0 minutos antes del desastre
El desastre llegó con discreción, como suele ocurrir con este tipo de desastres. El gobierno reaccionó tarde y mal y, una vez empezó a actuar, parecía más interesado en que la gente no entrara en pánico que por dar una solución eficaz a la crisis.
Así que, cuando la situación se fue de control, Leyre se encontraba en clase, como cualquier otro día. No era que no estuviera preocupada por el crecimiento exponencial de los infectados, o que tuviera una fe ciega en las medidas de aislamiento. Era simplemente que la misma inercia que empujaba al resto de ciudadanos sanos a seguir con sus vidas le dificultaba tomar una decisión drástica que la sacara de la comodidad de la rutina.
Su aula estaba en la planta baja, por lo que ni siquiera tuvieron la deferencia de ser avisados por la alarma una vez los primeros infectados irrumpieron por la puerta. Sin embargo, tenían una ventaja respecto a los de los pisos superiores: su vía de escape no pasaba por escaleras bloqueadas por decenas de cuerpos obsesionados con morder y desgarrar, y las ventanas no tenían instaladas aquellas molestias rejas que habían acoplado un par de años atrás.
La indiferencia unánime de la que gozaba Leyre por parte de los demás constituía, en cierta manera, una ventaja: nadie la iba a ayudar, pero, al mismo tiempo, ella no estaba obligada a ayudar a nadie. Mientras la mayoría se entorpecía intentando asistir a amigos o preocupándose por rescatar sus pertenencias (con desastrosas consecuencias), ella logró ser una de los pocos que consiguió franquear la puerta de la clase... para ser derribada al poco por Julio, un compañero enclenque al que había dado una paliza un par de días atrás, en las sesiones de judo.
Leyre acertó a susurrar un ‘hijo de puta’ antes de ver cómo una riada de aquellas criaturas se interponía entre ella y la salida principal y comenzaba a arrastrarse hacia donde se encontraba ella. Mascullando otra maldición, se introdujo de dos zancadas en el cuarto de baño (para chicos) y cerró la puerta.
Tensó los músculos para mantener el pomo inmóvil, pero la precaución fue innecesaria: al otro lado, la universidad era un pandemonio de golpes, gritos, carreras y desgarros; sin embargo, nadie ni nada intentó entrar en el aseo donde se había refugiado, aunque eran varios de aquellos seres los que la habían visto esconderse. Parecía que, de todas las derivaciones de zombies que existían en la cultura popular, la que se había desarrollado pertenecía a la clase de los estúpidos; a pesar de lo cual Leyre no liberó en ningún momento la puerta.
Fue en ese momento, mientras mantenía cerrada la entrada y la adrenalina se diluía lentamente en los humores de la desesperación, cuando comenzó a ser consciente de su situación. “Si todo se ha descontrolado tanto”, cayó en la cuenta, “¿puede haber salido la epidemia de aquí? ¿Puede haber llegado a...?”
—¿...a casa? —terminó la pregunta en voz alta, y al instante se mordió la lengua, aunque, por suerte, el eco de aquellas dos palabras se mantuvo entre los azulejos tintados de fechas, insultos y obscenidades, y la algarabía de afuera impidió que la delatara.
No tenía ninguna forma de saber cuál era el alcance de la crisis: allí, en los retretes, no había ninguna ventana al exterior—salvo el conducto de ventilación—que le permitiera un canal al mundo de fuera, y el móvil se había quedado en el aula, en la mochila que su instinto de supervivencia había decidido, acertadamente, ignorar en la huida.
Poco a poco, el estrépito de lucha y atropello cedió a un rumor de murmullos inhumanos, una melodía de pesadilla compuesta por decenas de lamentos que, a pesar de que Leyre nunca los había escuchado antes, eran escalofriantemente familiares. Percibió incluso varias frases, articuladas pero ininteligibles; sólo llegó a distinguir con claridad un “¡las pastillas, las pastillas!” en la voz de un alumno de segundo curso y que la dejó aún más confundida de lo que estaba.
Por fin, los murmullos bajaron de intensidad hasta desaparecer por completo. Leyre no sabía cuánto tiempo se había mantenido en la irrelevante defensa de su refugio, pero sentía los músculos agarrotados. Cuando soltó el pomo, las manos le temblaban, no podría decir si por ansiedad o entumecimiento. Lo que sí tenía claro era que debía empezar a buscar una salida. Con suerte, podría llegar a su apartamento y ahí contrastar si, con lo que había acumulado durante semanas (conservas, placas solares, sistemas de depuración de agua caseros), tenía suficiente como para aguantar hasta que la crisis pasara.
Observó el conducto sobre su cabeza, cercano pero inalcanzable, y decidió que su único escape pasaba por alcanzar la puerta principal del edificio. Después de un rápido vistazo alrededor que le confirmó que no había nada que pudiera usar como arma, respiró hondo un par de veces y abrió la puerta unos centímetros.
