Lágrimas con forma de burbujas

All Rights Reserved ©

Summary

Basado en una época futurista del siglo XXI, una joven tiene como propósito ser como los demás o tener la voluntad de ser ella misma

Status
Complete
Chapters
11
Rating
n/a
Age Rating
13+

Sentencia - {parte 1}-

Cada vez que conocemos algo nuevo, nos da curiosidad saber que es, de que está hecho, si alguien o algo lo hizo, y que podemos hacer con él. Sin embargo, este no es el caso, porque el mundo que me rodea, ni siquiera es imperfecto, si no que...

Más bien, se siente vacío.

Mi mente refleja una mezcla de colores que van desde el blanco hasta el azul, y a veces cambia a negro, así fue mi vida casi todos estos años; las luces iluminan mis pies descalzos en el bosque, era tanta mi curiosidad que, involuntariamente caminaba hacia la oscuridad.

Y entonces, algo comenzó a seguirme, una estela de oscuridad corre hacía mí; mi cuerpo generó dudas, pero algo no estaba bien, la adrenalina me obliga a huir de él recordando las siguientes palabras:

“No mires atrás, no mires atrás.”

El calor provoca que termine tropezando, antes de cerrar los ojos noté que esa misma oscuridad trataba de deshacerse de mí, y al mismo tiempo me hizo respirar.

La presión en mi pecho ocasionó que despierte en el lugar donde deseé no estar viva nunca; cada mañana despierto y miro al techo extendiendo mi brazo hacia él, ha comenzado un nuevo día, como cualquier otro.

No puedo decir que es aburrida, porque me he topado con muchos amigos, y a lo largo de toda mi vida he perdido a algunos.

Todas las amistades que hice, no eran más que recuerdos vacíos y llenos de culpa:

La primera amiga que tuve era demasiado narcisista, durante una pequeña plática una niña mucho más pequeña que nosotras tenía problemas para dibujar, y pese a que no tuve una buena experiencia respecto a enseñar, no logro recordar si fui grosera con ella; pero al parecer mi amiga sí.

Nunca supe que hice mal, al día siguiente traté de acercarme a ella, para qué en un momento de ira, ella me miré con los mismos ojos de juicio que cuando acabas de matar a alguien, y entonces, nunca más la volví a ver.

Eso me hizo dudar de la gente, porque, aún si estuvo mal lo que hice, nunca entendí en que me equivoqué, la gente no hacía más que enojarse conmigo y desaparecía, tanto que yo terminé haciendo lo mismo con aquellos a quién consideraba mis amigos.

La segunda amiga que hice fue una muy querida, tanto que, el día que falleció, no quería nada, y tampoco quise a nadie, cada día me culpaba hasta que alguien apareció.

En el momento que cuestionó mis dudas, fui lo más vulnerable con él, y caí en sus brazos sin parar de llorar...

Eso pasó hace mucho tiempo, hace mas de 4 años, y ahora, no hay nada que me haga conmoverme, o siquiera me haga llorar, y eso se volvió una mala costumbre mía, no hay nada que sienta ahora mismo, dolor, tristeza o felicidad, da igual.

Lo único que hay frente a mi, es un brillante cielo azul, pero ni siquiera es hermoso, ni mucho menos brillante. No me provoca una sola sensación de gusto ni de amor, porque para empezar, no lo percibo como mi hogar, ni como mi refugio, por eso no vale nada para mí.

Recuerdo cuando llegué por primera vez a Quintana Roo, en la calle de las mariposas; me divertí por un tiempo, y era agradable ya que tenía amigos o gente que me hacía reír. Aunque en el fondo lo único que deseaba era encontrar a mi madre, a pesar de que la gente aquí era muy cruel y grosera; todos me trataban con desdén cuando revelo que soy de Yucatán.

Gracias a esos comentarios, tuve que ocultar mi identidad, mi acento y mucho más importante: mi personalidad. No me imagino que pasaria si hubiera venido ahora mismo, se habría vuelto incluso peor.

