C.M Uribia

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Summary

El 31 de octubre es fecha de celebración para muchos en la actualidad. Pero hace décadas, en un pequeño centro médico en el medio de la nada. El 31 de octubre trajo consigo acontecimientos tan siniestros y desastrosos que hoy en día su leyenda todavía se cuenta.

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C.M Uribia

Un 31 de octubre, a finales de la década de los 70. Mientras en las ciudades los niños corrían disfrazados por las calles en busca de caramelos, en un rincón olvidado del mundo, en la árida y desolada región de La Guajira, en la frontera entre Venezuela y Colombia, se desataba una pesadilla. Allí se encontraba el Centro Médico de Uribia, un pequeño refugio para los habitantes de la zona, con apenas unas pocas habitaciones y un personal reducido. La infraestructura era precaria, con paredes de adobe y techos de chapa que apenas mantenían fuera el calor abrasador del día y el frío penetrante de la noche. Los suministros médicos escaseaban, pero el personal hacía lo mejor que podía con lo poco que tenía.

Mirella Arteaga, una doctora de 32 años, dedicada y valiente, había llegado a Uribia con la esperanza de marcar una diferencia. Junto a ella trabajaban el Licenciado en Enfermería Samuel Aguilar y la auxiliar de enfermería Fátima Goncalves. A pesar de las dificultades, el equipo mantenía el centro médico en funcionamiento, atendiendo a los pacientes con una dedicación inquebrantable. Todos llevaban tapabocas, una medida desesperada para protegerse de las enfermedades que acechaban en cada rincón, aunque sabían que eran poco más que una ilusión de seguridad.

El centro médico estaba rodeado por un paisaje árido y desolado, con cactus y arbustos espinosos que se extendían hasta donde alcanzaba la vista. El viento levantaba nubes de polvo que se colaban por las grietas de las paredes, cubriendo todo con una fina capa de arena. Dentro, el ambiente era sofocante, y el aire estaba cargado con el olor acre de desinfectante y enfermedad. Las camas eran escasas y muchas veces los pacientes tenían que compartir espacio en el suelo, sobre mantas raídas.

Los pacientes que llegaban al centro médico eran una mezcla de lugareños y desplazados, muchos de ellos víctimas de la violencia y la pobreza que asolaban la región. Sus rostros estaban marcados por el sufrimiento y la desesperación, y sus cuerpos mostraban signos de desnutrición y enfermedades crónicas. Mirella y su equipo hacían lo posible por aliviar su dolor, pero las condiciones eran extremas y los recursos limitados. A menudo, los gritos de dolor y las súplicas de ayuda resonaban en los pasillos, creando una atmósfera de constante angustia.

Esa mañana, un hombre llegó al centro médico con síntomas extraños. Tenía fiebre alta, erupciones en la piel y delirios. Mirella lo examinó con preocupación, sus ojos escudriñando cada detalle de su condición. “Nunca había visto algo así,” murmuró, mientras Samuel le ayudaba a estabilizar al paciente.

— ¿Qué crees que podría ser? — preguntó Samuel, su voz llena de inquietud, su tapabocas empapado de sudor.

— No lo sé, — respondió Mirella, frunciendo el ceño detrás de su propio tapabocas. — Podría ser una infección, pero necesitamos más información. —

A medida que pasaban las horas, más personas comenzaron a llegar al centro médico con los mismos síntomas. La fiebre se propagaba rápidamente, y los pacientes empezaban a mostrar comportamientos extraños y violentos. Algunos murmuraban en lenguas desconocidas, mientras otros realizaban movimientos espasmódicos y aterradores. Los tapabocas del personal médico se volvían inútiles ante la virulencia de la enfermedad, que parecía propagarse a través del aire mismo, burlándose de sus intentos de protección.

La situación se complicaba aún más por la presencia de la guerrilla en la región. Los guerrilleros controlaban las rutas de acceso y mantenían a la población bajo una constante presión. A menudo, llegaban al centro médico exigiendo atención para sus heridos, sin importarles el estado de emergencia en el que se encontraba el lugar.

