Capítulo Uno

Estaba Isaac en la oficina de la directora de la escuela, porque había mordido a un compañero. En su defensa, el pequeño argumentó que el chico lo molestó incansablemente, debido a su mala presentación en una exposición grupal.
—Isaac, —decía la directora de nombre Florence, —¿entiendes que está mal lo que hiciste?
—¿Y lo que él hizo?
—También, por eso cité a sus padres y a los tuyos también.
—¿Llamó a mi mamá? —Preguntó, poniéndose pálido y muy angustiado.
—¿Pasa algo con tu mamá? Puedes confiar en mí, prometo quedarme callada.
—No, no, no, no...
—Está bien, pero si en algún momento sientes que necesitas hablar con alguien, puedes buscarme.
El niño no contestó, solo bajó la mirada.
Esa tarde, cuando Ruth fue a buscar a Isaac, no pudo sentir el miedo que se notaba en los ojos de su hijo. Cuando le entregaron la citación, la número diez en los dos meses que llevaban de clases, una vez más la desilusión pintó su rostro.
—¿Otra vez? —Fue lo único que le preguntó. No hubo un por qué, o un qué pasó. Menos un interés en saber cómo se sentía Isaac.
—Marcos empezó...
—Siempre es lo mismo contigo. Eres un niño malo, muy malo. ¿No te das cuenta del esfuerzo que hacemos por ti? Rezo todas las noches para que tu alma se vuelva bondadosa, pero al parecer no es suficiente. Te quedarás sin cenar.
Isaac no contestó ni reclamó. De a poco se había acostumbrado a ese tipo de castigos, aunque aún no podía hacerlo con los golpes. Esos no solo dolían físicamente, su corazón se encogía cada vez más y lo más triste, es que se sentía merecedor de lo que le pasaba. Amaba a su familia, y aunque intentaba ser un buen chico, le costaba mucho mantenerse quieto y no responder a las provocaciones de los demás. Cada noche se dormía llorando, él no quería ser un problema, sólo quería que sus padres no discutieran más por su culpa.
Su mamá solo le daba quejas a su padre. Pero Isaac no entendía porque su papá jamás le había pegado, ni gritado ni castigado. Al contrario, siempre que podían conversaban mucho, y si tenía suerte, iban a jugar y a caminar por el parque. Eran sus momentos más felices, hasta que llegaban de nuevo a su casa, y empezaba otra vez su pequeño infierno. Todo empeoraba cuando llegaban sus abuelos de visita, porque ellos eran peores que su mamá. Su abuela le había pegado con una regla en sus manos cuando no quiso terminar de comer un horrible guiso que había preparado y que tenía sabor a calcetín remojado. Le hizo doler su pancita y esa noche tuvo pesadillas. Su abuelo varias veces le tiraba las orejas, solo por gusto. Isaac no sabía por qué su mamá lo permitía, por qué nunca lo defendió, y eso le daba tanta pena...
Sus días buenos eran cuando su papá Louis estaba en casa, pero era muy poco seguido porque trabajaba en una mina, a tres horas de distancia. Soñaba con el día en que pudiera estar más en casa y luego recordaba que sus padres discutían mucho. No eran cariñosos, y eso también le dolía porque lo hacía sentir más culpable aún. Su madre nunca le dijo a su papá algo bueno de él, ¿cómo era posible?
Cuando llegaron a la casa ese día, Isaac fue directo a acostarse, a pesar de ser muy temprano. Quizás durmiendo se le calmaría el hambre y la pena, pero su mamá no lo dejó.
—Vas a rezar conmigo, no pienses que va a ser tan fácil.
Y entonces Isaac debía ir a arrodillarse sobre un suelo de cemento, horriblemente duro y frío. Luego de eso, pasarían días en que el dolor no se iría, y le costaría correr y hacer los saltos en sus clases de movimiento libre, provocando que uno o dos de sus compañeros lo molestaran.
Una semana después, mientras estaban todos los chicos de la escuela en su hora de juegos, Isaac se cayó y se pegó muy fuerte en el brazo. Logró sentarse, y se quedó en ese lugar intentando recomponerse, cuando de pronto, una hermosa niña se acercó.
—Hola, ¿estás bien? ¿te duele?
—Hola, —contestó Isaac, arrugando la frente. No le gustaban las niñas. —Estoy bien.
—Soy Isabella, ¿cómo te llamas?
—Isaac.
—Si estás bien, ¿por qué no te levantas?
—Por nada especial, solo estoy cómodo.
—Puedo ayudarte si lo necesitas.
—¿No te callas nunca?
—No seas grosero. Soy buena para hablar, es verdad, pero es que es muy divertido conversar, ¿no crees?
—No.
—Ya me había dado cuenta, pero ahora que seremos mejores amigos vas a cambiar de opinión.
Luego de tan firme y clara afirmación, Isabella se fue. Pero solo para volver casi de inmediato, con una botella de agua y muchas naranjas.
—Toma, beber agua es muy bueno, y me encantan las frutas, igual que a mi papi. Te las puedo pelar si quieres, estas están muy buenas, jugosas y dulces.
Isaac la miraba con profunda extrañeza, nunca conoció a alguien así. Tendría que admitir que si bien, esa chica era rara, también era muy simpática.
—Gracias... ¿Podrías darme una? Pero no puedo pelarla, me duelen mis manos.
De inmediato se sonrojó y las escondió en su espalda.
—Ya las vi, están rojas y un poco hinchadas. ¿Te pegaste?
—Sí... —mintió con vergüenza.
—No te preocupes, toma.
Isaac se la metió entera a la boca, causando una carcajada en Isabella.
—Pareces un conejo, o un hámster o una ardilla... Tal vez una marmota, te ves chistoso.
—Nunca te vi, ¿eres nueva?
—Las últimas dos semanas estuve en casa porque me enfermé, pero ya estoy mejor.
—¿En qué curso estás?
—En tercero, y tú en segundo. Lo sé porque estás en el mismo curso que Marcos. Él es muy desagradable, pero prefiero evitarlo que volver a enfrentarlo. Mis papás dijeron que me mantuviera alejada de la gente grosera.
—Tus padres... ¿ellos pelean?
—A veces discuten, pero la verdad es que ellos no están casados y son como amigos que se quieren mucho. Eso me dicen, y para mí está bien, aunque no entiendo, porque estoy chiquita.
—Los míos discuten por mi culpa...
—Mi papá me dijo una vez, que jamás los padres pelean por nuestra culpa, que son ellos los responsables. Tampoco entendí muy bien, pero si papá lo dice, es verdad.
Justo en ese momento los llamaron para comenzar con las últimas clases del día, por lo que Isabella recogió todas las cáscaras rápidamente y se fue corriendo, sin olvidar gritar:
—¡Te veo después niño Isaac!
Isaac sonrió. Ahora tenía una amiga y al parecer, eso era algo bueno.
Se les hizo costumbre pasar los tiempos de juego juntos. Isabella era muy protectora y jamás se cansaba de conversar, de preguntar y de hablar de su papá. Isaac lentamente entraba en confianza, ya llevaban un mes siendo amigos y cada vez se ponía mejor, aunque a veces empezaban a tocar temas un poco más difíciles.
—Tu mamá siempre parece enojada, —dijo una mañana, Isabella. —¿Es una buena mamá?
—Es la mejor mamá, pero sí me hace rezar mucho y a veces me duelen las rodillas.
Isabella abrió los ojos con sorpresa. —¿Te obliga? Mi papá solo me obliga a comer brócoli a veces o a dejar de comer golosinas si llevo más de cinco...
