Diario iniciado con sangre

All Rights Reserved ©

Summary

Nazaret es una joven profesora de lengua y literatura que lleva años luchando contra la depresión y el peso de una vida que parece haberse vuelto monótona, aburrida e indigerible, con además, constante sentimiento de culpa. En un intento por recuperar algo de control de su vida, y por mera curiosidad, realiza un ritual oscuro que cambia su mundo para siempre. A partir de ése momento, comienza a escribir en un diario, donde intenta discernir si lo que experimenta es real o producto de su mente. Entre sus encuentros con el "invocado" Astaroth y las pequeñas luces que encuentra en su rutina, Nazareth busca entender quién es realmente y qué significa enfrentar su dichosa soledad y depresión.

Status
Ongoing
Chapters
4
Rating
5.0 1 review
Age Rating
16+

14 de junio de 2006

Escribir siempre me ha parecido terapéutico, una forma de ordenar el caos que tengo en la mente. Aunque últimamente mantener este hábito no ha sido nada fácil para mí, siento que es necesario. Cada vez me ha estado costando más y más volver a escribir, o hacer cualquier cosa en general. Maldita depresión.

Aun así, el extraño giro que ha tenido mi vida, me ha animado a escribir de nuevo, y, tal vez, este diario me ayude a entender lo que ha estado sucediendo últimamente.

Según el refrán, la curiosidad mató al gato, y yo soy una persona curiosa, a veces demasiado, y eso me ha llevado a explorar rincones oscuros que la mayoría evitaría.

Como amante de cualquier mitología, la cristiana siempre ha tenido un atractivo para mí. No creo en Dios, pero su narrativa está llena de símbolos fascinantes, de luces y sombras que me atraen como polillas a una farola. Fue esa curiosidad la que me llevó a encontrar el libro y, eventualmente, a la invocación. No fue un acto impulsivo, pues elegí la fecha de forma plenamente consciente: el 6 de junio de 2006. El 666. La ironía de ese número, tan cargado de superstición y significado, me resultaba irresistible y fascinante.

Al principio, nada sucedió. Me reí de mi ingenuidad, pensando que era una tontería. Pero a las seis horas, un hedor insoportable impregnó mi hogar. No era un olor común, era el de algo podrido o descompuesto. Era un hedor profundo, denso, olía a muerte. Se colaba en todo: en las paredes, en mi ropa y en mis pensamientos. Y no desaparecía, sino que persistía, y aunque intenté ignorarlo, mi mente me traicionaba con pensamientos sobre lo que significaba aquello. No me equivocaba.

El hedor persistió hasta el 9 de junio. Ése día, apareció él.

Era tan real... O eso creía. Su figura se erguía en mi habitación, y lo primero que noté fue su presencia, antes incluso de verlo. Era como si la presión del aire hubiera cambiado, como si cada partícula se hubiera ajustado para acomodarlo. Su piel era de un tono ceniza, perfecta, casi brillante bajo la tenue luz de la ventana. Su torso estaba desnudo, mostrando una musculatura casi como una obra de arte, pero lo que más me impactó fue su rostro. Era hermoso de una forma en la que me dolía mirar, con cabello largo y negro que caía en cascada sobre sus hombros. Sus ojos eran oscuros, pero no vacíos; parecían contener secretos que podrían destruirme.

Me quedé bloqueada. Quería moverme, quería hablar, pero algo me impedía hacerlo. Antes de que yo puediera hacer o decir nada, él habló.

—No temas —dijo con una voz profunda y suave a la vez, como un murmullo que resonaba en cada rincón de mi mente.

Me quedé mirándolo, tratando de comprender lo que estaba viendo.

Por años, mi abuela me había inculcado el miedo a Dios, el terror al castigo divino. Me enseñó a sentir culpa por cada error que supuestamente yo cometía, por cada pensamiento que no encajaba en sus estrictas normas. Pero aquí estaba él, desafiando todo lo que me habían enseñado. No podía creer lo que veía, no porque no fuera posible, sino porque cada fibra de mi ser me decía que debía temerlo. Que esto era real, demasiado real.

—No te juzgaré —continuó. Su tono era calmado, casi tranquilizador—. No soy como ellos, los que te han enseñado a temer por cada pensamiento que has tenido, por cada paso que has dado. No soy como tu dios vengativo, que vive en la condena. Yo... vengo a liberarte.

