Las Vicisitudes de un Cruzado
Fue durante el paroxismo de la batalla cuando el joven cruzado se dió cuenta de que ni siquiera sabía por qué estaba ahí. En medio del fragor de las espadas, los gritos de dolor y el destemplado chillido de los caballos, en ese momento comprendió que jamás le dijeron por qué fueron a ese lugar tan recóndito y, aunque le habían prometido tierra santa, ese sitio parecía abandonado por la mano de Dios. Comenzó a arrepentirse de haber ido, pero sabía que si desertaba sería ejecutado, y después de saber lo que le hacían a los prisioneros de guerra tenía claro que tampoco podía rendirse. La única opción que le quedaba era luchar a muerte, o eso pensaba, justo cuando sentía desvanecerse sus esperanzas vió a un caballo sin jinete galopando en su dirección, con una extrema agilidad física y mental que jamás se había visto en un soldado raso se subió al caballo y se hizo el muerto, rezando por salir del campo de batalla sin más percances.
Se despertó a la orilla de un río sobre el lomo del corcel. Se relajó de inmediato al comprobar que no estaba ni en el campo de batalla ni en un campamento militar. Lavó sus heridas, estaba lleno de moretones y raspones, pero nada grave por suerte. Pensó en llevarse la armadura para venderla, sin embargo no se vió capaz de cargarla por mucho tiempo, y de llevarla puesta de seguro lo matarían de inmediato, un soldado no sería bien recibido en ninguna parte, pero un peregrino tenía más posibilidades, por lo que sólo conservó una daga que se escondió entre la ropa. En las alforjas de la montura encontró un macuto con provisiones, un petate gastado y una cantimplora así que puso rumbo siguiendo el curso del río con la esperanza de encontrar algún pueblo pacifico, si tenía suerte, en un par de meses podría encontrar un barco que lo llevara de vuelta a casa.
Llegó el crepúsculo del primer día, por lo que tendió su petate, comió un trozo de carne salada y se tendió a dormir. Después de la media noche se despertó por el olor a humo, se levantó de golpe, aterrado con los recuerdos del encarnizado combate, pero pudo comprobar que solo era una columna de humo no muy lejos de su posición, y que debía ser por ella el desagradable olor. Al sentirse fuera de peligro decidió ir a revisar su origen, con el deseo de que pudieran ayudarlo. Treinta minutos después estaba frente a una hoguera custodiada por un hombre con turbante y una túnica del desierto cuando se acercó a pie el hombre lo invitó con gestos a que lo acompañara a lo cual respondió con una sonrisa recelosa y se acercó más. Se notaba cierta desconfianza por parte de ambos, el cruzado le preguntó qué hacía allí solo, entonces el hombre se puso nervioso y miró en su dirección, pero no a él, sino un poco más arriba, y a la izquierda, el joven sacó su puñal y se volteó velozmente, detrás había otro bandido con la espada desenfundada, sin embargo al darse la vuelta lo sorprendió y le dió tiempo a apuñalarlo en la barriga, luego se fue hacía el primer hombre que se había girado para tomar un arma y le clavó el puñal en la espalda, acto seguido salió corriendo, el campamento era muy grande para dos personas, probablemente sus compañeros estuviesen cerca, montó en su caballo cabalgó rápidamente siguiendo nuevamente el curso del río
Con lo que le había costado huir del combate, pero el conflicto se encuentra en todas partes.
Diez días le tomó llegar a una aldea a orillas del río, logró intercambiar al caballo por comida, pero no pudo conseguir indicaciones. Cuando iba saliendo se encontró con un par de paisanos suyos, habían levantado un campamento a las afueras del pueblo. Estuvieron conversando un rato, por supuesto no les reveló la verdadera razón por la que se encontraba allí, luego de un rato comenzaron a beber, los dos hombres tenían varias botellas de vino y cerveza y, cuando comenzaba a oscurecer lo incitaron a una cantina, el joven no pudo rechazarlo y fue con ellos.
