Prólogo
Mudarse apesta.
Nunca lo diría en voz alta, claro. Mis padres ya tienen suficiente con la presión del trabajo y todo lo que significó esta mudanza. Pero no puedo evitarlo: dejar mi vida en Boston para venir a una ciudad pequeña en Canadá no era algo que planeaba, ni algo que quería. Tenía amigos allá. Un equipo. Una rutina. Ahora, todo eso quedó atrás, como si nunca hubiera existido.
Dicen que cambiar de lugar es una oportunidad para empezar de nuevo, pero no sé si me gusta la idea de empezar otra vez desde cero. Aquí todo es diferente: el frío es más intenso, las calles son más tranquilas, y el hockey parece ser el deporte del que todos hablan, cuando yo solo pienso en el fútbol.
La primera semana en la escuela fue rara. Nadie me habló mucho, salvo un par de compañeros del equipo que parecían interesados más en mi desempeño en la cancha que en mí como persona. Me encajaron rápido en el equipo de fútbol, diciendo que necesitaban un delantero, lo cual fue un alivio... al menos hasta que conocí al capitán Aldair.
Desde el primer día, no parecía soportarme, y la verdad, no sé qué hice para merecerlo. Es bueno, demasiado bueno, y lo sabe. Tiene esa confianza que incomoda, esa que hace que sientas que siempre estás bajo evaluación. Pero no es solo eso. Hay algo en su forma de ser, en la manera en que habla, que me irrita. Como si él no tuviera que preocuparse por las cosas que yo llevo escondidas desde hace años.
Lo peor es que tengo que convivir con él. Entrenamos juntos, jugamos juntos, y a veces tengo la sensación de que sus miradas son más que simples juicios sobre mis habilidades en la cancha. Algo me dice que este lugar y este equipo serán mucho más complicados de lo que esperaba.
Solo espero no arruinarlo todo. Otra vez.