—¿Comes golosinas? Creo que solo probé algunas en navidad, para mi cumpleaños.
—¿Estás de cumpleaños en navidad?
—Sí, bueno no. En noche buena en realidad, el 24... Pero no me gusta celebrarlo. La última vez mis abuelos se enojaron porque no me quise poner lo que me regalaron.
—¿Y qué te habían regalado?
—Era una especie de polera larga, muy larga, con un cuello muy apretado, de un color café muy feo... Era realmente horrible.
—Oh... Yo solo tengo dos abuelos, los otros dos están moridos.
—Muertos, —corrigió Isaac riendo.
—Eso, ya pareces mi papá, —dijo sonriendo. —Nunca he visto a tu papá, ¿vives con él?
—Sí, mis padres están casados en santo y sagrado matrimonio. Eso dice mi mamá siempre, pero mi papá trabaja mucho y lejos, lo veo muy poco.
—¿Y te gustaría verlo más seguido?
—Sería el más feliz, lo amo con todo mi corazón.
—Hablas como yo, chócale, —dijo poniendo su mano abierta para que Isaac la golpeara.
—Me gustaría conocer a tu papá, solo he visto a tu mamá.
—Mi papá me viene a dejar un poco más temprano, por eso no lo alcanzas a ver. Creo que nuestros papás deberían conocerse y hacerse amigos así como nosotros.
Así eran sus días y sus conversaciones, así pasaban el tiempo en las horas libres y cada vez que estaban juntos en algún paseo o actividad de la escuela.
Isabella había hablado de Isaac con sus padres, y les contó lo que pensó que pasaba en esa casa que estaba segura, era horrible.
—Yo creo que su mamá no es muy buena, —les dijo un sábado a la hora del desayuno.
—¿Por qué lo dices princesa? —Preguntó su papá, Harry.
—Casi siempre tiene sus manos golpeadas o cualquier parte de su cuerpo con marcas...
—¿Le has preguntado? Quizás es un niño que se pega sin querer, así como tu papá que es un poco torpe, —dijo Alessandra, riendo suavemente.
—¡Mamá! Papi no es torpe, solo es intenso.
—Esa es mi princesa hermosa... Pero es muy grave la situación si es que realmente le pegan, sería muy triste. ¿Sabes si vive con su papá?
—Su papá trabaja lejos y no lo ve mucho, yo quiero que ustedes sean amigos.
—Me gustaría mucho conocerlo princesa. Quizás algún día.
La mirada de Alessandra se apagó ligeramente. Solo Harry se dio cuenta porque la conocía muy bien, y sabía que, a pesar de ellos no estar juntos como pareja, siempre sería una inseguridad para ella el que él fuera bisexual. Fue un punto de conflicto, aunque Harry siempre, siempre fue sincero, desde los primeros minutos en que se conocieron.
Mientras veía a Isabella correr en el pequeño jardín, y a Alessandra lavar los platos, recordó cómo se conocieron, hace ya diez largos años, cuando eran apenas unos adolescentes de 15 años y se enamoraron de manera fulminante. Fue todo tan rápido, que a esa edad debieron enfrentar el embarazo de Alessandra. Tuvieron el apoyo de sus padres y los dos pudieron estudiar y criar al mismo tiempo. Su forma de crianza era relajada, pero con límites, y les había resultado bien hasta ahora. Isabella era una niña responsable, dulce, muy amorosa y tierna, pero a la vez muy sincera y directa, siendo la delicia de sus padres, abuelos y tíos.
Harry cuando la vio, pensó que era la chica más hermosa del mundo, y sin dudarlo se había acercado a ella en esa actividad de comienzo de año escolar. Conversaron mucho esa tarde, y quedaron de verse al día siguiente después de clases, y fueron a casa de Alessandra, donde se acostaron por primera vez, resultando en embarazo. Al saber de la responsabilidad que se les venía, Harry le había pedido ser novios, con toda la ilusión de casarse algún día.
Los padres de Harry siempre fueron muy abiertos de mente y extremadamente amorosos y preocupados de él y de sus dos hermanas. No se sorprendieron cuando a los 13 años, Harry les planteó sus dudas en lo referente a su gusto tanto por hombres como por mujeres. Cuando conoció a Alessandra, conoció a su primer gran amor. Lo supo de inmediato y se entregó por completo a ella y luego a Isabella. Y pese a que estuvieron seis años como pareja, nunca pudo calmar los celos de su compañera, que pensó siempre que Harry la dejaría por un hombre en cualquier momento. Cualquier comentario, por más inocente que fuera, como el de conocer al padre de Isaac, despertaba en ella todas sus inseguridades. Se habían transformado en mejores amigos, pero incluso desde ese lugar, a Alessandra le dolía imaginar a Harry con un hombre. Siempre le dijo que frente a una mujer podría competir, pero con un hombre sería una batalla perdida.
Y eso para Harry fue sepultando su amor. Porque la amó con cada fibra de su cuerpo, siempre la respetó, jamás le faltó, ni siquiera con el pensamiento, no lo necesitaba. Alessandra era todo en su vida, y no pudo contra sus fantasmas. Cada día fue un poco menos doloroso darse cuenta de que sencillamente, era algo más fuerte que ellos, hasta que la cuerda se rompió y tuvieron que sentarse a hablar y decidir cómo seguir, sobre todo porque había una pequeña princesa que dependía de ellos, no solo económicamente, también y sobre todo, emocionalmente y en eso siempre estuvieron de acuerdo. Por eso decidieron seguir viviendo juntos, cada uno en una habitación y empezar a formar un nuevo lazo, uno desde la distancia amorosa, pero más cerca de la crianza.
Esa noche, en la soledad de su habitación, Harry pensaba en Isaac. ¿Sería posible que estuviera siendo maltratado en su casa? De solo imaginarlo se le apretaba su corazón y esperaba que no fuera verdad.
A la mañana siguiente, Harry fue despedido de su trabajo, al igual que sus 12 compañeros, debido a que la empresa se declaró en quiebra. Si bien fue algo muy sorpresivo, simplemente decidió seguir y empezar a buscar algo nuevo. Esperaba que no fuera difícil, su campo era amplio siendo informático, y pese a ser muy joven, tenía mucha experiencia y excelentes referencias, por lo que estaba tranquilo. Y si todo salía mal, pues trabajaría incluso limpiando mesas, no tenía problemas.
Alessandra, en cambio, se angustió mucho, por lo que de inmediato pidió aumentar sus horas de trabajo en la universidad, donde era profesora de artes visuales. Por mientras Harry estaba en casa, él podría ocuparse más de Isabella y eso era lo más importante.
Esa tarde, por primera vez en mucho tiempo, Harry fue a buscar a su hija a la escuela, dándole una hermosa sorpresa.
—¡Papá! —Gritó la pequeña apenas lo vio, dejando caer su mochila y su lonchera, y saltando sobre su papá que estuvo a punto de caer al piso.
—Hola princesa, —contestó abrazándola y besando su mejilla. —¿Te gustó la sorpresa?
—Es la mejor sorpresa del mundo papá... ¿Y mamá?
—Está trabajando, pero cuando lleguemos a la casa te cuento. ¿Quieres pasar al parque?
—Sí papá, quiero columpiarme mucho rato. Pero antes, ven, quiero que conozcas a mi mejor amigo del mundo, —dijo arrastrándolo.
Harry vio a un precioso chico, un poco más bajo que su hija, con hermosos ojos azules y un pelo lacio suave y brillante. Pero su mirada no estaba feliz, por el contrario, parecía un poco triste y eso le llamó mucho la atención a Harry. Ojalá, pensó, que fuera cosa de un día difícil y no de una constante en su vida.