Siendo realistas, la gente forastera; en su mayoría quienes vienen de la ciudad son lo menos importante aquí. Si, son clasistas y racistas, y aunque los considere un virus, no son relevantes porque no tienen en que caerse muertos. Lo poco que debería importar son ellos.

Cuando vine aquí, siempre me imaginé que Cancún era hermoso y que valía la pena estar aquí, y me equivoqué, este sitio es la cuna de los pedófilos, no puedes confiar en nadie, y nunca debes mostrarle tus sentimientos a nadie.

Dando un recorrido visual no hice más que pelearme con la gente, ir de un lado a otro y comer en algún sitio mediocre de comida rápida, esa es mi vida cotidiana, y hoy no era nada distinto.

No tenía nada que hacer en casa, por eso mismo salí al crucero en busca de algo que llene mi vacío interior por un instante, incluso si eso traía comida.

Me enfoqué en subir al transporte, y elegir un asiento cerca de la ventana y con mayor sombra, en mi mente solo puedo pensar que hay cosas que yo no puedo cambiar. Cómo por ejemplo el momento en el que renuncié.

Nunca le puse una dirección a mi vida, por ello no hacía más que trabajar en lo primero que me dé dinero suficiente, pero nada de eso me hacía sentir satisfecha, y no pagaba nada que quisiera, todo lo que compré se quedó arrumbado y lleno de telarañas.

Fue por esa misma razón que decidí renunciar en cuanto recibí mi última paga, puesto que ya había reunido suficiente, y con ello, acabar con mi dolor. Lo único que pensaba es que no importa cuanto mejore yo, todos aquí son unas víboras.

Cerca de la puerta se oían las pisadas de unos pequeños pies que cada vez se sintieron cercanos a mí. Aunque trataba de ignorarlo, mi vista se interrumpió al notar que había alguien frente a mí.

No era un adulto o un adolescente; se trataba de una niña con la mirada llena de vida, y sus ojos eran de un color castaño, o quizás negros cuya mirada se dirigió hacia mí.

Puede que sea solo mi imaginación, pero por un momento creí verme frente a una versión más pequeña.

Su semblante y su mirada, todo en ella desbordaba una inocencia única, y sobre todo el atuendo que usa: ella portaba un pequeño vestido con diseño de cuadros amarillo y tenis de color blanco.

Dado que pensaba en que no me dejaría en paz, me hice a un lado; no quería que me hable, así que solo se sentó a un lado mío apoyando sus brazos en el asiento.

Durante todo el trayecto no pude evitar sentir su mirada puesta en mí, era el momento perfecto para que esta niña me haga un gran susto, o que me ataque, sea lo que sea, quería que se vaya.

Lo más extraño de todo es que no hay nadie que haya venido con ella, ¿será que acaso vino sola?

No debería estar paranoica, pero lo que me inquieta es que no pude evitar notar que ella quería venir conmigo y no hacía más que mirar hacia los lados.

— ¿Qué quieres? — pregunté sin pensar en un momento que situación tenía mientras aquella niña al lado de mí, un tanto nerviosa, apretaba su vestido suavemente.

— Mmm, vine aquí porque... Tengo una misión. — afirmó con sus ojos llenos de determinación y curiosidad

Una misión dice, puede que no sea nada importante y solo se trata de un juego; pero, para empezar una niña no tendría por qué estar sola, traté de encontrar una manera para que no tenga que involucrarme por completo, mientras no perdía ningún segundo de mi tiempo, aunque algo hizo click en mi mente.

Pasé mi mano por mi mejilla mientras algo me recordó que frente a la plaza hay una estación para niños perdidos, quizás si la dejaba ahí podría encontrar a un adulto responsable; o quién sea que debería estar cuidando de ella.

Solo puedo imaginar que haré de comer en esta ocasión.

Suspiré lentamente viendo hacia la ventana, al momento de bajar noté que aquella niña no paraba de seguirme a dónde quiera que vaya, es como una pequeña pulga, aunque para ser sincera las odio.