Al otro lado de la abertura, Sonsoles, la profesora de Maderas y materiales 201, la sonreía con medio carrillo arrancado, a pesar de lo que seguía siendo tremendamente sexy. Leyre no malgastó esfuerzos en admirar el cuerpo con el que tanto había fantaseado, expuesto bajo las ropas hechas trizas. Soltando un “mierda, no son tan estúpidos”, trató de encerrarse de nuevo, pero una mano esbelta y cubierta de sangre y tejidos impidió la maniobra. Después, de un empujón, la puerta se abrió de par en par, golpeando a Leyre y derribándola.
La profesora entró tambaleándose, seguida de otros cinco o seis infectados varones, todos describiendo movimientos erráticos y gimiendo frases inconexas. Con la adrenalina otra vez por las nubes, la chica se incorporó y cruzó los brazos a tiempo de impedir que Sonsoles alcanzara su yugular.
Le llegó a las fosas nasales una mezcla de olores, el frescor residual de cuando su atacante todavía era humana junto con el hedor pútrido de la infección y los trozos de carne recién arrancados. Leyre sintió el cuerpo caliente de la otra mujer contra el suyo y, cuando ambas se abrazaron en una danza mortal, notó contra su torso los pechos todavía firmes de Sonsoles. “No es así como me habría gustado tenerte encima”, sonó su propia voz en su cabeza, e intentó quitarse de encima a la infectada.
Mientras la profesora no dejaba de balbucear “¡Callaos de una vez, silencio!”, las dos mujeres impactaron con la entrada de uno de los urinarios. A Leyre se le escapó el aire de los pulmones, pero, afortunadamente, el impacto pareció desequilibrar a la otra. Sin pensárselo dos veces, Leyre soltó una patada que derribó a la infectada, quien daba la impresión de estar interesada únicamente en morder carne humana. Con un nuevo “¡Silencio!” en la garganta, Sonsoles se abalanzó contra la pierna de la alumna. Ésta se la sacudió como pudo y logró salir del cubículo, pero el ataque le hizo trastabillar y cayó de rodillas entre el grupo de los otros infectados.
Al instante, aquellos seres se arrojaron sobre ella profiriendo distintas expresiones testigos de sus vidas pasadas. Leyre pataleaba y manoteaba, y ello no impidió que los infectados la agarraran por pantalones y camiseta y comenzaran a tirar. Las prendas se rasgaron por varias partes, y las bragas y los pechos quedaron al descubierto. Aún así, logró ponerse en pie y apartar de un empellón a lo que fue uno de los bedeles antes de que lograra morderle el hombro. Sin embargo, otros dos infectados la arrastraron contra la pared y, ante su horror, uno de los que quedaban se bajó los pantalones, mostrando su pene erecto.
Por alguna razón, la posibilidad de ser violada le resultaba más estremecedora que la de ser comida viva—a pesar de que estaba segura de que ambas transgresiones se iban a cometer contra ella. Se quitó de en medio las criaturas, sorprendentemente ligeras, y, cubriéndose los senos desnudos en un gesto inútil pero que ella necesitaba, intentó alejarse todo lo posible de los atacantes... hacia la parte de atrás de los aseos, ya que los infectados bloqueaban la salida.
Sintió la espalda contra los azulejos y dejó de cubrirse para ensayar una postura defensiva, apretando los puños y buscando con desesperación cualquier cosa que pudiera usar para defenderse. Los parloteos sin sentido de aquellas cosas no le permitían pensar con claridad, lo que hizo que esa búsqueda fuese más infructuosa que la anterior. Precisamente, esos despojos comenzaban a acercarse a ella, y justo Sonsoles acertó a encontrar la salida del urinario para unirse a ellos. Leyre intentaba no mirar la erección todavía expuesta del infectado que parecía tener intenciones más oscuras, al mismo tiempo que buscaba planificar su estrategia de defensa. Sin embargo, su mente no lograba mostrarle otra imagen que ella siendo a la vez devorada y penetrada, consciente y gritando de agonía.
Fue entonces cuando unos golpes rítmicos congelaron la escena y todos dirigieron su atención al conducto, de donde salían los ruidos. En ese momento, la rejilla de la campana de extracción cayó sobre uno de aquellas criaturas y, ante la atónita mirada de todos los presentes—si es que los infectados mantenían capacidad de asombro—, una mujer cayó con un sonoro “¡ouch!”