Se despertó el cruzado por los gritos de los aldeanos. Se encontraba donde el día anterior había encontrado a los dos paisanos, sin embargo, ni ellos ni su campamento estaban allí, pronto descubrió que tampoco tenía su macuto, ni el dinero que le había sobrado por el caballo, ni el puñal, pero ese era el menor de sus problemas, medio pueblo lo estaba persiguiendo. Sin saber el motivo de su búsqueda, ya que no podía recordar nada de la noche anterior, tuvo que escapar rápidamente hacia el desierto.
Corrió durante dos horas y siguió caminando por otros dos días, totalmente desorientado, se le habían desvanecido las fuerzas con cada paso hasta que cayó desmayado en la arena. Tres horas más tarde, la luz anaranjada del atardecer desértico lo despertó, estaba atado en el lomo de un camello, pero eran amarras para no caerse más que para no escapar. En cuanto abrió los ojos, un hombre con turbante se le acercó y le empezó a hablar en varios idiomas, uno tras otro, hasta que el cruzado reconoció el suyo y le respondió.
-¿Cómo te llamas?- Preguntó el nómada.
-¡Aah! si si, ese, te entiendo- Exclamó el cruzado sorprendido por reconocer su lengua -Me llamo Guillermo-
-Entiendo, yo soy Dalil Nasr ad-Din, pero puedes decirme Nasir. Ahora estás en una caravana de comerciantes árabes, tendrás que hablar con nuestro líder para que decida qué hará contigo- se explicó Nasir -Para tu suerte, él habla tu idioma, así que no será necesario un traductor. Tu audiencia será cuando instalemos el campamento en un par de horas, por ahora descansa, tienes una cantimplora a tu lado por cierto- Nasir se despidió con un gesto y se alejó en dirección de otros nómadas.
Ya instalado el campamento otro hombre fue a desatar a Guillermo, pero cuando éste se quiso comunicar, el nómada le hizo señas de que no hablaba su idioma y luego le indico una carpa más grande que el resto. Entrando en la carpa, la sonora voz de un arabe grande y de barba exuberante lo recibió.
-¡Así que tú eres Guillermo! Yo soy Hakim Abd al-Rahman, pero puedes llamarme Jefe Hakim- Se presentó el líder de los nómadas -Ahora lo importante ¿por qué estás aquí y por qué te encontramos en medio del desierto?- Inquirió el Jefe Hakim.
-La verdad es que tuve una gresca de taberna de la que no me acuerdo y tuve que huir del pueblo, pero por favor, no tengo adonde ir, dejenme viajar con ustedes, estoy seguro de que puedo ayudar- rogó Guillermo.
-No es muy normal a un hombre occidental por aquí- Inquirió el jefe
-Soy un peregrino- se explicó -Soy inofensivo, en serio, solo buscaba ver las majestuosas ciudades de tierra santa, pero, creo que me desvié, ni siquiera estoy seguro de en donde estoy o de cómo volver. Por favor, si me dejan en el desierto moriré-
-Cuando se ha visto que un cristiano le implore a un musulman- Dijo el jefe con una carcajada -Está bien, está bien, no tienes que pedírmelo dos veces, la ley del islám indica que debemos ayudar a nuestros semejantes, puedes acompañarnos en nuestra migración. No te ofendas con nuestra desconfianza, es que son tiempos de guerra. Caminarás junto a la caravana, nos ayudaras a descargar y descargar el cargamento, nos pagaras con trabajo, y cuando considere saldada tu deuda podrás decidir si irte o continuar con nosotros-
-Muchas gracias jefe Hakim, muchas gracias-
Luego de viajar por cinco meses con los nómadas árabes aprendió parte de su idioma gracias a la ayuda de Nasir, aprendió a comerciar gracias a un hombre llamado Farid Abu Ahmed y aprendió a levantar las carpas y a cuidar de los camellos gracias a Omar Al Tauil. Aún no se sentía del todo cómodo viviendo en el desierto, pero era feliz. Un mes después, se enteró que se dirigían a una de las grandes ciudades que se yerguen estoicas en medio del desierto, lo cual no le preocupó demasiado en un principio, hasta que a tres días de distancia de la ciudad se encontraron con exploradores cruzados, de los que se tuvo que esconder para que no lo reconocieran como uno de los suyos. Ver a los exploradores fue todo lo que necesitó para confirmar sus sospechas, no debía ir a la ciudad.