El cielo, a punto de liberar nubes de color gris, soltaba gotas de lluvia en medio del sol.

— Espera un momento. — miré hacia los lados lentamente y la cargué sin acercarme lo suficiente, mientras buscaba un asiento cerca. — quédate aquí, no me sigas; y sobre todo, regresa de dónde viniste.—

Me di la vuelta lentamente hacia atrás cubriendo mi ropa con un chaleco mientras soltaba un leve suspiro de alivio. — Para empezar no sé ni porqué me seguiste.—

— No quiero. — Contestó de la forma más simple, levantándose de su asiento, lo sorprendente era que daba pequeños saltos, y al mismo tiempo lo hacía rápido — Quiero quedarme contigo. —

— Paso.

Volví a caminar paso por paso dirigiendo mi vista hacia adelante, no tenía nada que hacer con ella, ni mucho menos quería ser la niñera de alguien.

— Haz lo que quieras.— Esta niña soltó una risa leve y empezó a correr siguiéndome.

Una parte que jamás entendí de los niños es que no aceptan un no por respuesta, y más importante, porque tendría que encargarme de ella, es demasiado molesto.

La calle más cercana a mi destino era la 100, pero primero necesitaba deshacerme de esta niña.

Cerca de un faro de luz, la cabina de una estación resaltaba entre los puestos de manualidades, no era alentador, pero sabía que hacer en esta situación.

Corrí hacia la estación respirando agitada, apoyé mis manos contra la mesa dirigiendo mi mirada hacia dos hombres que se encontraban resguardando el lugar.

— Disculpe, acabo de encontrar a una niña que esta perdida.— un adulto mayor que se hallaba sentado en la parte superior de la mesa se acercó a mi, un tanto confundido.

— ¿Está segura de que no lo soñó?, porque ese tipo de cosas no son un juego.

Miré fijamente hacia él, con la respiración aún más inquieta. — ¿Por qué le mentiría? Le acabo de decir que acabo de ver a una niña justo... Aquí. —

Al momento de voltear, uno de los hombres a su lado comenzó a anotar en una hoja de papel, una combinación de números, con el oficial saliendo de la cabina.

— Señora, entiendo que la salud mental aquí sea un mal chiste, pero si de algo le sirve, hay un psicólogo en la Ciudad de México muy bueno.

Aquel oficial a mi lado me dió una hoja con un número telefónico. — por ahora vamos a cerrar. — comentaron ambos mientras aseguraron con llave la cabina para después apagar todas las luces.

Murmuré sujetando dicho papel. — ¿Me acaba de decir señora? — Presioné con fuerza la hoja en mi mano, arrojándolo hacia un contenedor de basura. — Ya tuve suficiente de esto. —

Caminé de regreso hacia mi hogar mirando fijamente hacia los charcos de la lluvia, mi mente estaba confundida, no lo había soñado, y tampoco sería una razón suficiente para ser tachada de loca.

Me detuve en seco cuando ví a esa misma niña, sentada mientras sujetaba una flor, que con las justas era del tamaño de su mano,

Me miró a los ojos fijamente y corrio para abrazarme — ¡Ah! ¡Eres tú! —aparte su cabeza con mis manos, lo que se me hace extraño que no deje de sonreír.

— No me toques. Tuve suficiente con que me hagas pasar como una loca. Otra cosa, no es nada común que sigas a una persona que ni siquiera conoces.

Ella sujetó mi mano suavemente alejándose un poco— jeje, pero yo si te conozco. — la mirada llena de determinación en sus ojos me provoca cierta desconfianza, pero lo cierto es que todos han dicho lo mismo, y esta no sería la excepción.

Me alejo de ella poco a poco, con la luz del sol apagándose, miré por última vez el atardecer suspirando. — ahora, déjame en paz. —

Algo que detestaba es que alguien me siguiera, porque no soy un ejemplo a seguir, ni mucho menos alguien admirable, y para mí, los niños, y en especial los adultos no eran más que una carga.

