, un santuario dedicado no al final, sino al descanso eterno. Aquí, los muertos no se pudrían ni se desvanecían en el olvido. Permanecían, protegidos por la tierra, honrados por los vivos que, en la oscuridad de la noche, venían a rendir tributo. Cada uno de estos cuerpos era un recuerdo tangible, una conexión entre el mundo de los vivos y el de los muertos.
Sentí que debía hacer lo mismo. Me arrodillé junto a uno de los cuerpos, un hombre de rostro sereno, cubierto de hojas secas y musgo. Tomé una vela negra de las que habían traído y la encendí con la llama de otra, colocando la pequeña llama a sus pies. Observé cómo la luz vacilante iluminaba su piel, sus rasgos suavizados por la oscuridad.
Un murmullo se levantó a mi alrededor, como si el viento llevara las voces de aquellos que dormían bajo la tierra. Me quedé quieta, observando cómo las sombras bailaban a la luz de las velas. Había una paz abrumadora en todo ello, una aceptación silenciosa del ciclo inevitable de la vida y la muerte.
Escuché un susurro a mis espaldas y me giré. Era mi tía, junto a otros ancianos del pueblo. Se movían entre los cuerpos con un respeto solemne, colocaban ofrendas a los pies de aquellos que, bajo la tierra, empezaban a despertar. Las velas, las flores marchitas, y pequeños objetos de valor sentimental eran dispuestos cuidadosamente junto a los muertos, que, lentamente, abrían los ojos, con una calma que parecía venir de otra era.
No había terror en sus miradas, solo una especie de paz antigua, un entendimiento que me resultaba inalcanzable. Extendían sus manos hacia los vivos, tocaban sus rostros, murmuraban palabras en un idioma que no conocía. Los ancianos los recibían con devoción, como si el hecho de estar allí, con sus seres queridos que ya no pertenecían a este mundo, fuera un privilegio que solo ellos comprendían.
Lentamente, los muertos se iban incorporando con lentitud, saliendo de entre la tierra para abrazar a sus seres queridos e intercambiar buenas nuevas con ternura, reconocimiento y amor. Eso es lo que más había en ese recinto, por extraño que fuese, amor.
Pero algo estaba mal. Podía sentirlo. El frío de la noche, el peso de la magia en el aire, la manera en que las llamas de las velas titubeaban... el hecho de que no todos los muertos estuvieran acompañados y despertando... todo indicaba que este equilibrio delicado estaba a punto de romperse.
—Vivos y pasajeros del más allá, acérquense —habló en voz alta una anciana muy viejita. Se encontraba sentada en la tierra removida con tres ancianos detrás suyo, a su derecha e izquierda que, por su desnudez y palidez uno deducía que se trataba de más muertos.
Los reanimados y vivos dejaron los pequeños recintos para acercarse lentamente a la anciana. Esta debía ser la gran bruja. La legendaria bruja mayor que decían podía transformarse en náhuatl, un gran lobo negro, desprendiéndose de la piel de sus brazos y piernas como trozos de tela. Que se alimentaba de bebés no bautizados y que chantajeaba a personas de otros pueblos para que entregaran animales para cruentos sacrificios. Ella a la que yo debía asesinar.
Los murmullos cesaron. La anciana, la gran bruja, mantenía su mirada fija en el centro de la cámara, como si esperara algo. No podía apartar mis ojos de ella. A pesar de su apariencia frágil, su sola presencia emanaba un poder antiguo, uno que parecía envolverlo todo, desde los cuerpos enterrados hasta los vivos que la rodeaban.
Una sensación de urgencia se apoderó de mí. La había encontrado por pura casualidad, mientras seguía con curiosidad figuras en la noche que caminaban en el cementerio del pueblo abandonado. El aire se volvía más frío, la presión en mi pecho crecía con cada latido, como si el peso de la tarea que me había sido encomendada se volviera insoportable. Matar a la bruja... No sabía cómo hacerlo, no aquí, no en este lugar donde todo parecía moverse bajo leyes que no comprendía.
A mi alrededor, los muertos y los vivos aguardaban en silencio. Sus rostros impasibles no mostraban miedo, solo una profunda espera. ¿Sabían ellos lo que estaba a punto de suceder? ¿Sabían que una traición estaba en camino? Las palabras de la anciana rompieron el silencio, bajas pero claras.
—Este es el momento de la verdad. El equilibrio entre los vivos y los muertos debe mantenerse, o todo perecerá. —Su voz era áspera, como el crujido de ramas secas bajo un pie pesado.
No podía fallar. No había margen para el error.
El suelo bajo mis pies vibró levemente. La magia en el aire, aquella que había mantenido el este campo santos por tanto tiempo, se estaba desmoronando. Sabía que si no actuaba pronto, sería demasiado tarde. Sin embargo, la presencia de la bruja era sofocante, un muro invisible que me mantenía en mi lugar, incapaz de moverme.
La gran bruja continuó con dificultad, cada palabra parecía pesarle, como si la fuerza que la había sostenido durante siglos finalmente la estuviera abandonando. Aun así, su porte era solemne, y cuando habló, su voz resonó con una devoción antigua, cargada de respeto y pesar.
