Una noche. (INTRODUCCIÓN)
Una banqueta.
Una calle cualquiera.
Una colonia aledaña a alguna preparatoria de CDMX.
Una noche cálida de verano.
Árboles meciendoce con la brisa.
Pantalones de mezclilla entubados, tenis sucios y gastados.
Latas de cerveza, algunas vacías y otras a medio terminar.
En la acera dos mochilas tiradas y algunas colillas de cigarro a su alrededor.
Dos adolescentes, de cuerpos delgados y con los brazos descubiertos, sentados en la banqueta abandonaron las cervezas que bebían mientras platicaban de las complicaciones de tener 16 años.
Uno de ellos lleva una cadena colgado del lóbulo derecho, de cabello rizado y largo, alborotado, despeinado en realidad.
Parece que tiene una cabeza del doble del tamaño normal.
La cabellera negra y desordenada enmarca unos ojos rasgados, de un café tan oscuro que pasan por negros, sobre la nariz chata y labios gruesos de fácil sonrisa, que muestra una dentadura blanca y perfectamente alineada, en esa cara morena no hay rastro de barba, pues es lampiño por naturaleza.
El otro, un chico unos centímetros más bajo, de cabello negro totalmente liso, con corte de librito, la nariz afilada, ojos café claro, labios delgados, rojos, que se mantienen apretados cómo para evitar que algo malvado escape de esa boca pequeña de dentadura blanca con caninos sobresalientes.
El negro del cabello contrasta con la blanca piel, casi pálida, que parece no querer dejar salir ni un bello facial y que solo cuenta con dos lunares una del lado superior derecho de los labios y otro abajo del ojo izquierdo.
El chico de cabello rizado invitó al otro por un cigarro y una cerveza.
Después de ver cómo lo rechazaban.
Solo a un loco se le ocurre declararse a la chica más linda del grupo de a lado, a la hora de la salida.
Son las 8:00 de la noche, los viernes esa es la hora de salida.
Aún no sabe el nombre del chico a su lado.
Han coincidido un par de semanas en clases.
Verlo ahí parado le dio suficiente lástima para acercarse e invitarlo por un cigarro.
Se sentaron en la banqueta, en alguna calle a la redonda de la prepa.
Para perder el tiempo y hablar de la vida.
Y después ir cada uno por su lado.
Al cabo de unos minutos, dando tragos cortos, con platicas vanas carentes de sentido.
El chico de cabello liso guardo silencio y miró fijamente la luna, que en ese momento estaba llena y brillaba en todo su esplendor.
La luna le regreso la mirada, en lo alto del cielo, asomándose entre las hojas de los árboles y cables de luz eléctrica.
El viento, suave y cálido, del verano guió a su ojo una pequeña basura, su nuevo amigo se acercó demasiado intentando soplar la basura fuera del ojo.
Sin querer o sin notar, más bien por inercia.
Fue inevitable.
Se perdieron en la mirada del contrario por un minuto, tal vez más.
La mano con gruesos anillos metálicos acarició la mejilla del chico de cabello lacio, éste ladeo la cabeza al tiempo que se acercaba al chico dueño de los rizos, rizos que lo himnotizaron.
Sonrieron al mismo tiempo, antes de cerrar los ojos y unir los labios, primero un roce suave.
Luego los mantuvieron unidos por más tiempo, aún cerrados.
No notaron quien abrió los labios primero o en que momento se aventuró la lengua de alguno en la boca ajena.
Únicamente notan la sensación cálida y húmeda del otro.
En un instante se dejaron de oír las risas, fueron sustituidas por succiones y pequeños jadeos.
Uno que otro suspiro escapa de ellos.
Las largas piernas apoyan con firmeza los pies en el asfalto, con el fin de empujar la parte superior de sus cuerpos, logrando así, acercarse más profundizando el beso y evitando separarse.
Las manos del pelilacio sujetan con fuerza el rostro qué lo besa.
El chico de rizos a su vez recorre la espalda del otro de arriba a abajo con ambas manos.
Giran las cabezas de un lado a otro al mismo tiempo, para ajustar el ángulo.
