Capítulo 1
El reloj de pared de la ferretería marcaba las cinco de la tarde cuando Jacinto Estrada sacó una escoba para golpear a un perro al cual había sorprendido orinando en la puerta de su negocio. La reacción del perro fue rápida para suerte del animal, que huyó a toda velocidad antes que el palo de la escoba chocase contra él. Era tal la fuerza que dio Jacinto Estrada que el palo de escoba se rompió al impactar contra el piso produciendo un estruendo en toda la calle. Por suerte a esa hora no pasaban muchas personas como de costumbre, así que nadie pudo ser testigo de su fracaso.
“Maldita sea”, murmuró entre dientes viendo como uno de sus artículos de venta se había echado a perder. El perro estaba varios metros lejos de él y lo miraba de una forma inexpresiva. Bueno, nunca podría adivinar qué es lo que pensaría el perro viéndolo allí parado con el objeto que iba a pegarle partido en dos. Tal vez se esté riendo de él, sólo atinó a maldecir nuevamente y hacer un ademán de querer lanzar un golpe. Mientras estaba absorto en sus pensamientos que no se dio cuenta que una persona que llevaba un casco puesto había ingresado a su tienda. Prefirió ignorar el asunto del perro para atender al cliente que había llegado. Las ventas estaban bajas y este cliente probablemente le salve la semana.
- Buenas tardes señor, ¿qué se le ofrece?- Preguntó amablemente, pero no obtuvo respuesta.
El sujeto del casco observaba algunas herramientas que se mostraban detrás de una vitrina. Al final reparó en una pata de cabra que estaba al alcance de su mano.
- ¿Cuánto está?- preguntó de forma áspera
Una venta más para el día se dijo a sí mismo Jacinto Estrada que se acercó al sujeto con una sonrisa en el rostro la cual, se transformó en una mueca de dolor al recibir un certero golpe en la cabeza con la herramienta que sostenía el sujeto del casco. El golpe lo había tomado por sorpresa, tambaleó e intentó huir pero un segundo golpe lo derribó al suelo, cayendo pesadamente. La visión se le había vuelto rojiza pues la sangre que manaba de su cabeza estaba cubriendo toda su cara. El último golpe con el objeto ya no lo sintió. Sus brazos se empezaron a encorvar.
El asesino se arrodilló y continuó dando golpes transformando la cabeza de Jacinto Estrada que ya no mostraba ningún signo de reacción. Sólo se detuvo cuando se sintió fatigado y salió del lugar raudamente. La víctima yacía sin vida en el piso irreconocible.