—¡Isaac! ¡Mira quién vino!
El niño se sonrojó, muy tímido, mientras miraba a ese hombre alto, de cabello largo un poco desordenado debido a los rizos, y sonrisa grande con lindos dientes.
—Hola Isaac, soy Harry, el papá de Isabella.
—Hola...
Harry se agachó, para hablar, —mi princesa me cuenta que son mejores amigos, y quería que supieras que me encanta que seas tú su amigo.
—Gracias señor...
—Puedes llamarme Harry, no hay problema.
—¡Isaac! ¿Qué te he dicho de hablar con gente extraña?
Ruth estaba a tres pasos de distancia, furiosa.
—Buenas tardes señora, soy Harry, padre de Isabella, amiga de Isaac.
—No me importa quién seas, no te quiero cerca de mi hijo, depravado.
Tomó del brazo demasiado fuerte a Isaac y se lo llevó, en medio de las lágrimas del pequeño.
—Vas a ver en la casa y cuando se entere tu abuela. ¿Alguna vez vas a entender que la gente es mala y no puedes hablar con ellos? ¿Por qué eres tan porfiado? ¡Y deja de llorar! Los hombres no lloran y tú ya pareces una niña tonta. ¿Y qué es eso de amiga? ¿Desde cuándo tienes una? No me contaste por algo, y es porque sabes que es está mal. Tienes a tu familia, no necesitas nada más.
Isaac solo podía sentirse cada vez más triste.
En el parque, Harry pensaba en lo que había sucedido. Se le apretó el pecho ante la escena y los gritos, ningún niño debería pasar por algo así, y si en la calle esa señora se comportó de esa manera, es porque en la soledad de su casa, era mucho peor. ¿Podría ayudar de alguna manera? ¿cómo?
Isabella había quedado muda. Solo se columpiaba en silencio y para Harry fue muy difícil darse cuenta de cómo le había afectado a su princesa lo sucedido.
Llegaron a casa en un extraño silencio, y mientras repasaban algunas tareas sentados en el sofá, Isabella recordó que tenían una conversación pendiente.
—Papá, ¿dónde está mamá?
—Trabajando princesa. Me despidieron de mi trabajo, y Alessandra decidió que iba a tomar más horas de clases. Mientras encuentro un nuevo trabajo, yo te iré a buscar y a dejar a la escuela, y haré las cosas de nuestra casa.
—¡Sí! Me encanta papá, ojalá no encuentres trabajo y podamos estar mucho tiempo juntos.
Harry rió. —No puedo estar sin trabajar, pero por mientras vamos a pasar ese tiempo muy juntos princesa. Lo más juntos que podamos.
—Papá... —Habló la pequeña cambiando el tono. —¿Crees que a Isaac le pegan? Su mamá siempre está enojada, no habla con los demás, nunca tiene tiempo de llevarlo al parque... Me da mucho miedo...
—No lo sé, espero que no. ¿Él no te ha contado cómo son en su casa?
—Muy poco, solo que no le gustan sus abuelos y van muy seguido a su casa porque su mamá está sola. Había estado feliz porque en unos días llega su papá y ahora... —Y comenzó a llorar.
Y para Harry se transformó en una horrible pesadilla. Su princesa brillaba felicidad y alegría, y ahora no podía soportar el sufrimiento de su amiguito.
—Sé que estás preocupada princesa, pero no es mucho lo que podemos hacer. O sí. Hagamos algo, tú intenta preguntarle y yo voy a hablar con la directora y espero poder conocer a su papá y hablar con él de esto, ¿te parece? —dijo secando las lágrimas que corrían abundantes por las mejillas de Isabella.
—No quiero que sufra...
Era tanta la pena, que la pequeña se durmió llorando en los brazos de Harry, que estaba cada vez más angustiado pensando en lo que podría estar pasando en casa de Isaac.
El pobre niño iba caminando apurado al lado de su madre, preocupado por lo que pasaría cuando llegaran a casa. Y tenía razón en angustiarse, apenas la puerta se cerró detrás de él, Ruth le dio una cachetada muy fuerte y lo empujó hacia adentro.
—No quiero una escena como la de hoy, nunca más, ¿me escuchas?
—S... sí... lo, lo siento mucho mamá... —logró decir Isaac en medio de sus lágrimas.
—Vamos a rezar y luego te quedarás de pie una hora. A la hora de la cena quiero que te comportes, viene tu abuela y no quiero escándalos.
El niño bajó la cabeza.
Esa noche, cuando ya su madre dormía en la habitación del fondo, Isaac volvió a rezar.
—Por favor Diosito, ayúdame a ser un niño bueno para que mi mamá ya no esté enojada, y has que mi papá trabaje menos y puedo cuidarme más... Escúchame por favor... —dijo mientras intentaba sobar sus manos adoloridas, donde una vez más, su abuela le había pegado con una varilla.
Antes de dormir, su mente lo llevó al momento en que conoció a Harry. Se había sentido un poco avergonzado, pero esos grandes ojos verdes le habían hecho sentir muy protegido. Eran cálidos, como un abrazo pequeño y entendía a Isabella cuando hablaba de él. Su papá era como Harry, eso pudo entender, y le gustaría que también fueran amigos, aunque su mamá pensara que estaba mal, él sabía que podía confiar en Isabella, y que Harry era un buen papá.
Se durmió más tranquilo, esperando que los días pasaran rápido, lo más rápido posible.
Al día siguiente, Harry llegó un poco antes de la hora, y luego de dejar a su hija en su salón, fue a hablar con la directora.
—Buenos días Florence, ¿podemos hablar?
—¡Harry! Qué gusto verte, claro, pasa. Cuéntame en qué puedo ayudarte.
—Isabella tiene un amigo, —dijo sonriendo.
—¿Hablas de Isaac? Los he visto muy unidos, se llevan muy bien.
—¿Qué sabes de sus padres?
—No mucho. Ruth está sola la mayor parte del tiempo, porque Louis trabaja muy lejos y viene casi una vez al mes por una semana. Sus abuelos maternos están muy presentes, y en general son una familia religiosa y muy estricta.
—¿Cómo llegaron acá?
—Isaac ha tenido varios problemas en las otras escuelas más tradicionales y lo terminan echando. Acá tú sabes que recibimos a todos esos mal llamados niños problema, y tratamos de que puedan descargar sus frustraciones y miedos. Pero con Isaac ha sido muy difícil. Solo puedo decirte que él no es un chico agresivo, me parece más bien... triste.
—Siento lo mismo. No sé si te has dado cuenta, pero Isabella me dice que siempre tiene sus manos lastimadas. Me preocupa que puedan estar violentándolo.
—No sabía. Creo que es momento de llamar a su papá, no podemos permitir algo así.
—Gracias Florence. Te agradecería mucho que me cuentes cómo van las cosas, Isabella está muy angustiada porque ayer la mamá de Isaac se lo llevó casi arrastrando y él estaba llorando... muy asustado.
—Voy a reunir los antecedentes y citar a Louis. Ruth siempre me pidió que todo lo escolar lo viera exclusivamente con ella, pero mi primer deber es con Isaac.
Apenas Harry salió, Florence buscó la ficha de su alumno. Después salió a hacer una ronda, como cada mañana cuando iban llegando los niños, con la buena suerte de ver a Ruth.
—Buenos días, —saludó, sonriendo. —¿Cómo estás Isaac?
—Bien...
—Me alegro mucho. ¿Puedes hacerme un favor? ¿Puedes llevar estos lápices a tu salón? Sería muy útil tu ayuda.