Sus palabras me atravesaron como una ola, como diría Rocío Jurado. Había algo en dichas palabras, en su forma de hablar, que hacía que todo lo demás desapareciera, sintiendo así, un poquito de esperanza. Por un instante, sentí que no estaba sola, que había alguien que entendía mi lucha interna, que veía el peso de la culpa que cargaba desde niña.

—Lo que te han hecho creer, es que toda acción viene con una carga de culpa. No eres culpable de tus pensamientos, ni de tus actos, ni de tu naturaleza. Y en este mundo, la verdadera libertad viene de romper con ésas cadenas.

Lo miré, intentando procesar lo que decía. Sentía que mis ideas chocaban entre sí; la lógica, el miedo, lo real, lo irreal. Pero, al mismo tiempo, su voz me atraía como un imán.

—Es tarde para arrepentirse, ¿verdad? —pregunté, con un intento de humor (y temor) que no sé si él entendió.

Una ligera sonrisa apareció en su rostro, tan sutil que apenas fue perceptible.

—No. Estoy aquí por una razón.

Por unos segundos, el silencio llenó la habitación. Tomé aire, tratando de calmarme, aunque era difícil pensar con claridad con su presencia tan imponente frente a mí. No podía evitar fijarme en cada detalle: la forma en que su cabello negro brillaba con la ligera luz que entraba por la ventana, cómo dicho cabello se movía ligeramente a pesar de no haber corriente alguna de aire y, cómo su piel ceniza parecía absorber las sombras del cuarto.

—¿Quieres... o necesitas algo? —pregunté finalmente, mi voz sonaba casi temblorosa, aunque me esforzaba por no mostrar mi temor.

Él inclinó ligeramente la cabeza hacia mí y una leve sonrisa se dibujó en sus labios.

—Fuiste tú quien me invocó, Nazaret. Estoy aquí porque me llamaste. No soy yo quien necesita algo. Eres tú quien busca algo... aunque ya sé lo que deseas.

Lo miré, tratando de entenderlo. Había algo en su tono, como si realmente pudiera ver a través de mí. Bajé la mirada, sintiendo un nudo en el estómago. Por un momento, todas mis defensas se derrumbaron.

—Quiero... —empecé a decir, pero las palabras se atoraron en mi garganta. Tragué saliva, obligándome a continuar—. Llevo tres años... perdida. Hundida. No puedo seguir así. No soy yo. Necesito... necesito salir de esta oscuridad. Nada me motiva, no tengo ilusión por nada, no tengo ganas ni de vivir...

Su expresión se suavizó, o al menos eso me pareció. Dio un paso hacia mí, y aunque no me tocó, sentí su cercanía como si su presencia fuera palpable.

—La depresión —dijo—. Es un peso que has cargado por demasiado tiempo. Te ha robado la esencia de quién eres, de tus deseos y motivaciones. Y ahora... deseas volver a ser tú misma. Deseas regresar a tu vida, a tu trabajo, a todo lo que te hacía sentir viva.

Asentí lentamente, sollozando . No sabía cómo lo sabía, pero cada palabra que dijo era cierta. Había estado de baja por dos años y medio, incapaz de regresar a las aulas, a mis estudiantes, a la literatura que siempre había sido mi refugio. Sólo quería ser normal de nuevo, recuperar mi vida.

—Te ayudaré, Nazaret —dijo con una calma que me estremeció—. Pero debes confiar en mí. Todo a su debido tiempo.

Sus palabras eran simples, pero tenían peso. Sentí una chispa de esperanza, algo que no había sentido en años. Sin embargo, había una pregunta que no podía dejar de hacer.

—¿Qué... quién eres? —pregunté. Mi voz, yo entera, temblaba ligeramente.

Él me miró con intensidad.

—Soy Astaroth.

El nombre resonó en mi mente, cargado de significado y poder. Astaroth. Lo conocía. Como amante de la literatura y la mitología cristiana, había leído sobre él antes: uno de los demonios más antiguos y poderosos, un príncipe del infierno según los grimorios. Sentí fascinación y miedo a la vez. ¿Era posible que estuviera frente a esa figura legendaria? Sí, ahora encajaba todo, aunque su descripción no era tal y como la han pintado. ¿No iba montado en un dragón? ¿Y su serpiente? ¿Y sus cuernos?