Esa tarde, un grupo de guerrilleros irrumpió en el centro médico, exigiendo atención para uno de sus hombres heridos. — ¡Necesitamos ayuda ahora! — gritó el líder, apuntando con su arma a Mirella. — No nos importa tu maldita enfermedad. —

Mirella, con el corazón latiendo con fuerza, trató de explicar la situación. — Estamos en medio de una crisis. Esta enfermedad es altamente contagiosa. No podemos garantizar la seguridad de nadie aquí. — Dijo en tono angustiado.

— ¡Me importa un culo! — rugió el guerrillero. — O tú lo curas o nosotros te matamos. —

Con manos temblorosas, Mirella atendió al herido, mientras Samuel y Fátima trataban de mantener el control sobre los pacientes cada vez más violentos. La tensión en el aire era palpable, y el miedo se mezclaba con la desesperación.

El guerrillero herido, un joven llamado Pedro (por seguridad, los guerrilleros que llegaban al centro de salud siempre se llamaban Pedro), tenía una herida de bala en el abdomen. Mirella trabajó rápidamente, limpiando y suturando la herida bajo la mirada vigilante de los otros guerrilleros. — Esto debería detener la hemorragia, — dijo, su voz temblorosa. — Pero necesita reposo y antibióticos. —

— Gracias, doctora, — dijo Pedro, su voz débil pero agradecida. — No todos en la guerrilla somos monstruos. —

— Estamos sobreviviendo, igual que ustedes — añadió otro guerrillero, bajando su arma. — Pero esta vaina… nunca se habia visto por aqui. —

— Lo sé, — respondió Mirella, mirando a su alrededor. — Estamos haciendo todo lo posible, pero necesitamos ayuda. Si pudieran permitirnos contactar con las autoridades…—

— No corremos riesgos, — interrumpió el líder. — Pero haremos lo posible por mantener la paz aquí. Solo asegúrese de que Pedro sobreviva. —

Con esa promesa, los lideres guerrilleros se retiraron, dejando al personal médico con dos escoltas de la guerrilla y todo el centro en un estado de tensión y agotamiento. La noche cayó, y con ella, una oscuridad aún más profunda se apoderó del centro médico.

Esa noche, el centro médico se convirtió en un infierno sobre la tierra. Los pacientes, ahora completamente entregados a sus delirios, comenzaron a atacar al personal y a los guerrilleros. Los cantos y rituales oscuros llenaban el aire, y las sombras parecían cobrar vida, moviéndose con una voluntad propia. Los gritos de los enfermos resonaban en los pasillos, mezclándose con el sonido de objetos cayendo y vidrios rompiéndose. La desesperación se apoderó de todos, y el caos reinaba en cada rincón del centro médico.

Los enfermos con sus ojos en blanco y sus cuerpos retorcidos, parecían poseídos por una fuerza oscura y antigua. Uno de los guerrilleros empezó a disparar en un intento desesperado por defenderse, pero las balas parecían no tener efecto sobre los enfermos, que avanzaban implacables hacia ellos. El sonido de los disparos se mezclaba con los gritos y los cánticos, creando una cacofonía aterradora que resonaba en las paredes del centro médico.

Mirella, Samuel y Fátima se refugiaron en una pequeña sala de suministros, tratando de encontrar una solución.

— No podemos seguir así, — dijo Samuel, su voz temblando. — Tenemos que hacer algo. —

Mirella, con el rostro pálido y la respiración entrecortada, asintió. — Tenemos que intentar contenerlos, — respondió, buscando desesperadamente entre los estantes algún medicamento o herramienta que pudiera ayudar. Fátima, con lágrimas en los ojos, murmuró una oración, aferrándose a la esperanza de que de alguna manera lograrían sobrevivir a la noche. Pero en el fondo, todos sabían que estaban enfrentando algo mucho más allá de su comprensión y control.