Cuando Florence puso los lápices en la pequeña mano, su cara se cubrió de encarnado.
Una vez que el niño las dejó solas, Ruth quiso irse.
—Hasta luego, —se despidió.
—¿Tiene un minuto? Quisiera saber qué le pasó a Isaac en sus manos.
—Se cayó, ya sabe que es muy torpe.
—No me parece. Acá es muy hábil, y jamás se cae, menos tan seguido ni tan fuerte.
—¿Está insinuando algo?
—Estoy preguntando. Mire Ruth, no la estoy culpando, pero es obvio que a Isaac le pegan en sus manos, están marcadas. Si necesita hablar, apoyo, lo que sea, podemos ayudarla.
—Él es un niño muy malo, mi propia mamá lo dice, y así me criaron a mí y ya ve, salí muy decente y respetuosa. Isaac necesita aprender y yo le enseño de la manera que a mí me parece la mejor.
—Lo entiendo. Pero insisto, podemos ayudarlos. Los golpes no se deben justificar jamás, Isaac está siempre triste, ¿no lo ha notado?
—No. Debe ser su conciencia hablándole que debe ser mejor.
Florence volvió a sonreír, un poco cansada. Hablar con Ruth era bastante agotador y difícilmente podría hacerla cambiar de opinión.
—Entiendo. Las puertas de la escuela estarán siempre abiertas, no lo olvide. Permiso, que tenga un buen día.
Ruth caminó hacia su casa con un nudo en la garganta. Llevaba meses pensando en ella, en su esposo, en su matrimonio, en su hijo, sus padres... En su vida.
Siempre fue criticada por sus padres, además de golpeada y humillada. Todo era prohibido para ella, los amigos, la ropa, la educación. Creció con miedo, y a pesar de que siempre se juró, que si algún día Dios la bendecía con un hijo, jamás le haría pasar por lo que ella pasó, no había sido capaz de cumplirlo. La influencia de sus padres seguía siendo una pesada cadena en sus pies.
Pensó que podría cambiar su realidad cuando conoció a Louis, que se había mudado con sus padres a la casa de enfrente. Tuvieron un noviazgo corto, porque los padres de Ruth veían con malos ojos el no casarse rápido, y como Louis estaba muy enamorado, no dudó en hacerlo.
Alcanzaron a ser muy felices. a pesar de su corta edad, solo por un mes, antes de que los padres de Ruth quisieran involucrarse y decidieran que era tiempo de un hijo, porque esa era la finalidad del matrimonio. Ellos no querían, estaban en la escuela, en el último año y habían planeado seguir estudiando. Sin embargo, los padres de Ruth opinaban que ella se debía a su hogar y no a andar intentado ser una mujerzuela moderna.
Con el dolor de su corazón, Ruth había empezado a hacerle caso a sus padres, en desmedro de su matrimonio, y volviéndose una mujer amargada y solitaria. Rezaba y rezaba por horas, pero sus plegarias no calmaban su corazón ni sus pensamientos.
Era consciente de que era responsable del fracaso de su matrimonio, pero al mismo tiempo era incapaz de cortar con sus padres y priorizar a su esposo. Rápidamente había quedado embarazada, y luego del nacimiento de Isaac, todo se fue cuesta abajo, más aún.
Las cosas entre el matrimonio estaban frías a nivel de congelamiento. Louis no quería más hijos, no si las cosas iban a seguir así, y como el sexo solo era para procrear, la intimidad entre ellos desapareció. Pese a todo, lograron mantener una relación medianamente sana y amistosa, hasta que Louis terminó sus estudios de Geología, y encontró un excelente trabajo, aunque bastante lejos. Era una oportunidad inigualable, y decidió tomarla y así tener un poco de distancia con su esposa, aunque dejar a su hijo solo tan pequeño le dolía horriblemente, esperaba ganar experiencia y referencias y poder buscar algo mejor y más cerca.
Sin embargo, los años pasaron demasiado rápido y su pequeño Isaac ya tenía ocho años y sentía que se lo estaba perdiendo. Sin decirle a Ruth, había empezado a buscar un nuevo trabajo, y lo encontró. Empezaría en un mes y no daba más de felicidad. Intentaba compensar su ausencia con tiempo de calidad, por eso aprovechaba hasta el último minuto con su hijo y se estaba angustiando al notar esa mirada, que debería estar llena de luz, casi completamente apagada. Le desgarraba el alma cada vez que debía despedirse de Isaac, y este lloraba aferrado a sus piernas, rogándole que no lo dejara.
Sabía que Ruth no era una mamá cariñosa, pero jamás imaginó que algo más pasaba. No hasta ese día en que estaba saliendo de su turno de noche, y recibió una llamada de la directora de la escuela.
—Buenos días señor Tomlinson, habla Florence, la directora de la escuela de Isaac.
—Buenos días, ¿pasó algo? —preguntó asustado.
—Me gustaría hablar con usted de manera urgente si es posible, y también necesito que sea con la mayor discreción. Ojalá que su esposa no se entere.
—Puedo llegar en tres horas, ¿está bien?
—Perfecto, se lo agradezco mucho.
—Gracias a usted, nos vemos más tarde.
Corrió Louis, hasta llegar a la oficina de su jefe y avisarle de su ausencia por unas cuantas horas. Como estaba saliente del turno de noche, no hubo ningún problema.
Tomó su auto y condujo lo más rápido posible, hasta llegar a la escuela. Entró y caminó por un pequeño pasillo, hasta llegar a la oficina de la directora y golpeó tres veces.
—Adelante.
—Permiso, buenos días.
—Señor Tomlinson, gracias por venir tan rápido.
Louis sonrió nervioso. —¿Qué pasa con Isaac?
—Primero que todo, quiero que tenga muy claro que no estoy acusando a su esposa, ni es mi intención ser entrometida, pero necesito que sepa algunas cosas. Hace unos días, la señora Ruth vino por vez número diez a la escuela, por problemas que tuvo Isaac con otros compañeros.
—¿Qué? Yo no sabía, ¿qué tipo de problemas?
—Discusiones, golpes, mordió a uno de los chicos... En fin, problemas de conducta.
—No puede ser.
—El sentido de nuestra escuela es acoger y entender el por qué nuestros alumnos tienen este tipo de conductas, y que por lo general y casi siempre, tiene que ver con problemas en sus casas. Isaac ha venido muchas veces con sus manos hinchadas, con marcas de golpes. Está más retraído y tímido, muy sensible. La única persona que logra sacarlo de ese estado es su amiga Isabella, quien también se encuentra muy afectada. Según su esposa, Isaac se cae mucho, algo que nos parece muy extraño porque acá eso no pasa, no en ese nivel. Por eso me decidí a llamarlo, porque tenía la sospecha de que usted no sabía lo que está pasando.
Louis estaba horrorizado. Ahora muchas cosas tenían sentido, pero él no iba a permitir que las cosas siguieran así.
—Voy a tomar medidas de inmediato, jamás imaginé algo como lo que me cuenta.
—Le agradecería mucho que nos mantenga informados sobre lo que pase, para poder trabajar en conjunto y brindarles toda la ayuda posible.
—No sabe cuánto le agradezco la preocupación, nos vemos más tarde. Permiso.
En la soledad del pasillo, Louis se detuvo a tomar aire. De la pena pasó a la rabia, y no era buena idea explotar. Primero debía saber qué estaba pasando.
Pasó por fuera del salón de Isaac, y pidió permiso para saludarlo. Apenas se asomó por la puerta, el pequeño salió corriendo a abrazarlo.
