1º Acto
Amanece lentamente en la montaña. Los rayos del sol, tímidos y cansinos, asoman débiles sobre el invierno patagónico. Termino de desayunar y salgo de la cabaña. El aire gélido estremece mi cuerpo, y mi aliento, al contacto con el exterior, se condensa en pequeñas volutas que se disipan rápidamente. La soledad inmensa me recibe. Cuánto silencio, cuánta paz a la que no he logrado aferrarme.
Comienzo a caminar sobre un manto helado de nieve que cubre el bosque entero. El aroma de las coníferas y los cipreses penetra profundamente en mi ser, embriagándome con su esencia. Sus ramas largas y secas se extienden como brazos gigantescos y agonizantes, mendigando un poco de calor. Alzo la vista hacia el cielo; otra vez se nubla, y aquellos rayos que prometían un día diferente se disuelven en la incertidumbre. El gris se torna ominoso, aplastante.
Uno, dos, tres... cientos, miles, millones de copos empiezan a caer, cubriendo todo con su blanca palidez.
Empuño mi arma con más fuerza. Es otro día tras sus huellas. Otro día que quizá pase a engrosar la interminable lista de jornadas fracasadas, pero no pierdo la fe ni la esperanza. Mi propósito es claro, mi único anhelo: matarlo.
¿Cuánto tiempo ha pasado? ¿Dos, tres, tal vez más años? No lo sé. Ni me importa. El fuego de la venganza arde en mis entrañas como si fuera el primer día. Lo recuerdo todo con nitidez, y al hacerlo, las lágrimas opacan mi visión mientras la furia me invade, arrancándome un grito desgarrador. He jurado no descansar hasta encontrarlo. ¡No puede quedar impune lo que hizo! ¡No merece seguir viviendo!
Laurita, mi pequeña niña. ¡Oh, Dios! ¿Por qué? ¿Por qué le sucedió eso a una criatura de apenas tres años? ¿Por qué a alguien que apenas comenzaba a descubrir la vida?
Ana, mi mujer. Si supieras cuánto te extraño. Extraño tu rostro, tu cabello negro y largo, tu figura frágil y esbelta. Extraño tus besos. Aún hoy, puedo verte con Laurita en tus brazos, despidiéndome aquella tarde de verano. Tu mano alzada, tu voz diciéndome que me cuidara y no llegara tarde para la cena.
—¡Adiós, mi amor! Ten cuidado en el lago. Regresa pronto antes de la cena.
—¡Chau, papito! Trae muchos pescaditos.
¡Adiós, mi vida! ¡Adiós, tesoro! Sus palabras resuenan en mi mente como si las escuchara ahora mismo. Hablo en voz alta sin darme cuenta de que estoy solo. El ulular del viento y su frío penetrante me devuelven a la dura realidad.