A pesar de que el modelito que llevaba (caro, como siempre) ya no estaba impoluto, :sino rasgado por múltiples zonas, y de las salpicaduras de sangre que le ocultaban medio rostro y buena parte de brazos y piernas, Leyre la reconoció de inmediato: Sofía, la chica más popular de su promoción y líder del grupo que, a menudo, le hacía la vida imposible, blandía con displicencia un martillo cubierto de restos humanos. El arma rompía absolutamente con la imagen de niña pija y complaciente que Sofía se preocupaba cada día de mantener, pero no parecía que ella se encontrara muy a disgusto con su imagen actualizada.
La recién llegada sólo llegó a dirigirle a Leyre una mirada de hastío y un “Vaya, también has sobrevivido”, antes que los infectados se lanzaran sobre ella. Sofía se quitó a dos de ellos con sendos martillazos a la cabeza, y los dos cuerpos caídos entorpecieron el avance de los demás atacantes. Leyre aprovechó la distracción para correr por un lado del tumulto y dirigirse a la salida. Ignorando los sonidos de lucha a sus espaldas, echó un vistazo por la puerta semiabierta. La escasa iluminación del pasillo le permitía distinguir varias siluetas que se bamboleaban sin rumbo fijo, a distancia en apariencia suficiente como para poder volver sin problemas a la clase y hacerse con lo necesario para refugiarse en su piso: móvil, llaves y, si acaso, cartera.
A sus espaldas escuchó a Sonsoles sollozar algo semejante a “Por fin vienen las vacaciones” y Leyre se giró justo a tiempo de ver cómo Sofía estrellaba su martillo contra la cabeza de la otra mujer, una vez, dos veces, tres veces, y Leyre sintió un vuelco en el estómago cuando su antigua profesora colapsó con los sesos derramándose por un lado de su cabeza. De los otros infectados, dos de ellos se mantenían todavía en pie, pero se dirigían a ellos con torpeza y andares lentos. Ninguno de ellos era el que antes había intentado la violación. Sofía los ignoró y, no sin antes darle un último puntapié al cuerpo caído de Sonsoles, fue al lado de Leyre.
—Gracias por la ayuda—musitó cuando llegó a su altura.
—Parecía que lo tenías todo bajo control—respondió Leyre en voz igual de baja.
Sofía le lanzó una breve sonrisa desprovista de toda alegría y, después de lanzar un rápido vistazo afuera, salió al pasillo hacia su antigua aula. Leyre miró hacia atrás, al par de infectados que todavía trataban de llegar hacia ella, se tragó la rabia acumulada tras meses y meses de recibir todo tipo de vejaciones y marchó en pos de su vieja abusadora.
Tal y como le había parecido, los redivivos se encontraban lo suficientemente lejos como para constituir ninguna amenaza. Leyre llegó sin problemas a la clase, donde pudo apreciar los testigos de la masacre que había tenido lugar hacía unas pocas horas. El suelo, las paredes y el mobiliario se encontraban salpicados de sangre por todas partes y, en el suelo, un par de compañeros, que Leyre no se atrevió a reconocer, habían sido demasiado devorados como para volver a ponerse en pie. La escena fue demasiado para ella, que vomitó lo poco que le quedaba en el estómago.
Sofía se encontraba atareada registrando una mochila e ignoró las arcadas de Leyre. Ésta se recompuso como pudo y, secándose los restos de vómito, lágrimas y mocos de la cara, se dispuso a revisar sus cosas. El móvil estaba ahí, lo mismo que la cartera y las llaves de su casa. Tenía decenas de llamadas perdidas y de mensajes, el último de los cuales decía “El ejército ha habilitado pabellones de aislamiento en el Hospital del Sur. Nos vamos allí. Llama cuando puedas, por favor”. Sintió un nudo en el estómago, de alivio y pavor al mismo tiempo. Nunca se imaginó que saber que sus padres estarían bien la llenaría de tanta alegría.
Después de guardar sus posesiones, se intentó tranquilizar y no pudo dejar de apreciar que su compañera estaba husmeando en las pertenencias de su novio de entonces, no en las suyas propias. Mientras se colgaba las asas de su mochila, no pudo reprimir la curiosidad.
—¿Conseguiste escapar y, aun así, has vuelto? ¿Por qué?
Sofía no se dignó en contestarle, sino que continuó rebuscando hasta que, con un quedo “¡Ja!” de satisfacción, se alzó con lo que debía de ser el móvil de su pareja.
—¿El móvil de Alejandro? ¿Vuelves por tener a buen recaudo unas fotos de tus tetas? —La incredulidad hizo que Leyre elevara demasiado el tono de voz. Sofía le chistó con sequedad y, con un encogimiento de hombros, se guardó el móvil en su propia mochila.
—Mira, rarita, ya sé que es un mundo que no entiendes, pero en este desastre hay dos cosas que no quiero perder: mi vida y mi reputación. Y no necesariamente en ese orden. —Se incorporó y lanzó una mirada burlona a los pechos de Leyre, que continuaban expuestos—. Desde luego, que si fueran tuyos los selfies, tú no tendrías que volver.