—Esta noche es distinta a todas las demás —comenzó, dirigiéndose tanto a los vivos como a los reanimados—. Es la última en que los velos entre nuestros mundos podrán entrelazarse. Mis hermanas, las guardianas de este vínculo, han sido diezmadas por los cazadores de brujas. Sus poderes se han extinguido, y con ellas, nuestra magia.
Hizo una pausa, permitiendo que las palabras calaran en la audiencia. Los vivos inclinaron la cabeza en señal de respeto, y los muertos, de pie en silencio, mantenían la serenidad en sus miradas vacías.
—Solo quedo yo —continuó—. Pero mi poder también está menguando. Lo he sentido desde hace tiempo, el debilitamiento que corre por mis venas, el agotamiento de la tierra misma. Esta será la última vez que nos reunamos aquí, en este lugar sagrado. Después de esta noche, ya no habrá más encuentros entre los vivos y los reanimados. La magia que nos une se desvanecerá con el amanecer.
Sus palabras eran lentas, pesadas como el aire en ese lugar, llenas de la tristeza y la resignación de quien ha visto caer todo lo que alguna vez amó.
—No temo lo que vendrá, pero quiero que sepáis que la pérdida de nuestras conexiones afectará tanto a este mundo como al siguiente. Nuestra magia era un puente, una comunión entre la vida y la muerte, y cuando desaparezca, también lo hará la magia que revive.
El murmullo en la cámara se intensificó, una mezcla de susurros de los vivos y el crujido de las ramas que adornaban los cuerpos de los muertos. La bruja se detuvo de nuevo, cerrando los ojos por un momento, como si luchara por mantener su poder un poco más.
—Esta noche —dijo, abriendo los ojos una vez más— es para despedirnos. Que vuestros corazones estén en paz, porque el amanecer trae consigo el fin de nuestra era. Sellaremos la entrada al mausoleo de los reanimados y nuestro legado morirá con nosotros así como este pueblo de brujas y sus protegidos.
El aire vibraba con las emociones contenidas. Los muertos, siempre en silencio, parecían absorber cada palabra, mientras los vivos luchaban por aceptar lo inevitable. Las llamas de las velas vacilaron, casi apagándose, como si también sintieran el peso del momento. Sentí cómo mi propia misión, mi propio deber, se hacía cada vez más imposible. No solo debía acabar con la bruja; debía hacerlo esa misma noche, en el último resquicio de magia que quedaba en el mundo.
Las grandes brujas, aquellas que habían sostenido este lugar con su poder durante generaciones, grandes nahuales que protegían a la gente a la vez que se alimentaban de su energía, ya no existían. Y la que quedaba estaba perdiendo su fuerza. Y con ella, también desaparecía la magia que mantenía a los muertos en su letargo pacífico.
Miré en derredor, todo el extraño mundo subterráneo tan apaciblemente creado con el propósito de destruir el velo que dividía la vida de la muerte, se desmoronaría como un terrón seco entre los dedos. Sabía, sin necesidad de palabras, que pronto todo esto terminaría. El campo santo mágico se acabaría, los muertos volverían a ser lo que siempre fueron: cuerpos sin vida, descomponiéndose en la tierra.
Un joven se adelantó entre la multitud, su rostro pálido, marcado por el miedo. A su lado, una mujer reanimada, tan desnuda y cubierta de tierra como los demás cadáveres vivientes, lo sostenía del brazo con una ternura desconcertante. Había algo extraño en la forma en que lo miraba, como si su propia condición no fuera un obstáculo para el afecto.
—¿No hay... nada que podamos hacer? —preguntó, su voz temblorosa pero cargada de desesperación. Apenas un susurro, pero resonó en la vasta cámara con la intensidad de quien sabe que su mundo está al borde del abismo—. Aunque tú ya no estés, ¿hay alguna forma de salvar la magia?
El eco de sus palabras flotó en el aire, pesado, como si se mezclara con el polvo antiguo que cubría el suelo. Me sentí atrapada en el suspenso de esa espera. Todos los ojos, vivos y muertos, se dirigieron hacia la gran bruja. Ella, con su rostro marcado por el tiempo y el dolor, alzó la mirada lentamente, sus ojos oscuros reflejando una tristeza insondable. Por un momento, pareció dudar, como si el peso de lo que iba a decir fuera demasiado.
Los muertos que la rodeaban, aquellos antiguos brujos cuyos cuerpos habían resistido la descomposición, colocaron sus manos sobre los hombros encorvados de la vieja, infundiéndole una fuerza que ya no poseía por sí sola. Había un respeto solemne en sus gestos, como si compartieran una verdad que nadie más comprendía.
—Hay una forma... —dijo, con voz áspera, cargada de una gravedad ancestral—, pero requiere un sacrificio. Uno que va más allá de lo que cualquier alma debería soportar. Un sacrificio humano, especial, que mantendría el campo santo y preservaría lo poco que queda de nuestra magia.