Él pareció notar mi reacción. Dio un paso más cerca, fijó su mirada en la mía, y habló con una suavidad que contrastaba con su imponente presencia.

—No temas, Nazaret. Estoy aquí para ayudarte.

La calidez de sus palabras era desconcertante, pero algo en su tono me tranquilizó, como si realmente pudiera confiar en él. Entonces, su mirada descendió a mi mano derecha, donde días atrás me había realizado un corte para la sangre necesaria para el ritual.

—Tu sangre —dijo con una leve sonrisa, casi inapreciable—. Es un lazo fuerte. Me ha gustado.

Mi respiración se detuvo un momento. Había algo profundamente perturbador en la manera en que lo dijo, pero no parecía ser una amenaza. Más bien, era una afirmación, un reconocimiento de que mi acción había significado algo, pero no sabía qué.

Antes de que pudiera responder, antes de que mi mente pudiera procesar lo que acababa de escuchar, su figura comenzó a desvanecerse. La forma en que desapareció no fue violenta ni antinatural. Fue como si se difuminara en las sombras, como si el mismo aire lo absorbiera hasta que el cuarto quedó vacío una vez más.

El silencio que dejó tras su partida fue agobiante. Me quedé allí, inmóvil, con la sensación de que acababa de presenciar algo que no pertenecía a este mundo. Y, sin embargo, la chispa de esperanza de sus palabras, habían encendido algo en mi interior.

Pero... También dudé de mi cordura.


14 de junio de 2006, 19:00h

Son las siete de la tarde y aún siento en el pecho el peso de la conversación con mi psicólogo. Mi cita con é fue a las cinco y media, como cada miércoles desde hace tres meses. Salí de su consulta con la mente revuelta, atrapada en una maraña de pensamientos y emociones contradictorias.

Le hablé de todo. Del ritual, del hedor a muerte que me acompañó esos tres días, y, finalmente, de él. De Astaroth.

Intenté narrarlo con precisión, sin adornos ni exageraciones, pero a medida que hablaba, sentí cómo las palabras se volvían surrealistas, incluso para mí, ¡que lo viví! Qué absurda sonaba. Aun así, el psicólogo no me interrumpió; simplemente asentía y tomaba notas en su libreta, como siempre hace.

Cuando terminé de narrar esto, él habló.

—Nazaret, lo que describes es... —Hizo una pausa breve, cruzando las manos e inclinándose brevemente hacia mí—. He estado reflexionando sobre nuestras sesiones y creo que puede ser posible que tu depresión tenga características psicóticas. No es algo raro en casos como el tuyo, y me gustaría hacer un seguimiento más profundo.

“Psicótica”.

Ésa palabra quedó flotando en el aire como una sentencia. No era la primera vez que me mencionaba algo similar, pero hoy lo sentí más real, más definitivo.

—Podría recomendarte a un psiquiatra para que lo valore mejor —continuó—. Por ahora, vamos a seguir trabajando juntos, pero quiero que consideres ésa posibilidad. Todo esto que me has contado... puede ser una manifestación de tu mente intentando procesar el dolor, el aislamiento, incluso el miedo.

Asentí lentamente, aunque dentro de mí quería gritarle que no lo entendía, que Astaroth no era una alucinación ni una creación de mi mente. Había estado allí, lo había visto, lo había sentido, incluso olido. Pero, ¿cómo convencer a alguien de algo así? Si ni siquiera yo puedo explicarlo con claridad. Qué absurdo todo.

Desde el momento en que él desapareció, no lo he vuelto a ver, ni a escuchar, ni siquiera a sentir su presencia. Y, sin embargo, no paso ni un solo día sin pensar en él. Lo necesito, aunque no quiera admitirlo. Lo echo de menos. Me hizo sentir esperanzada y acompañada, a pesar de haberme hecho replantear aún más mi cordura.

El psicólogo no entendería eso. Probablemente lo interpretaría como un síntoma más, un apego insano a una figura imaginaria. Pero no lo es. Hay un vacío en mí que no estaba antes, y sé que solo él podría llenarlo.