Prólogo
Holaa. Esta historia tendrá contenido maduro, explícito sexual aunque no en el inicio ya que la historia comienza en la escuela media. Se retratará una relación tóxica entre Izuku y Katsuki, quienes serán unidos por el odio en común que se tienen.
La temática es omegaverse y las parejas destinadas.
No romantizo las relaciones tóxicas. Si son tóxicas, eso son.
Les quiero,
Hada.
***
Izuku lo tenía claro.
No sobreviviría ese semestre con tantos bravucones.
Sabía que era una presa fácil. Omega, pequeño y debilucho. Por si fuera poco, ni siquiera tenía don. Desde que era niño lo habían molestado, lo habían golpeado y habían hecho de su vida un infierno.
Sobre todo, Katsuki había hecho de su vida un infierno en la primaria cuando supo que no tenía don y luego se relevaron sus géneros secundarios. A pesar de que al llegar a la secundaria lo había dejado en paz, muchos de los antiguos amigos de Katsuki seguían molestando y golpeando al omega.
Izuku necesitaba urgentemente que alguien lo protegiera, por lo que utilizó todo a su favor cuando Katsuki entró en celo en la escuela y se encerró en el baño. Un alfa en celo no podía pensar en nada más que calmar su calor.
No eran conscientes.
Les costaba pensar.
Entró al baño, aún sabiendo al peligro que se exponía, pero pensando en todos los beneficios que tendría al obligar a Katsuki a hacer una promesa.
Las feromonas del alfa estaban expuestas, e Izuku estaba como loco tratando de evitar no entrar en celo él mismo.
No había ido hasta ahí para hacer una unión o algo por el estilo; solo sabía sobre aquel tema que era casi un tabú para los alfas: en aquel estado donde su bestia interior los dominaba, hacer una promesa o unirse a alguien era algo irrevocable.
La palabra de un alfa debía cumplirse a toda costa. Eso era lo que buscaba Izuku. Una promesa de protección.
Sí, odiaba a Katsuki Bakugo con todo su ser, porque él había comenzado con ese ciclo de abuso y, desde ese momento, todos habían decidido que Izuku Midoriya no valía la pena como persona y que era una total basura.
Pero, aun odiándolo, sabía perfectamente que ese alfa era el mejor. Fuerte, decidido, valiente y un bastardo arrogante, que sin duda podía proteger a un omega tan debilucho como él.
Izuku temblaba. Sus piernas apenas le respondían; no sabía si era por el miedo o por las feromonas abrumadoras que impregnaban el ambiente, haciendo que su propio cuerpo comenzara a reaccionar de manera traicionera. El aire era denso, cargado del calor y la furia de un alfa en celo. Un alfa como Katsuki.
El ruido de su respiración entrecortada reverberaba en las paredes del pequeño baño. Katsuki estaba tras la última puerta, encerrado en su propio infierno interno. Desde afuera, Izuku podía escuchar los gruñidos bajos, el sonido de las uñas arañando las baldosas del suelo. Cada sonido le recordaba lo que estaba a punto de hacer. Lo que tenía que hacer.
—Kacchan...—su voz salió más débil de lo que esperaba, apenas un susurro ahogado en el aire espeso.
Silencio.
Izuku cerró los ojos y respiró hondo. No era momento de dudar. Recordó cada empujón, cada insulto. La manera en que Katsuki había moldeado su vida en la primaria, el infierno al que lo había arrastrado y del que parecía no poder escapar.
Así lo pagaría. Katsuki pagaría por el daño que comenzó.
Con un leve empujón, la puerta cedió, y ahí estaba él.
Katsuki Bakugo. Descontrolado, con la espalda contra la pared, las pupilas dilatadas y el cuerpo tenso, como un animal enjaulado. La mirada que le lanzó era feroz, pero vacilante. Estaba a merced de sus propios instintos.
—Necesito que hagas algo por mí —Las palabras parecían un eco en su mente, repitiéndose una y otra vez hasta que salieron finalmente de su boca, con una firmeza que no sentía.
Katsuki gruñó, inclinando la cabeza hacia un lado como si intentara entender, pero sus pensamientos estaban nublados por el frenesí de las feromonas. Un alfa en celo no podía pensar en otra cosa que calmar la tormenta en su interior.
—Prométeme que me protegerás.—continuó Izuku, sintiendo el temblor en sus propias palabras, aunque trataba de mantenerse firme.—Si haces esa promesa ahora, no podrás romperla. No puedes ir en contra de la palabra de un alfa. Proté...geme.
