EL DOCTOR
En la ciudad de San Francisco del Rincón, donde las leyendas urbanas crecen como raíces podridas, existe una casa que se ha convertido en una cicatriz en el paisaje, un tumor latente en la memoria de quienes alguna vez la habitaron o pasaron frente a ella. Se levanta en el número 417. una reliquia de madera y ladrillo que parece consumir la misma luz del día. Su estructura es vieja y magullada, como un cadáver en descomposición que se rehúsa a desintegrarse, conservando su espanto en cada pared carcomida y en cada grieta que parece ser una boca torcida, goteando el veneno de tiempos olvidados.
Esa casa fue una morgue en sus primeros años, un lugar donde el hedor de cuerpos abiertos y cerrados impregnaba cada pulgada, hundiéndose en las paredes y el piso, como si la casa misma bebiera la sangre de los muertos y la almacenara en su vientre. Después, se convirtió en un bar de mala muerte, un antro donde las almas desesperadas ahogaban sus penas en alcohol barato y sus secretos en susurros, mientras sus sombras se alargaban en las paredes húmedas y corroídas. Luego fue un refugio para un director obsesionado con la muerte y el sufrimiento, quien decía escuchar voces en las noches, voces que lo empujaban a crear arte macabro, y finalmente, quedó abandonada, exceptuando las historias de aquellos que juraban haber visto figuras moverse tras las ventanas rotas.
Cuando mis padres compraron esa casa y nos mudamos, yo era un bebé, y desde entonces, he sentido su oscuridad envolviéndome, un velo de pesadillas que se adhería a mi piel y se hundía en mi mente. La casa parecia observarme en silencio, acumulando dentro de sí los secretos de todos los horrores que había albergado. Pero el más grande de esos horrores llegó a mi vida poco a poco, como un veneno que se filtra en la sangre, hasta que un día ya era demasiado tarde.
Todo comenzó una noche. Mis ojos se resistían a cerrar, como si algún instinto me advirtiera que el sueño traería consigo algo más que descanso. En la penumbra de mi habitación, el silencio era tan denso que se sentía como una masa viva que me oprimía el pecho, una marea espesa que me hundia cada vez más en una desesperación indescriptible. Miré el reloj: 4:30 am. Y entonces lo vi.
Detrás de la puerta, una sombra se movía, una sombra tan oscura que parecía absorber toda la luz. Era un bulto informe, como una figura que nunca había sido humana, con bordes irregulares y una textura espesa y húmeda. Al verla, mi piel se heló, como si mil insectos caminaran por mis venas, y mi garganta se cerró en un grito mudo. No podía apartar la vista, hipnotizado por aquella aparición que se retorcia, como un cadáver a medio descomponer, queriendo liberarse de una tumba liquida y asquerosa.
Una voz surgió desde el otro lado de la puerta, un susurro estrangulado, como si cada palabra costara la vida misma.
-Voy a pasar....
La voz era un gruñido grave y arrastrado, una advertencia que calaba hasta el hueso, congelando mi sangre. El aliento que escapaba de su boca parecia podrido, invadiendo el cuarto con un olor metálico y agrio, como el de la carne en descomposición mezclada con bilis. Sentía su hedor pegándose a mi piel, como si impregnara cada poro, y una parte de mi sabía que, si aquella sombra lograba pasar, no habría vuelta atrás.
-¿Quién eres? -logré susurrar, con la voz temblorosa, como si mi propia voz quisiera desmoronarse en la nada.
-Yo... fui... el doctor...
La sombra susurró, y al pronunciar esas palabras, fue como si algo en mi mente se abriera, como una herida vieja que se rasga y comienza a supurar. La imagen del doctor vino a mí, una figura retorcida de un hombre, de piel pálida y ojos hundidos, un rostro que parecia fundido en el sufrimiento eterno. Su piel era de un tono grisáceo, como carne muerta conservada en formol, con manchas negras que supuraban un líquido viscoso que goteaba en el suelo, cada gota resonando como una sentencia de muerte.
-¿Qué... quieres de mi? -pregunté, con un hilo de VOZ
Él avanzó un paso, y cada centímetro que recorría era una agonía de carne y hueso desgarrándose. Su piel parecía estirarse y romperse en algunas partes, dejando al descubierto un tejido morado y corrupto que palpitaba como si tuviera vida propia. Con cada movimiento, el aire se llenaba de un olor pútrido y amargo, una mezcla de sangre coagulada y órganos en descomposición que me hacia luchar por mantener el control sobre mi estómago.