En medio del caos, un incendio comenzó a propagarse por el edificio. Todo comenzó cuando uno de los pacientes, en un ataque de furia y delirio, derribó una lámpara de queroseno que estaba en una de las habitaciones. El líquido inflamable se derramó rápidamente, y en cuestión de segundos, una chispa encendió las llamas. El fuego se extendió con una velocidad aterradora, alimentado por los materiales inflamables y la falta de medidas de seguridad. Las llamas devoraban las paredes de adobe y los techos de chapa, llenando el aire con un humo espeso y asfixiante. El calor se volvió insoportable, y el crepitar del fuego se mezclaba con los gritos de los pacientes y el sonido de objetos cayendo y vidrios rompiéndose.

El fuego avanzaba sin piedad, consumiendo todo a su paso. Las cortinas y las sábanas se incendiaron en un instante, y las llamas se propagaron por los pasillos, creando una barrera de fuego que atrapaba a todos dentro. Los pacientes, en su estado de confusión y terror, corrían de un lado a otro, algunos tratando de escapar, otros simplemente sucumbiendo al pánico. El humo denso hacía difícil respirar y ver, y el aire se llenó de un olor acre a quemado. Mirella, Samuel y Fatima luchaban por encontrar una salida, pero el fuego y los pacientes enloquecidos bloqueaban su camino. El techo comenzó a crujir y a desmoronarse, y las vigas de madera se incendiaron, cayendo al suelo en una lluvia de chispas y brasas. El centro médico, que una vez había sido un refugio, se había convertido en una trampa mortal.

— ¡Tenemos que salir de aquí! — gritó Samuel, su voz apenas audible sobre el rugido del fuego.

Mirella, con lágrimas en los ojos, asintió. — ¡Por aquí! — señaló una ventana rota, su única esperanza de escape.

Con esfuerzo, lograron abrirse paso entre las llamas y los cuerpos caídos. Mirella y Samuel lograron salir por la ventana, cayendo al suelo polvoriento del exterior. Fátima, sin embargo, no tuvo tanta suerte. Un paciente la atrapó antes de que pudiera escapar, arrastrándola de vuelta al infierno en llamas.

Afuera, Mirella y Samuel se miraron, sus rostros marcados por el horror y la desesperación. El centro médico de Uribia, que una vez había sido un refugio, ahora ardía en una pira funeraria. Las llamas iluminaban la noche, y los gritos de los condenados resonaban en la oscuridad. El fuego se elevaba hacia el cielo, proyectando sombras danzantes en las paredes de adobe que aún quedaban en pie. El calor era insoportable, y el olor a carne quemada llenaba el aire.

— Lo hemos perdido todo, — murmuró Mirella, su voz quebrada.

— Pero estamos vivos, — respondió Samuel, su voz llena de una determinación sombría. — Y mientras estemos vivos, algo hacemos. —

El centro médico de Uribia había caído, pero Mirella y Samuel sabían que su lucha no había terminado. La enfermedad seguía ahí, acechando en las sombras, y la guerrilla continuaba ejerciendo su presión implacable. Pero mientras tuvieran aliento, seguirían buscando una manera de sobrevivir en un mundo que parecía decidido a destruirlos.

Mientras se alejaban del centro médico en llamas, una figura emergió de las sombras. Era uno de los pacientes, su cuerpo cubierto de llagas y sus ojos brillando con una luz antinatural. Con un grito inhumano, el paciente poseído se lanzó a correr hacia la oscuridad, desapareciendo en la noche.

La guerrilla todavía cuenta la leyenda que, en una noche de Halloween, mientras los niños de los oligarcas en las ciudades corrían disfrazados por las calles en busca de caramelos, en La Guajira se desató una pesadilla que aún persigue a los sobrevivientes. Dicen que las almas de los condenados aún vagan por ahí, y que, en las noches más oscuras, los ecos de los cantos oscuros y los gritos de los enfermos pueden escucharse en el viento. Los lugareños y guerrilleros creen que el paciente poseído sigue corriendo, llevando consigo la maldición de la enfermedad, buscando nuevas víctimas en su camino. Y aunque el centro médico de Uribia ya no existe, su historia se ha convertido en una advertencia para todos aquellos que se aventuran en la región, recordando que el verdadero terror no necesita disfraces.

FIN