El silencio entre ambos era denso, solo interrumpido por la respiración entrecortada de Katsuki. El baño era un espacio cerrado, y las paredes parecían acercarse más con cada segundo que pasaba. El calor abrumador que irradiaba el alfa hacía que Izuku sintiera que su propio cuerpo lo traicionaba, las feromonas le nublaban los pensamientos. Su piel ardía, no solo por la tensión del momento, sino porque su propio instinto omega comenzaba a hacerse presente. Pero no podía dejar que eso lo dominara.
Dio un paso adelante, más cerca de la tormenta en la que se había sumergido. Su respiración se volvió más pesada; las feromonas alfas eran una carga que hacía que sus piernas temblaran, sus manos sudaran y su corazón latiera con fuerza.
El miedo y la adrenalina luchaban dentro de él, y aunque todo su cuerpo le decía que diera media vuelta y saliera corriendo, algo más profundo, algo desesperado lo empujaba a continuar.
Izuku apretó los puños. Sabía que eso no estaba bien, pero una pequeña llama de crueldad habia nacido y ya no era el momento de echarse para atras.
El chico que tenía frente a él había sido el causante de sus peores días. Y ahora, irónicamente, era su única salvación. Una promesa de protección, aunque forzada, era lo único que le quedaba para escapar de la pesadilla en la que había vivido tanto tiempo.
Se arrodilló frente a Katsuki, consciente de lo que eso significaba.
El rubio estaba totalmente fuera de sí. Ya no era el mismo, su alfa lo estaba dominando, y por más que él no quisiera, Izuku, con su omega, había tomado control de su alfa.
—Kacchan, protégeme —dijo Izuku, con una sonrisa que era todo menos él.
—Te... protegeré,—gruñó, su voz ronca y profunda luchando por salir.
El alivio que Izuku debería haber sentido en ese momento no llegó. En su lugar, solo sintió un vacío profundo, una caída libre. Lo había logrado. Katsuki había hecho la promesa. Pero a qué costo. Izuku sabía que había cruzado una línea, una línea que cambiaría para siempre la relación entre ellos.
Katsuki parecía estar atrapado entre la furia de su instinto y una chispa de lucidez al escuchar aquellas palabras. Izuku se quedó arrodillado, temblando, sintiendo el peso de lo que acababa de suceder. La promesa era un lazo irrompible, pero no podía permitirse pensar en las consecuencias.
—¿Qué has hecho, Deku?—La voz de Katsuki resonó, grave y amenazante.
Izuku levantó la vista, encontrando esos ojos rojos que lo habían atormentado durante años.
—No podía quedarme de brazos—dijo Izuku, mirándolo con recelo. Es tu culpa—Necesito que me protejas, aunque sea así.
Katsuki frunció el ceño, la rabia y el desprecio marcando su rostro.—¿Te crees que esto es un juego? No tienes idea de lo que estás pidiendo. —Su voz era un rugido, impregnada de resentimiento. —¡Tu debilidad me enferma!
—¡Fuiste tú quien me hizo malditamente débil! —gritó de vuelta Izuku, con lágrimas de enojo cayendo por sus mejillas—. ¡Haz hecho de mi vida un infierno!
Y Katsuki ya no pudo soportar más.
Con toda su fuerza, levantó a Izuku del suelo y lo sentó sobre él. Escondió su rostro en el cuello del chico y respiró el aroma que emanaba de él.
—Cállate, cállate, cállate —susurró, comenzando a besar ese maldito cuello que tanto deseaba morder—. Eres un maldito llorón.
—¡¿Qué demonios estás...?!
Y poco pudo decir Izuku, cuando sintió una mordida en su cuello tan fuerte y tan dolorosa que soltó un grito desesperado. Sentía la sangre brotar de la herida. Todo su cuerpo se calentó y se excitó de tal manera que estaba seguro de lo que había pasado.
El maldito de Katsuki lo había unido a él.
Para siempre.
—Eres un maldito bastardo loco —sollozó Izuku, gimiendo desesperado porque también había entrado en celo—. ¡Yo solamente pedía una promesa! ¡Solo quería que me protegieras de los mismos imbéciles que por tu culpa me lastiman!
—Yo no protejo nada que no sea mío, Deku —habló Katsuki, lamiendo la sangre que brotaba de aquel cuello pecoso—. Toda esta mierda es tu maldita culpa.
—Yo no quería estar unido a ti —volvió a decir, llorando de tal manera que a Katsuki se le apretó el corazón—. Yo te odio. Te odio con toda mi alma.
Katsuki se separó de él y lo miró. Su rostro era tan excitante que mataría a cualquiera que lo viera en ese estado. Las lágrimas cayendo, el rojo de sus mejillas, su boca entre abierta por todo el calor que estaba sintiendo.
Y la marca en el cuello que simbolizaba unión eterna.
—Entonces nos odiaremos por toda la eternidad, Deku.