—¡Papá!
—Hola bebé, —susurró en su oído. —Disculpe maestra, ¿puedo llevármelo unos minutos?
—Claro que sí, señor Tomlinson.
Salieron y se sentaron en una pequeña banca. Apenas habían pasado un par de segundos cuando Louis notó las manos de su hijo.
—Bebé, ¿me puedes contar cómo estás?
Pero el niño no respondió.
—¿Me quieres contar qué te pasó en tus manos?
Tampoco tuvo respuesta.
—Isaac, necesito que me cuentes qué está pasando para poder ayudarte. ¿Tu mamá te está pegando?
Y entonces, Isaac comenzó a llorar, moviendo su cabeza de arriba hacia abajo, afirmando.
—Lo siento papá... lo siento por no ser un buen niño...
El corazón de Louis se destrozó por completo.
—Escúchame bien bebé. Eres el mejor niño del mundo, dulce, amable, generoso... Eres un niño que solo debe ser cuidado, amado y mimado.
—No quiero que sigas peleando con mi mamá por mi culpa.
—Isaac, nunca hemos discutido por tu culpa, y por favor créeme. Si tenemos diferencias es por nosotros, los adultos. Pero eso también va a cambiar. ¿Te gustaría que viviéramos los dos solos?
—¿Y mamá?
—Podrías verla cuando quieras.
Hubo un pequeño silencio en ese momento, mientras el pequeño pensaba en las palabras de su padre.
—¿Y tengo que ver a mis abuelos?
—¿Quieres hacerlo?
—No...
—Entonces no los verás. Ahora me voy a ir, pero vendré a buscarte a la salida, y podemos ir por un helado, ¿te gusta la idea?
—Sí papá... ¿Podemos pasar al parque? Quiero que conozcas a Isabella y a su papá.
—Claro que sí, tengo muchas ganas de conocer a tu amiga. Ahora dame un beso, y ve a tu salón.
—Sí papá.
—Te amo bebé, nos vemos más tarde.
—Te amo papá, adiós.
Camino a casa, manejando su auto, Louis revivió sus años al lado de Ruth. Se había enamorado con todo su corazón, y pensó que las cosas cambiarían entre ellos una vez que se casaran y que Ruth pondría distancia con su familia y serían felices. Pero no pasó, por el contrario. Cada vez era más la influencia que ejercían sobre ella, hasta que definitivamente el amor se marchitó. Louis era un hombre apasionado, que deseaba disfrutar su sexualidad, y con Ruth no pudo hacerlo. Ella siempre fue en exceso recatada, incluso en la intimidad siempre quería hacerlo a oscuras, en la misma posición, y si se podía, incluso con la mayor cantidad de ropa puesta.
Louis suspiraba y seguía sin entender. Sabía que Ruth era demasiado estricta a veces, pero de ahí a llegar a los golpes, era algo que no tenía nombre ni explicación.
Cuando llegó a su casa, no le extrañó ver a su esposa de rodillas rezando.
—Hola, —saludó.
—Louis... ¿qué haces aquí?
—Me llamaron de la escuela. Necesitamos conversar.
—¿Qué te dijeron? Estoy segura de que esa mujer solo te dijo mentiras.
—Dímelo tú. ¿Por qué yo no sabía que Isaac estaba teniendo tantos problemas con sus compañeros?
—Porque yo me estoy haciendo cargo, es mi deber como su madre.
—Y yo soy su padre, y tengo derecho a saber qué pasa con mi hijo.
—Lo que pasa es que no quiero mortificarte. Bastante tienes con tu trabajo, no necesitas más problemas.
—Estás hablando de Isaac, no de un problema.
—Hablas de él como si estuvieras orgulloso, y no es más que un niño berrinchudo y muy malo.
Louis no pudo contestar rápidamente. Le dolía escuchar a Ruth hablar así de su propio hijo. —¿Me puedes explicar qué pasa con las manos de Isaac? Y no me digas que es porque se cae, porque eso no te lo creo, —dijo duramente.
—Se merece esos golpes. Mis padres están de acuerdo, necesita aprender modales para poder ser un buen chico y no uno descarriado.
—Te voy a decir algo Ruth y quiero que me escuches bien. No vas a volver a poner un dedo en Isaac. Me voy a ir de la casa con él, tendrás noticias de mi abogado para ver lo del divorcio, y después veremos el tema de las visitas, pero jamás te voy a perdonar que dañaras así a tu propio hijo.
—¿Divorcio? ¿De qué estás hablando? Los matrimonios no se separan, ¡son para siempre!
—No es así. Y no puedo creer que lo que más te importe sea el divorcio y no lo que pase con tu hijo, ¡es tu hijo, Ruth! ¿No tienes un poco de amor por él?
—Mis padres dicen que...
—¿Tus padres? ¿A quién le importan? ¿Hasta cuando vas a dejar que gobiernen tu vida? ¡Despierta! El día que mueran vas a entender que no tienes vida, que perdiste todo, que siempre estuvieron equivocados... Reacciona, por favor, —pidió cansado.
Ruth no contestó. En el fondo de su corazón sabía que Louis tenía razón, pero estaba nublada, porque la presión que ejercían sus padres era tremendamente aplastante.
Al darse cuenta de que la conversación se había terminado, Louis caminó hacia su habitación y en una maleta puso algunas de sus ropas, y cosas más importantes. Luego fue al dormitorio de su hijo y repitió la operación. Iría después a buscar el resto de las cosas.
Volvió al living, donde Ruth seguía en la misma posición, con la cabeza gacha, luchando una batalla que ya estaba perdida.
—Me voy, pero antes de hacerlo me gustaría pedirte algo. Por favor, Ruth, intenta cambiar, intenta tomar las riendas de tu vida, y sobre todo, hazlo por Isaac. Él te necesita y te ama tanto... No lo alejes de ti...
—Tú lo estás alejando de mí.
—No, yo lo estoy rescatando... de su madre...
Con esas palabras como despedida, Louis salió de esa casa.
No tenía idea de dónde pasarían la noche, pero aunque fuera en el auto, no iba a permitir que su hijo volviera a pasar una noche desamparado y con miedo.
Buscó arriendos cerca de la escuela y encontró una pieza con baño y cocina, muy pequeños pero que era todo lo que necesitaban en ese momento. Luego llamó a uno de sus pocos amigos y abogado, Zayn, a pesar de haber estado alejados desde hace unos meses, sabía que podía confiar en él.
—Esta sí que es sorpresa, ¿cómo estás?
—No muy bien, ¿crees que podamos vernos?
—En diez minutos en el café de siempre.
Manejó Louis rápidamente, hasta llegar al lugar, donde ya lo estaban esperando.
Un gran abrazo confirmó que su amistad estaba intacta.
—¿Y esa cara? Parece que están pasando cosas graves, —preguntó Zayn.
—Muy graves, necesito de toda tu ayuda como abogado. Quiero que tramites mi divorcio, la custodia de Isaac, una orden de alejamiento contra Ruth y sus padres y...
—¿Me estás hablando en serio?
—Me gustaría decir que no, pero Zayn... Ruth le está pegando a mi hijo en complicidad con sus padres. Me llamaron de la escuela, Isaac ha tenido muchos problemas de conducta y ella solo se justifica... Estoy desesperado, mi bebé sufriendo y yo sin saberlo...
Se cubrió la cara con sus manos, ahogando un sollozo que derrumbó el mundo de Zayn.
—Lo lamento mucho amigo, tienes todo para pedir todo lo que dijiste y es lamentable. Déjame sacar mi portátil para que empecemos a anotar los detalles.