Sentí que mi corazón se detenía por un instante, el aliento atrapado en mi garganta. Las palabras de la bruja cayeron sobre mí como una losa. “Un sacrificio humano...” Ese era el plan, la solución final. Algo dentro de mí se rebeló violentamente. No podía permitirlo. No podía ser esa la respuesta.
La rabia se alzó en mi pecho como un fuego indomable. Sabía que debía matarla. No solo para detener ese sacrificio, sino para detener el ciclo de crueldad y desesperación que ella y sus brujas representaban. Pero el momento no era el adecuado, aún no. La gran bruja seguía siendo peligrosa, y un movimiento precipitado podría condenarme.
La multitud murmuraba, susurros cargados de angustia y miedo. Los vivos intercambiaban miradas furtivas, mientras los reanimados permanecían en un estado de calma inquietante, como si la gravedad de la situación no los afectara. Parecían más allá de todo esto, atrapados entre la vida y la muerte, inmunes al sufrimiento que envolvía a los demás.
De repente, la gran bruja alzó la vista hacia el aire, como si algo, invisible para todos nosotros, la llamara desde lo alto. Sus ojos se nublaron, su expresión se endureció en una quietud perturbadora. El murmullo de la multitud cesó de golpe. Cada segundo que pasaba parecía extenderse, pesado, sofocante.
La bruja permaneció inmóvil, como una estatua de otro tiempo. No supe cuánto tiempo estuvo así, pero lo sentí como una eternidad. Luego, de la misma manera abrupta en que había comenzado, el trance se rompió. Parpadeó, como si regresara de un lugar distante, y sus ojos se enfocaron nuevamente en el presente. Nadie se atrevió a preguntar qué había visto.
El aire había cambiado, como si el propio lugar hubiera contenido el aliento durante esos breves segundos. Un escalofrío recorrió mi espalda. No podía esperar mucho más.
El tiempo se estaba acabando.
Una voz en mi interior me instaba a irme, a regresar a la seguridad de la casa de mi familia, a olvidar lo que había visto. A olvidarme de mi misión de asesinar a la gran bruja y simplemente mandar que la gente pusiera a resguardo sus infantes, buscar que la iglesia los bautizara al nacer o algo por el estilo. Pero otra parte de mí, la parte que siempre había sido curiosa, que nunca podía dejar un misterio sin resolver, me empujaba a seguir adelante. Sabía que este lugar no me había llamado por casualidad. Algo, o alguien, había estado esperando mi llegada.
—Tú lo has dicho —respondió la gran bruja, como si hubiese leído mis pensamientos.
El silencio volvió a caer sobre el lugar cuando las campanadas, distantes y fantasmagóricas, resonaron una vez más en la oscuridad. Su mirada se clavó en mí. No había sorpresa en su expresión, como si hubiera sabido desde el principio quién era yo y lo que debía hacer. Mi respiración se aceleró. Por un instante, el terror me congeló en el lugar.
—Hijos míos, una de entre nosotros ha venido con otra intención, una que romperá este pacto sagrado. —Todos los ojos estaban sobre mí ahora, los muertos y los vivos. Podía sentir sus miradas, expectantes, como si fueran a presenciar algo inevitable— No hay sacrificio que cuente más, que entregar a un enemigo de la oscuridad en venganza.
Mis dedos se tensaron alrededor de la daga oculta en mi ropa. Avancé hacia la bruja, con pasos lentos, esperando que nadie notara mis movimientos. Pero los reanimados empezaron a agitarse, su serenidad sustituida por una tensión palpable. Sus cuerpos rígidos crujían al moverse, y sus ojos vacíos, antiguos, me seguían con una atención renovada.
Sabía que el tiempo se agotaba. No podía demorarme más.
De pronto, un fuerte estruendo resonó en la cámara. Giré la cabeza, mi corazón desbocado. La puerta por la que había entrado se cerró con un golpe ensordecedor, bloqueando la única salida. El aire se volvió denso, sofocante. Estaba atrapada.
Un murmullo oscuro brotó de la multitud, pero los ojos de la bruja jamás se apartaron de mí. Su cuerpo empezó a temblar levemente, y un aura ominosa comenzó a envolverla. Su piel se desgarró como si su interior se expandiese hacia afuera. Su figura, encorvada y marchita, comenzó a distorsionarse. Los huesos de sus manos se alargaban, la piel arrugada y flácida cayó en trozos de pellejos grises al suelo y un pelo oscuro y áspero emergía de las heridas sanguinolentas. Sus ojos se tornaron amarillos, brillando en la penumbra como dos lunas malévolas.
Mis pies parecían pegados al suelo mientras la transformación continuaba. Ante mí, la gran bruja se convertía lentamente en un lobo descomunal, un nahual de proporciones monstruosas. Sus colmillos relucían, su aliento era como el hedor de la muerte misma.
Sentí el frío metálico de la daga en mi mano, pero sabía que ya no habría escapatoria.
El lobo soltó un gruñido gutural que reverberó en la cámara, apagando los murmullos de la multitud. Mi corazón latía con tanta fuerza que creí que me estallaría en el pecho. La criatura se abalanzó hacia mí, su sombra colosal cubriéndome por completo, y entonces...
La oscuridad se cerró sobre mí.