Incluso si prometen no serlo, pensé en que sería mejor si estuviera completamente sola.Cada vez que conocemos algo nuevo, nos da curiosidad saber que es, de que está hecho, si alguien o algo lo hizo, y que podemos hacer con él. Sin embargo, este no es el caso, porque el mundo que me rodea, ni siquiera es imperfecto, si no que...

Más bien, se siente vacío.

Mi mente refleja una mezcla de colores que van desde el blanco hasta el azul, y a veces cambia a negro, así fue mi vida casi todos estos años; las luces iluminan mis pies descalzos en el bosque, era tanta mi curiosidad que, involuntariamente caminaba hacia la oscuridad.

Y entonces, algo comenzó a seguirme, una estela de oscuridad corre hacía mí; mi cuerpo generó dudas, pero algo no estaba bien, la adrenalina me obliga a huir de él recordando las siguientes palabras:

“No mires atrás, no mires atrás.”

El calor provoca que termine tropezando, antes de cerrar los ojos noté que esa misma oscuridad trataba de deshacerse de mí, y al mismo tiempo me hizo respirar.


La presión en mi pecho ocasionó que despierte en el lugar donde deseé no estar viva nunca; cada mañana despierto y miro al techo extendiendo mi brazo hacia él, ha comenzado un nuevo día, como cualquier otro.

No puedo decir que es aburrida, porque me he topado con muchos amigos, y a lo largo de toda mi vida he perdido a algunos.

Todas las amistades que hice, no eran más que recuerdos vacíos y llenos de culpa:

La primera amiga que tuve era demasiado narcisista, durante una pequeña plática una niña mucho más pequeña que nosotras tenía problemas para dibujar, y pese a que no tuve una buena experiencia respecto a enseñar, no logro recordar si fui grosera con ella; pero al parecer mi amiga sí.

Nunca supe que hice mal, al día siguiente traté de acercarme a ella, para qué en un momento de ira, ella me miré con los mismos ojos de juicio que cuando acabas de matar a alguien, y entonces, nunca más la volví a ver.

Eso me hizo dudar de la gente, porque, aún si estuvo mal lo que hice, nunca entendí en que me equivoqué, la gente no hacía más que enojarse conmigo y desaparecía, tanto que yo terminé haciendo lo mismo con aquellos a quién consideraba mis amigos.

La segunda amiga que hice fue una muy querida, tanto que, el día que falleció, no quería nada, y tampoco quise a nadie, cada día me culpaba hasta que alguien apareció.

En el momento que cuestionó mis dudas, fui lo más vulnerable con él, y caí en sus brazos sin parar de llorar...

Eso pasó hace mucho tiempo, hace mas de 4 años, y ahora, no hay nada que me haga conmoverme, o siquiera me haga llorar, y eso se volvió una mala costumbre mía, no hay nada que sienta ahora mismo, dolor, tristeza o felicidad, da igual.

Lo único que hay frente a mi, es un brillante cielo azul, pero ni siquiera es hermoso, ni mucho menos brillante. No me provoca una sola sensación de gusto ni de amor, porque para empezar, no lo percibo como mi hogar, ni como mi refugio, por eso no vale nada para mí.

Recuerdo cuando llegué por primera vez a Quintana Roo, en la calle de las mariposas; me divertí por un tiempo, y era agradable ya que tenía amigos o gente que me hacía reír. Aunque en el fondo lo único que deseaba era encontrar a mi madre, a pesar de que la gente aquí era muy cruel y grosera; todos me trataban con desdén cuando revelo que soy de Yucatán.

Gracias a esos comentarios, tuve que ocultar mi identidad, mi acento y mucho más importante: mi personalidad. No me imagino que pasaria si hubiera venido ahora mismo, se habría vuelto incluso peor.