Cerca de media hora estuvieron compartiendo información y datos para las demandas, luego se relajaron un poco después de tres tazas de café.
—¿Cómo estás tú? ¿Y Liam?
—Estoy bien, tengo mucho trabajo y las cosas con Liam van maravillosas. Ya sabes, él es tan dulce que es fácil que nos llevemos bien. es totalmente su culpa, —contestó sonriendo feliz.
—Me encanta escucharte así, se merecen toda la felicidad del mundo.
—Sí, nos ha costado un poco, pero creo que por fin estamos bien. Oye, pero tengo una duda. —dijo un poco preocupado otra vez. —¿Saliste de tu casa? ¿Por qué? Ella debería irse, y ¿cómo lo vas a hacer con tu trabajo? Eso no lo consideré en el informe.
—No quiero sacarla de la casa. Mi idea es dejársela como compensación, ¿así se llama?
—Sí, pero no es justo.
—Lo sé, pero tampoco quiero dejarla desamparada.
—En ese caso deberías dejarle la mitad, están casados.
—Eso estaría bien.
—¿Y si compras su parte?
—No quiero vivir ahí, prefiero empezar de cero en otro lugar que no le recuerde cosas malas o tristes a Isaac. Y con respecto a mi trabajo, en un mes iba a empezar uno desde casa, presenté ya mi renuncia en donde estoy ahora, pero tendré que irme ya mismo. Mañana después de dejarlo en la escuela voy a ir a hacer efectiva mi renuncia inmediata.
—Eso está bien, y si te ponen problemas, solo llámame. No es lo ideal, pero hay una vulneración de un menor detrás, no cualquier irresponsabilidad. Llámame si lo necesitas.
—Gracias amigo, y perdón por haberme alejado, —pidió ya más tranquilo.
—No te preocupes, sabes que te quiero y a mi pequeño terremoto también. No hay rencor ni nada de eso, es más, deberían ir a almorzar el sábado.
—Ahí estaremos. Isaac va a estar feliz de verlos.
Se despidieron con un cálido abrazo, y Louis palideció al mirar la hora. Ya estaba atrasado para buscar a su hijo. Manejó por cinco minutos completos, y llegó cuando estaban aún la mayoría de los apoderados retirando a sus pequeños. Estacionó, y al salir apurado tropezó, pero no alcanzó a caer, porque alguien lo alcanzó a afirmar.
—Gracias, —dijo suspirando y sonriendo. —Estuvo cerca.
—Sí, muy cerca. Por suerte estás bien.
En ese momento se miraron y descubrieron que al parecer, el amor a primera vista existía, pero no lo iban a reconocer. Es decir, son completos extraños que quizás jamás vuelvan a verse.
—Gracias de nuevo, debo irme.
—Cuídate.
Y fue todo lo que conversaron.
Harry llegó al encuentro de Isabella, que había hecho un precioso dibujo de ella con Isaac y que quería pegar en el refrigerador de la cocina.
Louis vio a su pequeño casi escondido esperando por alguien, y su corazón volvió a romperse. Pero él iba a hacer hasta lo imposible por devolverle la sonrisa a su bebé.
—¡Isaac! —llamó con una gran sonrisa.
Apenas el niño lo vio, sus ojos se iluminaron.
—¡Papá! ¡Volviste!
—Claro que volví bebé. Recuerda que siempre cumplo lo que prometo, sobre todo si se trata de ti.
—Tengo que buscar a Isabella... ¡Isa! —Gritó llamando la atención de la niña que estaba a punto de irse.
—Papá, es Isaac, vamos a verlo... —pidió asustada, igual que Harry.
Se les lleno el corazón de tranquilidad al ver al pequeño en brazos de quien parecía ser su padre.
—Hola de nuevo, —saludó Harry con una sonrisa tímida, algo raro en él.
—¿Se conocen? ¿Por qué no nos lo dijeron? —cuestionó Isabella.
—Me bajé apurado del auto y casi me caigo. Tu papá me ayudó a no caer, —explicó Louis a los niños.
—Ahhh, pero eso es bueno. Ahora que se conocen pueden ser amigos, —dijo Isaac con mucha naturalidad.
Louis y Harry solo sonrieron una vez más, ya les dolían las mejillas.
—¿Podemos ir los cuatro al parque?
—¿Por favor?
Y no pudieron negarse. Caminaron en medio de la demás gente, casi en una burbuja. Mientras los niños se columpiaban, aprovecharon de conversar.
—¿Vienes siempre a buscar a Isabella? —Preguntó Louis.
—No, estoy empezando recién. Antes venía su mamá, pero quedé sin trabajo y ella ahora trabaja más y yo me preocupo de Isabella.
—Entiendo. Para mí es primera vez que vengo a buscarlo, pero estoy muy contento de que tenga una amiga como tu hija. Se nota que se llevan muy bien.
—Más que eso. Isa quiere mucho a Isaac, siempre me habla de él.
—¿En serio? Eso es muy dulce su parte.
—Louis… Yo, de verdad, te lo juro que no quiero ni quise entrometerme, pero yo hablé con Florence sobre algunas cosas que estaban pasando con Isaac, y por eso ella te llamó, —contó Harry, un poco avergonzado.
La cara de Louis se iluminó. —No sabes cuánto te agradezco que te hayas involucrado. Sin ti, jamás me hubiese enterado de lo que estaba pasando, hasta que fuera demasiado tarde.
—Lamento que hayan tenido que pasar por una situación así.
—Ha sido horrible, sobre todo el darme cuenta de lo mal que está Isaac.
—¿Has pensado en llevarlo a terapia?
—Tengo una hora tomada para esta misma tarde, —contestó sonriendo. —Gracias.
—No hay de qué.
Apareció un pequeño silencio entre ellos, que no se sintió pesado, más bien ansioso. Ninguno era de muchos amigos, y sentían necesidad de contar y escuchar la historia del otro.
—¡Papá! —Gritó Isabella mientras corría, seguida de Isaac.
—Papá, —dijo el niño llegando al lado de Louis. —Queremos helado.
La sonrisa de los dos chicos era esplendorosa.
—¿Puedes resistirte a esas caritas? —Preguntó Louis.
—Por supuesto... que no, —contestó Harry. —¿Tienes tiempo?
—Me queda una hora antes de la terapia, alcanzamos a ir por un helado. Pero, solo si nos dejan invitarlos.
—Está bien, —afirmó Harry, —pero te advierto que mi helado favorito es la copa gigante de ocho sabores.
Louis rió suavemente. —Es mi favorita también. Puedo con eso, vamos.
Caminaron una vez más, viendo como sus hijos iban jugando y riendo, como si no hubiera tiempo ni preocupaciones.
—Ojalá siempre puedan verse así, —dijo Louis con un dejo de tristeza.
—Mientras esté en nuestras manos, estoy seguro que así será.
La heladería estaba apenas en la esquina, por lo que llegaron en menos de cinco minutos.
—¿Cuál es tu sabor favorito? —Preguntó Isabella a Isaac.
—El de mora, y el de mi papá el de arándanos.
—El mío es frutilla y el de mi papi, menta.
Louis se acercó al chico que atendía y pidió los cuatro helados, luego fue a pagar a la caja. Mientras volvía, el vendedor preparó el pedido, y al entregar el último helado, les dijo:
—Son una familia muy bonita, que tengan una linda tarde.
Harry, Isaac e Isabella se miraron confundidos.
Se sentaron en el parque a disfrutar sus helados mientras los niños les contaban sus aventuras en la escuela, y cuando terminaron, se despidieron y Louis tuvo que correr para poder llegar a la cita con Isaac.