A un día de distancia de la ciudad, en plena noche, cinco hombres secuestraron a Guillermo y se lo llevaron al campamento en que descansaba un ejército cristiano. Uno de los exploradores lo había reconocido como europeo, por lo que el general del ejército había ordenado que se lo llevaran para obligarlo a actuar de espía.
-¿Cómo te llamas?- Preguntó el general.
-Guillermo- Contestó atemorizado por los guardias que lo vigilaban.
-Excelente, tu nos ayudaras- Declaró el general -Dado que tienes la confianza de los nómadas, mañana entrarás con ellos a la ciudad y durante la noche abrirás las puertas para que podamos entrar y conquistarla-
-¿¡Qué!?- Exclamó Guillermo -¿Por qué haría eso?
-Tienes cara de ser cristiano ¿Que no le temes al infierno? A Dios no le gustan los desertores, si participas de la cruzada todos tus pecados serán expiados. Además, si quieres volver a tu patria en vez de terminar comido por los chacales, será mejor que te redimas haciendo lo que te pido-
-Aah… Si, si, está bien, lo haré- respondió Guillermo dificultosamente por el pavor que sentía.
La noche siguiente fingió que se quedaba dormido para que no se le pasara la hora acordada. Poco antes de la medianoche, se levantó sigilosamente y se deslizó hacia la salida del campamento de los gitanos, luego pasó desapercibido por las callejuelas nocturnas poco transitadas de la ciudad hasta llegar a la puerta este. Logró noquear sin dificultad al guardia de la manivela que abría las puertas, de pronto se empezaron a oír gritos sobre los muros, el ejército estaba se estaba acercando, abrió, jalando de la manivela con todas sus fuerzas, las puertas y entonces vislumbró la magnitud del ejército que se abalanzaba en contra de la ciudad ignorante al peligro. Cuando se disponía a salir de la ciudad para escapar de la masacre, una melancólica voz lo detuvo -Guillermo- acto seguido sintió como el frío filo de un puñal le atravesaba un costado, se dió la vuelta y vio a Nasir, llorando tanto por la traición como por la impotencia.
El ejército entró en la ciudad y el primer caballero que cruzó el portal blandió la espada asesinando a Nasir, en ese momento Guillermo estaba malamente sentado en el suelo con tres puñaladas en el pecho y una en la espalda, sin embargo, lo que más le dolía no eran sus heridas, sino que el rostro lleno de dolor de Nasir, persona que le había agradado como pocos, y que yacía muerto en frente de él por su culpa. Tirado en el piso y sintiendo como exhalaba su último aliento no pudo evitar pensar en todo lo que dejaba atrás por segunda vez, su familia en Europa, su esposa.
-Solo quisiera verla una vez más- susurro para si mismo -Jamás debí venir- Se lamentó -Por la promesa de riquezas abandoné el mayor tesoro que he tenido- Esto lo dijo llorando, pero un joven soldado que entraba caminando a su lado lo escuchó y se acuclilló a su lado.
-¿Qué tesoro?- le preguntó el extraño.
-El amor, un tesoro inconmensurable, pero que al ser intangible la gente lo olvida. Muchacho, sal de aquí, esto no vale la pena, arriesgas tu vida por nada, vuelve a tu casa-
La ciudad fue tomada, pero ahora se avecinaba un gigantesco ejército musulmán decidiso a recuperarla. El joven soldado enterró a Guillermo en una tumba sin lápida y escapó.