Siendo realistas, la gente forastera; en su mayoría quienes vienen de la ciudad son lo menos importante aquí. Si, son clasistas y racistas, y aunque los considere un virus, no son relevantes porque no tienen en que caerse muertos. Lo poco que debería importar son ellos.

Cuando vine aquí, siempre me imaginé que Cancún era hermoso y que valía la pena estar aquí, y me equivoqué, este sitio es la cuna de los pedófilos, no puedes confiar en nadie, y nunca debes mostrarle tus sentimientos a nadie.

Dando un recorrido visual no hice más que pelearme con la gente, ir de un lado a otro y comer en algún sitio mediocre de comida rápida, esa es mi vida cotidiana, y hoy no era nada distinto.

No tenía nada que hacer en casa, por eso mismo salí al crucero en busca de algo que llene mi vacío interior por un instante, incluso si eso traía comida.

Me enfoqué en subir al transporte, y elegir un asiento cerca de la ventana y con mayor sombra, en mi mente solo puedo pensar que hay cosas que yo no puedo cambiar. Cómo por ejemplo el momento en el que renuncié.

Nunca le puse una dirección a mi vida, por ello no hacía más que trabajar en lo primero que me dé dinero suficiente, pero nada de eso me hacía sentir satisfecha, y no pagaba nada que quisiera, todo lo que compré se quedó arrumbado y lleno de telarañas.

Fue por esa misma razón que decidí renunciar en cuanto recibí mi última paga, puesto que ya había reunido suficiente, y con ello, acabar con mi dolor. Lo único que pensaba es que no importa cuanto mejore yo, todos aquí son unas víboras.

Cerca de la puerta se oían las pisadas de unos pequeños pies que cada vez se sintieron cercanos a mí. Aunque trataba de ignorarlo, mi vista se interrumpió al notar que había alguien frente a mí.

No era un adulto o un adolescente; se trataba de una niña con la mirada llena de vida, y sus ojos eran de un color castaño, o quizás negros cuya mirada se dirigió hacia mí.

Puede que sea solo mi imaginación, pero por un momento creí verme frente a una versión más pequeña.

Su semblante y su mirada, todo en ella desbordaba una inocencia única, y sobre todo el atuendo que usa: ella portaba un pequeño vestido con diseño de cuadros amarillo y tenis de color blanco.

Dado que pensaba en que no me dejaría en paz, me hice a un lado; no quería que me hable, así que solo se sentó a un lado mío apoyando sus brazos en el asiento.

Durante todo el trayecto no pude evitar sentir su mirada puesta en mí, era el momento perfecto para que esta niña me haga un gran susto, o que me ataque, sea lo que sea, quería que se vaya.

Lo más extraño de todo es que no hay nadie que haya venido con ella, ¿será que acaso vino sola?

No debería estar paranoica, pero lo que me inquieta es que no pude evitar notar que ella quería venir conmigo y no hacía más que mirar hacia los lados.

— ¿Qué quieres? — pregunté sin pensar en un momento que situación tenía mientras aquella niña al lado de mí, un tanto nerviosa, apretaba su vestido suavemente.

— Mmm, vine aquí porque... Tengo una misión. — afirmó con sus ojos llenos de determinación y curiosidad

Una misión dice, puede que no sea nada importante y solo se trata de un juego; pero, para empezar una niña no tendría por qué estar sola, traté de encontrar una manera para que no tenga que involucrarme por completo, mientras no perdía ningún segundo de mi tiempo, aunque algo hizo click en mi mente.

Pasé mi mano por mi mejilla mientras algo me recordó que frente a la plaza hay una estación para niños perdidos,quizás si la dejaba ahí podría encontrar a un adulto responsable; o quién sea que debería estar cuidando de ella.

Solo puedo imaginar que haré de comer en esta ocasión.

Suspiré lentamente viendo hacia la ventana, al momento de bajar noté que aquella niña no paraba de seguirme a dónde quiera que vaya, es como una pequeña pulga, aunque para ser sincera las odio.

El cielo, a punto de liberar nubes de color gris, soltaba gotas de lluvia en medio del sol.