De repente el chico de cabello negro siente un gran dolor en el labio qué lleva la perforación reciente, lo que lo obliga a separarse del mejor besador qué ha conocido en su corta vida.
—¡¿Por qué me muerdes idiota?!
Gritó frotando el labio herido.
—Mi celular está vibrando, déjame contestar, seguramente es mi novia.
El pelinegro sintió esas palabras cómo una bofetada.
La canción "Noches de tu piel", que les dio el ritmo para besarse por los 5:10 minutos que dura, termina dejando un silencio incómodo.
—¿Novia?
—Sí novia, vive por mi casa y quedamos de vernos cuando llegara de la escuela.
—¿Por qué besas personas si tienes novia?
La indignación iba en ascenso.
—No beso 'personas' cuando tengo novia.
—¿No soy una persona?
El chico de cabello negro y piel blanca preguntó, levantando una ceja.
—Eres una excepción, no fue intencional, fue un impulso, el calor del momento y la canción de la Casta, no me había pasado antes. 'Perate, sí es ella la que llama.
—Ah. Ok.
El pelinegro se quedó sentado en su sitio, con la boca abierta y la cabeza hecha un lío.
No es la primera vez que besa a un chico.
En cambio es la primera vez que lo dejan esperando para responder la llamada de la novia del otro chico.
Otro chico...
¿Cómo es qué se llama ese infiel, entrometido, fumador que da besos de concurso?
—¡Ey! Gracias por el cigarro y la cerveza, ya me voy.
Se despidió del chico con cabello ondulado, antes de que colgara la llamada.
—Espérame, te acompaño a la parada.
—No gracias, adiós.
Espera que el fin de semana sea suficiente para que ambos olviden lo que pasó.
Y se le pase la vergüenza de lo que hizo sin pensar.
Se puso los audífonos, subió el volumen a la música para no oír al "compañero" que seguía gritándole y caminó en dirección al transporte que lo dejaría en la estación del metro más cercana.
—¡Ey! Espérame Sandy, estába con un amigo, pero se está yendo solo y me da miedo que lo asalten, si quieres mejor salimos mañana. ¡Oye! Sí amor ya adiós besos. ¡Oye! ¡Tú!+
El último grito evidenció dos cosas para el pelinegro, que en realidad ya sabía.
Número uno, el chico de cabello rizado, no tenía ni idea de cómo se llamaba.
Número dos, besarlo claramente fue un error, y no se volvería a repetir por que no pensaba dejar a su novia. A quien era obvio que amaba.
Con esto en mente, tomo la firme decisión de hacer oídos sordos y fingir que nada pasó.
El lunes serían un par de desconocidos.
—¡Oye! ¡Amigo!
¿Amigo? Él no besaba a sus amigos, ni era amigo de alguien a quien ya hubiera besado.
El chico de cabello rizado se quedó parado en medio de la calle, pensando que había salido mal.
No le dijo al otro que se fuera. Solo que lo esperara para hablar con Sandy y cancelar la cita para hablar más tranquilos, sin prisa.
Un pensamiento imposible lo asalto de pronto
《Quizá no le gustó el beso》.
Nah.
Lo descartó en seguida, siempre lo han alagado por ser un buen besador.
Tal vez nunca había besado a otro hombre y se sorprendió o se espantó por hacerlo.
Sí eso era más probable.
Levantó la basura, aún pensando que pudo salir mal.
Se preparó para ir a casa.
Ya el lunes aclararian las cosas.
También necesitaba hablar con su novia, después de dos años de relación las cosas no estaban realmente bien.
Un chico de cabello negro corría por los pasillos del metro Pantitlán, en la Ciudad de México.
Subió a toda velocidad las escaleras qué llevan al anden de la línea 5, intentando alcanzar el tren qué estaba por salir.
Se tiró de golpe contra el asiento, comenzó a golpear su cabello con la mochila negra que llevaba los útiles escolares, al tiempo que repetía la única palabra que había en su mente.
—Estúpido, estúpido, estúpido.
Novia... El mejor besador del mundo tenía novia y él solo fue "el calor del momento".
Estúpido.
Mil vece ESTÚPIDO.