Un destino prohibido

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Summary

Los ecos del universo resuenan más allá del tiempo y el espacio, marcando los ciclos interminables de amor, sacrificio y renacimiento. Hazel nunca fue solo una humana; desde el principio de los tiempos, fue un faro, un alma destinada a arder con la luz de las estrellas y el fuego del infierno. Su destino y el de Erec siempre estuvieron entrelazados, un amor prohibido que desafió las leyes divinas y provocó el caos entre los cielos y los abismos. Ahora, el equilibrio mismo del universo está en peligro, y la chispa divina que habita en Hazel es la clave para preservarlo... o destruirlo. En un mundo donde los ángeles son tan peligrosos como los demonios, y las decisiones de los mortales resuenan en los reinos inmortales, Hazel deberá elegir quién será al final: la chica que busca desesperadamente el amor de su vida o la fuerza imparable capaz de reescribir el destino de todos.

Status
Complete
Chapters
6
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capitulo 1

Erec caminaba por los pasillos del cielo, sumido en pensamientos amargos. Las dudas sobre el propósito divino lo atormentaban desde hacía siglos, pero cada vez le resultaba más difícil ignorarlas.

“No entiendo a Dios”, murmuraba para sí mismo, con una expresión sombría. “Dice amar a sus creaciones, pero les manda plagas, permite la maldad, asesinatos, hambruna. ¿Cómo puede permitir que se dañen unos a otros y luego esperar que lo sigan adorando?”

Su amigo Zadiel, que había escuchado este monólogo muchas veces, suspiró con exasperación.

—Erec… —intentó interrumpirlo, pero Erec lo miró con una intensidad furiosa, como si lo fulminara con la mirada. Zadiel sabía que el reproche era más profundo que una simple queja; en el fondo, su amigo sufría por los mortales y no encontraba sentido en tanta injusticia.

—Sé lo que me dirás, Zadiel. Siempre es lo mismo. “La ley es dura, pero es la ley”. —Erec alzó las manos en un gesto de ironía—. Pero ¿cómo puede ser esta la voluntad de un Dios que supuestamente ama a sus hijos? ¡Es injusto ver cómo permite que aquellos que son buenos sufran lo peor!

Zadiel puso una mano en el hombro de Erec, en un intento de calmarlo.

—Erec, Dios nos dio libre albedrío. La vida de los mortales es suya para vivirla, para decidir si hacer el bien o el mal. No es nuestro lugar intervenir.

Erec desvió la mirada, mordiendo el interior de su mejilla, frustrado. La respuesta de Zadiel era la misma que le daban todos en el cielo, pero le resultaba vacía y repetitiva. Él ya no podía ver el sentido de mantenerse indiferente.

—Dios hace todo por un motivo… —murmuró con sarcasmo—. ¿Es eso lo que dirán cuando un inocente cae por la crueldad de otro? ¿O cuando alguien sufre sin razón?

Zadiel suspiró y miró a Erec con una mezcla de preocupación y tristeza.

—Erec, ya estás cruzando límites peligrosos. Dios es paciente y bondadoso, pero… tienes que parar. No quiero que seas exiliado. Ya hemos perdido a otros ángeles que desafiaron las leyes del cielo.

Erec miró a Zadiel con una mezcla de ira y dolor, intentando contener sus emociones, pero las palabras se le escaparon.

—Bah, Dios no se permitirá otro ángel exiliado, Zadiel. —Apretó los dientes, enojado consigo mismo por el dolor que sentía hacia su amigo. Zadiel solo trataba de protegerlo, pero él ya estaba demasiado envuelto en su propia lucha.

—Ese es el problema, Erec… —Zadiel se acercó, bajando la voz—. Te están viendo como una amenaza. Tal vez ahora no tengan nada en tu contra, pero si encuentran una razón…

El rostro de Zadiel reflejaba un miedo que Erec nunca había visto antes. Zadiel bajó la mirada, y Erec sintió una punzada de culpa al ver a su amigo así. Sabía que sus palabras eran ciertas; el cielo iba a buscar una excusa para darle fin si seguía en esa senda de cuestionamientos.

Como era de esperarse, Erec fue castigado. Sin ceremonia, el cielo lo removió de sus funciones. Le prohibieron intervenir en la vida de los mortales y lo destinaron al aislamiento, una pena humillante para alguien como él.

Pero, aunque sus poderes estaban limitados, Erec encontró maneras de observar a los mortales desde lejos. En sus solitarios viajes al mundo terrenal, se internaba en las sombras de los bosques, en las esquinas olvidadas de las aldeas, tratando de entender ese misterioso vínculo que sentía por ellos.