— Espera un momento. — miré hacia los lados lentamente y la cargué sin acercarme lo suficiente, mientras buscaba un asiento cerca. — quédate aquí, no me sigas; y sobre todo, regresa de dónde viniste.—

Me di la vuelta lentamente hacia atrás cubriendo mi ropa con un chaleco mientras soltaba un leve suspiro de alivio. — Para empezar no sé ni porqué me seguiste.—

— No quiero. — Contestó de la forma más simple, levantándose de su asiento, lo sorprendente era que daba pequeños saltos, y al mismo tiempo lo hacía rápido — Quiero quedarme contigo. —

— Paso.

Volví a caminar paso por paso dirigiendo mi vista hacia adelante, no tenía nada que hacer con ella, ni mucho menos quería ser la niñera de alguien.

— Haz lo que quieras.— Esta niña soltó una risa leve y empezó a correr siguiéndome.

Una parte que jamás entendí de los niños es que no aceptan un no por respuesta, y más importante, porque tendría que encargarme de ella, es demasiado molesto.

La calle más cercana a mi destino era la 100, pero primero necesitaba deshacerme de esta niña.

Cerca de un faro de luz, la cabina de una estación resaltaba entre los puestos de manualidades, no era alentador, pero sabía que hacer en esta situación.

Corrí hacia la estación respirando agitada, apoyé mis manos contra la mesa dirigiendo mi mirada hacia dos hombres que se encontraban resguardando el lugar.

— Disculpe, acabo de encontrar a una niña que esta perdida.— un adulto mayor que se hallaba sentado en la parte superior de la mesa se acercó a mi, un tanto confundido.

— ¿Está segura de que no lo soñó?, porque ese tipo de cosas no son un juego.

Miré fijamente hacia él, con la respiración aún más inquieta. — ¿Por qué le mentiría? Le acabo de decir que acabo de ver a una niña justo... Aquí. —

Al momento de voltear, uno de los hombres a su lado comenzó a anotar en una hoja de papel, una combinación de números, con el oficial saliendo de la cabina.

— Señora, entiendo que la salud mental aquí sea un mal chiste, pero si de algo le sirve, hay un psicólogo en la Ciudad de México muy bueno.

Aquel oficial a mi lado me dió una hoja con un número telefónico. — por ahora vamos a cerrar. — comentaron ambos mientras aseguraron con llave la cabina para después apagar todas las luces.

Murmuré sujetando dicho papel. — ¿Me acaba de decir señora? — Presioné con fuerza la hoja en mi mano, arrojándolo hacia un contenedor de basura. — Ya tuve suficiente de esto. —

Caminé de regreso hacia mi hogar mirando fijamente hacia los charcos de la lluvia, mi mente estaba confundida, no lo había soñado, y tampoco sería una razón suficiente para ser tachada de loca.

Me detuve en seco cuando ví a esa misma niña, sentada mientras sujetaba una flor, que con las justas era del tamaño de su mano,

Me miró a los ojos fijamente y corrio para abrazarme — ¡Ah! ¡Eres tú! —aparte su cabeza con mis manos, lo que se me hace extraño que no deje de sonreír.

— No me toques. Tuve suficiente con que me hagas pasar como una loca. Otra cosa, no es nada común que sigas a una persona que ni siquiera conoces.

Ella sujetó mi mano suavemente alejándose un poco— jeje, pero yo si te conozco. — la mirada llena de determinación en sus ojos me provoca cierta desconfianza, pero lo cierto es que todos han dicho lo mismo, y esta no sería la excepción.

Me alejo de ella poco a poco, con la luz del sol apagándose, miré por última vez el atardecer suspirando. — ahora, déjame en paz. —

Algo que detestaba es que alguien me siguiera, porque no soy un ejemplo a seguir, ni mucho menos alguien admirable, y para mí, los niños, y en especial los adultos no eran más que una carga.

Incluso si prometen no serlo, pensé en que sería mejor si estuviera completamente sola.