En el camino le fue contando los cambios que iban a tener.
—¿A dónde vamos? Preguntó el niño.
—Bebé, quiero que me escuches muy bien, y que si tienes alguna pregunta, me la hagas sin miedo. ¿Sabes para qué están los sicólogos? ¿No? Bueno, ellos son personas que estudiaron para ayudar a otras, los escuchan, los guían, acompañan sus miedos, y ese tipo de cosas.
—Eso es algo muy bonito, papá.
—Así es. Te voy a llevar donde un sicólogo muy bueno, que quiere escucharte y ayudarte. La idea es que hables con él, que le cuentes tus miedos, lo que te da pena, lo que te da alegría. Si no te sientes cómodo me lo dices y cambiamos a otro, ¿te parece bien?
Isaac no contestó. No era capaz de verbalizar que le tenía miedo a su mamá, no quería que pensaran que ella era mala.
—¿Pasa algo bebé? Puedes confiar en mí.
—¿Dónde está mamá?
—En la casa donde vivíamos. Bebé, nosotros ya no viviremos ahí, pero puedes ver a tu mamá cuando quieras, siempre conmigo presente.
Isaac se puso a llorar, y le dolía hacerlo de alivio, de saber que su papá lo estaba cuidando. —¿Queda lejos el silocógolo?
Louis sonrió. —Repite después de mí: si - có - lo - go. Y no, queda acá cerca, muy cerca.
—Papá, —preguntó ahora, con un poco menos de miedo. —¿Dónde vamos a vivir?
—Es un lugar pequeño, por mientras encontramos algo mejor. Queda por el otro lado del parque, podemos ir caminando a la escuela también.
—Papá... ¿Y cuándo te vayas a trabajar?
—Encontré otro trabajo, ahora puedo cuidarte bebé, no te preocupes, nunca más te dejaré solo.
La terapia resultó bastante bien. Isaac no habló de nada muy relevante, pero se sintió a gusto con Niall y con el espacio lleno de lápices, colores y hojas para dibujar. Louis tendría su propia sesión al día siguiente, porque necesitaba saber cómo ayudar a hijo.
Pero ahora, acostado con Isaac a su lado, durmiendo profundamente, se dio cuenta de que los tiempos no le calzaban. Debería haber suspendido la terapia, pero tenía urgencia de ayudar a su hijo, y no podía no ir a su trabajo a hablar con su jefe y explicarle la situación.
Temprano esa mañana, Louis dejó a Isaac en su salón, y luego esperó a Harry. Apenas lo vio salir, se acercó.
—Hola.
—¡Hola! ¿Cómo estás? ¿Cómo les fue ayer?
—Bien, mejor de lo que esperábamos. Disculpa que no me quede a conversar, y perdón por lo que te voy a pedir, pero en este momento no tengo a dónde echar mano.
—Dime sin miedo, ¿en qué te ayudo?
—Mi trabajo queda a tres horas de acá, y debo ir a renunciar. También tengo mi primera sesión con un sicólogo que me va a ayudar con todo esto que hemos pasado, y no alcanzo a llegar a buscar a Isaac, me voy a demorar por lo menos una hora y...
—Yo me quedo con él. ¿Puedo llevarlo por un helado, al cine, a mi casa?
—Lo que sea mejor y más fácil para ti... ¿Puedes anotar mi número? Voy a ir a avisar que lo retiras tú para poder irme ya mismo.
—Dime, —dijo Harry con el teléfono ya listo. —Tranquilo, ve con cuidado, yo te voy avisando de lo que pase.
Louis antes de salir corriendo, tomó por los brazos a Harry y mirándolo fijamente, le dijo gracias con un hilo de voz.
Fue a hablar con Florence, y luego con la profesora de Isaac y con su hijo también para que no hubiese ningún tipo de problema o mal entendido. Luego condujo por esas tres largas horas, al ritmo de diferentes canciones que formaban parte de sus favoritas para viajar. Una vez en su trabajo, fue difícil decir adiós de esa manera. Su jefe lamentó mucho toda la situación y le dejó las puertas abiertas por si algún día decidía volver. También le dio una carta con excelentes referencias para presentar en cualquier trabajo al que postulara. El viaje de regreso fue más tranquilo, y apenas le dio tiempo de comer un sándwich y tomar un té mientras se conectaba a la reunión.
Fue una buena sesión, tenía muchas ganas de saber cómo ayudar a su pequeño y eso estaba buscando, herramientas para saber guiarlo.
Una vez que terminó, pudo mirar su teléfono y se encontró con muchas fotos que le envió Harry, de ellos en el cine con una gran sonrisa, y un mensaje que decía:
“La película termina a las 17:30, estamos en el cine del centro comercial, ¿alcanzas a llegar?”
Rápidamente contestó que los esperaría a la salida.
Mientras manejaba hacia el centro comercial, pensaba en cómo agradecerle a Harry su ayuda. Quizás podría invitarlo a él y a Isabella a cenar, o algo así, pero tenía un poco de temor de que se mal entendieran las cosas. Cuando en medio de su relación de amistad con Zayn se enteró de que su amigo se había enamorado de otro chico, no tuvo problemas con eso. Por el contrario, sabía que Liam era maravilloso y la relación de ellos le daba mucha envidia, de la más sana. Pero a él le gustaban las mujeres, y había sentido algunas miradas un poco intensas de parte de Harry y no quería que ese tipo de problemas enturbiaran la bonita amistad que estaban formando. Esperaba estar confundiéndose, e imaginándose cosas que no han sucedido.
Llegó al centro comercial a las cinco con veinticinco, y tuvo que correr por los tres pisos que lo separaban del cine. Apenas se había detenido a tomar aire cuando escuchó la voz de su hijo.
—¡Papá!
—Hola bebé, ¿cómo estás? —preguntó mientras lo abrazaba.
—Fue increíble, tenemos que ver esa película juntos.
—Claro que sí. Hola Isa, hola Harry, —saludó sonriendo. —¿Así es que lo pasaron bien?
—Sí, fue muy divertida, nos reímos mucho.
—Pensábamos ir a comer pizza. Aquí mismo venden una muy rica, —ofreció Harry.
—Creo que es una maravillosa idea, pero yo invito. Es lo mínimo que puedo hacer, no tengo cómo pagarte esto, —contestó Louis, ligeramente emocionado.
—No tienes que pagar nada... pero si te hace sentir más tranquilo, está bien.
—¿Y podemos pedir de todo? —Preguntó Isabella, causando la risa de todos.
—Sí, todo lo que quieran.
—¿Incluso agregar papas fritas?
—Incluso eso.
—¡Sí! —Gritaron los niños al mismo tiempo.
Pasaron un rato muy agradable, comieron hasta que ya no pudieron más y finalmente, Louis llevó a Harry e Isabella hasta su casa.
En el momento en que se estaban despidiendo, iba llegando Alessandra, quien ni siquiera miró a Louis y entró visiblemente molesta.
Louis se sintió incómodo, y Harry al notarlo se disculpó.
—Debe haber tenido un mal día...
—Seguramente... Bueno, nos vemos, y de nuevo, muchas gracias.
Los dos sintieron que en esa despedida faltó algo, un abrazo tal vez. Pero era obvio que ese pensamiento, lo guardaron en lo más profundo de sus mentes, escondido de cualquier rayo de luz.
Al entrar Harry a casa, no le sorprendió ver a Alessandra encerrada en su cuarto. Ni siquiera quiso saludar a Isabella, y eso sí que le molestó. Dejó a su hija preparando sus cosas para el siguiente día de escuela, y caminó hacia la habitación. Golpeó dos veces, y esperó. Casi de inmediato Alessandra le abrió.