Con el tiempo, comenzó a ver algo que nunca había esperado: fascinación. Cada día que pasaba observándolos, Erec sentía una mezcla de admiración y furia. Los humanos, con su fragilidad y sus constantes luchas, parecían desafiar todo lo que él conocía sobre la creación. ¿Cómo podían ser tan resilientes, a pesar de la crueldad que los rodeaba?

Un día, durante uno de sus viajes, Erec vio a una joven. Ella trabajaba en el jardín de una pequeña cabaña, ajena a su silenciosa presencia. Su belleza era inusual, incluso para los estándares celestiales. Erec se sintió atraído, como si algo en ella le llamara de una manera profunda, inexplicable.

—¿Quién es esta mujer… y por qué siento esta presión en el pecho? —murmuró, llevándose la mano al pecho. La intensidad de esa emoción era desconcertante. Se alejó rápidamente, pero la imagen de la muchacha persistió en su mente.

Esa noche, Erec regresó al cielo, pero su mente seguía atrapada en la imagen de la muchacha. Intentó distraerse con sus tareas, pero el recuerdo de su risa, de sus ojos profundos y cálidos como el café tostado, lo perseguía.

Cerró los ojos, intentando borrar su rostro de su mente, pero las imágenes regresaban, intensas y casi tangibles. Recordaba la suavidad de su voz, la delicadeza de sus movimientos, y algo en su interior ardía con una fuerza que no comprendía.

“¿Qué está pasando conmigo?“, se preguntó, tratando de calmar la inquietud que crecía en su pecho. Él era un ángel, estaba hecho de luz y obediencia. Los ángeles no deseaban, no sentían. ¿Entonces, por qué no podía quitarse esa imagen de la cabeza?

Inquieto, se levantó de su lecho celestial y caminó sin rumbo por los vastos jardines del cielo, tratando de aclarar su mente. Sin embargo, cada pensamiento lo llevaba de vuelta a ella: a sus ojos intensos, a su rostro tranquilo y a esa sonrisa cálida que había hecho que algo en su interior se encendiera.

En un intento desesperado por entender, Erec trató de racionalizar lo que sentía. “Es simple curiosidad”, se decía a sí mismo. “No es más que fascinación por cómo viven los mortales.” Pero en el fondo sabía que había algo más profundo, algo que lo llenaba de una extraña ansiedad.

¿Acaso los ángeles podían experimentar deseos humanos? Esa pregunta lo asustó, pero no podía evitarla. Sentía que algo dentro de él se transformaba, rompiendo las barreras que siempre había creído inquebrantables. Empezaba a sentir una necesidad de verla otra vez, de estar cerca de ella.

Incapaz de resistir su creciente curiosidad, Erec regresó al bosque detrás de la cabaña de la muchacha, escondiéndose entre los árboles mientras observaba cómo cuidaba su huerto, ayudaba a ancianos y niños, y curaba animales heridos. La veía arrodillarse cada mañana para dar gracias, y la devoción que mostraba lo conmovía profundamente.

Un día, Erec no midió un paso y pisó una rama seca, rompiéndola. La muchacha giró la cabeza al escuchar el sonido y lo miró, sorprendida.

—¡No tengas miedo! —dijo ella, sonriendo—. No voy a hacerte daño.

Erec dio unos pasos hacia ella, intentando mostrarle que no era una amenaza. Levantó las manos, imitando lo que había visto hacer a los mortales cuando querían mostrarse desarmados.

—No, al contrario, yo no te haré nada. Disculpa por aparecer de esta forma.

La joven soltó una carcajada, rompiendo cualquier tensión.

—Pensé que eras un niño jugando o algún animalito asustado. —Le sonrió y, con un gesto, lo invitó a acercarse—. Haces mucho ruido para ser un hombre, ¿sabes? ¿Quieres entrar? Justo estaba preparando sopa. Las personas del pueblo dicen que es la más rica que han probado.

Erec se quedó paralizado, debatiéndose entre salir huyendo o seguirla, pero antes de que pudiera tomar una decisión, se encontraba ya caminando hacia ella.

—¿Siempre invitas a desconocidos a tu hogar? —preguntó, sin poder evitar un tono de incredulidad.

Ella le sonrió con dulzura y curiosidad.

—Mi nombre es Davina, ¿y tú? —respondió, ignorando su tono inquisitivo.

—Soy Erec —respondió él, intentando mantener una postura autoritaria—. Pero eso no responde a mi pregunta.

Davina rió, como si él acabara de contar un chiste.

—Entonces, ya no somos desconocidos.

Erec frunció el ceño, sin saber cómo responder. Había algo en ella, en su sonrisa despreocupada, que lo desarmaba.

Esta conexión que sintió con Davina marcó un antes y un después en Erec. Por primera vez en su existencia, el ángel comprendía lo que significaba desear, anhelar y hasta temer.