-Eres... el siguiente... -dijo con una voz que era apenas un susurro, pero cada palabra era como un cuchillo helado clavándose en mi alma- Una vida.... por otra... como... debe ser...
Sentí el terror mordiéndome por dentro, cada músculo en mi cuerpo paralizado. El doctor alzó una mano, y al hacerlo, la piel de su brazo se desgarró, como si su cuerpo estuviera hecho de un material podrido y seco, apenas sostenido por la oscuridad que lo envolvía. Un líquido oscuro, casi negro, se derramó por su muñeca, goteando en el suelo y dejando manchas que parecían arder en el suelo, como ácido que devoraba todo a su paso
- Aquí... nadie muere realmente... susurró él, acercando su rostro cadavérico al mio. Su boca se retorció en una sonrisa torcida, revelando dientes amarillentos y astillados, como si los hubiera arrancado y vuelto a poner , Yo... quiero descanso , dijo y sentí sus palabras en mi cordura como clavos oxidados .... Tu llevarás mi carga ahora.
Senti sus dedos fríos rozar mi rostro, como una mano hecha de hielo y muerte. En ese instante, imágenes comenzaron a inundar mi mente, recuerdos que no eran míos, sino fragmentos de su vida, de su muerte. Lo vi cortando cuerpos, explorando cada músculo y órgano con una precisión obsesiva, una adicción enferma que lo consumía cada vez más. Lo vi encerrado en esta misma casa, enloqueciendo lentamente, atrapado en un ciclo interminable de vida y muerte, hasta que su propia carne comenzó a desintegrarse, y la casa lo absorbió como a todos los demás.
Intenté apartarme, pero era imposible. Sus dedos se clavaron en mi piel, y sentí cómo un torrente de emociones ajenas se vertía en mí: desesperación, hambre, odio... y un deseo voraz de liberarse.
-¿Por qué... por qué me eligió? -logré preguntar con un último hilo de voz, mientras sentía que mi cuerpo se quebraba bajo su peso.
-Nadie elige..... -respondió con una sonrisa vacía, mostrando unos dientes cubiertos de una baba verdosa que goteaba lentamente, como si estuviera descomponiéndose desde dentro-. Eres sólo el siguiente... en la fila.
Y entonces, lo último que vi antes de que la oscuridad me consumiera, fueron sus ojos, dos pozos de vacío absoluto, en los que no quedaba rastro de humanidad, solo el abismo del olvido eterno.
Desde aquella noche, cada madrugada a las 4:30, soy yo quien se arrastra hasta la puerta, soy yo quien toca con desesperación, dejando marcas de sangre en la madera, repitiendo las palabras que me ataron a esta maldición: "Voy... a... pasar".
A veces siento su presencia detrás de mí, como si el doctor aún estuviera allí, supervisando, asegurándose de que cumplo con su condena. Ahora soy yo quien susurra en la oscuridad, esperando, deseando que alguien abra la puerta, para que el ciclo de horror nunca termine , pues la maldición se pego a mi y ahora es mi turno de pudrirme , hasta que alguien más , sea tocado por la obscuridad que ahora me pertenece.
~alejandro oliva~
El doctor
- Piel pálida y grisácea, similar a carne muerta conservada en formol.
- Manchas negras que supuran un líquido viscoso.
- Ojos hundidos.
- Rostro retorcido por el sufrimiento eterno.
- Dientes amarillentos y astillados.
- Cuerpo que se desgarraba como si estuviera hecho de material podrido y seco.
*Comportamiento:*
- Obsesionado con la muerte y el sufrimiento.
- Realizaba autopsias con precisión obsesiva.
- Tenía una adicción enfermiza a explorar cuerpos.
- Enloqueció lentamente mientras estaba encerrado en la casa.
- Buscaba descanso, pero estaba atrapado en un ciclo interminable de vida y muerte.
*Habilidades sobrenaturales:*
- Podía comunicarse a través de susurros.
- Podía transferir recuerdos y emociones a otros.
- Podía manipular la realidad para mantener el ciclo de horror.
*Personalidad:*
- Desesperado y hambriento de liberarse.
- Vacío emocional, sin rastro de humanidad.
- Buscaba continuar su legado de horror a través de otros