—¿Qué quieres? ¿Vienes a contarme que encontraste novio? —Preguntó más que furiosa.
—No sé de qué hablas, y por favor cálmate. Louis es el papá de Isaac, ¿no lo recuerdas? ¿el mejor amigo de tu hija, del que siempre nos habla?
La cara de Alessandra se puso encarnada de la vergüenza. —Lo siento, reaccioné mal...
—Eso está claro, y mira, ya estoy cansado de esta conversación y creo que esto se está tornando demasiado incómodo. Voy a buscar una pieza para irme, apenas encuentre trabajo.
—¿Qué? Pero Harry, ¿qué va a pasar con la escuela de Isabella?
—¿Ahora te acuerdas de tu hija? No te importa ser mal educada delante de ella ni hacer este tipo de escenas, ¿y ahora te preocupa? De alguna manera nos arreglaremos.
—No me hables así.
—Te estoy hablando con toda la calma del mundo, pero estoy harto de tener que seguir aclarando cada maldita situación en la que me ves junto a un hombre. Aunque quisiera revolcarme con cien, ya no es tu problema.
Se dio media vuelta y fue a preparar el agua para que su hija se bañara y luego se fuera a dormir temprano.
—Papá... ¿Estabas discutiendo con mamá?
—Mmm, sí princesa, pero por favor no te preocupes.
—¿Te vas a ir?
—A ver. Primero, no debes escuchar las conversaciones de los demás y segundo, sí, cuando encuentre trabajo voy a buscar una pieza que me quede muy cerca de aquí. Necesitamos espacio con tu mamá, tú sabes que nosotros somos amigos, no pareja, ¿cierto?
—Sí... pero se va a sentir feo no tenerte aquí todo el tiempo...
—Lo sé princesa, pero va a ser una nueva etapa y verás que nos vamos a acostumbrar y que será lo mejor para todos. Te lo prometo.
Isabella por fin sonrió. —¿Cierto que Louis es muy simpático? No se parece en nada a la mamá de Isaac... Estoy contenta de que ahora ya esté mejor, hoy no discutió con ningún compañero, ¿puedes creerlo?
—Eso es maravilloso princesa, ¿lo ves mejor?
—Mucho... ¿Sabes que me contó? —preguntó con los ojitos llenándose de lágrimas.
—¿Qué?
—Que por primera vez en mucho tiempo no se durmió llorando...
Isabella se abrazó a su papá sin poder ni querer evitar sus lágrimas, que se unieron a las de Harry.
—Ahora están juntos y van a estar bien. Louis es un papá asombroso, vas a ver que poco a poco Isaac irá dejando atrás toda su pena. Y ahora, al agua princesa para que te acuestes a descansar.
—Sí papá... ¿leemos un cuento?
—El que tú quieras.
Luego de dejar a Isabella durmiendo, se fue a acostar. Su último pensamiento, fue para Louis. A pesar de conocerlo hace tan poco, lo admiraba profundamente y estaba encantado con la manera en que había actuado frente a una situación tan difícil. ¿Le atraía? no podía negarlo, era un hombre tremendamente atractivo, pero solo eso. El amor estaba reservado única y exclusivamente, para su hija.
Mientras tanto, Louis pensaba en Ruth. No había sabido nada de ella y le dolía por Isaac. Ni siquiera un llamado, menos una visita en la escuela, nada. No pedía tanto, un pequeño acercamiento le hubiese servido mucho a su hijo, lamentablemente no sucedió. Luego pensó en que al día siguiente tendrían una nueva sesión de terapia, y eso le hacía mucho ilusión, porque entendía lo bien que les hacía a los dos. Él también tenía un tema, uno del que no le gustaba hablar porque lo asustaba, porque cambiaría todo, incluso su relación con su hijo, con el mundo. Un tema que intentaba disfrazar, pero que con la aparición de Harry volvía a hacerse presente.
Cerró los ojos, intentando dormir y callar sus pensamientos que poco a poco e inevitablemente, lo llevaban al cuerpo perfecto y espigado de Harry, porque sí, lo había mirado detenidamente y solo de recordarlo sentía un suave calor subiendo por su espalda.
¿Le gustaban los hombres? Era un pregunta que se llevaba haciendo desde que tenía diez años, pero que al conocer a Ruth, desechó. Se había enamorado de ella, ¿verdad? Porque eso que sentía era amor, ¿cierto? ahora lo dudaba. La verdad es que ahora la incertidumbre se estaba convirtiendo en su mejor amiga, muchas cosas que pensó tenía claras o que pensaba que eran de una manera, resulta que ahora se habían convertido en interrogantes.
Se levantó de la cama donde Isaac dormía plácidamente y fue por un poco de agua. Cuando volvió a acostarse, se acomodó y pronto el sueño se apoderó de todos sus sentidos.
Estaba en un bar con Harry, riendo y conversando, y después de un par de cervezas, caminaron hacia la parada de autobuses. En esa ruta que tomaron había varios y pequeños callejones oscuros. En un acto por demás atrevido, Louis empujó a Harry a uno de ellos y sin ningún aviso, se arrodilló y pasó las manos sobre esos ajustados jeans y con una seguridad increíble, abrió el botón, bajó el cierre y buscó con la mano el miembro que empezaba a despertar y lo sacó por entre la abertura del bóxer. A pesar de ser su primera vez, simplemente lo devoró. Pasó su lengua por todo el largo, disfrutando el sabor ligeramente salado y lo rodeó con los dedos en un delicioso vaivén. Chupaba toda la piel que encontraba a su paso, sin perderse de ni un solo milímetro. No se atrevía a mirar a Harry, tenía los ojos cerrados, pero los suaves gemidos que aparecieron le bastaban para imaginar cómo Harry se estremecía bajo sus caricias. Aceleró los movimientos y la intensidad de manos y lengua, intentando mantener la calma pero estaba ardiendo de deseo, su propio cuerpo le exigía más, y no podía darle nada, frustrándolo por completo, pero llevando esa frustración hacia el miembro duro y mojado dentro de su boca. Solo un par de movimientos en espiral, y la descarga de semen en sus labios, intensa, potente, caliente, rica, suave. La gloria.
Eran las cuatro de la mañana cuando despertó empapado en sudor y con una gran erección entre sus piernas, su pecho acelerado y su pobre corazón desbocado. Sus manos vacías.
Se levantó y se encerró en el baño. Se mojó la cara y luego se quedó sentado sobre el inodoro, intentando calmarse, pero el sueño había sido demasiado real. Sentía aún su boca llena y palpitante, el sabor exquisito, los gemidos necesitados... Y eso no ayudaba al problema que tenía en su ropa interior. Pensó en masturbarse, pero era una práctica que evitaba, más aún si su hijo estaba en la habitación de al lado. El explorar su cuerpo era algo a lo que siempre se había negado, pensaba que era trabajo de su pareja y resultó que cuando estaba con Ruth, eso jamás sucedió. Luego lo del trabajo, donde se quedaba era una pequeña pieza con paredes muy delgadas, donde era realmente difícil tener un poco de intimidad, y se le quitaban todas las ganas al escuchar a sus compañeros en sus propias actividades. Cuando estaba en casa, dormía con Isaac, por lo que tampoco tenía tiempo para él. Ahora, con el sueño que tuvo, anhelaba a alguien que le hiciera sentir todo eso que se supone pasa cuando sientes atracción por otra persona.
Pero, ¿por otro hombre?