Prólogo:
No sabía si estaba soñando o muerto. Francamente, lo segundo sonaba mejor. Soñar implicaba que mi cerebro aún funcionaba. Y en ese momento... no estaba tan seguro.
Un pitido sordo me taladró el cráneo, seguido de una voz. No una voz real, sino el eco pulido de un sistema artificial, demasiado suave para ser humana:
—Sistema operativo activado. Monitoreo vital en curso. Sincronización neuronal al 85%.
Perfecto. No estaba muerto. Solo congelado, paralizado y —probablemente— jodido.
Flotaba en un mar de niebla mental, como si mis recuerdos fueran fragmentos de una película vieja proyectada sobre agua. Imágenes sueltas: luces, voces, algo quebrándose. ¿Un grito? No. Algo más profundo. Un vacío llamándome por mi nombre.
Intenté moverme. Fracaso absoluto. Mi cuerpo era una carcasa pesada, ajena. Quise reír; no pude. Quise llorar; menos aún.
—Bienvenido de vuelta, Alfa-Sierra-221 —dijo la voz. Femenina, cálida, pero falsa. Una imitación demasiado perfecta para ser tranquilizadora—. No intentes moverte. Tu sistema nervioso aún se está ajustando. Permíteme explicarte lo esencial.
Claro. Lo esencial. Como por qué demonios todo se sentía... ajeno. Como si el mundo hubiera girado sin mí y hubiese olvidado que yo existía.
Una descarga recorrió mi columna. Dolor, o lo que quedaba de él. Aspiré, buscando aire, y encontré solo un sabor metálico, seco, como si respirara desde el interior de un sarcófago técnico.
—Te pusieron en criosueño tras heridas críticas. Fuiste preservado. Recuperado. —Pausa medida—. Pero el mundo que conoces ya no existe.
El golpe no vino de sus palabras, sino del silencio posterior. Uno denso, absoluto. Todo lo demás era ruido.
—Estoy aquí para ayudarte —añadió la voz—. Puedes llamarme Val. Y no, no estás en la Tierra. Fuiste traído aquí... por razones que aún desconozco.
La palabra “Tierra” me golpeó. Fría, ajena, como si perteneciera a otra vida. Intenté preguntar. Solo salió un gruñido sordo, como si mi garganta hubiera olvidado cómo se hablaba.
—¿Cuánto... tiempo?
—Han pasado 327 años.
Eso sí dolió. No físicamente. A otro nivel. Un hielo bajo la piel que ninguna máquina podía apagar.
Val guardó silencio. Como si supiera que necesitaba tiempo para asimilarlo. Como si alguna parte de mí aún pudiera “procesar” algo así.
—Pero no todo se ha perdido, Aric —dijo entonces. Usó mi nombre, no el código. Eso fue... inesperado.
Luces. Órdenes gritadas. Acero vibrando contra el viento. El zumbido de una cápsula atravesándome la columna vertebral. Instintos, no recuerdos.
—Alfa-Sierra-221, ¡prepárate para el descenso!
El latido volvió. El mío, no el artificial. Vivo. Furioso. Asustado.
—Es momento de recordar —dijo Val.
Y yo no estaba listo. Pero eso nunca importó, ¿verdad?
El silencio era absoluto. No era humano, sino algo más grande, más denso. Como si el universo mismo hubiera olvidado el sonido. Pero ahí estaba yo, flotando entre la nada y el recuerdo. Y por primera vez en mucho tiempo, supe que esto no era el final. Era el comienzo.