Leyre se sonrojó y, en un acto reflejo, cubrió de nuevo su desnudez con los brazos. Con un bufido despectivo, la otra chica le lanzó una sudadera que yacía desmadejada sobre una de las sillas volcadas. Mientras Leyre se daba la vuelta y se deshacía de su camiseta destrozada para ponerse en su lugar la prenda que su compañera le había arrojado, miró por encima del hombro para continuar hablando.
—¿Cómo es que sólo tú has venido? ¿No ha conseguido salvarse tu novio?
Por toda respuesta, Sofía le dirigió una mirada helada, y Leyre sintió una sensación de satisfacción por devolverle algo del dolor a la que ella había sido sometida, seguida de una punzada de lástima al pensar en las implicaciones de la expresión desencajada de su interlocutora. Ambas estudiantes se miraron fijamente, hasta que, por fin, Sofía apartó la vista.
—Necesitaré tu ayuda para subir al conducto. ¿Vas a ser útil por una vez, o vas a probar suerte con alguno de nuestros antiguos profesores?
—¿Al conducto? Tenemos la ventana aquí al lado.
—A mí no me importa las ganas que tengas de morirte. ¿Por qué no le preguntas a ellos?
Leyre se puso de puntillas para mirar por la ventana. Para su desmayo, el patio exterior del campus se encontraba plagado de decenas de infectados. Sofía le dio un puñetazo en el antebrazo que le dolió.
—Vamos, rarita. No tengo todo el día.
—¿Y el pasillo? También hay muchos de esos.
—Nah. —Sofía comenzaba ya a dirigirse hacia la entrada del aula con una silla sujeta firmemente por el respaldo—. Son sólo unos pocos metros. Estaré por la azotea antes de que alguno de esos capullos les dé tiempo a meter alguna nueva palabra a su vocabulario.
Leyre echó una última mirada al aula, donde había pasado tantas semanas, donde tantas cosas le habían pasado a ella, y salió detrás de Sofía.
De nuevo en el pasillo, algunos de los infectados que patrullaban la zona parecieron reparar en ellas. Sofía los ignoró y se dirigió directamente a los baños. Leyre la siguió sin perder de vista las posibles amenazas, sobre todo aquellos que comenzaban a avanzar hacia donde se encontraban. Tendrían unos dos minutos, tres como mucho, antes de que fueran atrapadas en aquel cubículo sin salida.
Los servicios estaban vacíos. Leyre no pudo evitar el cuerpo despatarrado de Sonsoles y el charco de sangre y sesos donde descansaba su cabeza. Le dirigió a Sofía una mirada acusadora mientras la otra se aseguraba de que la silla se mantuviera firme bajo la apertura del conducto y, con un gesto de la cabeza, le indicaba que se incorporara al asiento junto a ella.
—Ata esta cuerda a algún saliente firme que encuentres por ahí —le dijo mientras le tendía la herramienta—. Yo te ayudaré a llegar arriba.
—No tenías por qué ensañarte tanto con Sonsoles. Joder, no tenías por qué matarla. Todavía podrían devolverla su humanidad.
—Según mi padre, no están haciendo muchos progresos en ese sentido. Además, esa zorra me hizo repetir dos veces su mierda de asignatura. Venga, que vienen.
En efecto, comenzaban a escucharse los sonidos que acompañaban a los infectados. Impulsada por Sofía, Leyre consiguió entrar en el conducto y atar el extremo de la cuerda a una tubería que sobresalía de la pared interior. Echó la escala improvisada a Sofía, quien empezó a trepar agarrándose con brazos y piernas.
De repente, cuando estaba a punto de alcanzar la boca de la salida, la silla se derribó con un estruendo metálico. Sofía se deslizó hacia abajo un par de palmos con una exclamación de dolor, y su descenso fue interrumpido cuando Leyre la tomó del brazo. En ese momento, un par de los infectados irrumpieron en el baño. Sofía les echó un vistazo rápido y acto seguido miró a su compañera.
A Leyre se le pasaban por la cabeza todos los momentos de humillación y las palabras hirientes que Sofía le había dirigido durante toda su coexistencia en la universidad, las encerronas en los urinarios y las vueltas a casa con el miedo de no saber por dónde le iba a atacar la pandilla. Viendo la expresión aterrorizada de la otra, supo que ella estaba pensando en lo mismo. Por un momento, se imaginó soltando el brazo de su atormentadora y disfrutar del espectáculo de cómo desgarraban su hermoso cuerpo. Por un momento. Disfrutó unos segundos más de la expresión de terror que se había dibujado en el bonito rostro de Sofía y tiró del brazo para mantenerla a salvo en el conducto, justo cuando uno de los infectados arañaba el aire donde, sólo unos segundos atrás, había estado su pierna.